Álvaro Adrian Figueroa Astudillo (61) recuerda perfecto el día que llegó al departamento que el programa Vivienda Primero le entregó en Copiapó: fue el 14 de abril de 2026. Está ubicado en un condominio de edificios entre calle Los Carrera y Avenida Copayapu en la capital de la región de Atacama.

Hermosos cactus propios de la zona, adornan los jardines del condominio donde vive Álvaro hoy.
Allí nos recibe señalando que está un poco resfriado y pide disculpas porque el aseo no está perfecto, pero nos sorprende con su voz de locutor de radio y perfecta dicción y vocabulario que revelan una buena educación.
Afirma que antes de llegar a situación de calle por ocho años, su vida fue “bastante buena”.
“Tuve unos papás comunes y corrientes: mi papá bueno para el vino, mi mamá dueña de casa. Siempre trabajaron, nunca hubo un mal ejemplo en mi casa. Claro que cuando yo nací mi papá tenía 55 años y mi mamá 43, entonces prácticamente me crie solo”, recuerda.
Con su hermano más cercano había 10 años de diferencia.
“Todo el mundo creía que mis papás eran mis abuelos. Fue mi hermana la que se preocupó de mi educación, ella me hizo estudiar en el colegio Salesianos en Valparaíso. Lo malo de toda esa época fue la dictadura, la poca plata y la represión”.
Su familia vivía en un buen barrio, en 15 norte, Viña del Mar. En unos departamentos que están casi frente al mall Marina Arauco.
“Nunca tuve malas influencias de alcohol y drogas, pero desde los 10 años consumo alcohol y más chico comencé a inhalar neoprén. Recuerdo perfecto ese día, yo tenía unos ocho años”.
Estudiaba en la Escuela Rusa número 75, después se llamó la Escuela 319 y ahora cree que se llama Carlos Vilches. Hasta el día de hoy no se explica por qué fue tan precoz en el consumo.
Álvaro no terminó sus estudios en ninguna parte finalmente. Estuvo dos años en el colegio de los Salesianos y en distintos liceos de Valparaíso hasta que se aburrió y se fue a vivir a Caldera, a llevar una vida de pescador y de buzo.
“Me vine a esta región escapando de la dictadura y de la pobreza. Estuve en el Movimiento Juvenil Lautaro y después en el MIR. A los 16 años caí preso, porque la congregación San Juan Bosco lanzó una revista llamada Ven y Verás, donde le hicimos una entrevista a un joven Testigo de Jehová, cayó mal esa entrevista. Me agarraron en barricadas”.
En Caldera conoció una chica que venía recién saliendo de la universidad como tecnóloga médica. “Con una mochila de deuda y pobre como yo, porque yo me ganaba la vida en el mar”.

Desde las alturas de su departamento, él observa la ciudad que antes lo cobijó a ras de suelo, en la calle.
Se casó con ella y tuvieron dos hijas. La mayor nació en 1991 y es enfermera. La menor nació en 1997 y es química farmacéutica. “Más allá de eso no sé y no me interesa. La pega se hizo y no pierdo el sueño ni el apetito por eso”, dice, tajante, sin querer hablar más de sus hijas.
“Todo iba muy bien y todo fue para mejor. Mi señora empezó a trabajar y tenía sus lucas. Lo negativo fue que ella fue muy permisiva conmigo, nunca fumó ni bebió, pero me financiaba mis carretes”, admite.
A los 35 años, se tituló de técnico paramédico y a los 41 entró a estudiar enfermería. No se tituló porque la Universidad del Mar, donde estudiaba, cerró.
El descalabro se produjo con la muerte de Ivonne, su esposa, el 8 de febrero de 2017.
“Antes, el 2015 había muerto mi hermana que siempre me apoyaba y el 2016, mi mamá. En tres años perdí a las mujeres más importantes en mi vida”.
Nos dice que no cuenta su historia para victimizarse. Y afirma que los tres pilares del alcohólico y del drogadicto son tres: la victimización, la mentira y la manipulación.
“Aquí el único responsable de la situación calle a la que llegué fui yo y mis malas decisiones. No fue porque quedé viudo y mis hijas no me quieren; ni porque mi papá me pegó. Llegué a esto por mi gusto por carretear”.

Bien vestido y con un lindo departamento que comparte con otro compañero, la vida de Álvaro Figueroa dio un giro radical gracias a Vivienda Primero.
Agrega: “Cuando Ivonne murió, me desbandé, ya no tenía mi cable a tierra. Estuvimos 20 años casados y la quiero hasta el día de hoy. No tengo otra mujer y no me interesa”.
Reconoce con cierto desparpajo que así como existen mujeres que se casan por la billetera, él también pensó que se casaba bien: “Yo vi en ella un futuro con dinero asegurado”.
Pero jamás pensó que todo acabaría tan pronto. Al enviudar, toda la plata que él ganaba “me la jalaba o me la tomaba. Mi debacle fue total y mi cuerpo empezó a desgastarse. Esa rutina extrema de consumo me llevó a la calle. Después de ser el rey de la playa y estar surfeando en la cresta de la ola, quedé completamente desplomado en la arena, lleno de algas y de gaviotas picoteándome el lomo”.
Tenía 45 años y empezó a buscar ayuda.
Fue por primera vez a la Gobernación Provincial, donde todas las personas en situación de calle de Copiapó acuden cuando necesitan auxilio. “Yo conocía la labor social de Hogar de Cristo, pero no al nivel de envergadura que realmente tiene”.
Álvaro supo que existían casas cristianas que ayudaban a rehabilitarse. “Son lugares informales liderados por un pastor al que se le ocurre la idea de abrir una casa para ayudar a personas adictas como yo”.
Pero, según él, mandan a la gente a trabajar y se enriquecen con ese dinero.
“Yo conozco dos casas en Copiapó y solo una no es así. Pero le falta la parte de la reinserción social, porque si no tenemos eso, no podemos salir de la calle”, señala.

Álvaro no oculta que le gusta beber y que ocasionalmente lo hace sin que obstruir su trabajo ni su vida como antes.
En la casa de una pastora aprendió a ser un hombre de fe, pero no un santo ni digno ejemplo de nada. Antes había estado en la casa Lastarria, del pastor Carlos Navarro. “Tuve mis recaídas, porque me encanta el trago”.
Un buen día, trabajadores del Hogar de Cristo llegaron a la casa donde estaba y Álvaro tuvo la certeza de que esa era su puerta de salida.
“Le agradezco a Dios por la fundación Hogar de Cristo. Primero por su programa Calle, siempre estuvieron ahí para darme una ayuda, yo llegaba destrozado y ellos me daban la mano. Yo no quería volver a la casa de la pastora. Entonces, la jefa de la hospedería tomó el teléfono y me llevó al albergue de Paipote. Empecé a sentir una esperanza real y tangible de que podía salir de mi situación y de esa espiral de no hacer nada, como caficheando al sistema. Yo siempre estaba acostumbrado a trabajar y a generar mis lucas”.
-¿Qué te ha parecido en estos cuatro meses que llevas viviendo en tu propio departamento, el programa Vivienda Primero?
-De malo, no tiene nada. Es todo bueno. Me preocupa que en algún momento nos dejen huérfanos. Al compañero de departamento y a mí, lo que más nos interesa es que este programa funcione para que siga, sea exitoso y alcance a más personas en situación de calle.
-¿Te ha costado la convivencia con tu compañero de departamento?
-No, porque nunca fui bandido ni agresivo. Con mi mujer armamos tres casas. Yo tenía mi moto, mis hijas tenían su auto. Tuvimos cosas, para mí, mantener una casa no es algo nuevo. Sé cómo funciona. Yo genero ingresos y compro los víveres y proveo para este departamento. No me molesta. Tengo arraigado el principio de vivir en comunidad. Si el hombre no mete bulla, yo tampoco. Somos amigos, pero conversamos poco. Ahora él cocina.
Lo que sí Álvaro reconoce que necesita siempre es apoyo sicológico. En 2023 tuvo tres intentos de suicidio y reconoce que lo mental es parte más lábil. “He visto una cincuentena de siquiatras y sicólogos, ninguno me ha dado buen resultado”.

Odila Yáñez, la trabajadora social de Hogar de Cristo, a cargo de Vivienda Primero en Copiapó, junto a Álvaro Figueroa en el condominio donde él reside.
Por eso le preocupa que el nuevo gobierno haga recortes de presupuesto y termine con el programa Vivienda Primero.
“Yo tengo 61 años y sé que hay varios tipos de subsidio. Está el proyecto de la casa propia, pero honestamente no me entusiasma mucho. No quiero irme de aquí, es caro Copiapó. Y no pienso en volver a Viña del Mar”.
Álvaro está convencido de que hay antecedentes genéticos que lo inclinan al consumo. Sin embargo, ahora está trabajando como guardia de seguridad en una farmacia sin ningún problema.
“Todos los días llega un tipo a tratar de robar en la farmacia, un pobre hombre que se cree choro, pero conmigo no pueden”.
-¿Cómo explicas el que llegue tanta gente a la situación de calle? ¿Cuáles son las razones principales?
-La adicción a la pasta base es una clave. Aquí la mayoría de las personas son adictas a la pasta base. Los alcohólicos son los menos. Lamentablemente, la salud mental es un área que está súper desprotegida en el sistema público de salud. Yo no me atiendo allí, porque te hacen llegar a las seis de la mañana para atender por orden de llegada. ¿Usted cree que es la manera correcta de entregar salud mental? Yo creo que no.
Álvaro afirma que ahí hay mucho dolor, dolor acumulado. Y añade, dando por terminada la conversación: “Echo de menos a mi esposa. La echo mucho de menos”.