
Sé que este tema es impopular. Tiene mala barra. Genera odiosidad, aunque humanamente debería despertar solidaridad.
Cómo no va a ser aflictivo y conmovedor que sean los niños migrantes los más pobres entre los pobres en Chile. El 51% vive bajo la línea de la pobreza, porcentaje que entre la infancia chilena es de 25.3%. Escandalosamente alto igual, pero la mitad que el de lactantes, infantes, púberes y adolescentes migrantes. Los que tienen entre 0 y 17 años de vida.
La buena noticia general de la última CASEN es que la tasa nacional de pobreza bajó a 17,3%. Casi 600 mil personas dejaron de ser pobres respecto de la medición anterior. Pero el promedio, como suele ocurrir, esconde la letra chica.
Entre las personas migrantes, la cifra no es para celebrar.
El 23,4% vive bajo la línea de la pobreza, casi seis puntos más que la media nacional. Son cerca de 400 mil personas. Y cuando se mira por nacionalidad, el retrato se vuelve aún más áspero: haitianos (42,4%) y bolivianos (38,6%) concentran las tasas más altas de carencia económica. Los venezolanos -la comunidad extranjera más numerosa- suman más de 148 mil personas en situación de pobreza.
El resultado es un cóctel conocido. Un país que envejece, que ve crecer su población migrante hasta representar un 7,5% del total, que enfrenta problemas de seguridad y empleo, y que tiende a buscar culpables rápido.
La televisión y las redes hacen el resto.
Tal como hace unos años, los periodistas sabíamos que a las notas sobre el pueblo mapuche no “marcaban”, hoy todos entienden que el tema migración es el que ahuyenta lectores y/o perpetúa prejuicios.
En Chile, la pobreza tiene acento. Color de piel. Nacionalidad.
La Casen incorporó además un indicador nuevo y más duro: la pobreza severa, que cruza ingresos insuficientes con carencias multidimensionales en salud, vivienda, educación, empleo y redes. Allí, migrantes y niños vuelven a aparecer como los más expuestos.
En los informes, esto se lee como porcentajes. Como números y signos.
En los barrios se ve como piezas subarrendadas, hacinamiento, trabajos informales, papeles que no llegan, colas en consultorios, miedo a perderlo todo. Acentuado, además, por una cuenta regresiva que lleva en la uña el presidente electo: expulsar a los que están en situación irregular o han cometido delitos.
Pero la precariedad material no camina sola. Avanza de la mano con otra pobreza menos medible: la del trato.
No existe un “índice oficial de xenofobia”. Lo que hay son señales evidentes de un clima cada vez más áspero.
Kenita, peluquera senior en una concurrida peluquería del barrio alto, nos cuenta:
-Claro que se discrimina en Chile por el color de piel. Hay clientas que dicen: “Prefiero esperar a que me atienda la negrita”. Por suerte, mi patrona es jugada y les responde clarito: “No seas así, prueba. Si quedas desconforme con el resultado, no te cobro. Pero prueba su capacidad y talento, antes de juzgarla por el color de piel”. Hasta ahora nadie ha dejado de pagar.
En simple: mientras la pobreza se concentra, la desconfianza se expande.
Por suerte, en las poblaciones y en algunas regiones, está presente CLAMOR que busca expandirse y tener efectos concretos en la forma cómo nos relacionamos con los extranjeros. Con los extranjeros. Los ajenos. Los otros.
Y cómo logramos finalmente integrarnos.
CLAMOR es la Red Eclesial Latinoamericana y Caribeña de Migración, Desplazamiento, Refugio y Trata de Personas. El actual capellán del Servicio Jesuita al Migrante, el sacerdote jesuita Pablo Walker, la considera una las iniciativas más sólidas y coherentes en que la Iglesia Católica ha trabajado en los últimos años. Apoyar sin vacilar a las personas obligadas a migrar por lo que sea: política, economía, desastres naturales, guerras.
Sin vacilar, pese a lo impopular que se ha vuelto la causa de la integración, la Iglesia a través de Clamor aboga por ella y por la protección de los que se ven obligados a dejar su terruño, su cultura, su mundo. De los migrantes, de los desplazados y de los usados y abusados por redes internacionales de explotación sexual.
En parroquias, colegios, barrios populares, la Red Clamor busca intervenir justamente allí donde la política pública no llega: en la convivencia diaria.
No reparten grandes soluciones.
Reparten acciones cotidianas y modestas: talleres de encuentro, mediaciones vecinales, espacios donde chilenos y extranjeros se sientan a hablar sin gritarse. Donde aprenden a conocerse y liberarse de prejuicios.
-No te imaginas cómo finalmente logramos juntar a vecinas chilenas y migrantes en unas actividades en Cerro Navia Joven. A todo lo que invitábamos no llegaba nadie, hasta que a alguien se le ocurrió organizar un taller de tintura y peinado. ¡No cabía un alfiler! Las chilenas se hicieron fans de las colombianas y las venezolanas. Fue la mejor idea que tuvimos.
Ahora están repartiendo un decálogo simple para una feliz convivencia. Invita a escuchar, a cumplir compromisos, a cuestionar prejuicios, a usar palabras amables.

Un flyer que describe la actividad que desarrolla SJM y la Comunidad Anita Gossens en Estación Central. Todo vinculado a Clamor.
Es tan sencillo que parece difícil.
Aquí se los dejamos:
DECÁLOGO POR LA CONVIVENCIA
1) Buscamos juntos espacios seguros para aprender a convivir.
2) Escuchamos y dialogamos para resolver pacíficamente los desacuerdos.
3) Reconocemos que todos enseñamos y aprendemos algo de otra persona.
4) Compartimos la vida cotidiana para superar la hostilidad y la indiferencia.
5) Descubrimos y cuestionamos nuestros propios prejuicios.
6) Abordamos el conflicto con respeto viéndolo como una oportunidad.
7) Cumplimos lo comprometido para dar esperanza y construir confianzas.
8) Usamos palabras amables que todos puedan comprender.
9) Promovemos la paz y denunciamos la violencia ya que nada la legitima.
10) Recordamos que en cada persona hay vida sagrada.
Para practicar los principios del decálogo, lo único que se requiere es humanidad. Ponlo en práctica, tal como lo están haciendo las comunidades de las poblaciones La Palma, Javiera y Gabriela, en Estación Central.
Hasta el 30 de enero hay plazo para postular a los 20 cupos disponibles para el curso gratuito “Gestión de eventos culturales para artistas y artesanos con discapacidad” que Hogar de Cristo y Universidad Mayor implementarán como proyecto Inclusivet, con el apoyo de organizaciones internacionales a partir del 3 de marzo próximo.
Entre el 5 y el 9 de enero de 2026, tuvo lugar la formación de los profesores que tendrán la misión de liderar el curso piloto para formar a estudiantes con discapacidad en la promoción de las artes y las culturas.
Paulina Andrés, directora de Comunidad en Hogar de Cristo explica:
“El curso se ejecuta en alianza entre Hogar de Cristo con la Universidad Mayor, a través de la carrera de Terapia Ocupacional. Ha sido diseñado con un enfoque pedagógico inclusivo, considerando la diversidad de trayectorias, edades y tipos de discapacidad. Su objetivo es entregar herramientas concretas de gestión cultural que permitan a los participantes desenvolverse, participar y liderar proyectos culturales desde su práctica artística”.

Durante la formación a los profesores que dictarán el curso.
Agrega: “Nos preparamos mucho con precioso material, con muchas actividades y dinámicas, revisando minuciosamente el currículum para formar a estos docentes. Ellos tendrán la maravillosa misión de formar y preparar a distintos estudiantes con discapacidad en el marco de este proyecto de la Comunidad Europea”.
Inclusivet es una iniciativa global que promueve la inclusión de personas con discapacidad en el ámbito cultural, derribando barreras y generando oportunidades reales de formación y participación. En Chile, el proyecto es liderado por Hogar de Cristo y Universidad Mayor, con el apoyo de organizaciones internacionales.

Otro aspecto de Inclusivet en la formación a los profesores.
¿En qué consiste el curso?
Este programa no es un curso de arte, sino una formación complementaria que entrega herramientas prácticas para:

Los profesores reciben un diploma de su capacitación.
El curso se estructura en tres módulos:
Finaliza con el diseño colectivo de un evento artístico inclusivo.

La gran foto al finalizar el curso el pasado 9 de enero.
Fechas y modalidad
Completa el formulario en este enlace: Postula aquí
Consultas: inclusivetchile@gmail.com
¡No pierdas esta oportunidad de formación gratuita y accesible!
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Después del Golpe de Estado, en la Vicaría de la Solidaridad y antes en el Comité de Cooperación para la Paz en Chile, partimos acompañando a quienes estaban siendo víctimas de violaciones de derechos humanos a manos de los agentes del Estado. Pero muy pronto se nos empezó a cruzar el tema de las necesidades cotidianas de los más pobres. Así nos fuimos convirtiendo también en un lugar de contención de esas urgencias.
Trabajábamos muy vinculados a las vicarías zonales en Santiago y con los obispados en regiones, allí podíamos percibir las crisis económicas. La de 1975 y las de inicios de los 80, que fueron muy duras. La cesantía, el hambre, la falta de atención de salud y la escasez de viviendas, no solo afectaban a las víctimas directas de la represión.
En los 80, se inician las protestas masivas. El trabajo de la institución se intensifica, hay detenciones en manifestaciones y protestas, y en los allanamientos a poblaciones, especialmente en las comunas más pobres. Los servicios represivos y las instituciones policiales no distinguían a adultos de niños; a los que participaban directamente de las protestas o los que estaban dentro de sus casas protegiendo a sus hijos.

En el lanzamiento de “1944-2024: 80 avances para reducir la pobreza en Chile” se encontraron tres directores sociales del Hogar de Cristo: Paulo Egenau, Benito Baranda, Liliana Cortés, quien hoy tiene el cargo, con la ex directora de la fundación, María Luisa Sepúlveda. A 50 años de la Vicaría de la Solidaridad, rescatamos el texto que escribió para el libro. AGENCIA BLACKOUT
Recuerdo situaciones muy duras: una noche de protesta, estando un padre dentro de su casa con su hija en brazos, una bala disparada por quienes decían resguardar la seguridad de la población, traspasó la débil pared de la vivienda, alcanzó a la niña, dándole muerte y se alojó en el estómago del padre. O cuando un chico con una debilidad mental severa salió en un día de protesta en medio del toque de queda, en una población del sur de Santiago y los militares lo agarraron y lo sentaron sobre una fogata que otros pobladores habían encendido. Las quemaduras fueron profundas, el niño nunca entendió porque le hacían eso. En esos años, reinaban el terror, la arbitrariedad, la falta de protección de los tribunales y el temor de asistir a centros de salud por temor a ser detenidos.
En una de las primeras protestas masivas, en mayo de 1983, recurrieron a la Vicaría, familiares de más de 500 detenidos, solicitando recursos de amparo. Para los abogados y las asistentes sociales que recibíamos las denuncias, implementar la defensa de más de 500 personas ¡en un día!, era una tarea mayor.
En esta década, la dictadura empezó a reprimir las formas de descontento por las difíciles condiciones de vida. Fue la época de los cacerolazos, en que los dirigentes de los trabajadores del cobre llaman a la primera protesta nacional y de las manifestaciones estudiantiles, especialmente de los universitarios. Se reclamaba por derechos, participación, mejores condiciones de vida. Ya no solo se reprimía al dirigente político o al militante. La represión respondía a las asonadas populares y a ciertas acciones armadas que empiezan a producirse en esos años. En ellas se inscribe el secuestro del coronel de Ejército Carlos Carreño, una operación del Frente Manuel Rodríguez. El militar estuvo 92 días cautivo, finalmente aparece en Sao Paulo. Acciones como ésa generaban irrupciones violentas y masivas en las poblaciones.

Hogar de Cristo cumplió 80 años y lo celebró con libro: “1944-2024: 80 avances para reducir la pobreza en Chile”. La introducción del capítulo 5 está escrita por una figura señera a 50 años de la Vicaría de la Solidaridad. AGENCIA BLACKOUT
Para nosotros, como Vicaría, era complejo. La institución toma decisiones respecto a quienes defiende. Se define no defender a quienes en su actividad política afectan a terceros; ese era un principio ético. Esas defensas eran asumidas por otras instituciones. Siempre atendíamos a todos cuya detención no era reconocida. Y también durante el período que la persona se encontraba en recintos secretos y/o con riesgo cierto de ser torturado. Una vez que la persona salía en libre plática se hacía la distinción.
Además de un fuerte deseo de recuperación de la democracia, los pobladores al protestar manifestaban el malestar por los signos más duros de la pobreza. Por el altísimo nivel de cesantía, reflejado en el Programa de Ocupación para Jefes de Hogar (POJH), creado en octubre de 1982. Al que más tarde se sumó al PEM. Había inflación y hambre.
Muy al inicio, en el Comité Pro-Paz, empezamos con bolsas de trabajo y comedores infantiles para paliar el hambre. De ahí surgieron las ollas comunes. También policlínicos asociados a algunas parroquias, porque en el Chile de esos años, muchos no tenían acceso a la salud.
Esta década –1984 a 1993– fue de una suerte de transición entre una sociedad que de demandar no más violaciones a los derechos humanos comienza a pedir mejores condiciones de vida, mayor igualdad, democracia. Ya no en función de una militancia, sino de la reconstrucción de redes, de confianzas. En ese contexto, el inicio del primer gobierno de la transición, el de Patricio Aylwin, fue un momento de esperanza, de iniciar la reconstrucción democrática, del cese de la represión institucionalizada, de un camino lento y difícil para asumir las demandas de verdad, justicia, reparación de las violaciones a los derechos humanos ocurridas en los 17 años de la dictadura.
Se crea la primera Comisión de Verdad para las víctimas no sobrevivientes. Y se implementan las primeras políticas de reparación para las familias de detenidos desaparecidos y ejecutados políticos y programas que facilitaban el retorno de los exiliados.
Al hacer estos recuerdos, descubro que quienes trabajamos en la Vicaría de la Solidaridad, vimos de manera muy distinta lo que pasaba en el país en esos años y nos costaba llegar a los ciudadanos que no entendían o compartían la defensa de los derechos humanos y las demandas por recuperar la democracia. Nosotros nos dedicamos a trabajar con los marginados. Con los que eran considerados enemigos, que no merecían ser tratados con dignidad de seres humanos. Y con los pobres.
Cuando en 2017, Hogar de Cristo lanzó una campaña con la frase “La pobreza es la mayor vulneración de los derechos humanos”, me hizo mucho sentido. Los sectores más afectados durante el gobierno militar fueron los más vulnerables. Hubo problemas de libertad de expresión, de acceso al trabajo, a la salud, a la educación, a la justicia, y de esto es más difícil defenderse y sobreponerse cuando se es vulnerable. En definitiva, la dictadura fue particularmente cruel con los pobres.
Camila Briceño no camina, vuela. Entra a la cocina, cruza el comedor, se asoma a los dormitorios, revisa una lista, saluda por su nombre a cada persona que se cruza.
— ¿Alcanzaste a almorzar?
— Oye, acuérdate que mañana tienes hora en el consultorio.
—Después vemos lo del carnet, ¿ya?

Todo ocurre al mismo tiempo. Afuera, el viento de Punta Arenas empuja con fuerza. Adentro, una olla hierve, alguien espera turno para la ducha, otro busca un enchufe para cargar el celular. El edificio está despierto desde temprano. Durante el día recibe a 30 personas que llegan a cocinar, lavar ropa, conversar, ordenar papeles y pasar la tarde bajo techo. En la noche, 10 residentes duermen ahí mientras participan en procesos de acompañamiento más intensivos para salir de la calle.
—Tenemos cupo para treinta, pero llegan treinta y siete, treinta y ocho, treinta y nueve todos los días —dice Camila—. Algo estamos haciendo bien, acá se sienten seguros, como en casa.
Balmaceda 736 no es un lugar cualquiera. Es el primer edificio que el Hogar de Cristo compró en Magallanes. Antes fue Colegio Alemán, después centro de entretención —la Quinta de Recreo Normita— y hoy volvió a su vocación más profunda: ser un punto de apoyo para quienes no tienen dónde estar. Un inmueble con historia, muros gruesos y memoria larga, que hoy funciona como uno de los principales espacios de atención para personas en situación de calle en la región.

Camila conoce sus pasillos, los rincones fríos en invierno, los horarios en que el edificio se llena y los momentos en que el cansancio empieza a notarse en las caras. Conoce también las historias. Las que se cuentan y las que cuesta decir.
—Este lugar está vivo todo el día —dice—. Hay movimiento, risas, a veces hay llanto, a veces hay peleas… Para muchos es el único espacio seguro que tienen.
En Punta Arenas el frío no perdona. El viento entra por las mangas, se cuela por el cuello. Dormir a la intemperie no es una postal: es una urgencia. Por eso el centro se llena temprano. Algunos llegan con bolsas, otros con mochilas, varios con lo puesto. Acá encuentran una mesa, un plato caliente, una ducha, una lavadora que gira sin parar y un sillón donde sentarse un rato a ver televisión. Otros buscan acompañamiento psicosocial más intensivos: trámites, controles médicos, búsqueda de trabajo, reconstrucción de vínculos familiares, rutinas que ordenan el día. Salir de la calle no es un salto. Acá es una suma de pequeños pasos.
Camila llegó al Hogar de Cristo en 2017. Primero como monitora social en el programa Acogida, trabajando con personas en situación de calle. Después pasó por la hospedería, coordinó la ruta social y fue creciendo dentro de la organización de Alberto Hurtado hasta asumir la jefatura del Centro de Referencia, en 2025.
—Desde niña estuve ligada a la labor social por mi familia. Mi mamá trabajaba en comedores sociales, yo participaba en grupos juveniles. Por eso para mí llegar al Hogar fue como entender que este era mi camino.

Camila habla rápido, piensa en simultáneo, camina mientras conversa. En su teléfono suenan recordatorios, llamadas, mensajes del equipo. Son nueve personas sosteniendo el funcionamiento diario del centro. Y ella se toma el liderazgo con una mezcla de rigor y cercanía. No levanta la voz. No da órdenes desde una oficina. A ella la encuentras en el pasillo, en la cocina, en el patio, en la puerta.
—Yo acompaño los procesos, pero no me llevo los dolores a la casa —dice—. Eso se aprende con el tiempo. Si no, no se puede seguir.
Camila se detiene un segundo en medio del pasillo.
—José —dice—. Yo creo que a José nunca lo voy a olvidar.
Lo conoció cuando trabajaba en el programa Calle. Vivía en un cuartito prestado, en una parcela cerca de los cerros. Sin luz, sin agua, sin gas. Con una discapacidad física que le hacía casi imposible moverse. Sin familia. Sin nadie que preguntara por él.
Camila subía a verlo seguido. A veces dos días seguidos, otros con nieve, incluso con viento blanco.
—Había días en que llegaba y estaba en la misma posición que el día anterior —recuerda. Literalmente en el mismo lugar. Era inhumano.

Era pandemia. Los eventos estaban paralizados, los recursos escaseaban y la sensación de cierre rondaba en el ambiente. Camila llegó a su casa esa noche con la imagen de José pegada en la cabeza: el frío metido en los huesos, la pieza oscura, el cuerpo inmóvil.
—No podemos dejarlo ahí —le dijo a su marido—. No se puede.
Él trabaja en producción de eventos. En tiempos normales vive montando escenarios, armando conciertos, organizando shows. En pandemia, su rubro estaba detenido.
—Hagamos algo —le respondió—. Inventemos algo.
Así nacieron “Las 14 horas”. Una maratón solidaria por streaming, armada a pulso, con amigos, artistas, técnicos, redes sociales y una sola idea en la cabeza: reunir plata para sacar a José en pleno invierno magallánico.
—Fue una locura —dice Camila—. Pero era eso o seguir mirando para el lado.
Transmitieron durante horas. Hubo música, llamados, testimonios. La gente donó desde lo que podía: poco, mucho, lo que fuera. La campaña prendió. Y con esa red lograron mover la aguja. Fueron a buscar a José, lo sacaron de la parcela y lo llevaron a la hospedería.
—Llegó con una bolsa de ropa y nada más —recuerda Camila.

Ahí empezó otra vida: dejó el consumo, retomó los controles médicos, volvió a comer caliente, a dormir en una cama limpia. A tener rutina. A tener nombre. Durante meses estuvo bien. Hasta que un día llamaron a Camila, su contacto directo, desde el hospital. José estaba grave.
Camila estaba de vacaciones, pero volvió antes. Fue a verlo. Entró a la pieza, se sentó a su lado y le tomó la mano.
—Señorita, la estaba esperando —alcanzó a decir José.
Al día siguiente, murió.
Camila se queda en silencio un segundo. Después sigue caminando por el pasillo. Saluda a uno, responde un mensaje, revisa una lista. El centro sigue funcionando como todos los días.
—Hay historias que no se olvidan —dice—. Y uno sigue trabajando por ellas también.

Fernando Montenegro, jefe del Hogar de Cristo en La Araucanía.
Esta semana el gobierno presentó los datos de la encuesta CASEN 2024 destacando la reducción de la pobreza en Chile. Es una noticia que, a primera vista, invita al optimismo. Pero si uno mira los datos con más atención, la historia cambia.
Y cambia de forma inquietante.
Hoy, más de 3,4 millones de personas siguen viviendo en pobreza por ingresos. No logran cubrir sus necesidades básicas ni siquiera considerando las ayudas del Estado. Pero el dato más duro -y menos comentado- es otro: más de 1,1 millón de personas vive en pobreza severa. Son pobres por ingresos y, además, enfrentan múltiples carencias en vivienda, salud, educación, trabajo, cuidados o redes de apoyo. Es decir, viven ambas pobrezas, lo que significa vulnerabilidad y precariedad en su forma más profunda y persistente.
Nuestra región de La Araucanía ocupa el primer lugar en pobreza por ingresos con un 28.6% de sus habitantes en esta situación. Esto es más de 11 puntos por sobre el promedio país que es de un 17.3%. La pobreza multidimensional, que engloba múltiples aspectos del bienestar, alcanza un 15.9%, lo que nos ubica casi dos puntos bajo el 17.7% de esta pobreza a nivel país. En este ítem, la región más pobre hoy es Tarapacá, con 22.2%; seguida de Atacama, con 20.2%; y la Metropolitana, con 19.7%.
Pero la CASEN muestra algo que debería preocuparnos más que cualquier titular: el 10% más pobre de Chile hoy genera menos ingresos propios que hace quince años. Sus ingresos laborales caen, mientras los subsidios aumentan y pasan a representar cerca del 70% de lo que recibe un hogar. Las transferencias son necesarias -nadie discute eso-, pero cuando no van acompañadas de oportunidades reales, terminan administrando la pobreza en vez de superarla.
Chile ha avanzado en protección social, pero ha retrocedido en algo clave: fortalecer la capacidad de las personas para salir adelante por sí mismas. Trabajo digno, acceso a cuidados, educación pertinente, redes comunitarias. Eso se llama “capacidad de agencia”. De “agenciarse” el bienestar por uno mismo. Y sin el desarrollo de esa capacidad, no hay salida sostenible de la pobreza.
También existen alertas que no se resuelven con bonos: más soledad, menos redes de apoyo, hogares que cuidan a personas dependientes sin ayuda, empleo precario que no alcanza para vivir. La pobreza hoy no es solo falta de plata. Es cansancio, abandono y falta de oportunidades reales.
Celebrar promedios mientras más de un millón de personas vive atrapada en pobreza severa es un error. Esta pobreza, que es la más cruda y la que más requiere atención, ubica a La Araucanía en segundo lugar con un 8.6%. Sólo la antecede Tarapacá, con un 9%, frente a un promedio nacional de 6.1%. Ese porcentaje habla de un número absoluto de 1.193.010 personas en situación de pobreza severa en el país, lo que representa una auténtica emergencia social, en el sentido de que son personas con privaciones múltiples y profundas que afectan su bienestar cotidiano.
La pregunta de fondo es si estamos dispuestos a mirar de frente a quienes siguen quedando atrás y a cambiar el foco de las políticas públicas. Requerimos menos triunfalismo, más humanidad, más dignidad y más capacidad de acción para quienes hoy no la tienen.
Juan Emiliano tiene 52 años y una hija de 22 a la que no conoce pues nació cuando él estaba en la cárcel. Estuvo recluido en las penitenciarías de Talagante, Puente Alto, San Miguel, la Penitenciaría de Santiago y en Colina 1.
“Por esa cosa del ´peloteo´, se elabora una lista y a uno lo van cambiando de penal cada año o cada dos años. Es un tema de protocolo de la cárcel para evitar las fugas. Es para ciertas condenas y la mía era harta”, cuenta.
Juan Emiliano está gozando del beneficio de libertad condicional y firma cada día 29 de mes. “Ya no le debo nada a la justicia. Solo me quedan cinco años de firma para poder borrar mis antecedentes, lo que voy a hacer”, explica, optimista.

Khristián Briones (izquierda) ha sido un pilar fundamental en la reinserción de Juan Emiliano.
A través de la pastoral católica y de la Fundación Paternitas, que trabajan con personas privadas de libertad, Juan Emiliano conoció a Khristian Briones, creador de la empresa Aguas Dimas.
“Estando en Colina 1, yo trabajaba en la escuela de gendarmería. Llevaba un año y tres meses trabajando allí y a uno no lo sueltan. Yo presentaba un escrito para una diaria particular y lamentablemente ese escrito no llegaba al área técnica. Me consideraban un buen elemento, muy cumplidor, me daban más responsabilidades, entonces no me soltaban”.
Aconsejado por Briones, pidió por Ley de Transparencia que le explicaran por qué no le daban el beneficio de la “diaria particular”, que permite cumplir la condena trabajando fuera de la cárcel.
“Si cumplo mi condena trabajando en la cárcel, al salir quedaba en la calle, de brazos cruzados. Finalmente tuvieron que dar su brazo a torcer y darme por ley, por derecho, el beneficio de la diaria particular”.

Juan Emiliano se toma muy en serio su trabajo. Es responsable y cumplidor.
Así, Juan Emiliano logró llegar a trabajar en Aguas Dimas.
“Khristian es una excelente persona, él también estuvo como 10 años en la penitenciaría, sabe lo que uno vive dentro. En su empresa fui agarrando el hábito de trabajar, renové mi licencia de conducir y me hice cargo de las rutas para entregar los bidones de agua. De primera, me ponía muy nervioso”, afirma.
Desde Colina se trasladaba a diario a Cerrillos. Recuerda la preocupación permanente de su empleador:
“A uno la plata no le alcanza, pero yo no quería quejarme de nada. Él como que leía mi mente y me ofrecía 50 lucas para mis gastos, después cuando me pagaba el sueldo, no me las descontaba. O sea que me regalaba las 50 lucas, es buena persona”.
Dice que nunca le ha gustado “nada regalado”, pero valora el gesto. “No lo decepcioné nunca, he sido responsable y cumplidor”.
Su condena fue de 22 años. Estuvo 18 años y medio privado de libertad y tres y medio con beneficios.
“Estoy muy agradecido de Khristian, con él trabajé un año y tres meses. Después conseguí trabajo de soldador, porque soy maestro soldador. Me fui a trabajar con unos familiares que me hicieron contrato de trabajo”.
Un accidente en moto cambió el rumbo. Se quebró seis costillas y la rodilla.
“¿Y sabe qué hice? Me paré del suelo y llamé a don Raúl donde yo trabajaba y le dije tuve un accidente. A los que me chocaron les pedí ayuda para ayudarme a parar la moto porque no podía respirar. No quería hacer denuncia ni nada porque no tenía licencia para la moto, solo clase B. Pensé que esto me iba a perjudicar el beneficio y me iba a ir preso”.
Volvió como pudo a su casa y lo obligaron a ir al hospital. “No se explicaban cómo estaba caminando. En ese momento me dieron náuseas y ganas de vomitar. Creí que me iba a desmayar, pero nunca perdí el conocimiento”.
Mientras se recuperaba no le renovaron el contrato, lo que ponía en riesgo su libertad condicional. Nuevamente, Khristian Briones lo ayudó y lo vinculó con el dueño de un fundo en Peñaflor.
“Todavía me duele porque como maestro soldador la promesa era que iba a ganar un millón 800 mil pesos, pero no me dieron la oportunidad”.
“La vida en la cárcel es peor de lo que uno imagina”, afirma.
“Tienes que comer por donde pasan los ratones, usar cartón o lo que pilles como cuchara y no hay para limpiarse cuando haces tus necesidades, botar los desperdicios para afuera. Es muy duro vivir dentro de una cárcel”.
Juan Emiliano cuestiona las cifras sobre el gasto por persona privada de libertad. “La comida no llega”, asegura.
Cuenta que comenzó a robar para comer en 1973, tras el golpe militar. Tenía familia, padres y hermanos, pero reconoce haber elegido otro camino.
“La violencia que se vive en la cárcel es tremenda. Uno tenía que salir a pelear. Nosotros dormíamos con cuchillas y lanzas en las manos. A veces, tu mejor amigo te traiciona. Solo el más fuerte sobrevive adentro”.
Aun así, siente que ha logrado salir adelante.
“Estoy trabajando en una parcela, limpiando el suelo, como particular me ha ido mucho mejor. Siempre he tenido el apoyo de Khristian, no me ha decepcionado. Es muy buen amigo”.
-¿Qué es lo que sueñas hacer, Juan Emiliano?
-Yo no sé, no he sido tan malo, nunca he matado a nadie. He robado, he delinquido, el robo más fuerte que tengo es robo con intimidación, robo con violencia, pero sabe ¿qué es eso? A una salida de banco, tirar un maletín… pero no he parado a pegarle a nadie. No he hecho eso”.
Reconoce que los antecedentes pesan. Hace un tiempo lo acusaron falsamente de la desaparición de una persona. Le tiraban piedras a la casa exigiendo explicaciones.
“Empezaron a culparme a mí… A la media hora llega Carabineros a mi casa. Altiro les dije que estuve preso y que pasaran a ver la casa”.
Le contó lo ocurrido a Khristian. “Estoy aburrido de que mi pasado me condene. Ahora que estoy haciendo las cosas bien, me persiguen por lo que no he hecho”.

Uno de los aspectos más difíciles en esta etapa es enfrentar acusaciones falsas.
“No te preocupes, yo voy a estar contigo, Juan, yo creo en ti”, recuerda que le dijo.
Días después, se supo que el joven había aparecido en Arica. “Carabineros lo obligó a llamar a su familia para decirles que estaba bien”.
Juan Emiliano vive en una toma, en la comuna de Peñaflor, en una vieja casa de madera sin ventanas, con muebles y electrodomésticos usados.
“Esta casa la construyó un Techo para Chile. Pero ya no está en condiciones para vivir dignamente, se cae a pedazos, no tengo ni baño. Y llevo aquí dos años, pero sigo perseverando, estoy tranquilo, con la paz que Dios me da”.
Prefiere mantener distancia con su familia. “Los molesté tanto, me ayudaron tanto, que ya no quiero la ayuda de ellos. Me ven que estoy bien, que ando limpiecito, el pelo cortado, afeitado, arreglado. Gracias a Dios no ando en malos pasos”.
Tiene pareja, gatos y gallinas. Sobre el reciente escándalo en Gendarmería, donde reclusos con dinero compraban favores y productos a altos precios, es escéptico:
“No creo que eso vaya a cambiar. El área técnica jamás va a preguntar quién quiere cambiar”.
-¿Cuál es tu mayor miedo ahora?
-Mi mayor miedo es volver a delinquir, caer en la drogadicción. A eso le tengo miedo. Llevo 18 años sin drogas. Salir de la cárcel es solo el comienzo.
Dimas fue un ladrón. No uno cualquiera, sino uno de los dos que murieron crucificados al lado de Jesús. El que, en el último minuto, entendió algo esencial. El único del que los cristianos estamos seguros que entró al paraíso. No por su prontuario, sino por su humanidad en el instante final. Es el buen ladrón.
En ese Dimas piensa Khristian Briones (47) cuando bautiza su fundación y su empresa. Y no es casualidad. Khristian también fue ladrón. También estuvo preso. Diez años. También vivió en la calle, cayó en la pasta base, pasó por el Sename más veces de las que puede contar sin cansarse. Hoy, en cambio, es trabajador social, fundador de una organización de reinserción social y creador de una empresa que solo contrata a personas con pasado carcelario.

Khristian Briones con parte de sus trabajadores, ex presidarios, como él.
Lo escucho hablar y no hay épica. Hay claridad. Y algo de humor seco, de sobreviviente.
Le pregunto quién es Dimas, porque confieso mi ignorancia más allá de Luis Dimas y una cultura bíblica a medio usar. Dice que Cristo murió con dos ladrones, uno que se burló y otro que lo defendió. Ese era Dimas. Y recuerda una frase que lo acompaña desde siempre. “Hoy estarás conmigo en el paraíso. Esa fue la promesa que le hizo Cristo en la cruz”, dice, quien hoy es trabajador social y dirige la Fundación Dimas y Aguas Dimas.
—Lo mío es un solo proyecto —explica—. La Fundación Dimas tiene un brazo operativo que es Aguas Dimas. Vendemos bidones de agua purificada de 20 litros. Es una escuela-empresa. Aquí la gente que sale de la cárcel aprende a trabajar ganando un sueldo. Aprenden responsabilidad, disciplina, a cumplir horarios, a trabajar en equipo. Y eso cambia hábitos.
En siete años han pasado ya diez personas.
—No son muchas —dice sin adornos—, pero son diez personas que hoy no están delinquiendo. Diez personas que trabajan, que generan ingresos. Eso ya es mucho menos delito.
Hoy trabajan cuatro personas y están buscando una más. A futuro, sueña con un centro de reinserción en Peñaflor, en un terreno donado, con planta purificadora propia y espacios de trabajo con las familias y los hijos. “Para que no repitan la historia del papá”.
Tiene 47 años. A los 14 cayó en la pasta base.
—Crecí en la José María Caro, en Lo Espejo. Éramos muy pobres. Mi abuelito alcohólico, mis tíos drogadictos. Teníamos que ir a pedir comida al vertedero, a La Vega. Empecé robando espejos retrovisores de micros, con mucho miedo. Caí al Sename y de ahí no salí más hasta los 18.
Le pregunto por su paso por el Sename. Suspira.
—Estuve más de quince veces ahí dentro. Entonces no había profesionales, como es hoy. Para resolver problemas entre nosotros nos hacían pelear. Hacían un círculo con todos los demás niños alrededor y peleábamos.

Khristian Briones sueña con habilitar una escuela-taller para dar más oportunidades laborales a quienes tienen los antecedentes manchados por el paso por la cárcel.
Ruda manera de entender la pedagogía.
A los 18, apenas egresado del Sename, entró a la cárcel. Salió. Volvió a caer. Estuvo preso otra vez.
—Salí con más de veinte puñaladas y un 30 por ciento del cuerpo quemado. Probé drogas que nunca había probado afuera. Crack, drogas inyectadas a la vena. La cárcel no te rehabilita. Te endurece.
—¿Eras choro?
—Sí. Fui líder de la calle seis de la Penitenciaría. Tenía mi grupo. Venía de chico con todo eso: robos, asaltos, aunque nunca maté a nadie. Gracias a Dios. Mis delitos fueron robos con fuerza, con intimidación y por sorpresa.
Khristian Briones comenta cuál fue la clave de su rehabilitación, de su reinserción social.
—La clave es la confianza y la oportunidad. Que alguien te diga “tú puedes”. En mi caso fue un sacerdote, el padre Nicolás Vial, de Fundación Paternitas. Iba a la cárcel, al castigo, a las piezas. Hablaba conmigo. Me orientaba. Me decía “búscame cuando salgas”.
Así lo hizo.

Khristian Briones estuvo con nosotros en Cooperativa, en el programa Ojos que Sï Ven, donde abordamos duras realidades sociales, como las dificultades que enfrentan quienes salen de la cárcel.
—Llegué a su fundación, donde partí haciendo aseo. En las tardes estudié primero y segundo medio, después tercero y cuarto. Luego me matriculé en técnico en trabajo social y más tarde saqué la licenciatura. En Fundación Paternitas estuve ocho años. Aprendí de profesionales que trabajaban en reinserción. Llegué a tener oficina propia, después de entrar barriendo.
Tiene tres hijos. La mayor conoce toda su historia. Los más chicos aún no.
—No la oculto. Además, ellos conocen mi trabajo y a las personas que son mis trabajadores en Aguas Dimas. Yo pude canalizar todo lo malo que viví para ayudar a otros. La clave es la confianza y la oportunidad. Y también el ejemplo. Yo a los cabros les demuestro que sí se puede. Que yo también fui delincuente, fui choro, fui líder dentro. Y a pesar de todo eso hoy soy profesional, levanté este proyecto. Cuando ellos ven eso, entienden que ellos también pueden.
—¿Sientes que tu historia es muy excepcional?
—En el Sename no hubo ningún salvavidas. La ayuda llegó cuando ya era adulto. Cuando alguien se fijó en mí y yo supe reaccionar frente a esa oportunidad. Pero esto no puede depender de la suerte.
Hablamos de la cárcel hoy. De Santiago 1. De una detención reciente, donde por defender a un muchacho de un mal llamado “arresto ciudadano”, pasó cinco días preso ahí.
—La situación está mucho peor que en mis tiempos. Nos hacían dormir en el cemento. No había colchón. Corté una botella para poder tomar té, agua, líquido. La comida no alcanzaba para todos. Nunca logré comer en esos días. Tiran la comida y es una verdadera selva. Una realidad que te deshumaniza.
—Siempre se dice que la cárcel es la escuela del delito, pero ahora parece más bien un postgrado…
—La cárcel es la universidad del delito. La escuela es el Sename —sentencia, basado en su historia personal.

La conciencia social de Khristian Briones no se limita a los ex reos. Aguas Dimas es una empresa con plena responsabilidad social y reparte bidones de agua a personas en situación de calle.
Hablamos del anuncio que hizo el saliente presidente Boric sobre un proyecto de ley que busca separar funciones: que Gendarmería se haga cargo de la seguridad y que la reinserción quede en manos de otro organismo del Estado. Anuncio hecho inmediatamente después de que 44 gendarmes fueran detenidos acusados de vender e ingresar toda suerte de productos y servicios a los penales. En la Operación Apocalipsis.
Sobre esto afirma: “La corrupción en Gendarmería no es nueva. Ya se veía cuando yo estuve preso en los noventa. Pero hoy está peor. Antes entraban alcohol. Después teléfonos. Hoy algunos venden pasta base, otros venden sierras para hacer armas cortopunzantes. Hasta el Tanax para los chinches te lo venden en bolsitas, carísimo -no lo dice con rabia, sino con comprensión amarga.
—El gendarme también vive como preso. Pasa todo el día ahí entro. Termina hablando como choro, culturizándose con los códigos carcelarios. Es fácil que entre en ese juego.
Sobre la propuesta de ley anunciada por Gabriel Boric post Apocalipsis, dice:
—Me parece excelente. Hoy Gendarmería dice ´seguridad y reinserción´, pero de reinserción no hay nada. Nada. Si tú trabajas ahí y no tenís vocación, sucumbes. Cuando yo trabajaba en Paternitas, más de alguna vez me dijeron “oye, entráte un pitito, entráte algo”. Y no. No lo hago. Porque sé lo que significa.
Por eso insiste en que la reinserción no puede ser un apéndice policial.
—La reinserción debe depender del Ministerio de Justicia. Y la seguridad, del Ministerio del Interior. Son lógicas distintas. Necesitan miradas diferentes. En este tema, lo primero que hay que entender es que como sociedad tenemos miedo. Y se entiende, porque la delincuencia es real. Hay rechazo al que sale de la cárcel, al que ha cometido delitos. Para cambiar ese estigma, ese segundo castigo, se necesitan políticas concretas.

Dar trabajo sirve para crear hábitos: respeto, disciplina, cumplimiento de horarios, pero sobre todo dignidad. Eso piensa Khristian Briones.
Para él, la clave es el trabajo.
—El Estado tiene que hacer el esfuerzo de contratar personas con antecedentes. Y también debe empujar a las empresas a hacerlo. Yo fundé Aguas Dimas para eso. Pero deberían existir muchas más Aguas Dimas.
Cuenta que en otros países, al salir de la cárcel, trabajar no es opcional. “Sales con beneficios, pero si no trabajas, los pierdes. Eso ordena la vida”.
—¿Están los empresarios disponibles para recibir a personas con historial delictual?
—Sí, hay sensibilidad en muchos de ellos. Yo participo en un directorio que se llama Juntos por la Reinserción. Hay empresarios, fundaciones, más de cincuenta instituciones. Gente que quiere empujar este tema en serio.
Su argumento no es solo moral. Es práctico. Y ahí se apasiona.
—Llevamos décadas invirtiendo en cámaras, rejas, alarmas, guardias, más cárceles. Y hoy estamos peor que nunca. Hoy hablamos de secuestros, de sicariato, de crímenes que no se cometían en Chile. Algo no está funcionando.
Hace notar que, además, el costo de tener a una persona en prisión es altísimo.
—Un millón de pesos por reo y yo que estuve en Santiago 1 te digo que uno no se explica dónde o en qué se gasta ese millón, porque ni para darles de comer alcanza. Viven en condiciones inhumanas. Y aún así, al salir en libertad, un sesenta por ciento vuelve a delinquir. ¿Por qué? Porque no hay oportunidades, porque nadie les da trabajo. Imagínate que de los que acceden a beneficios extracarcelarios, como trabajo, sólo un veinte por ciento reincide.
Khristian tiene una fórmula, una idea central, sobre la que vuelve una y otra vez. “La reinserción es invertir en seguridad. No son cosas opuestas. La seguridad combate el delito puntual. La reinserción combate la delincuencia”.
Lo explica con una imagen simple: “Tú pones una cámara en tu casa. En la del vecino, no hay cámara. El delincuente se va a la casa del lado. Prevención del delito en tu espacio, sí. Pero la delincuencia sigue igual a tu alrededor”.

Khristian Briones vivió en la calle, estuvo 17 veces en el Sename y sabe que, sin apoyo, nadie con ese “prontuario” puede salir adelante. Por eso, sale en rutas calle a repartir sus Aguas Dimas.
En cambio, sacar a una persona del circuito delictual tiene efectos realmente virtuosos. Y lo demuestra con sus propios cálculos y estadísticas.
—Yo, cuando delinquía, robaba unas cien veces al año. Dos víctimas por robo. Doscientas personas afectadas al año. Hoy llevo quince años sin delinquir. Son tres mil personas que no fueron víctimas de un delito, gracias a que yo pude salir adelante, porque alguien confío en mí.
Eso, dice, se multiplica.
—La inseguridad se contagia. Si roban en una casa, todo el pasaje se asusta, pone rejas, cámaras. Pero si sacas al delincuente, recuperas el espacio. Recuperas la plaza, el barrio, la comuna. Recuperas la comunidad.
La reinserción, insiste, también ayuda a Carabineros.
—Debe ser frustrante detener a alguien, verlo salir y que al año esté de nuevo preso. Es un círculo sin fin. Con reinserción hay menos delitos, menos gasto fiscal, más seguridad real.
Hace una pausa. Y vuelve a lo personal, sin dramatismo.
—Salir de la cárcel y que nadie te dé trabajo te empuja a seguir en lo mismo. Yo viví eso. Por eso hice Aguas Dimas. Por eso creo que este país tiene que hacer ese cambio. De verdad.
Con 21 años, Javiera Torres tiene un desplante que no pasa inadvertido. Fue rostro de la campaña del Hogar de Cristo para Mega en 2025 y colaboró en el servicio de banquetería durante la graduación de sus compañeros del Colegio Betania, en La Granja, apenas un día antes de recibir su propio diploma de enseñanza media. En cada uno de esos espacios mostró lo mismo: carácter, convicción y ninguna vergüenza de su historia.
“Yo repetí siempre por inasistencia. No por notas”, explica sobre el rezago de tres años que arrastró en la enseñanza media. Estudió en el colegio Padre Álvaro Lavín, de Maipú, donde pensó que terminaría cuarto medio. “Pero no lo saqué nunca. Perdí varios años y finalmente llegué al Betania, que me quedaba más cerca de donde vivía”.

Javiera posa feliz con todos sus merecidos reconocimientos obtenidos el día de su graduación en el Colegio Betania.
Cuando se le pregunta por las ausencias, responde con honestidad y límites claros:
“Fue por problemas familiares. No quiero hablar mucho de eso. Solo puedo decir que por primera vez estoy viviendo con mis papás. Nunca antes había vivido con ellos”.
Javiera ha trabajado y estudiado casi toda su vida. Hoy hace aseo en una bodega de tres pisos en Renca. Vive en San Ramón y su rutina es extenuante.
“Me levanto a las cinco y media de la mañana para llegar a las nueve al trabajo. Salgo a la una y llego a mi casa a las tres y media. Son más de ocho horas al día solo moviéndome”, relata.

Un día antes de su graduación, Javiera ayudó en el servicio de banquetería para la ceremonia de sus compañeros de otra jornada del Colegio Betania. AGENCIA BLACKOUT
Como estudiante, siempre tuvo que arreglárselas sola.
“Yo escuchaba que otros hablaban de la mesada y no entendía qué era. Pensaba que tenía que ver con una mesa. Lo busqué en Google y ahí caché que era plata mensual que te daban tus papás para tus gastos. Ojalá me hubieran dado aunque fuera diez lucas para cargar el pase escolar”, cuenta, entre risas.
No hay queja. Hay claridad. Y entusiasmo. Porque el 2026 marcará un antes y un después en su vida.
“Soy rápida para aprender y me gusta enseñar”, dice sobre su decisión vocacional. Ya está matriculada en Pedagogía en Educación Física en la Universidad Santo Tomás y accedió a gratuidad.
“Voy a ser la primera universitaria de toda mi familia. Mi papá, mi mamá, mi abuela, mi hermana… ninguno ha entrado a la universidad”, reflexiona con orgullo.
A sus compañeros del colegio les deja un mensaje directo:
“Que sigan adelante. Todo cuesta, pero cuando empiezas a cumplir metas, el camino se hace más fácil. Dar el paso ya es el inicio de algo nuevo. Uno se puede equivocar, pero es mejor equivocarse intentando algo bueno”.

Su mamá la acompañó en la fiesta de graduación.
Para quienes dejaron de estudiar, tiene una invitación clara:
“Me gustaría que retomaran. Antes era mucho más difícil estudiar. Uno ve mucha gente mayor que no pudo completar sus estudios porque se vieron obligados a trabajar desde temprana edad. No había otras posibilidades. Hoy existen escuelas de reingreso como Betania. Hay oportunidades”.
Javiera es prueba viva de que se puede trabajar y estudiar.
“Nunca tuve vergüenza. He trabajado en muchas cosas, incluso en discos. Antes sin contrato, ahora sí. Nadie me apoyó nunca, así que entendí que mi única alternativa era estudiar”.

Sabe que romper el círculo de la pobreza no es fácil. Pero también sabe que la educación es la llave.

Juan Cristóbal Romero, director ejecutivo del Hogar de Cristo, integró la comisión presidencial que mejoró la CASEN. AGENCIA BLACKOUT
Chile ha logrado avances relevantes en la reducción de la pobreza cuando ha sido capaz de combinar crecimiento económico, empleo y políticas sociales bien diseñadas. Pero ese aprendizaje convive hoy con una realidad incómoda: mientras parte del país discute ritmos y modelos, existe un grupo de hogares para los cuales la espera ya no es una opción. Son los más pobres entre los pobres.
La experiencia acumulada de las últimas décadas es clara. La superación sostenible de la pobreza depende, principalmente, de que los hogares puedan desarrollar capacidades y proyectos de vida con autonomía, y no en dependencia permanente del Estado. La evidencia es consistente. Cuando la economía crece, se crean mejores empleos; cuando hay mejores empleos, aumentan los ingresos y la posibilidad real de resolver necesidades. Por el contrario, cuando el crecimiento se debilita y las políticas sociales se dispersan, la reducción de la pobreza se vuelve más lenta y frágil, incluso en contextos de mayor gasto social.
Eso es precisamente lo que hoy observamos. Una expansión significativa del gasto, acompañada de programas mal evaluados, incentivos desalineados e inercias institucionales que no siempre corrigen las deficiencias detectadas. El resultado es una política social que muchas veces administra la urgencia, pero no cambia trayectorias de vida.
Dicho esto, conviene ser claros: las capacidades no aparecen por sí solas ni se distribuyen de manera equitativa. En contextos de vulnerabilidad extrema, rara vez se sostienen sin apoyo. Para quienes viven en pobreza severa, la autonomía no es un punto de partida, sino un objetivo lejano. Por eso, las políticas sociales han sido —y siguen siendo— fundamentales para complementar ingresos y crear condiciones mínimas de desarrollo. Plantear una dicotomía entre autonomía y apoyo estatal empobrece el debate y desconoce la realidad de los hogares más excluidos.
Algo similar ocurre con la discusión entre focalización y universalización. La democracia se sostiene en el reconocimiento de derechos para todos. Pero también en la obligación ética y política de priorizar a quienes más lo necesitan. La experiencia chilena muestra que avanzar en diagnósticos objetivos y en asignación de recursos basada en evidencia permitió corregir inequidades profundas y hacer más eficaces las políticas sociales.
Hoy enfrentamos, además, una realidad más dura. Existen hogares que viven simultáneamente pobreza por ingresos y pobreza multidimensional, donde ya ni siquiera está presente la expectativa de salir adelante. A eso lo hemos llamado pobreza severa. Para ellos, las transferencias monetarias son necesarias, pero claramente insuficientes. Se requieren políticas públicas integradas que combinen apoyo de ingresos con servicios sociales, cuidados, educación, salud, vivienda y entornos que hagan posible sostener trayectorias de vida reales.
Reducir la pobreza exige un enfoque complementario: crecimiento y empleo; transferencias focalizadas; políticas sanitarias y educativas de alto impacto; y programas que fortalezcan capacidades, sin perder el principio orientador de priorizar a quienes están en peor situación. Medir bien no es un tecnicismo: es la condición para no equivocarnos de urgencia.
Si existe una emergencia permanente en Chile, no es solo la que aparece en los ciclos electorales, sino la que viven a diario quienes no tienen nada que perder. Sacarlos de la pobreza severa no es un eslogan: es una tarea impostergable que exige evidencia, coherencia y la voluntad de corregir lo que no funciona.