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Ene

2018

“UN MATE CON EL PAPA”: Ellos conversarán con el Papa

Liliana López, 50 años, voluntaria en el Jardín Infantil Alto Belén del Hogar de Cristo en Puente Alto, donde además asiste su nieta. Es conocida como la “tía de la luz”, porque durante su voluntariado imparte un taller de pastoral donde les habla a los niños sobre distintos capítulos de la Biblia. Su infancia no fue muy fácil. Conoció a su padre biológico a los 14 años y la pareja de su madre era alcohólico y abusó de ella. Durante su juventud, trabajó como asistente párvulos hasta que tuvo que dejar su trabajo para cuidar a sus hijas. Pero sus deseos de ayudar, la llevaron a participar en la capilla de su barrio, donde imparte clases de catequismo bautismal y matrimonial. Desde hace 12 años, con un grupo de vecinos, mantiene comedor abierto para dar almuerzo a la gente de escasos recursos del sector. “Entregamos 120 almuerzos cada domingo. Muchos llegan más que por el alimento, porque necesitan compañía. Es una emoción muy grande para mi ayudarlos. Siempre me ha gustado servir a los demás, desde que era niña.  Lo más importante para mí es darle cariño a la gente que es discriminada por su aspecto o su forma de vestir. Eso es algo que tengo en común con el Papa Francisco”. Liliana se define como una mujer feliz y satisfecha de todo lo que hace. “No me voy a cambiar nunca de este barrio. Me gusta la gente que me rodea”.

Sobre el Papa Francisco, opina: “Para mí, él es una persona humilde, cercana a la gente, que abrió la Iglesia y que no le gusta ser un Papa monje sino que un Papa rodeado de gente. Es carismático. No le importa que lo toquen y lo abracen. Es un Papa misionero. Estoy feliz que este Papa haya abierto la Iglesia, para que salgamos a misionar. Al Francisco le pediría por los niños abandonados y por los niños del Sename. Pediría para que puedan recibir el amor y la libertad necesarias para desarrollarse como niños”.

Reinaldo Atero, Roni, hombre con síndrome de Down, de 34 años, que asiste al Centro de Día de Fundación Rostros Nuevos del Hogar de Cristo, en Quinta Normal, participará del encuentro del Papa con los más pobres y desvalidos y a través de él lo hará vicariamente Myriam Aranda, de 58 años, su mamá. “Roni” y ella viven juntos en Quilicura, desde donde se trasladan a diario al centro del Hogar de Cristo. Myriam deja allí a su hijo y va a sus labores como conserje de un condominio. Cuenta que Roni hizo la Primera Comunión, que le gusta ir a misa y que cuando supo que se reuniría con el Papa, juntó las manos en actitud de oración. Ella, que es muy católica, lo está preparando para la cita, incluso está ayudándolo a construir qué le va a decir a Francisco. “Reinaldo va a misa, entiende la importancia de lo que va a vivir”, cuenta, junto a su tímido, dulce y silencioso hijo.

Doris Fels, 78 años, es acogida en la Residencia de Adultos Mayores de Recoleta del Hogar de Cristo desde hace 15 años. Vive confinada en su silla de ruedas por dos décadas, debido a una artritis reumatoide, que agravó la poliomelitis que padece desde la niñez. “Quiero contarle al Papa que mi vida ha sido muy sacrificada. He vivido en hospitales desde los 5 años y ahora estoy en el Hogar de Cristo”, cuenta, recordando a sus padres con quienes vivió hasta que murieron. Como nunca se casó, entonces quedó sola. Ese momento, una trabajadora social le habló del Hogar de Cristo. “Estoy feliz acá, tengo una pieza para mi sola. Me gusta tejer a crochet y a palillo, leer, ver tele. Tengo 10 amigas acá. Incluso tengo una tutora que me regaló una silla de ruedas con motor”.

Elizabeth Maldonado, 40 años, asiste al Centro de Día de Fundación Rostros Nuevos en La Granja desde el año 2015. Vive con su madre Sonia, su padre Dagoberto, su hermano Cristián y sus sobrinos Eduardo y Scarlet. Durante su infancia estudió en las escuelas especiales La Rosa Azul y Nuestro Mundo hasta los 23 años. Luego estuvo en su casa hasta que empezó a participar de los programas de Rostros Nuevos. Elizabeth es muy católica y se encuentra emocionada de conocer al Papa.

Luis Uribe, 80 años, acogido de la residencia para adultos mayores Joss Van Der Rest, del Hogar de Cristo, en Estación Central. Fue corredor de inversiones en Sao Paulo, donde vivió durante 40 años, fascinado con su clima y su gente. Es alto, elegante, viste de oscuro y usa anteojos de moldura metálica. Realmente, no parece una personas en situación de pobreza extrema. Pero lo es.

Profundos quiebres familiares producidos en Brasil, lo hicieron retornar hace un par de   años a Chile, donde nada le resultó y terminó viviendo en la calle, donde enfermó gravemente. Así llegó a la casa de acogida Joss Van Der Rest, donde ahora se le dio la oportunidad de conocer al Papa. “Le pediré que siga luchando contra la desigualdad y la pobreza, que intervenga con los gobernantes, que una vez electos se olvidan de los pobres”.

José García, 73 años, vive en la Casa de Acogida Josse Van Der Rest, que el Hogar de Cristo tiene junto al Santuario del Padre Hurtado. Es un hombre educado que recorrió el mundo gracias a su capacidad intelectual y a su olfato artístico, pero desde 2014 es acogido del Hogar de Cristo. Allí ha hecho amigos que han compensado el distanciamiento con su familia sanguínea. Tras el Golpe de Estado, en 1974, se fue a Francia, desde donde se dedicó a recorrer distintos países europeos mostrando el arte chileno, en lo que denominó la “Brigada Pablo Neruda”. Aprendió idiomas, conoció el amor y la bohemia de París. Asegura que vivió bien, pero que la sangre tira y decidió volver a Chile en el año 1980.

En el 2010 sufrió una fractura de pelvis que lo mantuvo hospitalizado siete meses. Al ser dado de alta y no contar con el apoyo de familiares, se fue a Punta Arenas a la casa de unos amigos cercanos. En 2015 regresa a Santiago en busca de una alternativa habitacional estable e ingresa en forma transitoria a la Casa de Acogida Padre Joss Van der Rest, donde recibe apoyo en la búsqueda de una residencia definitiva. Fue elegido entre más de cien adultos mayores que viven en el Hogar de Cristo para sacar la voz frente al Papa. Y a pesar de la gran responsabilidad, asegura que no siente nervios ya que tiene suficiente oficio para hablar de tú a tú con el Santo Padre. “Tengo claro que Francisco es solo un hombre, es Jorge Bergoglio, así que no me siento un privilegiado. Él conoce nuestra realidad, en un momento habló de los ‘descartables’ y yo hablaré en nombre de los descartables de Chile”. También José dice que aprovechará para pedirle “que interfiera para que Marcelo Bielsa vuelva a la selección. El Papa es muy futbolero y debe entender lo que significa Bielsa para nosotros”.

Juan Domingo Molina, 39 años, vive en la Hospedería San Bernardo. A los 2 años de edad fue adoptado por una familia que ya tenía 2 hijos. Vivió con ellos hasta los 6 años, edad en que comenzó a alejarse de ellos por los malos tratos que les daban. A los 17 se reencontró con su madre biológica, pero nunca lograron vincularse. Antes de eso, circuló por distintos hogares de menores hasta que llegóa una casa de menores del Hogar de Cristo. Ya adulto, ha sido usuario permanente de la Hospedería de San Bernardo, a la que considera su hogar y a los trabajadores sui familia”. Juan Domingo sufre consumo problemático de alcohol. Nunca ha logrado estabilizarse, ya que recae cada cierto tiempo. Es por eso que no tiene pareja ni hijos. Actualmente trabaja como peoneta en la empresa Carozzi de San Bernardo. Las encargadas de la Hospedería lo definen como un hombre muy solidario y preocupado de sus compañeros. Cuando supo que iba a conocer al Papa quedó en shock y decidió mantener abstinencia total de alcohol. Se está cuidando para ese día estar en “al cien por ciento”.

Viviana Rojas, 35 años, lleva 10 meses en el Programa Residencial de Mujeres, de Fundación Paréntesis, en Quilicura. Tiene dos hijos, un joven de 18 y una chica de 15. Viviana perdió todo por culpa del alcohol, llegó incluso a vivir debajo del puente. Comenzó a tomar a los 20 años debido a problemas familiares y a una depresión que no ha logrado superar. “Busqué un escape equivocado. Mi grado de alcohol sobrepasaba los límites. Tomaba vino, ron, cualquier cosa que me mareara. Mi familia era disfuncional, mi padre, violento y mis hermanos, alcohólicos. Pasé hambre, frío, humillaciones y el desprecio de las personas. Dejé a mis hijos tirados, no me di cuenta del error que estaba cometiendo. Recién ahora estoy aprovechando mi vida y tratando de recuperar todo el tiempo perdido. Gracias a Dios, conocí a alguien que me trajo para acá, cuando aún me queda tiempo para hacer las cosas bien”. Viviana siente que haber sido elegida para conocer en persona al Papa, revela su gran cambio personal. “Después de andar recogiendo cosas en la calle y dormir debajo de un puente, imagínate lo que significa esto”.

Luis Andrade, 73 años, es usuario del Centro de Encuentro del Adulto Mayor de Renca. Desde los 5 años, vivió en la calle, bajo los puentes del río Mapocho. Estuvo preso por no tener domicilio. A partir de los 20, ha entrado y salido de la Hospedería Joss Van Der Rest en la Estación Central. Hoy, gracias a las gestiones del actual Capellán del Hogar de Cristo, Pablo Walker, fue trasladado al Centro de Encuentro para el Adulto Mayor, donde recibe una pensión que le permite arrendar una pieza a 3 cuadras del centro. Luis no tiene hijos y declara abiertamente su homosexualidad. “Me gusta este Papa, porque es bueno y comprensivo. Para mí su Santidad representa la paz, la alegría, la unión. Él reúne y bendice. Cuando supe que lo conoceria, no pude dormir. Uno nunca piensa que va a conocer a alguien supremo”.

María Inés Morales, 64 años, usuaria de la Casa de Acogida Padre Hurtado en Estación Central. Llegó acá derivada de un programa de protección de mujeres agredidas, luego de haberse decidido a denunciar a su marido por maltrato. Hoy está divorciada y ha retomado el contacto con su única hija y sus nietos, de quienes se había distanciado por los problemas con su ex. María Inés es empeñosa, laboriosa y muy colaboradora. Ayuda a todas sus compañeras de la casa de acogida y aún no sabe que el dirá al Papa. ¿Su mayor temor? Que no le salga el habla.

Ximena Flores, 47 años, voluntaria en el Jardín Infantil Raúl Silva Henríquez del Hogar de Cristo, en Quilicura, que atiende a lactantes y párvulos del quintil más desfavorecido de la población, incluidos cerca de 20 pequeños haitianos. “Me ocupo de muchos niños haitianos porque en su condición están desvalidos. Los cuido mientras sus padres salen a trabajar”. Desde hace dos años, estimulada por su mamá, decidió ayudar a otros, pese a que no trabaja y ella misma y su familia viven en gran precariedad. Madre de 5 hijos, y abuela de una nieta, se siente plena haciendo este trabajo. “Cuando ayudo a alguien siento que tengo corazón”, afirma. Sobre su encuentro con el Papa Francisco dice: “Le pediré que ayude lo más que pueda a los adultos mayores y a los migrantes. A los niños del Jardín y a los viejos. Por ellos les pediré”.

Mike Jensky Bylli Sterling, 15 años, haitiano residente en Chile. Se vino a Chile con su madre hace un año y medio, escapando de la violencia en su país. Vivían en Les Gonaïves, a unos 150 kilómetros de Puerto Príncipe y se instalaron en Santiago en casa de un familiar. “Me costó dejar Haití y a mis amigos, pero en mi país hay mucha violencia, secuestros y muerte. En Haití el gobierno se lleva todo el dinero y no dejan nada para el pueblo, ese es el problema. Además, a mi mamá le hicieron brujería, un mal de ojo. Por eso no pudimos seguir con el local de abarrotes que ella mantenía. Hay mucha gente que te hace mal de ojo cuando le caes mal”. Mike habla muy bien español. Tanto que en marzo comenzará el octavo básico en colegio y es acólito en las misas en creole de la Parroquia Santa Cruz de Estación Central. “Me demoré 3 meses en aprender español. Tuve que ir a cursos y buscar información en internet. Ahora incluso se me han olvidado algunas palabras del haitiano. También debo traducirle todo a mi madre, que no ha aprendido nada del idioma, porque dice que está muy vieja para aprender”. Dice que en Haití su mamá conoció a un Papa, así es que él le seguirá los pasos, lo que lo tiene muy emocionado.

Antonia Flores, 68 años, coordinadora de la Capilla Ignacio Vergara de Estación Central. A los 24, tuvo a su primer hijo y fue madre soltera hasta que a los 36 se casó con Roberto con quien lleva 32 años de matrimonio y tienen 2 hijos más. En 1992, perdió a su primogénito en un accidente de auto.

Ha sido nana, costurera y auxiliar de enfermería, pero en 1978 encontró lo que la gratifica más: hacer catequesis en la comunidad Ignacio Vergara. Entonces participó en los comedores solidarios y vio “que la Iglesia hacia muchas cosas por los hermanos torturados, desaparecidos y exiliados. Eso me llevó a involucrarme cada vez más. En la Compañía de Jesús conocí gente maravillosa. Me mostraron a un Dios que te acoge, te quiere, a un Jesús que te libera de todas tus trancas, muy diferente de ese Dios castigador que conocía desde niña. Yo he cambiado mucho. Antes era rencorosa, altanera. La comunidad me fue cambiando, ahora me cuido de lo que digo para no hacerle daño al otro. También me ha cambiado el dolor. Cuando pasó lo de mi hijo, tuve el apoyo de toda la comunidad; eso fue vital”.

Por eso, dice, le encanta que el Papa sea jesuita. “A mí la Compañía de Jesús me ha enseñado a ser solidaria, humilde, obediente. Soy una enamorada de la Compañía de Jesús. Al Papa le diría que ayude a que los gobernantes miren a los pobres y legislen para ellos”.

Luis Quiñileo, 51 años, Hogar Protegido San Pedro Claver, de Estación Central. Padece de déficit atencional, esquizofrenia leve y epilepsia. Lleva alrededor de 16 años en la Fundación Rostros Nuevos y es beneficiario del Hogar Protegido de Estación Central, donde vive con 6 personas más.“Tengo que mantener la casa limpia, paso la virutilla y el fin de semana voy a la feria a comprar fruta”. Luis nació en Traiguén y se crió con su abuela debido a los constantes maltratos que le daba su madre. Cursó sólo hasta octavo básico. A los 25 años, se vino a Santiago, donde trabajó como ayudante de construcción. Debido a una enfermedad que le impidió seguir trabajando, ingresó a la Hospedería Padre Lavín, desde donde fue derivado a la fundación Rostros Nuevos. Actualmente participa en el Teatro de la vida y se presentó en el Mesón del Encuentro 2017. “Me gusta el teatro, me entretiene y me mantiene la mente ocupada”. Sobre su encuentro con Francisco, comenta: “Es bonito conocerlo porque es un Papa para todo el mundo. Lo quiero saludar y preguntarle cómo está su salud. También le quiero dar un abrazo”.

Natalie Aibijian, 11 años, refugiada siria, que llegó a Chile desde El Líbano, el 12 de octubre de 2017, bajo un programa de reasentamiento humanitario, el que es liderado por el Estado de Chile en colaboración con el ACNUR y ejecutado por la Vicaría de Pastoral Social Caritas del Arzobispado de Santiago.

Sus padres son Bolik y Mariette. Tiene un hermano, Charbel, de 8. La familia es cristiana, de la Iglesia Católica de Armenia. La Aibijian vivía en Alepo cuando comenzó el conflicto armado en Siria. Buscando seguridad y mejores condiciones de vida,  se fueron a El Líbano, pero las difíciles condiciones para la integración, los llevaron a solicitar asilo como refugiados en un tercer país. Así fue como llegaron a Chile, donde están tomando clases de español intensivas para lograr insertarse.

Josiane Fils-Aime, 33, migrante haitiana. Trabaja en el Santuario del Padre Hurtado. Se fue de Haití a los 17 años a Brasil, donde trabajó como cocinera en un restaurante, luego vivió en Miami, Estados Unidos, cuidando a un adulto mayor. Fue deportada a su país por no contar con los papeles legales. Hace 5 meses decidió viajar a Chile, donde lleva 8 meses. “Llegué a este país por recomendación de un amigo. Viví con mi primo, pero ahora ya vivo sola en una pieza. Una amiga me trajo al Santuario porque estaban buscando gente para trabajar. Acá trabajo haciendo aseo de las oficinas y en el patio. Estoy feliz de conocer al Papa; es como conocer a Dios”.