Opinión

may

2017

No damos por caridad lo que adeudamos por justicia

Por Pablo Walker s.j., capellán del Hogar de Cristo.

Algún día ya no nos marginaremos de un esfuerzo país argumentando que la flojera es la causa de la pobreza, para ello está el trabajo de todos los días y esta Campaña 2017 que iniciamos en el Hogar de Cristo. Así comienza a instalarse la sinceridad de la mirada  a la pobreza como una  vulneración de los Derechos Humanos. Esta perspectiva, desde la justicia social y no desde la condena moral, la instalaba el padre Hurtado hace setenta años, aprendiéndola de Jesús.

Él sostenía que “una benevolencia sin justicia produce un profundo resentimiento en el interior. Lo que el hombre desea es el reconocimiento de sus derechos, de su igualdad de persona”.

Esto lo cambia todo. Es pasar de sentirnos organizaciones “de beneficencia” a garantes de derechos fundamentales, lo que implica muchos aprendizajes, también dentro del Hogar de Cristo. Implica un cambio permanente en nuestras maneras de pensar. Dejar el bienestar barato de sentirnos superiores y redistribuir los riquezas de todo tipo.

Para abandonar esta violencia estructural del dar por caridad retazos de lo que debemos por justicia, redescubrimos la conciencia de los derechos humanos. Es la lucidez  de la dignidad igualitaria y una declaración de mínimos exigibles, de límites y obligaciones recíprocos para tratarnos como seres humanos y no como peldaños para ascender. La pobreza daña, ofende, enferma, violenta y mata. Desencadena violencias. Comienza su degradación con el sencillo acto de no reconocer como un igual al que tengo delante. “No necesita más”, “es la manzanita podrida del curso”,  “están acostumbrados”. La mirada desde los derechos humanos nos hace descubrir que el más pobre no es superior ni inferior; es igual, sólo que abandonado, cuando tenía el mismo derecho que yo a ser priorizado en momentos de particular vulnerabilidad. Es otro “yo”.

Que digamos “la pobreza es la más profunda vulneración a los derechos humanos” no le añade nada al padre Hurtado ni al pensamiento social de la Iglesia. Sólo nos sincera con nosotros mismos y les pide perdón a quienes pretendimos dar por caridad lo que le adeudábamos por justicia. Ese cambio de switch es lo que nos acerca al ideal de hacer de Chile un país justo y digno.