Entrevista

Nov

2017

La hermana Karoline Mayer relata cómo se produce el enganche de la droga con los jóvenes de Chile

Por Juan Antonio Muñoz H.

El Mercurio

Sigue siendo así. Ver y escuchar a la hermana Karoline Mayer es una experiencia que les ha cambiado la vida a muchos que trabajan con ella día y noche. Empresarios, profesionales y religiosos que encontraron en su pasión el sentido de su propia existencia. Algunos abandonaron todo para ser parte de la “locura de amor” que mueve a esta monja alemana nacionalizada chilena que desde 1968 no aparta su corazón de nuestro país. Lo que le quita el sueño es su Fundación Cristo Vive, cuyo objetivo es la promoción social, económica y cultural de personas y grupos de escasos recursos, a partir de sus necesidades y de acuerdo a sus propios caminos de desarrollo.

Desde su realidad como mujer que conoce la vida de los pobres y como religiosa, Karoline Mayer reacciona aquí ante las palabras del jesuita Pablo Walker, capellán del Hogar de Cristo, quien en este diario, el 9 de octubre pasado, se refirió a la narcocultura que ya tiene tomados 426 barrios del país.

“Conozco mucho a Pablo y le agradezco que haya dado luz sobre este problema. Yo sé que es así lo que él cuenta y me identifica. Voy a hablar y quiero hacerlo con todos los cuidados posibles, porque nuestro pueblo me escucha, pero también necesito ser muy clara”, dice.

“Vivo en la población Quinta Bella, en la zona norte de Santiago, desde hace 28 años y he visto cómo llegó la droga allí, aproximadamente en 1989. Al comienzo estaba la marihuana y el problema de los chicos con el neoprén. Vi cómo en un momento se infiltró la pasta base, que es lo peor que uno se pueda imaginar, además de los psicofármacos. También las drogas sintéticas. Al final también llegó la coca. Si tú vas mañana en la mañana a mi casa verás que enfrente habrá al menos unos 15 a 20 papelillos de los chicos que han fumado marihuana o consumido pasta base. Los menos, coca, porque es muy cara. Esto es algo que necesitamos enfrentar ya, y de una manera distinta. Para mí, el mayor problema es el narcotráfico”.

-¿Conoce usted a quienes trafican?

“He hablado con personas que comercializan; más bien los de abajo y los del medio. No con los de arriba. He conocido también a los que han repartido droga gratuitamente en la población, en el parque, a los jóvenes que no van al colegio o a la salida del colegio. Ahí reparten y los vuelven adictos. La pasta base es tremendamente adictiva; tomas tres veces y ya la necesitas. Y así comienza. Después te dan diez porciones y pagas siete, y lo demás es para tu consumo. Y así llega la platita…”.

“No estuvo ni un mes adentro y lo mataron”

“A la población llega gente con autos grandes, de otros lados”, cuenta Karoline Mayer. “Nosotros estamos cerca de Américo Vespucio y de El Salto. Te das cuenta de inmediato que vienen a comprar aquí, a abastecerse. Creo que esto es muy difícil de superar. Para mí los traficantes son hijos de Dios, pero son adictos al dinero. Encontraron algo ahí. Y cuando entran, ya no hay cómo salirse. O es muy difícil hacerlo”.

-Si lo hacen, corren riesgo de vida incluso.

“Exactamente. Es una trampa tremenda que a uno le duele. Le cuento el caso de un chico que estaba como intermediario y que conocía a otros traficantes del medio, no a los de la cúpula. Tenía a su hijito en un jardín infantil nuestro. Se decidió a dejarlo y nosotros lo apoyamos. Le di trabajo aquí; un trabajo protegido, con nosotros, por el que recibía una plata que obviamente no era la misma que la que él ganaba con la droga. Estuvo muy bien varios meses, andaba bien la cosa, aunque en algún momento me planteó que tenía miedo de que le hicieran daño. Lamentablemente, llegó un proceso de algo anterior, lo pillaron en un control y tuvo que ir a la cárcel. No estuvo ni un mes adentro y lo mataron. Seguramente sospecharon que él pudo delatar a otros o que podría hacerlo. Esto es el camino normal para ellos”.

“Conocí también a otro chico, cuya familia me vino a avisar que él estaba en peligro de muerte dentro en la cárcel. Él había asesinado al hijo de un carabinero que traficaba con él. Probablemente no pagó lo que debía y quizás también delató al carabinero, pues al señor carabinero también lo detuvieron. Estaban en la misma cárcel. El chico estuvo ahí tres o cuatro meses y lo mataron dentro. Yo hice su funeral. Bueno, él era un traficante. Eso es verdad”.

“Hay que saber que allí en la cárcel están todos los de abajo, pero no hay ningún traficante de cúpula. Y por supuesto están en cierto sentido un poco defendidos porque el traficante siempre tiene miedo de que alguien los delate en la cárcel o durante el proceso. Los mismos traficantes les pagan abogados a los más chicos y les dan incluso alguna subvención a las familias para que no hablen”.

“Estamos con las manos atadas”

-Desde su experiencia, ¿qué es lo que usted propone?

“Yo no sé por dónde esto tiene solución. En lo que yo conozco, es muy difícil que las personas no caigan. Están los que regalan la droga, los que la consumen, los que reciben plata por ella, los que les guardan la droga a otras personas, los que protegen a los traficantes porque de alguna manera aportan o porque son parientes”.

-Incluso el silencio, el no hacer nada, es una ayuda para el narcotráfico.

“Por supuesto. Y esto se convierte en una trama de sufrimientos impresionante. Yo me siento acompañando y buscando ayudar a quien pueda salir. Esta mañana (lunes 6), mi primera llamada telefónica fue la de un chico que trata de salir de la droga. Anoche y antenoche estuvimos hablando con él. Espero que pueda hacerlo. Por suerte, hoy en Chile existe el Senda (Servicio Nacional para la Prevención y Rehabilitación del Consumo de Drogas y Alcohol), donde los adictos pueden recibir la mejor atención posible. Aquí tenemos dos centros de rehabilitación; entre nosotros hablamos de ‘comunidades terapéuticas’, para poder integrar mejor al joven. Tenemos el apoyo de Senda y de Fonasa. Uno de los centros nuestros es para infractores de 13 a 17 años, son unos 25 los que están ahí. Y en la otra casa hay entre 70 y 80 adultos. Trabajamos tratando de proporcionar la mejor forma de que una persona pueda llegar a rehabilitarse y recuperar su libertad de la droga”.

-Existe apoyo gubernamental, entonces.

“Podemos decir que con esto tenemos apoyo del gobierno. Lo que cuesta es que en nuestro sistema todo funciona a través de licitaciones de proyectos y necesitas postular año a año. Es una forma nociva. Nosotros lo hacemos porque queremos hacerlo y aceptamos todas las condiciones porque es nuestra vida. Hacemos todo para seguir al servicio de quienes sufren la dependencia de algún adictivo. Estamos muy bien evaluados respecto del rango de recuperación, pero yo no estoy feliz cuando veo que recuperamos a uno y caen tres o cinco. He visto cómo ha aumentado el consumo y siento que estamos con las manos atadas ante lo que significa el tráfico”.

-Usted tiene estudios y experiencia en el rubro salud. ¿Qué se podría hacer desde ese ámbito?

“Ojalá el país pudiera hacer un diagnóstico a todos los que sufren adicción. Yo buscaría hacer un registro de todas las personas que se reconozcan adictas y de aquellos a los que sus familias consideren adictos. También hay que hacer una campaña fulminante en el país para que los colegios y las familias tengan ojo con lo que consumen sus hijos y a quienes contactan. Observar bien los lugares cercanos a los colegios. Que estemos todos mirando constantemente. Necesitamos con suma urgencia una campaña decidida, comprometida. Que la televisión todos los días le dé duro a este tema. Tenemos que ver en conjunto cómo vamos a protegernos de la droga. Sé bien lo que digo: los adictos viven en un infierno al que arrastran a todo su entorno. Creo que hasta ahora no hemos hecho lo que tenemos que hacer. Hemos levantado cada vez más muros y más rejas y puesto más alarmas y más guardias, pero no ha servido de nada”.

“Es tremendo. Aquí vienen las madres -porque siempre son las madres las que vienen a pedir ayuda- y nos cuentan que sus hijos les han robado la plancha, les han robado la cama, todo lo que tienen. Por supuesto, no por maldad, sino porque lo necesitan. La droga les produce una necesidad virulenta. Cuando están en esto es tanta la angustia, la desesperación, que desconocen a la madre, al hermano, al padre, a la abuelita, al vecino. Desconocen todo porque necesitan la droga”.

“La droga es la angustia”

-¿Qué fuerzas tendrían que integrarse para avanzar en esto?

“Debe haber un cambio radical en la forma como la sociedad mira este problema. Y ahora. Esto ya está siendo inmanejable. Esta enfermedad es grave-grave. Debe haber un plan fuertísimo que nos involucre a todos. Creo que hay que hacerlo dentro del marco de salud, que es como lo hicieron en Alemania, por ejemplo. Quienes más nos podrían ayudar pueden ser los ex adictos, aquellos que de verdad se han recuperado. Nos pueden dar pistas. Este tema es multidimensional y la respuesta debe serlo también. Tenemos que entenderlo de una vez. Empieza de a poquito, con un par de pitos a la semana, luego al día, o la mitad del pito que te convida el otro. Al comienzo, los traficantes te regalan y después tienes que pagar, y la droga te lleva a la angustia. La droga es la angustia”.

-¿Cómo ha observado la relación entre los traficantes y los consumidores?

“Hay una suerte de fraternidad entre ellos también. Se cuidan, hasta cierto punto. También existen ‘las quitadas’… En un momento dado, si alguien ya no puede pagar la droga a traficantes, entre varios se organizan, observan por dónde transitan y los asaltan para quitarles la droga. En esas ocasiones se produce la mayor parte de las muertes. Muchos andan con pistolas hechizas. Desde hace años que ocurre esto”.

-¿Cómo se relacionan con usted en esto? ¿La molestan?

“A mí, al contrario, me cuidan. De verdad. Porque saben que no voy a hacer miramiento de personas y si viene uno de ellos con dolor de muelas, veré qué puedo hacer por su muelita. Las veces que se han enfurecido conmigo es cuando he hablado con traficantes. Les he tratado de hacer conciencia. Ellos saben que yo hablo, pero saben que me preocupan, que para mí también son mis hermanos”.

“Yo personalmente no tengo ningún miedo de nadie. Sí que pueden mandarme a la punta del cerro en algún momento y decirme de tutti quanti cuando están enojados. Pero después vienen a disculparse; ha pasado más de una vez. Yo les digo que al momento los perdoné y que yo no tengo nada contra ellos como personas”.

“En lo que yo conozco, es muy difícil que las personas no caigan. Están los que regalan la droga, los que la consumen, los que reciben plata por ella, los que les guardan la droga a otras personas, los que protegen a los traficantes, porque de alguna manera aportan o porque son parientes”.

“Hay que hacer un diagnóstico de los que sufren adicción y una campaña fulminante en el país para que los colegios y las familias tengan ojo con lo que consumen sus hijos y a quienes contactan”.

*Fotos Rodrigo López Porcile