Este domingo, en el diario El Mercurio, en su comentario mensual del Evangelio, el capellán general del Hogar de Cristo, el jesuita José Francisco Yuraszeck alude al anuncio sin mayores detalles de hacer un Registro de Vándalo e Incivilidades.
Lo reproducimos a continuación. Se titula: “Pan” y dice así:

El capellán del Hogar de Cristo incluyó lo de las incivilidades en su comentario del Evangelio este domingo.
Hablar de pan es muchas veces hablar de lo urgente. Del hambre o de las ganas de comer, bien concretas. Del día que empieza y termina con una pregunta simple y decisiva: ¿alcanza o no alcanza? El pan no es metáfora para quien tiene hambre; es necesidad, límite, angustia y dignidad al mismo tiempo.
Y, sin embargo, sobre ese pan de cada día se levantan decisiones que organizan la vida común. Hemos estado hablando de crecimiento, de orden, de disciplina, de futuro. Se propone —muchas veces— un camino que exige postergar la satisfacción de algunas necesidades: apretarse el cinturón, aceptar restricciones, confiar en que mañana será mejor. Se trata de una lógica conocida: sembrar en escasez hoy para cosechar en abundancia mañana.
Pero el Evangelio irrumpe ahí con una pregunta que no se puede esquivar: ¿quién puede vivir de promesas cuando le falta el pan de hoy? Más aún, ¿qué ocurre cuando el orden termina recayendo siempre sobre los mismos? Cuando el esfuerzo por corregir las llamadas “incivilidades” se convierte, en la práctica, en una presión constante sobre quienes habitan la fragilidad: el comercio informal que permite subsistir, la ocupación precaria del espacio, la vida al margen de sistemas que no logran integrar. Entonces el pan deja de ser solo alimento: se vuelve frontera, y a veces condena.
Porque no toda falta de orden es igual, ni toda infracción nace de la misma libertad. Hay incumplimientos que brotan de la indiferencia, pero otros nacen simplemente de la necesidad. Y cuando no se distingue entre unos y otros, el riesgo no es solo técnico o económico: es profundamente humano.
Jesús no evade esa realidad. No espiritualiza el hambre. No le dice al que no tiene pan que piense en el cielo. Pero sí revela algo decisivo: el ser humano no se salva solo asegurando su subsistencia. “El que coma de este pan vivirá eternamente”. Hay una vida más honda, una comunión, una plenitud que ningún sistema puede producir ni garantizar. Pero tampoco hay vida eterna sin justicia presente.
Ahí está la tensión que el Evangelio no resuelve, pero ilumina con fuerza: necesitamos pan hoy, pan suficiente, pan digno. Y al mismo tiempo necesitamos un sentido que no dependa únicamente de las condiciones materiales. Lo uno sin lo otro deshumaniza: o se cae en una espiritualidad vacía, o en un materialismo que termina agotando el alma. Por eso el problema no es solo cuánto pan hay, sino cómo se reparte, quién carga con el peso de las decisiones, quién tiene que esperar y quién no.
El pan que Cristo ofrece —“mi carne es la verdadera comida”— rompe otra lógica aún más profunda: la de la acumulación. No es un pan que se guarda, ni que se administra desde la distancia. Es pan que se entrega. Es vida que se parte para otros. Y en ese gesto revela el criterio último de toda convivencia humana.
Una sociedad se mide, entonces, no solo por su crecimiento, sino por su capacidad de no abandonar a nadie en la intemperie del presente. Porque siempre es más fácil pedir paciencia a quienes menos tienen, y más difícil revisar las estructuras que producen esa desigualdad de tiempo y de espera.
Hay cosas que no pueden postergarse indefinidamente: el respeto, la dignidad, la posibilidad de existir sin ser expulsado o castigado por la propia fragilidad. Hay un pan que no puede esperar.
“Yo soy el pan vivo bajado del cielo”. No como evasión, sino como juicio. No como consuelo fácil, sino como criterio exigente. Porque quien reconoce ese pan no puede aceptar que el pan de la mesa se vuelva privilegio, ni que el orden se construya dejando a algunos fuera.
No habrá futuro suficiente si el presente se edifica sobre hambre contenida.
Tampoco orden verdadero si se sostiene en la desigualdad del sacrificio.
No habrá vida plena si el pan —cualquiera sea— deja de ser para todos.
“El nuevo manual de Carreño: no cometa incivilidades”, escrito por la periodista y escritora Ximena Torres Cautivo, es más irónico, pero señala los problemas constitucionales y operativos de la iniciativa, que ya parecen estar sopesándose en el gobierno y merezcan replantamiento.

En El Mostrador, la periodista ironizó sobre las incivilidades que se busca sancionar. ¿Acaso la vida de los más pobres, de los que viven en situación de calle, no es en sí misma la mayor de la incivilidades?
Dice el texto:
Por fin la primera Cuenta Pública nos trajo la brújula moral que tanto andábamos buscando. El anuncio del nuevo Registro Nacional de Vándalos e Incivilidades es, sin duda, una genialidad de la ingeniería social. Al fin el Estado ha comprendido que el gran motor de la delincuencia en Chile no son las sofisticadas mafias del crimen organizado —esas que se infiltran silenciosamente en la banca lavando cientos de millones a través de criptomonedas, como nos enteramos esta misma semana—, sino esa horda de peligrosos antisociales dedicados al rayado de muros, al consumo callejero y a pernoctar en la vía pública.
La letra chica del proyecto es notable en su simetría: si cometes una “incivilidad”, la sanción es perder los beneficios estatales, tales como la gratuidad universitaria o la Pensión Garantizada Universal (PGU). Es una fórmula perfecta de justicia selectiva. Si un joven de Vitacura es sorprendido consumiendo sustancias en una plaza, la pérdida de la gratuidad le provocará, con suerte, una risotada. En cambio, si el infractor es de Bajos de Mena, el peso de la ley caerá de forma implacable, devolviéndolo de inmediato al lugar del que nunca debió salir. La ley, como siempre, es pareja: todos arriesgan perder los beneficios que solo los más pobres necesitan.
Entre el catálogo de conductas que configuran la “pérdida de la civilidad” figuran varias que son dignas de un manual de buenas costumbres de la época victoriana. Un Carreño renovado:
Bajo esta lógica, no podemos dejar de notar que una persona en situación de calle es, por definición, el epítome viviente de la incivilidad. Duerme en la vía pública, ocupa el mobiliario urbano sin permiso y carece del decoro que se exige en los barrios residenciales. Es un delincuente en potencia que atenta contra el orden estético. Qué alivio saber que, gracias a este registro, si un indigente se atreve a cometer la osadía de infringir el civismo, el Estado lo castigará con fuerza quitándole… el subsidio de arriendo o los beneficios sociales que apenas le alcanzan para sobrevivir.
Mientras el país debate la crisis de seguridad, el Gobierno ha decidido que la prioridad es perseguir el spray de pintura y la lata de cerveza en la vereda. Es una brillante estrategia de criminalización de la pobreza camuflada de civismo. Al final, el mensaje que se lee entre líneas es de una claridad meridiana: en el Chile moderno, la delincuencia de cuello y corbata se soluciona devolviendo la plata en cómodas cuotas o con clases de ética, pero la mala educación de las clases populares se paga perdiendo el derecho a envejecer o a estudiar.