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Cuando tres historias valen más que mil discursos

Si reuniéramos a todos los NINIs que hay en Chile, llenaríamos más de 11 veces el Estadio Nacional y no precisamente para festejar victorias, sino para lamentar su falta de esperanzas.

25 octubre, 2018

Airy Badilla, Michelle Faúndez y Fernanda Delgado, gracias al apoyo de la Fundación Súmate del Hogar de Cristo, lograron retomar sus estudios y hoy luchan por alcanzar sus sueños contra viento y marea. Su logro no es trivial: en Chile hay medio millón de personas de entre 15 y 29 años que no estudia ni trabaja -los ninis-, la mayoría son mujeres, que están condenadas a la pobreza.

Si reuniéramos a todos los NINIs que hay en Chile, llenaríamos más de 11 veces el Estadio Nacional y no precisamente para festejar victorias, sino para lamentar su falta de esperanzas. Son 545.654 en total, del cual el 64% son mujeres, con un pronóstico fatal: sólo un 30% de ellas encontrará trabajo o logrará completar sus estudios en el futuro

Hoy les presentamos tres historias de jóvenes que están luchando por no engrosar esa cifra y que, frente a un escenario de vida duro, adverso, difícil, se esfuerzan por estudiar y trabajar para salir adelante. Gracias al estímulo y apoyo de las escuelas de la Fundación Súmate del Hogar de Cristo, que trabaja el tema de la reinserción educacional, ellas volvieron a las salas de clases y retomaron sus sueños.

AIRY: “ME ESCAPÉ DEL SENAME JUNTO A OTROS 15 NIÑOS”

Con sus largas y bien cuidadas pestañas, Airy Badilla, de 17 años, llegó a la escuela Padre Alberto Hurtado de Renca a comienzos de 2018, después de interrumpir sus estudios durante tres años. Lo hizo siguiendo el ejemplo de su hermana mayor, que también había estudiado allí. Airy cursa actualmente 7° y 8° básico y se muestra contenta porque dice que en esta escuela la entienden y se preocupan de ella.

“Mi mamá tiene esquizofrenia y desde que yo tenía tres años me internaron en el SENAME, estuve 13 años en total a cargo del Estado aunque también pasé algún tiempo de un hogar a otro con tíos y familiares, pero no les gustaba cuidarme”, cuenta.

Finalmente llegó al CREAD de Pudahuel porque la sorprendieron robando. “Nunca tuve una familia, alguien que me enseñara lo que está bien y lo que está mal. Yo quería tener mis cosas. Cuando un niño es traficante, ladrón o anda en la calle es porque algo le pasó. Del CREAD me escapé junto a otros 15 niños más cuando nos fueron a hacer exámenes libres. Todos se vinieron conmigo y yo no pude regresar a buscar mis papeles, así es que dejé de estudiar nomás y me puse a trabajar como comerciante ambulante”.

A los 14 años, el único mundo que Airy conocía era la calle. “Uno roba por necesidad, porque siempre estuve sola y no tenía un apoyo de un adulto, a medida que crecí me fui dando cuenta de algunas cosas y quise cambiar. Tuve una pérdida y caí en depresión, entré al programa Raíces, donde me trató un siquiatra. Me dijo que no tengo esquizofrenia como mi mamá”.

Ahora Airy vive con su madre, ambas están en un sitio aledaño donde reside su hermana mayor y tres sobrinos. “A mi padre apenas lo he visto, él trabaja en la minería y tiene 24 hijos. Una vez me regaló ropa, un computador y un celular, y eso sería todo. La que siempre me ha apoyado es mi hermana”.

Airy quiere estudiar trabajo social, porque le gusta mucho ayudar a los demás. Dice que no es fácil vivir con su madre pero que ya lograron un subsidio para tener una casa propia. “Yo soy la única que puede ayudarla en este momento, entonces no la quiero abandonar como ella me abandonó a mí por su enfermedad”.

FERNANDA: “A LOS 11 YA FUMABA MARIHUANA”

Fernanda Delgado tiene 15 años y está cursando 7° y 8° en el colegio San Francisco, en La Pintana, después de estar en un programa por consumo problemático de drogas. Repetía de curso por esta causa y ahora, si bien vive en Puente Alto y la escuela le queda lejos, se esfuerza por llegar a tiempo cada mañana.

“He tenido una vida súper dura, desde chica tuve que cuidar a mis hermanos menores por parte de mi papá, ya que mi mamá consumía droga. Mi madrastra no me trataba bien, me pegaba, entonces yo también empecé a consumir marihuana a los 11 años”, relata. Incluso fue hospitalizada un mes por problemas en sus pulmones debido a la droga.

Fernanda dice que en este colegio se ha sentido acogida por primera vez y que, cuando falta a clases, porque no le gusta levantarse temprano, la van a buscar y le preguntan qué le ha pasado. “Son cariñosos conmigo, y eso es algo que a mí me ha faltado. Mi mamá me tuvo cuando tenía 16 años y ahora se ha rehabilitado más o menos, tiene sus recaídas. Ella trabaja en un local de comida rápida de 11 de la mañana a 9 de la noche. Yo me fui a vivir con mi pololo, estuvimos dos años y siete meses juntos, pero allá en su casa tampoco me sentía bien y terminamos. Ando muy deprimida ahora”, confesó.

A pesar de todo, alberga un sueño: convertirse en diseñadora de vestuario y a eso está abocada.

MICHELLE: “NO HAY JUSTICIA EN EDUCACIÓN”

A sus 19 años, Michelle Faúndez divide su jornada entre sus estudios de administración de empresas en el DUOC de Maipú, su trabajo como jefa del local Juan Maestro en el mall Espacio Urbano y el cuidado de su hijo Joaquín, de dos años.

Ella es un ejemplo de que es posible salir adelante con sacrificio y perseverancia. Egresó del colegio Padre Álvaro Lavín, en Maipú, hasta donde llegó en 2014 para completar sus estudios ya que durante un año los había interrumpido para trabajar cuidando un niño.

“Me considero una luchadora y gracias al apoyo de mi mamá que me cuida a Joaquín, puedo estudiar y trabajar todos los días, a veces hasta dos domingos al mes. En mi trabajo me han promovido porque ven que soy muy responsable y eficiente”, cuenta.

Ella sueña con emprender. Su mamá tenía una casa de reposo con una socia, pero debió cerrarla. Entonces Michelle cree posible a futuro, iniciar ambas un negocio juntas. “No hago muchos planes en realidad, pero sí me gustaría darle a mi hijo una buena educación. Yo estuve en colegios municipales y particulares y la diferencia es abismante. No me parece que sea justo, la educación debería ser igual de buena para todos”, agrega.

 

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