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¿El día de qué? Prevenir no es una lucha

Durante su Asamblea General del 7 de diciembre de 1987, Naciones Unidas decide instaurar un día que recuerde y releve las acciones que se desarrollan en el ámbito de las drogas. Esto implicó que el 26 de junio del año siguiente, se comenzara a conmemorar el “Día Internacional de la lucha contra el abuso y tráfico ilícito de drogas”, hace ya 30 años.

El objetivo final de contar con días que recuerden causas específicas son las de sensibilizar, concientizar, señalar un asunto pendiente en nuestra sociedad. Desde este punto, es claro el sentido de instalar un día como este, pero para quienes trabajamos en la temática nos parece que, partiendo por el nombre que describe la causa, hay cosas que no se han estado haciendo bien. Me aprovecho entonces del nombre entregado a este día para mencionar lo que sigue.

Hablar de una confrontación, poner el ‘contra’ como parte esencial de un abordaje, parte de un lugar confuso. Solemos escuchar mensajes como “ganarle la guerra a las drogas”, “combatir el flagelo”, incluso de muchos que dicen entender la temática. Este lenguaje bélico posiciona a una sustancia inerte como un ser que tiene la capacidad de defenderse en este inminente ataque, algo que está más cerca de la fábula que de la realidad. La mentada “lucha contra las drogas” no asume el tema como un fenómeno sociocultural, donde la droga ha sido parte de la historia humana, donde el consumo es síntoma de fenómenos complejos, donde es la relación que se establece actualmente con ella la que produce los fenómenos que tenemos, no la sustancia física en sí.

El punto de que se incorpore en el mismo nombre un aspecto que hace mención a un tema de salud y le siga un tema netamente delictivo, da también ciertas luces de por qué se suelen poner en el análisis estos dos temas juntos. Lo claro y evidente es que no todo el que consume drogas es delincuente (en rigor, es un porcentaje ínfimo).

Así también, centrar la mirada en el abuso o uso indebido da énfasis en un momento tardío dentro de un proceso más amplio. Podría entenderse que lo declarativo del nombre tiene como objetivo no llegar al abuso, pero estadísticamente es un porcentaje menor el que presentaría un consumo problemático (por ejemplo, un 20,3% de los que declaran consumo de marihuana el último año según SENDA y sólo un 2,9% si tomamos a toda la población), sin embargo, se sigue metiendo a todos en ese mismo saco. ¿Qué repercusiones tiene esto? Que las discusiones, recursos y acciones pierdan de vista a todo ese enorme (y mayor) porcentaje de población que va a experimentar con las drogas como parte de su desarrollo, y que son a lo que debemos entregar más información y acompañamiento, para que esto no derive en un consumo de mayor complejidad. Entonces, termina creándose una falsa dicotomía: los que no consumen (o no han llegado a hacerlo) y los que consumen (y problemáticamente). Esto último también tiene implicancias en los niños y adolescentes, que son el foco principal de nuestras acciones, ya que ven que el problema es de ‘otros’, de personas que ‘tocan fondo’, de jóvenes con conductas muy disruptivas, no considerando así el consumo como una de las tantas conductas exploratorias de un proceso de crecimiento normal. Entonces, el mensaje final es “si consumes, ya no hay vuelta atrás, sigue hasta que sea problemático”.

De esta manera, se asientan las acciones en la falacia de control, pensando que eliminando algo malo siempre va a quedar algo bueno. Cuando tenemos entonces un día bautizado desde una perspectiva negativa, es decir, desde lo que hay que evitar, eliminar o combatir, se deja fuera lo que hoy es importantísimo para trabajar en prevención, el construir.

Si bien el trabajo preventivo ha ido incorporando algo en este sentido, tanto a nivel gubernamental como de quiénes trabajamos en el área, ha costado ir más allá de esa falsa dualidad sujeto-droga. Posiblemente esto tiene sustento en una forma de establecernos como sociedad, basada en la individualidad, lo competitivo, que termina por elevar nuestras prevalencias en trastornos de salud mental (por ejemplo, depresión en un 15,8% a nivel nacional según la ENS 2017 y en otros estudios superan el 20%).

Apoyar estrategias que tengan como lógica el construir comunidades saludables, que se cuidan, que se apoyan al tener problemas va en el sentido correcto. Potenciar el bienestar, las buenas relaciones, la participación, el sentido de respeto al otro y de ciudadanía son los aspectos centrales de esta construcción. Se debe emigrar de un modelo informativo o jurídico a uno de mirada multidimensional, donde los proyectos individuales se sumen a un proyecto común, un plan copartícipe, que estimula la vinculación y el trabajo en red en beneficio de la comunidad.

Es por esto, que como fundación trabajamos en el sentido de construir, que el espacio (físico y social) sea lo que nutre, lo que aporta al desarrollo. A nivel escolar, puntualmente, no sacamos mucho con ‘luchar’ por tener un colegio ‘libre de drogas’, sino que es más real y efectivo trabajar cooperativamente para una comunidad que puede reconocer sus aspectos positivos, que motiva el desarrollo en distintas áreas, que logre construir un contexto que propicia una vida saludable en todos los aspectos. De esta forma, la droga tiene menos cabida. A nivel de sociedad, estar libre de las drogas es aún más difícil (por no reconocer que es imposible), por lo tanto, no sería prudente esperar llegar a eso para pensar que vamos por el camino adecuado.

A pesar de que en Chile, este día se conmemora hace años como el “día de la prevención”, sería importante recomenzar el abordaje de esta temática partiendo por proponer un nombre que indicara el real sentido de su existencia, un día de la prevención de los riesgos del consumo de drogas con base en la construcción de una comunidad que se cuida.

Por Iván Muñoz, Director Asesorías y Servicios Clínicos de Fundación Paréntesis.