Setenta, ochenta, noventa años… pero sus ojos brillan como si tuvieran ocho años de edad. Ellos son los adultos mayores que han contribuido para que nosotros sigamos esa ruta para las otras generaciones.
Ahí estaba la señora Elsa Toro, una adulta mayor que provocaba una ternura irresistible, nos facilitó unas sillas de su casa para que nos acomodáramos, mientras observábamos las fotografías colgadas sobre la pared de su living.
Elsa, era de Potrerillo, “me vine a Tierra Amarilla cuando ya estaba grande y tenía un hijo, me vine a estas tierras con mi mamá y trabajé en el planchado, aseo y lavado”, nos decía con esa mirada transparente como si aún fuera una niña.
“Un día mi mamá estaba muy enferma y el doctor me mandó al Hogar de Cristo para que le dieran el almuerzo a mi mamá, en ese tiempo estaba la señora Irma en el Hogar y me dijeron que nos ayudarían, nunca nos cerraron la puerta, pero después mi mamá falleció y a mi me siguieran dando alimento. Estoy agradecida, me han tratado muy bien, además me ayudan con cosas que me faltan, me regalan toallas, frazadas y me compran hasta el gas, porque mi pensión es de 65 mil pesos para pagar agua y luz y las niñas que trabajan ahí me ayudan con el pasaje de la locomoción para que no camine tanto”.
El rol de los voluntarios
Elsa estaba acompañada por Jenny, quien es voluntaria del Hogar de Cristo, y visita a la señora Elsa todos los jueves. “Jenny es muy buena, viene todos los jueves sino el viernes, le echo de menos cuando no viene… En las tardes tomamos tecito, antes pasaba sola y me acostaba a las 19:00 horas, en cambio ahora con compañía estoy más ocupadita y me siento bien así”. También nos menciona a Mirta, trabajadora en el Hogar “Mirta me acompaña al médico, y me ordena las pastillas porque yo me enredo con tanta pastilla que tengo que tomar, además mi salud está mal, tengo asma y mi brazo me duele mucho tanto planchar y lavar”. Contaba Elsa mientras miraba a Jenny con cariño.
Jenny Galaz, llegó a ser voluntaria del Hogar de Cristo desde junio del 2009, “siento que los abuelos necesitan cariño y atención, están muy desprotegidos, en cambio los niños siempre tienen personas que los protegen o existen instituciones que los respaldan, además nunca tuve abuelos y perdí a mis padres, entonces mis hijos tampoco tuvieron abuelo”.
Galaz es de Colchagua y nos comentaba que siempre ha tenido interés por ayudar a la gente, “cuando llegué a Copiapó quise colaborar y fui al Hogar de Cristo a preguntar en que podía ayudar, entonces ahí me dijeron que ayudara al adulto mayor y acá estoy con la señora Elsa, así como también visito a otras personas”, decía con tono tranquilo Galaz, con una sonrisa llena de paz espiritual. “Llevo a mi casa a la abuelita Elsa, mis hijos la conocen y siempre preguntan por ella, me dice: ¿y donde está la abuelita mamá?, entonces es rico que ella se integre con mi familia y hacerla parte de nosotros”.
Esta comprometida voluntaria vive actualmente en Copiapó, pero viaja hasta Tierra Amarilla para ayudar en el Hogar de Cristo de esa localidad. En su historia se resume la de muchos voluntarios que a lo largo del país trabajan con adultos mayores, contribuyendo a la recuperación de la dignidad que muchos de ellos han perdido por la soledad y el escaso reconocimiento que como sociedad hacemos a sus años.