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Reportaje: Cuando la calle fue la única opción

Expertos afirman que las políticas públicas las han invisibilizado y que urge una mirada de género.

Era de noche cuando Marilde Queupuán (50) dejó la casa que compartía con su hijo de cuatro años y su ex pareja, en Puente Alto. “Llevábamos más de 20 años, pero empezamos a ver que no nos aveníamos”, recuerda.

“Fui criada por monjas; entonces, para mí las cosas eran blanco o negro. Dije: ‘ya, se terminó'”. Tomó su mochila y se fue, “sin rumbo, orgullosa y pará de la pluma”.

Así empezó su vida en la calle, a los 40 años. De noche se refugiaba en las micros para no estar sola. Trabajó un tiempo como asesora del hogar en Viña del Mar, pero luego volvió a la calle: “Los que recogían basura me dejaban alfombras y dormía enrolladita, pero muerta de miedo. Podía venir gente que de noche salía a golpear”.

Son algunos de los recuerdos que guarda de los días en que fue parte de una estadística poco conocida: las casi dos mil mujeres -según el último Catastro de Personas en Situación de Calle (2011)- que viven en esta condición.

                 

Historias de violencia

Hoy, Queupuán está en un hogar, donde se prepara para retomar su independencia. La residencia está a cargo de la fundación Rostros Nuevos, que trabaja con personas con discapacidad mental y pobres. Antes, estuvo algunas veces en la hospedería para mujeres del Hogar de Cristo. “Eran terribles ahí las conversas, muchas habían sido golpeadas”, comenta.

María Isabel Robles, trabajadora social y directora de Rostros Nuevos, confirma que la violencia suele estar presente en las vidas de quienes luego están en la calle: “Muchas lo aceptan y siguen en sus casas porque no tienen dónde ir. Pero algunas no”. Sin hogar, expuestas a violaciones y agresiones, buscan protección en sus pares o en hombres. El 42,5% vive acompañada, según la Matriz de Inclusión del Hogar de Cristo. “Muchas veces ahí las situaciones de violencia también se normalizan, porque transas protección”, dice Robles.

Las afecciones mentales son otra dificultad. La trabajadora social plantea que un duelo no resuelto o una separación puede generar episodios y, luego, un cuadro más grave: “Muchas de las afecciones se inician por una depresión mal tratada”.

Queupuán tiene esquizofrenia, pero no lo supo hasta que comenzó a ser tratada en el Hogar de Cristo. Antes, desconocía que las personas que veía, las voces que oía y sus intensos cambios de ánimo, podían tener una explicación clínica.

 
                   

Recomponer los lazos

Edna Díaz (60) trabajaba haciendo aseo en el Hospital Sótero del Río hasta que en 2016 se cayó y se quebró algunas costillas, lo que la llevó a una larga hospitalización. Perdió su trabajo y, sin posibilidades de pagar el arriendo de la casa donde vivía sola, quedó en la calle.

Hoy reside en el mismo hogar que Queupuán -de hecho, son amigas-, pero antes pasó noches al aire libre, en una comisaría y en la hospedería del Hogar de Cristo. Aunque tiene dos hijos y nietos, no tuvo mayor contacto con su familia hasta los últimos meses. “He hablado con mi nuera, me ha dicho que no voy a irme a ningún asilo, sino que a vivir con ellos”, dice contenta. Se siente tranquila.

Queupuán también recuperó la relación con su hijo, pero su decisión aún pesa: “Me reclama, me dice ‘te hubieras ido conmigo'”. Robles explica que muchas mujeres toman la misma opción que Marilde, “como una forma de protegerlos”.

Una mirada de género

“Los dispositivos de asistencia están masculinizados. No hay una perspectiva de género y menos de familia. Llegas a una hospedería o albergue y no tienen espacios para recibir a mujeres con sus hijos”, añade Robles. “Es paradójico. Como son pocas, uno podría pensar que es más sencillo trabajar con ellas. Pero se invisibiliza su necesidad particular”, plantea.

Paulo Egenau, director social del Hogar de Cristo, coincide en que es necesaria “una perspectiva que incorpore la maternidad” en los programas sociales, de modo que las mujeres puedan trabajar en su reinserción con la tranquilidad de que sus hijos están bien.

Robles destaca que para retomar su independencia es clave el apoyo familiar: “Las mujeres en situación de pobreza no colaboran tanto al sustento del hogar, porque la participación laboral es más baja, pero el aporte está puesto en el cuidado del hogar, los niños y personas mayores. Cuando ellas dejan el hogar, culturalmente se castiga más”.

Fuente: El Mercurio / Valentina González

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