Todos se llaman a sí mismos “restaurados”. No rehabilitados. Algunos hablan del pastor Navarro; otros, muchos más, de la pastora Paola. Son Juan, Cristián, Iván, Daniel, Álvaro, Luis, todos restaurados, que se tratan de hermanos entre ellos, y agradecen a la pastora Paola Contreras (56) y al “Señor Jesucristo”, a “Cristo Rey”, haberlos sacado del consumo de drogas y de alcohol, y de la vida en calle.
Todos mencionan los pilares que sostienen el actuar del drogadicto: mentira, manipulación, mendicidad. Lecciones que alguna vez les enseñó la pastora Paola. Trucos propios del vicio, que, aseguran, ya no practican. Gracias a ella. Gracias a Cristo Rey.
Estamos en Copiapó, reporteando la puesta en marcha del revolucionario programa social Vivienda Primero, y a la tercera entrevista con algunos de los beneficiados, nos parece evidente que tenemos que conocer a esta mujer tan nombrada. “Yo la conozco de cuando era una negra que andaba toda cochina y chascona, que vivía en la calle, se drogaba y tomaba más que cualquiera de nosotros”, nos cuenta Dennis Valdés, quien duerme regularmente en la Hospedería que Hogar de Cristo tiene en la ciudad.

Los profesionales de la fundación también han oído de ella, pero, dados los amenazantes pronósticos meteorológicos, ninguno se atreve a acompañarnos en su búsqueda. Dicen que tiene su Centro de Restauración en la punta de un cerro, al final de los paupérrimos campamentos, donde no cualquiera se aventura a entrar, menos ahora que ha llovido y los barriales son de temer. Que hay que subir con alguien de ahí.
Juan, que ya vive en un departamento de Vivienda Primero, es conserje. Lo conocen como una suerte de brazo derecho de la pastora, intenta mediar y ver si ella está dispuesta a recibirnos. La llama, pero ella se enoja. La ha interrumpido en su martes de ayuno, lo que parece ser sagrado. Lo manda a la cresta. “Se enojó la pastora”.
Dennis Valdés, que no es restaurado, pero sí amigo de Paola, asegura que hoy ella a la hora de almuerzo podría estar en la feria, donde tiene un puesto de venta de pescado. “De eso vive”.
Vamos a buscarla. No está, pero nos dan su teléfono. La llamo. No responde. Pero al rato me devuelve la llamada y me dice que subamos a Nueva Jerusalén, como ha bautizado su barrio.
Casi milagrosamente el cielo se ha despejado de nubes, el sol brilla, iluminando el empinado y estrecho camino de tierra y piedras que termina en la Nueva Jerusalén de Paola Contreras.
-Dios me da todo. Ponte tú: yo no tenía dinero, vivíamos en la playa y mi hijo menor me indica: “Mira, mami, la arena está llena de unas cosas que saltan”. Voy a ver y ¡eran cientos de jibias! Las vi, las pesqué, las lavé y las fui a vender todas a la feria. Siempre he sido comerciante de productos del mar y Dios me daba ese regalo, cuando estaba sola, viviendo en una carpa con mis tres hijos menores. Siempre me dio mi sustento. Como cuando lo huiros quedaban varados en la playa y yo vendía algas por kilo, Él estaba detrás. Dios da y sustenta. Hoy él sustenta este lugar y mi trabajo.
Paola Contreras tiene 56 años, 10 hijos (el menor es adolescente, el mayor anda por los 40) y capacidad para atender a otros 25, como llama a quienes eligen su método de restauración. Viven todos en la punta de un cerro desde donde se ve la ciudad como un punto. En lo que ella describe como una “favela”, se acomodan distintos espacios: un lugar para cocinar, un taller para hacer artesanías, un bien montado comedor, un huerto-jardín, dormitorios compartidos, baños, un gallinero. Todo precario; hecho de tablas y planchas de zinc.
La pastora nos muestra orgullosa el Centro. Nos deja tomar fotos, pero se niega a que se vea su cara y las de sus acogidos. “Tenemos que respetar su identidad”.

Hay un gran tanque para el agua que traen camiones aljibe, algunos paneles solares, un gran letrero medio escultórico que dice “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” y un limpio y cuidado templo cristiano que parece un oasis en medio de estas lejanías paupérrimas y desérticas. Ahí adentro conversamos. Y ahí sí que nos está vedado tomar fotos. Junto al templo, en una casa color verde agua vive la Pastora y sus dos hijos menores. Conocemos a uno, un púber moreno, de pelo crespo y ojos vivos.
-Hace ya 18 años que Dios me sacó de las calles. Pero hace unos 7 que Él me permitió conocer la Palabra. Yo fui durante muchos años una mujer alcohólica y drogadicta. Dios me sacó de ese camino.
Sin adornos, medias tintas ni excusas, con su estilo tajante y convincente, Paola Contreras repasa su vida antes de la intervención divina.
-Yo consumía alcohol y drogas, las dos cosas. Aprendí temprano a conocer la calle, pese a que provengo de una buena familia. Soy copiapina de nacimiento y viví en una buena casa, con estabilidad económica, en el centro, frente del Museo Nacional. Era de mis abuelos paternos, con quienes me crié. Hice la enseñanza básica en la Escuela Superior de Niñas donde está hoy el Plaza Real. Después terminé el cuarto en un liceo técnico profesional. Tuve buena educación, pero poco control. La calle me llamó y todo se me escapó de las manos.
-¿Qué pasaba con tus papás?
-Mis papás ya murieron, pero antes de que se fueran, yo ya consumía. Éramos cinco hermanos. Mis papás se dedicaban al comercio, pero estaban separados. Nadie en la casa era creyente. Mi mamá era idólatra. Le gustaba andar cargando vírgenes por ahí.
Sus dos hijos mayores son de un padre y el resto de otro hombre del que está separada. Lo llama “un inconverso”, igual que a la mayoría de sus hijos. Hoy no tiene ni le interesa tener pareja.
Cuando estaba mal, mal, un día iba bajando de las poblaciones, y en su vacilante caminar, escuchó una voz que le decía: “Ándate a la playa, ándate a la playa, ándate a la playa”. Hoy afirma: “Era la voz de Dios que me hablaba. Le hice caso y me fui con mis tres hijos menores y una colchoneta a una playa cerca de Caldera. Una semana después tenía un campamento gigante, siendo que al comienzo no teníamos para comer. Pero Él me proveyó de todo; yo sólo obedecí”.
Así lo hace desde entonces. Hoy, en su Centro de Reparación Cristiano aplica lo que vivió ella misma.
-Los chicos pernoctan acá, comen, tienen todo. Recibo sólo a hombres, porque si no esto sería Sodoma y Gomorra. Uno tiene que hablar con la verdad y no disimular la realidad del mundo.

Por eso mismo es franca para desconfiar de los que rehabilitan del consumo y de la calle sin estar habilitados para hacerlo. ¿Qué significa eso? Así lo explica:
-Encuentro erróneo el trabajo que se hace sólo con especialistas. Yo creo en un lugar cerrado, residencial, para restaurar a las personas, sosteniéndolas de la mano de Dios, porque Él es quien cambia las conductas, no nosotros. Otro error es que al frente de esta tarea no puede haber una persona que ha sido limpia y lúcida toda su vida. Yo era una mujer alcohólica con muchos años de vida en la calle y Dios me levantó. Me sacó del vicio, de ese mundo. Gracias a ese conocimiento, yo puedo hacer lo que hago hoy.
-O sea, el terapeuta debe haber sido adicto.
-El que no conoce de primera fuente esta problemática desconoce la conducta sistemática de ellos. No sabe cómo actuar. Cuando ellos empiezan con sus ansiedades, sus problemas, sus mentiras, porque los que fuimos drogadictos fuimos mentirosos, expertos en engañar a las personas, solo el que pasó por eso y conoce esos trucos puede abordarlo de buena forma. Alguien que tiene pura buena voluntad, no sirve. Para liderar en esto se requiere haber sido levantado del oscuro mundo del alcohol y de la droga. Idealmente, levantado por Dios, porque si tú lo haces con tus propias fuerzas, pasa un tiempo, pueden ser años, y lo más seguro es que vuelvas a recaer.
-A tu juicio, qué es lo que lleva a la calle y al consumo o al consumo y a la calle.
-Los que están en la calle son víctimas y victimarios. Somos denigrados como personas. Somos víctimas, pero nosotros llegamos a esa condición por malas decisiones personales, que tienen consecuencias sobre la familia, los hijos, los padres. Ahí somos victimarios. Para salir de esa situación, se requiere a Dios y mucho apoyo.
La pastora sabe que varios de sus hermanos han sido beneficiados con Vivienda Primero. Dice al respecto:
-Aquí los hermanos no salen a trabajar afuera. Son los hermanos mayores, los que están restaurados, y que ahora viven en esos en departamentos muy buenos, los que están trabajando. Cuando a ellos les pagan, me traen un saco de harina, mantequilla, pollo o, a veces, como hace el hermano Juan, les cocinan a sus hermanos menores. Ellos vienen seguido para acá.

Dennis Valdés fue nuestro lazarillo por los caminos del desierto que nos llevaron hasta la Nueva Jerusalén de la pastora Paola.
-¿Cómo es la rutina en el Centro de Restauración?
-Hoy a las 8 estábamos todos reunidos, porque es día de ayuno hasta las 12. Hasta esa hora, no comen nada, se alimentan de la palabra. Los otros días toman desayuno, se entrega la palabra y hacen sus quehaceres. Hacen su cama, barren, cocinan por turno, limpian los baños, se encargan del gallinero. Se van rotando. Cada tres días cambian de tarea.
No salen. Sólo la pastora sabe cuándo están listos para hacerlo. Cuando han superado lo que ella llama la altivez. “Eso es cuando ellos sienten que han superado la droga y el vicio por sí mismos. Ahí no duran ni un minuto afuera sin recaer. Apenas salen se les aparece el demonio de la droga. Para salir, tiene que haberse puesto en manos de Dios, que es el único que sana. Ahí se les abre la puerta y pueden salir”.
Seis meses toma el trabajo de restauración. Después de eso están en condiciones de salir a trabajar. El primer sueldo o pago marca un punto de inflexión, sostiene Paola. “El que se lo toma es el que no absorbió la palabra de Dios y no saca nada con venir a tocarme la puerta”. Por eso, aunque reconoce las ventajas de Vivienda Primero, que les entrega un techo, una cama limpia, un apoyo psicosocial, discrepa en un punto. Sostiene:
–Tiene su falta y su falencia. Por ejemplo, a mis niños me los pusieron a todos dispersos con diferentes personas. Eso es un error; tendrían que haberlos puesto en pareja, porque ellos tienen que estar con personas restauradas. Uno renunció porque lo pusieron con un hombre que seguía fumando marihuana.

-Para ti la rehabilitación de drogas pasa por la abstinencia total…
-Total. La abstinencia salva.
Paola Contreras es una mujer fuerte, morena, cálida. Clara y directa. Dice que sólo uno de sus 10 hijos biológicos está convertido. “Todos los demás son inconversos. Por eso, cuando yo me convertí, todos dijeron: ´La mamá se volvió loca´”.
-Sé que ellos algún día van a llegar aquí a alabar y glorificar el nombre del Señor, tal como ustedes llegaron hoy aquí para conocerme -vaticina y recuerda que en su etapa inicial de conversión eran tres los que se juntaban a orar. “Uno de mis hijos estaba preso en el penal de Huachalalume, la cárcel de La Serena, y había un pastor cristiano que predicaba por un parlante. Ese hombre vino a verme. Y me dice que yo crea en mí, que no soy solo hermana, que soy pastora”.
Afirma que esa noche tuvo un encuentro maravilloso, sobrenatural, con Dios y supo que sí, que ella era la pastora Paola.
-Eso fue lo que ocurrió y desde entonces estoy en esto. Enamorándome de Cristo cada día más de él.
-Y de amor carnal, de pareja, ¿nada?
-No, el padre de mis ocho hijos menores no quiso el camino de Dios. Le gusta el mundo y no quiso abandonar su mala manera de vivir. La enfermedad viene por nuestra mala manera de vivir, mala alimentación, malas decisiones. Yo elegí lo contrario.
-Hoy eres como la mamá de todos aquí.
-Sí, de hijos hombres, porque es más difícil trabajar con las mujeres de calle con adicciones. Son llevadas de su idea. Desobedientes. Los hombres son más sometidos, pero todos tienen a su madre cruzada, albergan rollos feroces. Yo a veces encarno la rabia materna que tienen, pero al final se descubre que es todo falta de amor. Hay dos mandamientos claves en la sanación: “Amarás a tu Dios por sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo”. Ahí radica todo. Y déjame bendecirte.
Amén.