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Oct

2018

Cuidar a un adulto mayor. Soledad e invisibilidad de un trabajo 24/7

En un país en que cada vez hay más adultos mayores, no sólo es necesario crear reformas en temas previsionales, sino atender también a las personas que se hacer cargo de abuelos o padres octogenarios. La mayoría son mujeres de 50 años y más, sin herramientas ni información, lo que redunda en problemas familiares, físicos y sicológicos.

María Luisa Galán

Soledad, rabia y culpa, falta de amigos y de tiempo libre, son parte de los síntomas conscientes o inconscientes a los que se enfrentan muchos de los cuidadores informales de adultos mayores en Chile. La mayoría son mujeres de 50 años y más. No tienen estudios sobre el tema, información ni apoyo de su entorno. Son los invisibilizados, los que hacen el trabajo de estar 24/7 al pendiente de padres o abuelos en edad avanzada, algunos postrados o con demencia senil. Son los que cargan con la responsabilidad de velar por ese ser querido que alguna vez los cuidó y protegió de niños.

Chile es el país con mayor esperanza de vida en Latinoamérica. Según informó la OMS el 2016, el promedio de sobrevivencia es de 80,5 años, para ambos sexos, siendo superados en el continente sólo por Canadá. Para el 2050, se estima que el 33% de la población chilena será adulta mayor, cifra que se espera que crezca al finalizar el presente siglo. Datos no menores, considerando lo que esto implica para las políticas públicas, desde la recién anunciada reforma previsional, hasta los cuidados que debe afrontar la familia y la sociedad de un adulto mayor.

Menor mortalidad y el avance de la medicina han sido los principales ingredientes de este fenómeno que, de todos modos, aún no subsanan temas propios de la edad avanzada, como la demencia senil, el Alzheimer o las enfermedades crónicas. “La pregunta es, entonces, quién se hace cargo de esas personas que están con pocas funcionalidades. Un estudio español dice que el 80 por ciento de los cuidados lo asume el cuidador informal de la familia; el resto lo asume el Estado”, dice Daniela Reinhardt, psicóloga y consultora externa de Asesorías y Servicios Clínicos de Fundación Paréntesis, del Hogar de Cristo.

Cuidar a un adulto mayor implica una gran sobrecarga para la persona. Es estar día y noche pendiente de un paciente que, a pesar de su condición, no pierde su personalidad y rasgos que lo caracterizaron en sus años más lúcidos. A eso se suma el poco entrenamiento y la angustia de no saber si el trabajo que se está realizando está bien hecho. Se agrega también el poco tiempo libre que le queda al cuidador y el aumento de los conflictos familiares y maritales que implica vivir con alguien que no necesariamente residía en la casa.

La soledad y la pérdida de redes de apoyo comienzan a aparecer. “Los cuidadores informales presentan 2 a 5 veces más prevalencia en trastornos de salud mental, en la línea depresiva. Algunas de los síntomas o características es culpa y rabia: estoy todo el día a cargo de una persona que no me reconoce, insolente, a veces. Y ponerse rabioso con un ser querido que está enfermo, genera culpa. Además, están tremendamente cansado, y uno de los factores que se ha visto que juega un rol importante es la pérdida de control. Sienten que no tienen el control de su vida, pero tampoco de la situación de la que se están haciendo cargo por la falta de recursos, herramientas”, dice Daniela Reinhardt.

Junto a los trastornos psicológicos, pueden aparecer dolencias cardiovasculares, gástricas, colon irritable, oseo-musculares por la carga física y el peso que deben hacer y, con ello, la automedicación. “Como no se reconoce que existe un trabajo, que lo está pasando mal, no existe una consulta a un especialista. Por eso muchas veces aparece la automedicación, consumo de sustancias, de algún ansiolítico que haya en la casa, lo que va sumando otro tipo de problemas”, cuenta la especialista. El empobrecimiento económico es otra consecuencia, pues en muchos casos se debe dejar de trabajar por tener que cuidar a otra persona.

El desafío es amplio. No sólo para la familia, sino para la sociedad en su conjunto y para el Estado,  que debe comenzar por reconocer este trabajo a través de la entrega de capacitaciones y herramientas.

“La invisibilidad del rol, que es la falta de reconocimiento al trabajo que hace la persona, 24/7, con desgaste físico, emocional, conductual, implica la persona no se siente con el derecho de pedir ayuda. Muchas veces, esta invisibilidad del rol no sólo está en la familia, sino en los equipos de salud”, cuenta Daniela Reinhardt.

¿Cómo hacerse cargo de las necesidades del cuidador informal? Primero es necesario identificar cuáles son sus necesidades y en qué ámbitos se le puede apoyar para que tenga espacios de capacitación y autocuidado. “Formación e información para que sepan qué es lo que están haciendo. No hay nada más desgastante que pensar que lo están haciendo mal. Recursos económicos, para solventar lo que implica cuidar a otro y no poder trabajar. Reconocimiento, que cuenten con espacios propios, aunque sean pequeños”, remata Daniela Reinhardt, quien recalca que en la medida que un cuidador esté óptimas condiciones de salud física, mental y económica, mejor será el servicio que pueda prestar a otro.