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La Pieza Rosada: Un refugio en el corazón de Yungay

Hace un año se instaló con cuatro camas y un deseo sencillo: que las mujeres en situación de calle del barrio Yungay tuvieran un lugar seguro donde pasar el invierno. Hoy son nueve las camas y nueve las mujeres que encuentran allí mucho más que un techo: ducha, compañía, confianza y la certeza de que alguien las espera. Para que esta pequeña casa se mantenga abierta, necesita de todos.
Por María Teresa Villafrade Foncea
Septiembre 21, 2026

Ana tenía hambre, pero casi no probaba bocado. Era una de las mujeres que frecuentaban el comedor social de la parroquia San Saturnino, frente a la Plaza Yungay. En medio de un momento difícil, dijo una frase que quedó resonando entre quienes la escucharon:

“Me gustaría una habitación rosada, entera rosada”.

Alba Aravena, Mónica Sepúlveda y las integrantes del Movimiento de los Focolares, Lucía Gutiérrez y Annette Low se miraron. No sabían todavía cómo, pero entendieron que tenían que hacer algo.

Diez días después, con la ayuda de vecinos y voluntarios del comedor, una sala de la parroquia se transformó en la primera Pieza Rosada gracias al apoyo del párroco Sebastián Vial. Cuatro camas, un colchón extra para las emergencias y, sobre todo, la voluntad de acoger a mujeres que hasta entonces no encontraban un lugar donde dormir protegidas.

Era una solución pensada para el invierno y por solo tres meses. Pero cuando llegó el momento de cerrar, apareció una pregunta imposible de esquivar: ¿cómo devolverlas a la calle después de haberles mostrado que podían dormir seguras?

Entonces, la Iglesia San Pablo dispuso para ellas un galpón ubicado en calle Chacabuco, en el mismo sector.

En la calle Chacabuco del barrio Yungay está la Pieza Rosada, donde nueve mujeres en situación de calle han encontrado una cama digna para pasar las noches.

“Nos llegó en el momento preciso, porque cuando quisimos seguir más allá del invierno, no teníamos nada. Lo único que teníamos claro era que queríamos seguir y que no las podíamos dejar en la calle nuevamente”, cuenta Mónica, quien es apoyada siempre por su marido Héctor Vergara para todo lo que requiera mano de obra.

Así, lo que nació como una iniciativa temporal se convirtió en una experiencia de acogida que ya lleva un año.

OJOS BIEN ABIERTOS

Hoy la Pieza Rosada llama la atención de inmediato por un hermoso mural pintado en el exterior del galpón. Tiene nueve camas y un ambiente que poco tiene que ver con la frialdad de un albergue. Las camas están adornadas con muñecas y peluches.

Hay cortinas rosadas, pijamas, sábanas, frazadas, un microondas y un horno eléctrico. En las paredes interiores, otro hermoso mural ideado por las propias residentes muestra unos ojos bien abiertos que ellas mismas pidieron “para no seguir bajando la vista y sentir vergüenza”.

Ellas no son llamadas usuarias ni beneficiarias. Son vecinas.

Lucía Gutiérrez, Alba Aravena, Mónica Sepúlveda y Annette Low forman parte del equipo que saca adelante esta iniciativa sin igual.

Llegan alrededor de las 9 de la noche y salen a las 8:30 de la mañana. Algunas son conocidas desde hace años en las calles del sector. Allí se sienten parte de un territorio que reconocen como propio.

“Somos todas lamngen”, dicen sus cuidadoras. Hermanas en mapudungun.

Porque la Pieza Rosada no funciona solamente con camas. También hay acompañamiento. Las monitoras las reciben durante la noche y las cerca de 12 voluntarias las ayudan en trámites, en el Registro Civil, en los centros de salud y en aquello que muchas veces parece tan sencillo como conseguir los documentos necesarios para volver a ponerse de pie.

La confianza se construye lentamente.

“Nos vinculamos desde el cariño, la confianza. Ellas se van abriendo de a poco, pero es un proceso. Se da un clima de familia”, explican.

Y eso hace toda la diferencia.

Las mujeres en situación de calle suelen ser menos visibles que los hombres, pero no por eso viven menos situaciones de vulnerabilidad. Al contrario. Muchas han experimentado violencia, consumo problemático de alcohol o drogas, problemas de salud mental, pérdida de vínculos familiares y la dolorosa separación de sus hijos.

También están las mujeres trans, algunas expulsadas de sus familias y empujadas a sobrevivir en la calle y la prostitución.

El mural ideado por las propias residentes, con ojos bien abiertos, fue pintado

Un caso que aún les causa dolor es el de la artista trans Cecilia Campos. Hay un cuadro a la Virgen María pintado por ella sobre un altar donde se lee en latín: Madre de Dios, ora por nosotras.

“Ella era muy conocida, hasta realizó exposición en la Municipalidad de Recoleta. Lamentablemente falleció hace poco”, dicen sin querer entrar en más detalles.

“La calle” no empieza necesariamente cuando una mujer duerme sobre una vereda. A veces comienza mucho antes, en una casa donde soporta maltrato, humillaciones o una convivencia marcada por la violencia. O en una pieza prestada, donde vive como allegada y sin un espacio propio.

El cuadro de la artista trans Cecilia Campos con la leyenda en latín “Madre de Dios, ruega por nosotros” adorna el pequeño altar ubicado a la entrada del galpón,

Por eso, dicen quienes sostienen la Pieza Rosada, estas mujeres son doblemente vulnerables. Y, además, enfrentan una mirada social que muchas veces las juzga con mayor dureza que a los hombres.

“AQUÍ ES DONDE SIENTEN QUE PERTENECEN”

Ana, la mujer cuya frase dio origen al nombre, fue una de las primeras residentes. Su historia tuvo un desenlace distinto: hoy está rehabilitada de su adicción a la pasta base y reintegrada a la sociedad.

Su nombre permanece en la Pieza Rosada como una señal de esperanza junto a todas las que han pasado por allí.

También permanece la historia de otras mujeres que han encontrado allí un lugar donde volver a dormir, pero también donde volver a sentirse parte de una comunidad.

Para celebrar el 18 se compartió con las mujeres residentes en la Pieza Rosada y voluntarios que llevaron empanadas.

Porque ellas conocen esas calles. Caminan por la feria, van a la plaza, entran a la parroquia. Se encuentran con sus cuidadoras y se abrazan.

“Somos todas vecinas del barrio”, dicen.

Por eso, cuando se les ha ofrecido trasladarse a otros lugares, muchas veces regresan. La pertenencia también es parte de la protección.

“Ellas son súper territoriales. Siempre quieren estar en este cuadrante”, cuentan. Y se sienten increíbles al poder dar su dirección cuando les preguntan.

No es casualidad. El lugar donde una persona se siente reconocida también puede convertirse en el punto de partida para reconstruir su vida.

UNA CAMA PUEDE CAMBIAR UNA VIDA

El proyecto se sostiene gracias a una verdadera cadena de solidaridad.

Las parroquias San Saturnino y San Pablo han facilitado los espacios. Vecinos y personas del barrio han colaborado con camas, ropa de cama, pijamas y electrodomésticos.

Todo el menaje fue producto de donaciones: desde las cortinas hasta las camas, frazadas, ropa de cama, pijamas, comedor, sillas, lavadora, etc.

La panadería San Camilo, el Policlínico Enrique Alvear. Integrantes de la comunidad del Colegio Verbo Divino de Chicureo han contribuido de alguna u otra manera. Y un empresario del barrio, Francisco Dittborn, propietario del Museo Taller, ha aportado mensualmente para financiar parte de este trabajo.

 

Actualmente, gracias a un aporte de Economía de Comunión del Movimiento de los Focolares, proveniente de Corea del Sur, se pueden sostener los sueldos de las dos monitoras, que constituyen el principal gasto mensual del proyecto.

Pero las necesidades continúan.

El sueño es contar con un espacio que permita que las mujeres permanezcan también durante el día. Porque cerrar la puerta a las 8:30 de la mañana significa que ellas deben volver a las calles.

Quienes han conocido sus historias saben que no quieren conformarse con eso.

“Una vez que tú ya les has dado esto, tú quieres más”, dicen.

La frase parece sencilla. Pero encierra todo el desafío.

Porque una cama no resuelve por sí sola la situación de calle. Pero una cama puede significar una noche sin miedo. Puede ser el comienzo de una conversación. El lugar donde alguien vuelve a dormir con pijama después de años de hacerlo con la ropa puesta. El espacio donde una mujer puede descansar, ser llamada por su nombre y comenzar, poco a poco, a recuperar la confianza.

Una noche, cuando la Pieza Rosada estaba llena, unas religiosas encontraron en la calle a una joven en muy malas condiciones y pidieron que la recibieran. No había camas disponibles.

Una de las residentes cedió la suya.

El ambiente es limpio y ordenado, gracias a las mismas residentes que dejan todo en orden antes de salir.

“Ella lo necesita más que yo. Mira, yo me acuesto en el colchón”.

Ese gesto dice mucho de lo que ocurre dentro de estas paredes.

La solidaridad que permitió levantar la primera Pieza Rosada hace un año sigue multiplicándose entre quienes la habitan, quienes la acompañan y quienes aportan para que continúe.

QUE NINGUNA VUELVA A LA CALLE

La Pieza Rosada nació de una frase dicha casi al pasar. Una mujer pidió una habitación rosada y varias personas decidieron escucharla.

Hoy son nueve mujeres las que encuentran allí un lugar para dormir. Pero podrían ser muchas más las que necesitan una puerta que se abra, una cama disponible y alguien que les diga: aquí puedes quedarte esta noche.

“Nosotras estamos aprendiendo a pulso y nos hemos capacitado en un diplomado sobre la vulnerabilidad femenina, las personas trans y diversas. Estamos en ascuas porque queremos continuar y para ello estamos postulando a fondos del proyecto Emmanuel, pero como no tenemos personalidad jurídica todo se complica”, admite Alba quien es terapeuta familiar y jubilada como docente.

Mantener este espacio requiere recursos para las monitoras, alimentación, equipamiento, ropa de cama y todas esas cosas concretas que convierten un galpón en una casa.

En el comedor, las cuatro líderes de la Pieza Rosada sacan cuentas y planifican cada mes, a pulso.

Por eso, el llamado es a seguir haciendo crecer esta cadena de solidaridad.

Cada aporte puede ayudar a que una mujer no tenga que enfrentar sola otra noche en la calle.

Porque detrás de cada cama hay una historia. Y detrás de cada historia hay una mujer que merece algo tan básico y tan profundo como un lugar seguro donde descansar.

La Pieza Rosada comenzó en pequeño pero sueña en grande. El desafío es que ninguna mujer que necesite acogida tenga que volver a la calle porque no había una cama para ella.

Alba, Lucía, Annette, Mónica y su marido Héctor Vergara, quien se preocupa de arreglos y logística como otro voluntario más.

 ¿Cómo ayudar?

Las personas interesadas en colaborar con recursos pueden escribir a:

alba.aravena.barros@gmail.com

Para aportes y donaciones:

ALBA MYRIAM ARAVENA BARROS
7.042.980-2
BCI/MACHBANK
Cuenta Vista
777007042980
alba.aravena.barros@gmail.com