Gustavo Toro, “El Tavo”; Alejandra Aroca, “La Jani”, y Baithiare Campos son nuestros lazarillos en esta Ruta Alba por la comuna de Cerro Navia, que sale con 25 raciones de comida caliente y marraquetas frescas para un grupo equivalente de personas en situación de calle.
No son todos colocolinos ni todos de la misma fundación. El Tavo lidera esta acción social en su comuna, bajo el alero del Colo-Colo. Rutas para llevar comida caliente y abrigo a las personas en situación de calle. “Hay como cuatro, cinco comunas en Santiago, donde opera la Ruta Alba. Somos 58 voluntarios”. También organizan ollas comunes y nos ponemos cuando hay emergencias nacionales”.

En la calle Huelén de Cerro Navia, en los extremos de la foto posan con beneficiados de la Noche Alba Baithiare Campos, Gustavo Soto y Alejandra Aroca, que nos guiaron en esta ruta calle durante La Noche del Encuentro 2026. AGENCIA BLACKOUT
Andamos en su station wagon rojo coreano, recorriendo puntos conocidos donde se guarecen unos veinte hombres y mujeres. Es nuestro generoso chofer y guía. Técnico en aire acondicionado, “El Tavo” dice que su sensibilidad social nace en la población La Higuera de Cerro Navia, donde vivió su infancia. “Es una de las más complejas de por aquí”.
-Ahora, en esta ruta calle, vamos a conocer a personas buenas, súper respetuosas. Gente educada. No son insolentes. Trabajan. Hacen sus pololitos. Lo que más me indigna es que el alcalde Mauro Tamayo se empeñe en corretearlos, desarmarles sus rucos, tirándoles agua. Imagínese la inhumanidad de correr a la señora Roxana, que está recién amputada de una pierna, y a su hijo, que es epiléptico -reclama, airada, Alejandra Aroca.
“La Jani” también es vecina de Cerro Navia y tiene su propia organización solidaria desde hace siete años. Se llama “Hoy por ti, mañana por mí, Dios con nosotros”. Es energética y frontal. Graciosa, aguerrida. Se acomoda con su amiga y compañera de misión, Baithiare, en el asiento del copiloto, haciendo contorsiones para que logremos entrar todos en el auto. Desde ahí, nos cuenta:
-¿Me creerán que el envase en que ponemos las raciones de comida que les traemos son más caras que el alimento mismo? Cada bandeja, dependiendo del modelo, cuesta entre 180 y 210 pesos. La más cara es la que viene con el pocillo para la ensalada incorporado.
Escuchando uno advierte el tremendo trabajo, el esfuerzo titánico que hacen organizaciones sociales barriales, como las de nuestros lazarillos. Muchos de ellos son vecinos de clase media que solidarizan con los que no tienen nada, teniendo ellos mismos muy poco en lo material, pero todo en lo humano. Una generosidad y entrega que conmueven. Y que muchas veces se convierte en plata que deben sacar de su propio bolsillo.

Las mascotas son fuente de calor y amainan la soledad de las personas en situación de calle. El líder de la Ruta Alba en Cerro Navia, Gustavo Soto, dice que en los desalojos a veces los separan de sus animalitos y eso les hace daño.
Alejandra saca cuentas:
-Si hacemos raciones para 120 personas necesitamos dos cajas de pollo. La caja de pollo está entre 30 mil y 40 mil pesos, dependiendo si es tuto entero o tuto largo. Más el arroz que cuesta casi dos mil pesos el kilo, y se necesitan seis kilos. Agrega la cebollita, la zanahoria, algo de aceite y todo lo que conlleva la preparación. El gas para cocinar y las marraquetas, porque la gente no perdona el pancito.
Baithiare aporta:
-El kilo de pan está a dos lucas. Y para 120 raciones necesitamos 6 kilos. A veces nos apoyan con donaciones. A veces una panadería de por aquí se queda con pan y nos lo regalan a nosotros. Y ni hablar de la cecina y la margarina. Todo eso que sirve para armar sándwiches también sale caro.
-¿Tienen ayuda de la Red de Alimentos?
-Mi organización no. Al Tavo de la Ruta Alba, sí le ayudan. Deben ser colocolinos… -dice, Alejandra, soltando una carcajada.
Roxana habita un territorio distópico. Nuestros ágiles guías deciden salirse de la Ruta Calle habitual y llevarnos a la “casa” de esta mujer, que es madre de tres hijos y que, por temas de herencia de la vivienda que habitaba, se quedó literalmente en la calle. La acompaña su hijo mayor, que tiene epilepsia y fue el que determinó que sus parientes la sacaran de la casa donde vivía.
-La gente habla sin saber. El hijo de la señora Roxana cuando no está medicado por su enfermedad pierde el equilibrio. Se cae. Ahora mismo tiene medio rota la mandíbula porque se cayó. La gente dice que es porque anda borracho. Hablan sin tener idea, desde el puro prejuicio- comenta Alejandra.

Bajo el plástico amarillo viven Roxana y su hijo mayor. Ahí los visitamos guiados por Alejandra Aroca.
Bajo una alta y moderna torre de alta tensión que parece un cohete listo para salir disparado a la Luna, situada en una plaza en el bandejón central de la avenida Mapocho, al poniente de Santiago, Roxana ha acomodado su precariedad y la de su hijo. A causa del descuido, la pobreza, la precariedad, la diabetes se ensañó con su pierna y, hace poco más de un mes, se la cortaron.
Ahí, en la humedad, sin baño, agua potable ni comida, convalece de la amputación. Cerca del muro bajo que rodea la torre y parece una jardinera circular, tiene estacionada una modesta silla de ruedas. El olor a orines es insoportable.
Ahora son cerca de las 9 de la noche de un jueves. Es noche cerrada. Por suerte, no hace tanto frío. Ahí, Roxana descansa -si a eso se le puede llamar descanso- junto a su hijo. Él duerme sobre unas colchonetas y ella se arrima a él para darse calor. Un plástico amarillo sujeto con piedras les sirve de techo.
-Señora Roxana, ¿está despierta? ¿Podemos hablar con usted? -le pregunta respetuosamente Alejandra Aroca.
Roxana es dulce y habla clara, suave y articuladamente. Nos cuenta que tiene un hijo que estudia enfermería y que, al igual que el otro, se avergüenzan de ella y de su hermano mayor. Que ella siente el desprecio no sólo de sus hijos, sino de todos con los que se cruza. Dice que quedó en la calle, porque no aceptó que echaran a su hijo enfermo de donde vivían. Que ella prefirió estar en la calle, a la intemperie, antes que separarse de él. Reconoce que la amputación de su pierna es responsabilidad suya. “No me cuidé. No seguí la dieta que me dieron”, reconoce, con resignación. Recuerda que alguna vez, hace muchos años, fue feliz.

Roxana cursó hasta octavo básico. Lee y escribe y dice que le gusta mucho leer. El diario o lo que caiga en sus manos. Confiesa que alguna vez fue feliz. Antes de casarse, cuando trabajaba como empleada de casa particular en Vitacura. AGENCIA BLACKOUT
-Yo era soltera y trabajaba de nana con una señora alemana en Vitacura. Era un matrimonio solo y me apreciaban mucho. Viví muy bien en esa casa varios años.
Ahora su gran defensora es Alejandra Aroca. Ella supo de su caso y decidió hacerse cargo. Levanta la voz por ella. Se preocupa de que vaya a sus curaciones. Dice que a mediados de julio, cuando el alcalde de Renca, Claudio Castro, abra el albergue en esa comuna, “la señora Roxana va a ser recibida ahí. Tenemos un compromiso. Por ahora, a resistir no más. A denunciar los abusos, como cuando los guardias municipales de Cerro Navia la manguerearon para corretearla. A ella y a su hijo. Yo no puedo entender ese nivel de crueldad”.
Nadie lo comprende.
La Ruta Alba tiene un punto clave en Cerro Navia. En la calle Huelén 1914, se levanta el Centro Educacional de Adultos de la comuna. Tiene un cuidadísimo antejardín, donde conviven cardenales, girasoles y gomeros con toda suerte de cactus y suculentas. Todos coquetamente montados sobre neumáticos en desuso pintados de blanco que hacen las veces de maceteros.
Todo lo mantiene en su sitio un jardinero invisible, que, junto con otras veinte personas, se acomoda en la precariedad de plásticos, tablas, colchones y trapos viejos, justo al lado del Centro Educacional. Pegados a la pared de lo que parece ser un sitio eriazo o abandonado, arde una fogata, se congregan varias cuidadas mascotas y hay una serie de rucos, desde donde salen Leo, Pedro Pablo, Esteban y varias mujeres jóvenes y no tanto que comparten la experiencia de vivir en calle.
Son tal cual nos advirtieron: respetuosos, coherentes, trabajadores informales, pero al parecer muy competentes en lo suyo. Es el caso de Esteban, el jardinero invisible. Dueño de manos con dedos verdes, logra multiplicar patillas y reproducir la planta que le pongan por delante.
Lo que él mismo reconoce no le pueden poner por delante “es una botillería. Me la tomo toda. Ese es mi vicio, para qué voy a mentirle. Yo ya no fumo pasta base. Logré salir de eso, pero el alcohol es lo que me llama”.

Tiene un talento natural para la jardinería. Reproduce a partir de patillas lo que le pidan y mantiene vivo y floreciente el jardín frente a la escuela de adultos de Cerro Navia. Se llama Esteban.
Esteban vive en los restos de una casa cercana que se quemó con un hermano tan pobre como él mismo, pero que, para peor, se mueve en silla de ruedas. “Lo atropellaron y quedó lisiado”. Ahora, afirma, están reparando la casa incendiada. Una no se figura cómo.
Otro habitante de este lugar donde la comida de la Ruta Alba se recibe con genuino agradecimiento es Pedro Pablo, electricista y gasfíter de oficio. “Yo, sin pecar de orgulloso, le sé hacer una casa entera”, cuenta. Agrega que está muy difícil conseguir pegas y pololos por estos días.
-La gente está pobre, así es que no hay tanto pedido. Pero yo voy a donde me llaman. Lo malo es que en los últimos desalojos nos han quitado las herramientas. Yo tenía un pequeño compresor para pintar. Me servía mucho. Pero me lo quitaron.

Pedro Pablo dice que si le piden una casa, hace una casa. Lamenta que los desalojos de rucos arrasen con lo poco y nada que tienen los más pobres. A él le quitaron su bolsa de herramientas y un pequeño compresor con el que hacía trabajos de pintura.
-¿Qué piensas de los desalojos de rucos?
-Es algo malo. Fome para uno que es pobre y le cuesta tanto tener sus cositas. Con esas herramientas uno consigue trabajar. Dar mejor impresión. Yo les pediría a las autoridades que tengan cuidado, que somos gente de trabajo. Hay lugares donde las personas puede que tengan armas, pero acá no eso no pasa. Usted ve: somos pacíficos y queremos trabajar. Necesitamos hacerlo.
Nos vamos. De las 25 raciones de comida, no quedó ninguna.