Sebastián Molina tiene 32 años, pero luce mayor. Él mismo lo reconoce. ¿Será efecto de los drásticos tratamientos a los que debió someterse a causa de un complejo tumor en el cerebro que le descubrieron en 2020?
-Este pelo no era mi pelo antes del tumor. Yo tenía otro pelo, otra cabeza -dice, haciendo lo que más le gusta: constatación física objetiva. Y agrega: -Después de las terapias, de endeudarme para ser tratado en España, estoy bien. Haciendo divulgación científica y sin daño neurológico.
Tiene estudios de matemáticas y física, un tiempo largo trabajando en un banco al que renunció para dedicarse tiempo completo a su canal de Instagram, “Física.en.1.minuto”. Ahí ha encontrado lo que más le gusta hacer: explicar en simple lo complejo.
Así, lo hace, para empezar con su grave y temprano encuentro con el cáncer:
-En 2020 me diagnosticaron un germinoma en la glándula pineal, un tumor cerebral. La glándula pineal está en una zona muy delicada del cerebro, rodeada de estructuras críticas. Es de muy difícil acceso. Además, el tumor me produjo hidrocefalia, porque bloqueó el paso del líquido cefalorraquídeo. Estuve muy mal. Empecé a ver doble. Fue un oftalmólogo quien me mandó directo a urgencias porque, dijo, estaba a punto de entrar en coma.
Cuenta que lo atendieron en el Hospital Barros Luco, por Fonasa, y tuvo una muy buena experiencia. “Me hicieron una cirugía muy moderna para resolver la hidrocefalia y drenar el líquido que se acumulaba en mi cabeza. Luego, una biopsia que confirmó el tumor. Después me sometieron a quimioterapia y radioterapia”.
Explica que la radioterapia convencional en Chile tenía muchos riesgos de dejarlo con daño neurológico. “Con mi polola entonces, hoy mi señora, averiguamos que en España lo mío se podía tratar con protonterapia. Era una técnica muchísimo más segura, pero costaba cerca de 50 mil euros”.

Sebastián Molina es muy joven: tiene 32 años, pero una experiencia acumulada importante como trabajador en el mundo financiero, paciente oncológico, vecino de La Legua, estudiante de Matemáticas y de Física.
-¿Cómo lograste acceder a la protonterapia?
-Endeudándome. Por suerte, entonces trabajaba en el banco y era sujeto de crédito, ventaja que no tienen muchos chilenos. Por supuesto que no me endeudé en 50 mil euros… Hicimos lo que sí tienen que hacer todos los chilenos que enfrentan una enfermedad catastrófica: bingos, completadas, rifas; vendimos montón de cuestiones… Todavía estoy pagando la deuda, pero estoy sano.
Y casado con Elisa, la polola psicóloga que lo acompañó en esa dura travesía del cáncer y que hoy es su asesora en la tarea de divulgar conocimiento científico.
-De esa dura experiencia, entiendo que surgió una app para ayudar a las personas con sus temas de salud.
-Sí. Me di cuenta de que muchas personas tienen el mismo problema: ir al médico y no recordar en detalle todo su historial clínico: medicamentos, tratamiento, diagnósticos. Entonces empecé a desarrollar una aplicación donde las personas puedan registrar toda su información médica y generar un resumen para mostrárselo a los médicos. Ahora estoy revisando todos los temas legales y de protección de datos de la app, porque es información muy sensible.
-Sebastián, ¿se puede analizar la pobreza desde la ciencia?
-Sí, totalmente. Hay mucho estudio sobre el impacto que tiene la pobreza en la vida de las personas y las sociedades. Existe un paper publicado en la revista “Science” que muestra que la pobreza tiene un impacto cognitivo medible. Habla de una disminución de alrededor de 13 puntos en el coeficiente intelectual de las personas.
Afirma que la pobreza, con todo lo que conlleva —vulneración de derechos, estrés, angustia, violencia, incertidumbre diaria— tiene efectos concretos sobre el desarrollo cognitivo de las personas. No es algo subjetivo; se puede medir.
-También he citado un estudio de la OCDE que señala que a una familia chilena le toma seis generaciones alcanzar el ingreso promedio del país. Eso me parece impresionante. Imagínate: una familia tiene un hijo, ese hijo tiene otro hijo, y así sucesivamente, y recién después de seis generaciones podrían salir de la pobreza. Y ni siquiera estamos hablando de hacerse millonarios, sino de alcanzar un ingreso promedio mínimo.
Y ahí aparece el tema que nos impulsó a conocer e invitar a Sebastián Molina a “Hora de Conversar”.
Hace un par de meses el joven divulgador científico interpeló muy educadamente a la ministra de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, Ximena Lincolao. Lo hizo en su canal de Instagram, Física.en.1.minuto, el que tiene al momento de escribir esta entrevista 350 mil seguidores. La publicación ya acumula 195 mil me gusta. Casi 10 mil comentarios y ha sido compartida 62 mil veces.
En la publicación explicó qué es el “sesgo del superviviente”, el que estaría detrás de la polémica declaración de la ministra. Con esta pregunta profundizamos en el tema:
-Hace un par de meses, la rompiste en redes sociales cuestionando que la ministra Ximena Linconao dijera que uno de los mejores regalos que tuvo en la infancia fue ser pobre.
-Cuando la escuché, la verdad: me chocó mucho su declaración. No creo que las autoridades deban hacer una romantización de la pobreza. Lo conversé con mi esposa; entre los dos llevamos un poco la divulgación en “Física.en.1.minuto”. Ella me ayuda con los guiones y ambos coincidimos: “No, no está bien que eso lo diga una ministra”. Hubo comentarios en Instagram como “esa es una opinión de ella. Se basa en su historia personal”. Y está bien, yo entiendo que lo diga desde su historia, pero creo que hay que entender que cuando uno se desempeña como autoridad es una figura pública con un rol. Por lo tanto, lo que dice un ministro trasciende lo personal. Me pareció fuerte. Para mí ahí está clarísimo esto del sesgo del superviviente.
-¿Qué es el sesgo del superviviente?
-En simple, es un error lógico que nace porque uno siempre ve el caso de la persona que sobrevivió, pero no considera cuántos en las mismas circunstancias murieron. El ejemplo clásico son los millonarios como Bill Gates o Elon Musk, que dejaron la universidad y empezaron a emprender. Entonces aparece la idea de que cualquiera puede hacer lo mismo y con el mismo éxito. Eso no es así. La mayoría de los que dejan la universidad no se hacen millonarios. Lo que pasa es que esos casos no son noticia. No se ven.
El otro ejemplo clásico es el del futbolista. “Hay muchísimos niños pobres con destreza futbolística que nunca se convertirán en superestrellas”. Los casos de éxito como el de Cristiano Ronaldo relucen; los que no tuvieron éxito, no existen.
-En medicina, está lleno de casos así: gente que se sanó porque tomó un remedio o una “agüita mágica”, entonces la gente cree que todos se van a sanar igual. Mucha pseudociencia se sostiene en eso, en el sesgo del superviviente -explica Sebastián.

La ministra de Ciencias Ximena Lincolao fue tema de uno de los más exitosos videos en Instagram de Sebastián Molina. En él cuestiona que una autoridad “romantice” la pobreza y explicó qué es el sesgo del superviviente.
Y abunda así en el tema:
-En el caso de la ministra ocurre algo parecido. “Yo, viniendo desde abajo, desde la pobreza, logré llegar a ser ministra y sacar un doctorado”, transmite ella, sustentando su historia. Yo admiro su trayectoria, su logro”. Lo considero tremendamente meritorio, pero ella no logró ser doctora en una universidad de Estados Unidos y ministra de Ciencias de Chile gracias a la pobreza. Ella lo logró, a pesar de ser pobre”.
Sebastián Molina cuenta que él nació en Puente Alto, después vivió en el sur. Luego se instaló con su mujer en el barrio de ella: La Legua, muy cerca de La Legua Emergencia, el sector más vulnerable de esa emblemática población, caracterizada por una alta densidad habitacional, viviendas autoconstruidas y una trama urbana compleja.
-A veces en redes me dicen que yo no conozco la realidad porque vivo en un laboratorio. Eso se imagina la gente. Hoy vivimos en La Florida, cerca de Villa O’Higgins. Participamos activamente en una comunidad de la Parroquia Santa Cruz de Mayo y conocemos de cerca la realidad de muchas familias pobres. Sabemos que la pobreza no es sólo falta de plata. Es mucho más que eso: vulneración de derechos, violencia, falta de oportunidades, precariedad.
-A diferencia de la ministra Lincolao, que, según tú, romantiza la pobreza, la mayoría de las personas la criminalizan, asociándola a delito, flojera, consumo de drogas. ¿Crees que eso es así?
-Claro. Uno anda por la calle y ve muchos rucos, y muchas veces te generan desagrado y molestia. Sería falso decir que no. Pero cuando reflexionas comprendes que esas personas están ahí botadas, porque una sociedad completa permitió que llegaran a ese nivel de exclusión. Ahí cambia la mirada.
Lo más dañino, dice Sebastián, es aplacar la conciencia, con el discurso de que “el pobre es pobre porque quiere” o “el pobre es flojo”.
-Esas afirmaciones van instalando la idea de que si alguien está en la calle es por flojera, por gusto o porque no se esforzó. Y eso ignora completamente el daño que provoca la pobreza desde la infancia. La pobreza daña. Quita oportunidades, envejece, enferma, mata. Un niño que nace y crece en pobreza no tiene las mismas oportunidades que uno que no vive esa realidad. Muchas de las personas que hoy están en la calle vienen de esas trayectorias de vulnerabilidad y no se les puede exigir lo mismo que a uno que creció en condiciones completamente distintas.
Todo lo que está detallado y avalado por estudios científicos y sociales en la publicación del Hogar de Cristo: “Nacer y Crecer en Pobreza”.

Pantallazos del minuto en que el divulgador Sebastián Molina explica el concepto sesgo del superviviente a las declaraciones sobre la pobreza de la ministra Ximena Lincolao.
Sebastián ha descubierto que sus mayores éxitos son temas como el de la ministra Lincolao, que él asocia con el pensamiento crítico. Con no tragarse todo lo que te dicen, circula, se repite de boca en boca, sin ningún cuestionamiento. También se viralizan cuando aterriza, desde la ciencia, en lo concreto, en lo que le sirve a la gente.
-Cuando empecé en esto hablaba de agujeros negros, física cuántica, supernovas. A mí me fascinan esos temas, pero me di cuenta de que a la gente no le interesaban tanto. Los videos que mejor funcionan son los de cosas cotidianas: cómo funciona un calefón, cómo funciona un desengrasante, cosas del día a día.
Cuenta que un dependiente de un supermercado se le acercó para agradecerle el video que hizo sobre los productos desengrasantes. “Expliqué el proceso químico de saponificación. Y él lo entendió y me dijo que ahora podía podía orientar mejor a los clientes sobre qué producto servía más. Eso me marcó mucho. Sentí que la divulgación científica realmente podía ayudar”.
-Existe hoy una oposición permanente entre conocimiento científico y desinformación?
-Sí. Hay días en que me levanto optimista y otros en que siento que es una batalla perdida.
La pseudociencia es rápida, simple y emocional. Muchas veces basta con que alguien se ponga una bata blanca y diga un par de palabras científicas para que la gente crea los mayores disparates.
Desmentir eso requiere formación, argumentos y explicaciones más complejas.
El ejemplo clásico es el cáncer y las dietas alcalinas. Toman conceptos reales —como que ciertos entornos tumorales son ácidos— y construyen una conclusión falsa: que tomando bicarbonato vas a eliminar el cáncer.
Dicho rápido suena lógico. Explicar por qué no funciona es mucho más difícil.
-¿Crees que el conocimiento y el pensamiento crítico pueden ayudar a combatir la pobreza?
-Sí, absolutamente. Yo no espero que toda la gente sea científica ni que todos me crean. Lo que sí me importa es fomentar el pensamiento crítico. Que las personas se cuestionen las cosas. Que no crean automáticamente todo lo que les dicen. Si alguien les promete curas mágicas o soluciones fáciles, que tengan herramientas para preguntarse: “¿Esto realmente tiene sentido?”. Para mí, ese ejercicio de cuestionar, investigar y reflexionar es el corazón de la divulgación científica.