—¿Qué dice de ti esa cicatriz que tienes en el brazo?
—Dice mucho de mí. Y no es la única que tengo. Yo era líder dentro de la cárcel. Era el choro máximo de la calle número seis de la penitenciaría, donde había 500 personas hacinadas. Yo sabía pelear con estoque, con arma cortopunzante. Era bueno en eso. Un día de visita, en que yo no salí de mi celda, me hicieron “un atentado”.
La pregunta gatilla un recuerdo que es más violento e intenso que cualquier escena de una serie de acción de Netflix. Porque así era la vida de Khristian Briones (48), entonces el más choro de la calle seis y hoy activista por la inclusión laboral de las personas que han estado privadas de libertad. Además, logró estudiar trabajo social y se convirtió en empresario y dueño de Aguas Dimas.
Con ocasión de los 100 capítulos de Hora de Conversar, Khristian dio testimonio de su vida y cada una de sus intervenciones sacó aplauso cerrado. Ahora, abunda en lo mismo con más tiempo y pausa.
—Llevas 15 años sin delinquir. ¿Cuántas personas se han librado de ser tus víctimas en estos años?
—Si yo hubiera seguido delinquiendo, según el promedio que tengo, unas 3.000 personas. Yo salía a robar unos 100 días al año, con dos víctimas por día. Son 200 al año y, en 15 años, son 3.000 personas que no fueron víctimas directas.

El empresario, activista social y ex presidiario, Khristian Briones, y la dirigenta vecinal de Bajos de Mena, Melyna Montes, fueron los invitados centrales a la celebración de los 100 capítulos de “Hora de Conversar”. AGENCIA BLACKOUT
—¿Qué cambió tu vida o qué salvo a esas personas?
—Hubo un episodio cuando ya había dejado de delinquir. La primera vez que salí de la cárcel quería cambiar y buscar trabajo, pero no conseguí por tener antecedentes. Eso me llevó a seguir delinquiendo y volví a caer preso. Cuando salí por segunda vez dije: “Tengo que salir adelante”. Ahí encontré la ayuda del padre Nicolás Díaz, de Paternitas. Cuando estábamos en la cárcel me había dicho: “Búscame”. Eso hice. Me ayudó a conseguir trabajo y, al mismo tiempo, conocí a la mamá de mis hijas, me enamoré, dejé las drogas y me puse a trabajar.
—Pero después tuviste una recaída.
—Sí. Después de varios años, cuando ya había nacido mi hija, tuve una recaída en una fiesta de la empresa donde trabajaba. A las tres de la mañana estaban todos curados y yo entré al baño. Estaban consumiendo cocaína. Me dieron y empecé a recaer. Perdí la pega y seguí drogándome. Un día estaba consumiendo y mi hija, una niña chiquitita, me agarró la pierna. Me miró hacia arriba y yo la miré hacia abajo. Esa mirada me dio la fuerza para volver a pedir ayuda. Me hizo decir: “Ya, esto es un problema”, porque nunca había hecho un tratamiento para dejar la droga. Le pedí ayuda al padre Nicolás Vial, de Paternitas, para internarme en un centro de rehabilitación. Eso fue en 2010. Ahí empezó el cambio.
—¿Y nunca más recaíste?
—Recaí una vez más, como a los tres años de haber salido, alrededor de 2013. Me paré, fui a rehabilitarme de nuevo y de ahí ya nunca más.
—¿Esa experiencia de haber sido rechazado laboralmente por tus antecedentes está detrás de lo que haces hoy?
—Sí. Haber sido rechazado la primera vez que salí en libertad por tener antecedentes me marcó. Yo decía: “Pero cómo. Yo quiero cambiar y no me dan trabajo”. Eso me llevó de nuevo a delinquir. También influyó todo lo que vi como trabajador y como profesional en Paternitas. Yo iba todos los miércoles con el padre Nicolás Vial a la cárcel y conversábamos mucho en el auto. La experiencia de haber estado dentro de una cárcel y después haber trabajado con internos y jóvenes me motivó a hacer algo por las personas que han vivido lo mismo que yo. También siento que hay una fuerza de un ser superior, que es Dios, la que me impulsó a hacer lo que estoy haciendo ahora.
—¿Cómo nace la idea de trabajar por la reinserción laboral?
—De esa experiencia. Yo viví el rechazo, pero también tuve personas que me ayudaron. Hoy tenemos una empresa que tiene como particularidad que sólo trabajan en ella personas con antecedentes. Esa una talla que hago en las charlas y la gente queda muy impresionada. Pero es justamente porque queremos demostrar que una persona que tuvo antecedentes puede trabajar, cambiar y aportar.
—¿Por qué cuentas públicamente tu historia?
—Es muy importante poder contar la realidad de las personas que han estado privadas de libertad, que han estado en el Sename o en el consumo de drogas, para que la sociedad pueda ver esa realidad. Trato de que la gente vea la experiencia de uno, el pensamiento de uno y la mirada de uno, para que pueda entender sobre el tema.

La celebración de los 100 capítulos de “Hora de Conversar”, el podcast de Hogar de Cristo conducido por la periodista Ximena Torres Cautivo, tuvo como expositores a Khristian Briones y Melyna Montes. AGENCIA BLACKOUT
—Tu historia comienza mucho antes de la cárcel. ¿Cómo fue tu infancia?
—Yo fui abandonado por mi papá. Mi familia paterna nunca más apareció. Producto de ese abandono, mi mamá empezó a buscar trabajo y lo encontró fuera de Santiago. Se fue a trabajar fuera y nosotros quedamos al cuidado de mi familia materna, con mi abuelita y mi abuelito alcohólico. Mis tíos eran drogadictos, nadie tenía estudios, nadie sabía leer ni escribir y muchas veces no teníamos qué comer. Mi abuelito le pegaba a mi abuelita y mis tíos la defendían. Era una situación bien compleja, bien violenta.
—Sin embargo, también hubo momentos felices de esa infancia.
—Sí. A pesar de todas esas carencias, fue una niñez entretenida. A los siete años me iba al potrero, me bañaba, jugaba en la calle. Como pelusón que era, lo pasaba bien. A veces no teníamos qué comer, pero igual fuimos los primeros de la familia que tuvimos fiesta de cumpleaños. Mi mamá llegaba a Santiago y venía con plata, con regalos. Para nosotros esa primera fiesta de cumpleaños fue inolvidable y para mis primos también. A pesar de otras carencias, destaco que tuve esa niñez en libertad. A lo mejor esa libertad no me hizo muy bien.
—¿Cuándo aparece la droga?
—Caí en la pasta base a los 14 años. Me fui de mi casa con mi hermano. Nos fuimos para un potrero por ahí, armamos una casucha y, para conseguir droga, empezamos a robar espejos de micro. Una noche, buscando una micro para robarle los espejos, nos pararon los carabineros. Nos preguntaron qué andábamos haciendo a las dos de la mañana y no supimos qué decir. De la comisaría nos llevaron al Sename.
—¿Qué encontraste cuando llegaste al Sename?
—Nunca me voy a olvidar. Yo entré a ese lugar que tenía una cancha de baby, con las piezas a la orilla. Había “una tía” —así les decíamos a las personas que nos cuidaban, que no eran profesionales— y, al fondo, un grupo de niños amontonados viendo televisión. Me acerqué y estaban pegados a la muralla, con la tele colgada. Estaban dando los Power Rangers. Miro la tele y veo a un cabro que era homosexual, más grande, sentado contra la muralla. Tenía a otro cabro adelante de él que lo estaba masturbando. Eso fue lo primero que vi cuando entré al Sename, el primer día. Me arranqué. Después pasé muchas veces más por el Sename, más de 15 veces.
—¿Crees que hoy el sistema está mejor?
—He vuelto a hacer testimonios y también trabajé con la Fundación Reinventarse, en la cárcel de Tiltil, que es una cárcel para menores infractores de ley. Estuve a cargo de una casa de reinserción y de trabajo. Los jóvenes tenían mucha confianza conmigo. Yo, para crear un buen ambiente, les conté quién era y empezaron a hacerme preguntas. Ahí me di cuenta de que había mucho consumo de droga. Entonces, mirando, sumando y restando, creo que está peor. Hay mejoras porque hoy cuentan con profesionales, pero el consumo de drogas es tremendo y ha aumentado mucho. Además, está súper culturizado el tema de la violencia y hay muchos problemas de salud mental.
—¿Por qué tú caíste en el consumo tan niño?
—Yo creo que todo ser humano necesita sentirse valorizado, necesita sentirse parte, sentirse reconocido. Mi abuelita y mi tía me querían mucho, pero ellas, en su ignorancia, porque no tenían estudios, creían que bastaba con que tuviéramos ropa y comida. Pero lo que uno necesita para desarrollarse es sentirse valorizado. Yo jugaba a la pelota en la esquina de mi casa y nunca había nadie que fuera a verme jugar, que viera que hice un gol. Fui John Travolta en un baile del colegio y nadie fue a verme. Esa valorización la encontré afuera, donde yo era “el flaco Khristian”, “el choro Khristian”. Si había que robar, robaba. La droga era para eso mismo: para ser valorado, no ser menos y sentirse parte del grupo.
—¿Cuánto influyó el entorno?
—Mucho. Mi abuelito era alcohólico. Para mí fue natural empezar a aspirar neoprén. Uno, como niño, aprende más del ejemplo, de las conductas, que de las palabras. Súmale el entorno de la población. Todo eso me llevó al consumo de droga.
—¿Cómo fue después la experiencia de la cárcel?
—La cárcel ni siquiera me sirvió para desintoxicarme. Fue peor. En ese tiempo había menos consumo, pero dentro de la cárcel probé drogas que nunca había probado afuera. Me inyecté droga en la vena. Consumí crack. Estuve siete años en mi primera condena, que fue por robo con fuerza y por robo con intimidación. Después cumplí una condena de tres años. En total fueron diez años.
—Dentro de la cárcel llegaste a tener un estatus importante. ¿Cómo lo ganaste?
—Me lo gané porque dentro de la delincuencia hay algunas normas, reglas que uno tiene que cumplir para ser choro. Una es haber robado de niño. Si alguien viene a robar a los 20 años, no puede ser choro. “¿De dónde saliste vos? ¿Quién te conoce?”. También haber estado en el Sename. Robar donde hay plata. Si tú robas en tu población, a tu vecino, eso es ser “doméstico”. No haber acusado nunca a la policía a otro delincuente. “Andar tapizado”, o sea, bien vestido. Y en mi época, no haber traficado. Ahora el traficante tiene poder. No es mal mirado como antes. Igual el delincuente ladrón mira en menos al traficante, pero el traficante hoy día tiene poder de fuego. Entonces, todos esos requisitos yo los cumplía y además sabía pelear. Pelear con estoque, con arma cortopunzante. Yo era bueno para pelear.
—¿Qué cambió después de vivir todo eso?
—Creo que todo lo que viví también fue aprendizaje. Y después, cuando encontré personas que me ayudaron, entendí que uno también puede hacer algo por otros. Hoy hago charlas y muchas otras cosas. Y para mí Dios también estuvo detrás de mi cambio.
—¿Qué le dirías a alguien que piensa que una persona que delinquió siempre va a volver a delinquir?
—Primero que nadie viene con un ADN para ser delincuente. El contexto en que uno crece te lleva a caer en eso.
—¿Y qué le dirías a la sociedad, a los empresarios y a quienes toman decisiones?
—Llevamos décadas invirtiendo en cámaras, en rejas, en alarmas, en guardias y no hemos resuelto el tema de la delincuencia. Hoy estamos hablando de secuestros, de sicariatos, de extorsión. Cada vez estamos peor. Yo quiero invitar a la gente que toma decisiones en el país a entender que la reinserción también es una forma de combatir la delincuencia. Tenemos un eslogan que dice: “La seguridad combate el delito, la prevención y la reinserción combaten la delincuencia”.

Aquí como comprometido empresario dueño de la empresa-taller Aguas Dimas.
—¿Qué están haciendo hoy desde la Fundación Dimas?
—Estamos trabajando a través de Aguas Dimas. Necesitamos vender 4.000 bidones mensuales para que nos donen una planta purificadora de primer nivel. Hoy vendemos 2.300. Ya tenemos un terreno, una parcela, donde queremos hacer un centro de reinserción y evangelización. Queremos tener nuestra propia planta purificadora, pero también espacios de capacitación, una casa de acogida y de prevención del consumo de drogas y de rehabilitación, y lugares para trabajar con las familias de nuestros beneficiarios, sobre todo con sus hijos, para que no sigan el mismo camino del papá. El primer paso es fortalecer Aguas Dimas, porque de ahí queremos sacar los recursos para seguir creciendo.
—¿Qué significa Dimas?
—No es por Luis Dimas… —responde, repitiendo un chiste que saca risas en sus charlas—. Es porque Cristo murió con dos ladrones y el ladrón que se arrepintió, el Buen Ladrón, como pasó a la historia, se llamaba Dimas.
—¿Por qué es tan importante la reinserción?
—Porque si esas personas no tienen una oportunidad, muchas van a volver a delinquir. En los próximos años van a salir 30 mil personas en libertad y, según los datos que manejamos, la mitad volvería a la cárcel. Por eso la reinserción es súper importante. Yo lo viví. Yo quise cambiar y no me dieron trabajo por tener antecedentes. Si no hubiera encontrado ayuda, probablemente habría seguido en lo mismo. Hoy yo llevo 15 años sin delinquir. Y pienso que, si hubiera seguido ese camino, unas 3.000 personas podrían haber sido víctimas de mis delitos. Eso también demuestra que la reinserción no es solamente una oportunidad para quien estuvo preso: también es una forma de proteger a la sociedad.