Hogar de Cristo

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PADRE HURTADO

Padre Renato Poblete

Padre Renato Poblete : Emprendedor de la Solidaridad

 

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El 18 de febrero de 2010 a las 09.30 horas, falleció el Padre Renato Poblete Barth, quien se encontraba en el Centro de Espiritualidad Loyola en Padre Hurtado, junto a sus compañeros jesuitas en el “Encuentro Anual de la Provincia chilena”.

Sus restos fueron  velados en la Iglesia San Ignacio de Loyola (Alonso de Ovalle 1480, Santiago Centro) y en el mismo lugar, se celebró  una Misa a las 20.00 horas. Sus funerales se realizaron el viernes 19 de febrero a las 18.00 horas en dicha iglesia, para luego ser trasladado al Cementerio del Centro de Espiritualidad Loyola en Padre Hurtado.

El Padre Renato Poblete seguramente pasará a la historia como el gran innovador que cambió la manera de hacer solidaridad en Chile. Desde el puesto de Capellán General del Hogar de Cristo -entre los años 1982 y 2000- convirtió a esta institución en una verdadera empresa. Aumentó su tamaño, su presencia en el país y la cantidad de gente que se incorporó a la obra para combatir de manera eficiente la pobreza.

Él conjugó una profunda austeridad personal con la recolección y manejo de enormes fondos necesarios para las obras sociales. Esto contribuyó fuertemente a la gestión creativa y exitosa al frente del Hogar de Cristo, que incorporó el marketing más reciente y la cultura empresarial para el ejercicio eficiente de la caridad.

Varias de las actividades que hoy realizan las instituciones de beneficencia las inventó el Padre Renato. Se le conocía como una “máquina de ideas” y muchos expertos coinciden en que él fue un precursor del marketing empresarial por la forma como abordó la obtención de recursos. La Cena Pan y Vino, la donación de vueltos en el supermercado, la publicidad en diarios y revistas o los spots televisivos con el rostro de pobres mostrando su realidad, son algunos ejemplos de las creaciones del Padre Renato. Si bien hoy pueden parecer comunes, años atrás requirió de un gran esfuerzo para convencer al directorio de esa época para innovar en esta área. Tenaz y perseverante como pocos, cuando tenía la convicción de que una idea podía resultar exitosa se embarcaba contra viento y marea para conseguirlo. “Gracias a Dios”, como dicen los que trabajaron con él, muy pocas veces se equivocó, le fue bien y el reconocimiento no tardó en llegar. En 1993 recibió el premio Icare a la excelencia empresarial.

Gracias a una personalidad increíblemente acogedora y de poseer en abundancia ese rasgo jesuita de “saberle hablar a cada cual”, atrajo con su discurso a cientos de voluntarios para el Hogar de Cristo, desde gerentes -que optaron por un cambio de vida y se dedicaron intensamente a la institución-, hasta grupos de mujeres, incondicionales y fieles seguidoras, que concretaban y organizaban gran parte de las miles de actividades que él ideaba. El Padre Renato supo rodearse de laicos comprometidos, que fueron determinantes a la hora de poder ejecutar su trabajo. Con muchos de ellos desarrolló una franca amistad y él, a pesar de sus múltiples ocupaciones, se encargó de mantenerla en el tiempo. Era delicado y preocupado en los detalles. Su día comenzaba siempre muy temprano revisando su agenda y llamando a primera hora a sus colaboradores cuando estaban de santo o de cumpleaños.

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Siempre supo agradecer a quienes le ayudaban y nunca faltó un reconocimiento oportuno para sus colaboradores. Sus alabanzas brotaban espontáneamente frente a un trabajo bien hecho, a una persona generosa o a un favor especial que alguien le hacía. Por eso sus seguidores lo adoraban y era difícil resistirse a una nueva petición de ayuda de su parte.

En el Hogar de Cristo marcó una época y su labor fue observada en detalle por sus admiradores y detractores.

En los casi 20 años de su gestión, el Hogar creció de siete a cincuenta filiales. En 1982 trabajaban 162 funcionarios y en el 2000, eran 3.200; de los 85 voluntarios se pasó a 5.000. De 350 asistidos por día se llegó a 22 mil. Son solo números, pero que grafican en parte la inmensa labor realizada por el padre Renato.

Él tomó el Hogar de Cristo cuando era una pequeña obra y la convirtió en una gran empresa, reconocida, respetada y admirada por su eficiencia. En una encuesta de esos años, esta institución tenía un 86% de confiabilidad, lo que da cuenta de la imagen que logró proyectar con esta obra. La gente no sólo conoció el Hogar de Cristo, aprendió a quererlo y ayudarlo.

Bajo su gestión, el Hogar continuó siendo una hospedería que recibía cada tarde a hombres y mujeres que no tenían dónde pasar la noche y que llegaban hasta la puerta de su sede principal. Pero también para aquellos que preferían pasar la noche en la calle y que se resistían a abandonar la vía pública y que sólo lo hacían frente a una taza de té o una sopa caliente que les ofrecían los voluntarios que salen en las noches a buscarlos. Además, siguió siendo un lugar que acogía a los enfermos terminales y que les ofrecía una oportunidad de enfrentar la muerte de manera digna.

Bajo su mandato también comenzó el trabajo en las cárceles, especialmente con los menores de edad, que en ese tiempo no alojaban en recintos penitenciarios especiales y que estaban expuestos a todo tipo de abusos. También se creó el Área de Niños y Jóvenes en Alto Riesgo Social que fue una de las de mayor crecimiento. Se implementaron trabajos, talleres, servicios y capacitación a los jóvenes que llegaban derivados de los tribunales. Rápidamente se pasó a atender también a las personas con adicción a las drogas y alcohol. El Hogar de Cristo pasó a ser una de las instituciones de rehabilitación para adicciones, líder en el país y reconocido por haber diseñado uno de los programas más eficientes y de menor costo para estos tratamientos.

Otra área en que el Padre Renato enfocó su trabajo fue en la atención de los discapacitados mentales. Muchas de las personas que llegaban a las hospederías tenían problemas siquiátricos severos y se crearon hogares especiales para ellos. Bajo la Capellanía General del Padre Renato se llegaron a construir tres de estos hogares.

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Así como el padre Renato logró difundir la imagen del Hogar de Cristo a nivel nacional, también consiguió que la gente empezara a conocer y admirar al Padre Hurtado. Cuando él llegó a la Capellanía General un estudio le demostró que muy poca gente sabía quién era este santo chileno. Empezó entonces una labor tenaz por dar a conocer la figura y misión de quien había sido determinante en su vida religiosa. Y con un gran esfuerzo logró reactivar la causa de santificación del padre Hurtado que dormía en algún escritorio a la espera de poder demostrar algún milagro. Su sueño culminó en octubre de 1994 cuando en Roma el papa Juan Pablo II beatificó al fundador del Hogar de Cristo. Años más tarde y cuando ya no estaba a la cabeza de la Capellanía General, este largo camino culminó al ser declarado el primer santo chileno. Hoy – a diferencia de lo que ocurría en 1982- no hay nadie que no sepa quién fue el Padre Hurtado, el mayor líder en vocaciones sacerdotales en Chile, responsable entre otras de la de Renato Poblete.

Paradojalmente, el Padre Renato no venía de una familia particularmente religiosa. Nació en Antofagasta, el 5 de Abril de 1924 y vivió hasta los 16 años en Oruro, Bolivia, en la época de esplendor de esa ciudad gracias al auge del estaño. Fue el menor de tres hermanos hombres y su padre, una persona austera, culta y dedicada a su trabajo, siempre lo tomó muy en cuenta y lo incluía en sus conversaciones a pesar de su corta edad. Por ello la vida de Renato cambió bruscamente con la muerte de su padre cuando él apenas tenía 16 años. La familia volvió a Chile, y su vida holgada desde el punto de vista económico varió bastante. Por lo menos no pudo asistir al colegio Alemán al que iban todos sus primos. Su madre lo matriculó en el Liceo de Aplicación lo que le ayudó, sin embargo, a tener una visión bastante plural del mundo.
Fue estando en ese establecimiento que se le acercó un compañero para invitarlo a una charla en el colegio San Ignacio -en 1941- que daba un popular padre Alberto Hurtado. El impacto fue total y el padre Renato siguió asistiendo regularmente a esas conferencias. El padre Hurtado también apreció de inmediato los rasgos de liderazgo de este joven, iniciando un profundo y prolongado contacto personal con el Padre Renato.
La conversión de Renato no puede situarse en una fecha determinada, fue un largo proceso que se inició con la muerte de su padre. Alcanzó a entrar a la universidad hasta que optó por el sacerdocio.

Los largos estudios que realizan los jesuitas lo llevaron hasta Estados Unidos, que para él fueron importantes por el espíritu positivo que reinaba en esa nación. Ahí conoció una Iglesia enfrentada a una sociedad pluralista y, al mismo tiempo, menos formal que la Iglesia chilena en el período anterior al Concilio. Allí también realizó sus estudios de sociología, que le permitieron una aproximación renovada a los problemas de los nuevos tiempos.

A su vuelta a Santiago y cuando todavía era un joven sacerdote recién ordenado, asistía a reuniones de la Conferencia Episcopal invitado como el experto que conocía y dominaba las estadísticas gracias a sus estudios de Sociología Religiosa. Rápidamente se introdujo en la jerarquía de la Iglesia Católica.

Eran los años 60 cuando se empezaban a forjar profundas diferencias entre los ciudadanos chilenos e incluso entre los mismos católicos por la forma como se abordaba la superación de la pobreza en el continente americano y la Iglesia tenía una palabra importante que decir respecto de los candentes temas que se debatían.

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En esa década -gracias a su permanencia en el centro Bellarmino y su amistad con el también sociólogo Roger Vekemans s.j.-, observó desde un sitio privilegiado cómo penetraba la Doctrina Social de la Iglesia y se fraguaban cambios estructurales en la sociedad. Desde entonces se codeó con ministros, economistas y profesionales que ostentaron cargos a nivel nacional, especialmente en el gobierno de Eduardo Frei Montalva.

El Bellarmino -el think tank más poderoso de los años 60 y 70- fue escenario de encendidos debates, publicaciones desafiantes y pionera en la discusión de temas de envergadura. Sin ir más lejos, fue allí donde se inició la discusión de la reforma Agraria, una de las iniciativas más polémicas de los gobiernos de la época. Desde ese entonces, Renato Poblete empezó a codearse con los actores relevantes de la agenda nacional, el círculo de poder estaba a su alcance y siempre fue bien recibido por sus características personales. Por eso se dice que Renato Pobrete ha sido un testigo excepcional -desde distintos sitios de la sociedad- de la historia de Chile de los últimos 50 años. En un período en el que se han producido cambios muy profundos en la sociedad, en la cultura y en la Iglesia.

Paralelamente fue profesor de Introducción a la Sociología y Sociología Religiosa en la Escuela de Sociología de la Universidad Católica, facultad creada por su amigo Roger Vekemans en 1958.
Durante 27 años fue capellán de la USEC (Unión de Empresarios Cristianos), fue director del influyente Ilades (Instituto Latinoamericano de Doctrina Social de la Iglesia) y publicó algunos textos -fruto de sus investigaciones sociológicas- sobre Seminarios Menores y Crisis Sacerdotal.

Su participación más valiosa estuvo en la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, CELAM, en 1968, en Medellín, Colombia. Fue la reunión de obispos para adaptar la Iglesia latinoamericana a las directrices del Concilio Vaticano II. El padre Renato tuvo una labor destacada en dar a conocer a la opinión pública lo que se debatía y las conclusiones que se estaban alcanzando ya que todas las noches entregaba una síntesis de lo tratado en el día a la prensa extranjera. Sobre todo lo referente a los temas de justicia y paz, lo más discutido en esos días y lo que más interesaba a los periodistas de todo el mundo.
Después de Medellín, el padre Renato asumió como secretario Ejecutivo del Departamento Social de la Iglesia, lo que lo obligó a viajar por América Latina y tener un estrecho contacto con los obispos del continente. Su mayor empeño fue conciliar las dos posturas antagónicas que se daban al interior de la Iglesia de esos años: el equilibrio entre los sacerdotes más progresistas que consideraban que la Teología de la Liberación era la solución para América Latina y aquellos que estaban por el inmovilismos, por no realizar ninguno de los cambios que se requerían y que el mismo Concilio había debatido. Fomentar el diálogo permanente entre ambos sectores fue el sello de Renato Poblete.
Este carácter conciliador, donde muchas veces se ofrecía espontáneamente para limar asperezas entre bandos contrarios, le sirvió en el régimen militar.
El tuvo que interceder ante los militares a favor de detenidos, torturados o expulsados del país. A diferencia de otros prelados, Poblete nunca se peleó con sus interlocutores.

Pero quizás el episodio que más puso a prueba su carácter conciliador, fue enfrentar el secuestro de Cristián Edwards del Río, hijo del dueño de El Mercurio, Agustín Edwards Eastman, ocurrido el 9 de septiembre de 1991. Ahí cumpliría un rol fundamental como mediador entre los secuestradores y la familia Edwards. Con total reserva y de una manera firme y valiente, durante cuatro meses llevó las negociaciones que culminaron con la liberación del joven ejecutivo. Incluso le tocó entregar, de manera personal, el rescate en dinero que los captores exigieron a cambio de la liberación.

El año 2000 este sacerdote dejó de ser el Capellán General del Hogar de Cristo. Sin embargo, su agenda siguió igual de intensa que años anteriores. Continuó en la difícil tarea de recolectar fondos y de relacionarse con todas las personas que de una u otra forma pueden serle útil a esta obra: la institución de beneficencia más grande del país, la que más ha ayudado a combatir la pobreza, la que más mueve recursos. La que, en gran parte, es lo que es gracias a la gestión exitosa del Padre Renato Poblete.

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