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Espiritualidad y modelo de reducción de daños en drogas

 PadreHurtado El Padre Renato Poblete Ilharreborde s.j, Capellán de Fundación Paréntesis, realizó para la revista Mensaje un interesante artículo sobre la reducción del daños y la espiritualidad.

Fundación Paréntesis, que éste 2016 cumple 10 años de vida, es una organización sin fines de lucro del Hogar de Cristo que acoge, apoya y brinda atención especializada a jóvenes y adultos que se encuentran en situación de pobreza y exclusión social, con consumo problemático de alcohol y otras drogas. Está presente en nueve regiones del país con 25 programas y proyectos, atendiendo cerca de 2000 personas al año.

Dos de los pilares que fundamentan e iluminan el quehacer de la Fundación se encuentran en el Modelo de Reducción de Daños y la mirada del Padre Hurtado, los que influyen e impregnan intervención con las personas que acogemos.

A mediados de los años 70, la Reducción de Daños nace como un movimiento por la justicia social, promoviendo los Derechos Humanos cómo orientación y límite a las intervenciones terapéuticas en este campo. Un movimiento desde donde se intenta dar respuesta a muchas personas que requieren de apoyo para superar problemas muy complejos. Personas que en su mayoría provienen de historias de vida de marginación, exclusión y pobreza, y cuyas dificultades no radican exclusivamente en las drogas o en su dependencia a éstas, más bien provienen de historias muy difíciles, donde las carencias sociales y las faltas de oportunidades se mezclan con problemas psicológicos propios de vidas con violencia y soledad.

La reducción de daños incluye a la abstinencia como un objetivo posible para los usuarios de sustancia, para muchos el mejor resultado de la reducción de daños, pero rechazar la suposición de que la abstinencia total es la mejor de las metas, o la única aceptable para todos los consumidores problemáticos de sustancias.

 

La visión de ser humano de Fundación Paréntesis

La espiritualidad cristiana, desde el punto de vista del Padre Hurtado, se experimenta como un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, quien a través de sus obras y sus palabras va actuando en nuestra historia e influyendo de múltiples maneras en nuestras vidas. La espiritualidad que nos transmite el Padre Hurtado tiene que ver con la capacidad de mirar el mundo y nuestras historias, como historias en donde Cristo nos está hablando. Es por ello que entendemos su visión como una antropología cristiana, es decir, una mirada basada en un respeto y admiración profunda del ser humano, que entiende al hombre como un ser eminentemente social, que tiende a la libertad, al desarrollo y al crecimiento personal, siendo autónomo y capaz de decidir, así como de comprender y asumir las consecuencias de sus actos y decisiones.

Nuestro Santo, tenía mucha conciencia de la dignidad de los pobres y de sus riquezas como personas; es nuestro prójimo y más que esto. En su libro humanismo social, del año 1947, pág. 27, nos dirá:

“Cristo se hace nuestro prójimo, o mejor nuestro prójimo es Cristo, que se presenta a nosotros bajo una u otra forma… Por la fe, debemos ver en el pobre a Cristo, si no lo vemos es porque nuestra fe es tibia y nuestro amor imperfecto”.

Desde esta visión, la historia de toda persona conlleva un misterio maravilloso por descubrir, en el cual mi encuentro con Dios como camino y proceso de crecimiento, se realiza a través del encuentro con el otro, del reconocimiento de su dignidad y del valor de su historia. Así, la sabiduría cristiana no tiene que ver con el poseer conocimientos, sino como un modo de acercarme al otro, estableciendo un verdadero diálogo basado en el reconocimiento de lo que tenemos en común y también en la valoración de las diferencias. Por eso en los programas de tratamiento hablamos de “acogida”, pues en la medida en que soy capaz de acoger y aceptar mi propia historia, puedo comenzar a acoger las historias del otro, sin imponer nada, aprendiendo y creciendo junto a él. Cada acontecimiento de mi vida tiene un sentido. De este modo, la espiritualidad que nos enseña el Padre Hurtado tiene una estrecha relación con el Modelo de Reducción de Daños, pues es una mirada centrada en el valor único de cada persona.

En Fundación Paréntesis promovemos y practicamos este modelo, comprendiendo que somos nosotros quienes debemos adaptarnos a las personas con las que trabajamos. El Padre Hurtado nos diría que somos amos de nuestras historias, autores con dignidad, y que nadie más puede asumirlas por nosotros. Es por esto que uno de los fines de la evangelización cristiana es ayudar a que el otro se convierta en señor de su propia historia, en signo y buena noticia para otros (en Evangelio). Esta manera de practicar la visión del Padre Hurtado es contraria a todo paternalismo, pues pone énfasis en la libertad que cada ser humano tiene para decidir, poniendo el acento siempre en la autonomía y potencialidades de cada persona. Así, el trabajo que hacemos en Fundación Paréntesis se focaliza como un encuentro con la persona en toda su dignidad, donde aceptamos todos los procesos humanos, fortalezas y debilidades integradas, nada sobra, incluso lo relacionado con nuestras vulnerabilidades y  miserias son importantes. Dios nace en nuestros “establos”. Cuando somos débiles reconocemos la misericordia de un Padre Bueno, que nos ama y así nos volvemos misericordiosos con los demás (cf. Bula del Papa Francisco, en el año de la Misericordia). El poder acercarnos a la miseria humana nos lleva a descubrir la capacidad de misericordia y de aceptación del otro sin juicios. Nos acercamos a cada persona como un ser único e irrepetible, digno de un inmenso respeto. Esta mirada y forma de actuar ante otro se relaciona estrechamente con el pragmatismo compasivo que caracteriza al Modelo de Reducción de Daños, en tanto me enseña a ser compasivo y misericordioso conmigo para luego poder serlo con el otro. Este modelo nos permite comprender, desde una actitud compasiva que acoge y no enjuicia, que el consumo no es el problema en sí mismo, sino una “solución” (aunque no necesariamente positiva) a otros problemas de fondo, así como comprender a la vez, la historia que ha llevado a una persona a tener una relación problemática con alguna sustancia.

En este sentido, la Reducción de Daños se inspira también en la Psicología Humanista, promoviendo la puesta en marcha de un proceso terapéutico como el que Carl Rogers planteó a mitad del siglo XX, (cf. Carl Roger, El proceso de convertirse en persona), caracterizado por la empatía, la confianza, el no ser directivo, y la aceptación incondicional del otro y de sus necesidades, acompañándolo en el proceso de sentirse nuevamente valioso, digno de cuidado y escuchado.

 

La mirada de Reducción de Daños ilumina a los programas y equipos terapéuticos

El trabajo que hacemos con las personas que consumen drogas es un proceso profundo, que nos involucra y nos toca en lo personal. Para ser empáticos y poder acoger al otro, necesitamos abrirnos a ese proceso de encuentro con el otro, y estar dispuestos a ser transformados y a crecer a través de él. Siguiendo la visión del Padre Hurtado, nuestra posibilidad de ayudar a otros se basa en el tipo de vínculo que establecemos con esa persona, en las actitudes y mirada que tenemos de ella, y en el respeto por su historia, alejándonos de actitudes y acciones más castigadoras, rígidas o impositivas. Así, la autoridad se gana a diferencia del autoritarismo que se impone y hace juicios estigmatizantes.

Podemos contribuir a un cambio en el otro si, desde la experiencia de acompañar, nos ganamos cierta autoridad, pero sin imponer nada, ya que eso sería autoritarismo. Inclusive, más que pensar en querer acoger al otro en su problemática, podemos verlo como un encuentro en el que ambos nos acogemos, en un proceso que nos transforma y nos hace crecer mutuamente.

La comunión entre las personas debe ser la meta de toda obra que quiere mostrar la misericordia de Cristo, y el camino es, creando y facilitando la participación en un  ambiente, dialogal, en el que toda persona se sienta aportando sus capacidades y carismas.

Esta mirada se caracteriza por una visión optimista y positiva del otro y que cree en sus potencialidades. Entendemos al hombre como un ser consciente, con capacidad de cambio y búsqueda de sentido. Así, las experiencias de dolor y deterioro se pueden superar a partir de prácticas basadas en el amor, respeto y aceptación, ofreciendo a la persona oportunidades para reencontrarse consigo mismo y enfrentar las dificultades de su existencia. Si la persona, que cumple el rol de terapeuta en este proceso, interviene desde el maltrato, en lo negativo, no sólo produce un daño a quien está acompañando, sino que además puede producir un desgaste o “burnout” (Cf Cristhina Maflash) en sí mismo y su equipo. Si la persona que interviene no logra acoger a quien está con dificultades por el consumo de drogas (muchas veces de manera no consciente), la intervención terapéutica pierde sentido y fuerza, se rompe el vínculo creado, generando desmotivación, desgano y cansancio.

San Ignacio, maestro espiritual del Padre Hurtado, nos recuerda que en todos los acontecimientos de nuestras vidas Dios está presente, ya que a través de las realidades del mundo y las experiencias de los otros, El Señor siempre algo nos está diciendo”. Por esto, el encuentro y el cambio terapéutico jamás debe ser vivido como un monólogo, sino como un diálogo en donde me encuentro en una relación con otro para crecer mutuamente, para aprender a escuchar que me está diciendo y enseñando ese otro. Así, el terapeuta o quien acompañe el proceso, se relaciona con el otro de modo horizontal, involucrándose en su proceso a través del dar y recibir. Dispone su ser para acompañar, servir y apoyar.

El respeto al otro, en su dignidad, es la base para que podamos acercarnos sin juicios. Esto es particularmente relevante cuando trabajamos con personas en riesgo social; los juicios, las críticas y una visión enfocada solo en las carencias estigmatizan al otro y esto es un modo de maltrato. San Ignacio nos recuerda que hay que estar más prestos (dispuestos) a salvar la proposición del prójimo que a condenar.

Es importante aprender a acompañar a las personas en sus propios procesos de peregrinaje y búsqueda, para avanzar positivamente, en un camino que no siempre es fácil, ya que muchas de las personas con uso problemático de alcohol y drogas, lo hacen justamente, para olvidar experiencias que les han hecho daño y que son dolorosas, y por lo mismo, evitarán a toda costa reencontrarse y enfrentarse con ese dolor. La forma de ayudar radica, entonces, en la capacidad de empatizar con ese dolor, ayudando al otro a enfrentarlo con cariño, a su ritmo, con delicadeza y, sobre todo, con respeto. Por eso nosotros afirmamos que la droga solución a otros problemas no trabajados. Mala porque hace un gran daño físico, pero muchas veces, una solución frente a las historias de vulnerabilidad y dolor no acompañadas de un modo misericordioso, al estilo de Jesús. Es así como la espiritualidad del Padre Hurtado que es puro evangelio encarnado nos inspira en un modo de proceder misericordioso que no hace juicios. Este es el objetivo de los programas de Fundación Paréntesis, los que buscan llegar a ser lugares de acogida y de encuentro entre personas, donde prime el cariño, la transparencia y aceptación, y donde hay crecimiento mutuo, tanto para quien busca cambios, como para quienes acompañan en el proceso de cambiar

 

Nota publicada en la Revista Mensaje.