Les debemos gratitud a los jóvenes que marchan en la calle. Ellos hacen que se vuelva intolerable cierto acostumbramiento a la injusticia, cierta naturalidad de engañar al pobre entreteniéndolo en un colegio donde aprenderá poco, cierta legitimidad de hipotecar la vida de un universitario hasta hacerlo reventar de deudas.
Muchos queremos que los alumnos vuelvan a clases, que no pierdan el año, que no paguen un precio que nos corresponde pagar a otros. Cuando insisten en tocar la herida que sangra, nos despiertan a quienes habíamos construido un mundo en función del interés individual. Nos recuerdan que hay un bien común que es más propio de un país desarrollado, más digno de nuestros sueños que la obsesión del bienestar personal. La calle nos recuerda que luchar por el bien común da sentido y dignifica: de eso trata la justicia social.
Habrá que pagar un precio alto. Este tipo de justicia nos exige comenzar priorizando a las personas a quienes negamos lo que les pertenece. El derecho a una educación de calidad es una deuda. Para pagarla, la justicia social pide más a quien ha recibido más. Jesús nos habló de esto francamente en la parábola de los talentos y su discípulo Alberto Hurtado nos alertó en no confundir justicia con caridad. Partamos por la justicia, después tendremos la alegría de darnos nosotros mismos.
Muchas veces oponemos nuestras expectativas de crecimiento económico con la justicia social. Así, consideramos que “no vale la pena” gastar dinero en calidad de educación para niños vulnerables porque no serán necesariamente talentosos; que no es rentable gastar dinero en la atención de adultos mayores porque ya no son productivos; que no es eficiente invertir recursos en inserción social de los presos, porque son potenciales reincidentes.
Efectivamente, el trato digno a un pobre es muy caro. En justicia, tiene que implicar un costo y una renuncia a otra alternativa que, como sociedad, nos atrevamos a considerar menos digna. Es caro porque la vida “empobrecida” es la huella de una enorme deuda que no fue pagada a tiempo.
Tratar con dignidad al más pobre, con los mismos estándares que quisiera para mí y mis propios hijos por supuesto que es muy caro. Por eso el padre Hurtado no se avergonzaba de decir “hay que dar hasta que duela”. En el Día Nacional de la Solidaridad, el padre Hurtado nos invita a que hablemos de justicia social y que lo pongamos en práctica.
Agustín Moreira H
Capellán general del Hogar de Cristo
Pablo Walker
Vicecapellán del Hogar de Cristo
Carta al director publicada en El Mercurio, jueves 18 de Agosto de 2011.
http://blogs.elmercurio.com/columnasycartas/2011/08/18/hablemos-de-justicia-social.asp