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José Yuraszeck, en la Eucaristía del 29 de mayo: “Seamos fuegos que enciendan otros fuegos”

“No hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más – casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones – y en la vida futura, vida eterna”. Esta cita dio pie a la reflexión eucarística del nuevo capellán del Hogar de Cristo, texto que aquí reproducimos.

 

Por José Yuraszeck

 

“Cada una de las más  de  cien casas  del  Hogar  de  Cristo  que  hemos  visitado  junto  con  Pablo  Walker en  este  mes  que  está  concluyendo –comunidades  terapéuticas,  jardines  infantiles,  residencias  protegidas,  programas  de  acogida  y  ambulatorios,  de  reinserción  educativa,  residencias  infanto-adolescentes  y  de  adulto  mayor,  centros  de  encuentro,  programas  de  atención  domiciliaria– me  permiten  atestiguar  que  las  palabras  del  Evangelio  que  acabamos  de  proclamar son  ciertas.

Quisiera  expresar  el  precioso  desafío  que  significa asumir  hoy  esta  misión a partir de  cinco  vivencias  que  he  escuchado  este último  tiempo. Todas ellas ilustran trayectorias de  inclusión  con  una  cierta  perspectiva  de  egreso.

En  la  hospedería  de  Castro,  la  primera  semana  de  mayo,  conocí  la  historia  de  Bam Bam:  hace  un tiempo  murió  en  la  calle  y  fue  llevado  al  Servicio  Médico  Legal.  Por   diversas  circunstancias,  no  había  quién  reclamara  su  cuerpo.  Las  trabajadoras  de  la

Hospedería  se  organizaron  para  sacarlo  de  ahí, juntar  algo  de  dinero  y  comprar  una  urna, llorarlo  y  velarlo  con  sus  amigos  en  la  capilla  de  la  misma  hospedería  y,  finalmente,  darle  sepultura.  Concurrieron  voluntades  y,  aunque  demoraron  más  de  lo  que  hubieran  querido,  lo  consiguieron.

Participamos  del  círculo  con  que  comienzan  el  día  en  la  comunidad  terapéutica  de Paréntesis  en  Villamávida,  en  la  región  del  Biobío.  Este  es  un  espacio  de  escucha  que permite  exteriorizar  sentimientos  y  experiencias,  y  acompañarse  en  cada  una  de  las etapas  del  proceso  que  siguen  quienes  han  tenido  consumo  problemático  de alcohol  o  drogas.  Yo  compartí  la  gratitud  por  la  confianza  que  han  depositado  en mí  al  confiarme  esta  misión  como  capellán  en  el  Hogar  de  Cristo,  a  la  vez  que  cierto  julepe por  el  tamaño  del  desafío.  Recibí  de  parte  de  los  que  ahí  estaban  un  gran  abrazo  mientras  rodeábamos  una  vela  encendida  en  la  sala  a  oscuras  y  hacían  una arenga de  motivación. “Sí,  se  puede “. Esas palabras  adquirían  en  voz  de  nuestros  acompañantes  una emotividad particular:  el  largo  camino  de  rehabilitación  y reinserción  social  que  emprenden,  con  tropiezos  y  vueltas  a  levantarse,  les  daba  una  autoridad  conmovedora.

Los  jóvenes Jesús,  Sebastián,  Gabriel  y Brandon,  que  participan  del  programa  de   reinserción  educativa  de  Súmate  en  el  Centro  Comunitario  Bonilla  de  Antofagasta,  después  de  verse  doblegados  en  el  pingpong  por  este flamante capellán,  nos  estuvieron  compartiendo  que  estaban  completando  este  año quinto y sexto básico por  lo  que  el  próximo  año,  si  todo  marcha  bien,  podrían  celebrar  su  licenciatura  de  enseñanza básica.  Quedamos  en  que  me  invitarían  a  esa  celebración  y  que yo presentaría un  número  artístico.  Ya  estoy  afinando  voz  y  guitarra,  para celebrar con  ellos  ese  momento  tan  especial.  También  nos  acompañó  Eduardo,  egresado  el  año  pasado.  Agradecían  especialmente  a  sus  mamás,  que  los  han  empujado  a  terminar  sus  estudios tras  varios años de interrupción. También  agradecían a Pauli,  su  profesora,  y  a  todo  el  equipo  de  Súmate.

Mientras  compartíamos  un  desayuno  en  la  Hospedería  de  Iquique,  que  incluía  a  tres  amigos  de  Sierra  Leona  que  acababan  de  llegar  como  refugiados  a  la  ciudad,  cada  cual  compartió parte  de  su  historia.  Roberto  ilustraba  con  dos  frases  que  le  han  dicho  en  el  Mercado  de  la  ciudad,  el  camino  que  ha  hecho  desde  que  ha  ido  dejando  la  calle  tras  entrar  a  la  Hospedería.  ‘Ya, váyase  de  acá. No  moleste’, le decían  quienes atendían los puestos  de  comida tiempo atrás.  Hace poco volvió a pasar y le han dicho: ‘Joven, ¿qué se va a servir?’. Roberto  compartía este cambio de actitud hacia él  con  un  orgullo que  motiva.

El jueves pasado bendijimos la Sala de Cuidados Especiales Padre Alberto Hurtado de la  Residencia de Adulto Mayor Asunción de Peñablanca. Esta sala era parte del compromiso  asumido tras el  cierre de la sala Padre Hurtado cerquita de acá.  

Al momento de  rociar con agua bendita ese lugar, quise saludar una a una a todas las  personas que estaban  ahí, pasando  tal vez sus últimos  días. Al  llegar a la última sala me  encontré con María, que  dormitaba. La  saludé, tocando suavemente su hombro y recibí  un cariñoso: ‘Déjenme sola, váyanse a la mierda’. Me soplaron después que ella vive un  poco pegada en el  pasado, con mucho resentimiento hacia algunas personas y es por  eso  de pocas  amigas. Pude constatar lo que le  gusta decir al  Padre  Josse  van  der  Rest, los pobres mueren como ricos. Y ahora no en un solo lugar, sino en cuatro. 

Las  historias de BamBam y María nos hablan de un cierto tipo de egreso, hacia la vida  eterna, con la mayor dignidad posible. Las de Roberto, los participantes de Villamávida y  los jóvenes de Súmate, de una trayectoria de inclusión que  nos  permite  soñar  con un  futuro  mejor  en  acciones  y  vidas  bien  concretas,  con  un  impacto  en  sus  personas y también  en  sus  familias  y  en  la  sociedad  toda.

En este último mes nos hemos encontrado con trabajadores,   miembros  de  las  directivas  sindicales,  participantes, consejeros, captadoras de socios y recaudadoras, jefes, voluntarios, miembros de la comunidad  y de la sociedad civil   organizada, autoridades civiles y  eclesiales.  Hemos  compartido  la mesa  con  el  sabor  de cada lugar  –los  kilos  de  más  lo  atestiguan–, recordando historias de personas y programas que los constituyen  localmente,  que le han dado vida al  Hogar de Cristo; hemos  cantado, reído y llorado; hemos también celebrado  la eucaristía, orado, recibido el cariño y el  testimonio de  acogidos  y  trabajadores.

Una  de  las  cosas  que  repetían  agradecidamente de Pablo tras  sus  7  años  como  capellán  y  que recibo  de  algún  modo como  mandato es la preocupación por la pastoral,  por  promover  la  espiritualidad  del  Padre  Hurtado, por  mostrarse  cercano  en tiempos  de  dificultades  personales  y  como  equipos,  por  reconocer  y  valorar  el  aporte  de  las  trabajadoras,  por  levantar  la  voz  promoviendo  una  sociedad  más inclusiva  y defensora de  los  derechos  humanos.  También  agradecían  que  en  su momento se haya  mostrado  frágil,  dado  que  su  trabajo  afectó  fuertemente  su salud,  y  eso  le pasa  habitualmente  a  quienes  trabajan  acá,  especialmente  a  los  de  trato  directo.

Desde  la  definición de bien común  que  se  nos  ofrece  en  la  Doctrina  Social  de  la  Iglesia –el  conjunto  de  condiciones  sociales  favorables  que  permiten que personas, familias  y  agrupaciones  alcancen  el  máximo  de  su  propia  perfección–  podemos comprender  en  parte  el  sentido  que  tiene  cada  una  de  nuestros  programas.  Reconociendo  el  innegable rol  del  Estado,  no  podemos  mirar  en  menos  el  de  las  distintas  organizaciones de  la  sociedad  civil, incluyendo  ONGs  y  empresas,  y,  por  cierto,  el  rol  de  cada  uno de los ciudadanos,  comenzando  por  los  que  viven  en las  fronteras de la  exclusión. Hemos  de caminar  hacia  constituir  distintas  alianzas  que  permitan  que  cada  cual  pueda  desplegar  al  máximo  sus  capacidades  y  talentos.  No  se  trata  sólo  de  dineros o  proyectos: sino de generar experiencias y encuentros  transformadores. Un desafío mayor es el  de desatar  la solidaridad  en  cada  territorio donde  están  nuestros  programas.  Y,  por  qué  no, promover que  sean nuestros propios  acogidos  los  que  en  el  futuro  próximo  participen  como  voluntarios,  constituyéndose  en referentes para  quienes están  en  alguna  situación  similar.

Cada gesto de cariño, cuidado, apertura, inclusión, que realizamos en cualquiera  de  nuestros  programas,  hace  que  el  rostro  hosco y  a veces oscuro  de  las ciudades  de  nuestro  país  se  vuelva amable  y  luminoso.  Pidamos  a  Dios  para  que,  por intercesión del  Padre  Hurtado,  podamos  juntos  seguir  tratando con  amor  y  cariño  a  nuestros  patroncitos y que convoquemos cada  vez  a  más  personas  y  comunidades  a  ello. Seamos  fuegos que encienden otros fuegos  para que este Hogar de Cristo pueda  seguir  iluminando con la  buena  noticia  de  Jesús  todos  los  rincones de  nuestro  Chile. 

 

 

 

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