Anthony Norambuena aprendió temprano a arrancar: de una casa marcada por la violencia, del colegio, de los problemas. Después vinieron el robo, el tráfico, la cárcel, el consumo y la calle. Hace pocos meses, dos graves episodios cardíacos lo obligaron a detenerse. Hoy vive en Angol, trabaja, retoma sus controles de salud y recibe acompañamiento del Servicio de Apoyo Psicosocial para Personas en Situación de Calle de Hogar de Cristo. Su desafío ahora parece sencillo, aunque para él es enorme: aprender que equivocarse no significa tener que salir corriendo.
Anthony Norambuena (51) habla rápido. Una historia se cruza con otra, retrocede, se acuerda de algo, vuelve. Él mismo lo reconoce en algún momento de la conversación: “Hasta para hablar soy ansioso”.
Lleva cerca de cuatro viviendo en Angol, región de La Araucanía. Antes vivía en la población El Castillo, en La Pintana, con una historia que él mismo no intenta suavizar. Hubo robos, tráfico, cárcel, drogas, peleas y años enteros construyendo una reputación de la que entonces se sentía orgulloso.
Hoy está intentando conseguir exactamente lo contrario.
Cumplir horarios. Trabajar. Ir a sus controles médicos. Arreglarse los dientes. Aprender pintura de autos. Avisar dónde estará. Llegar cuando dijo que iba a llegar. Puede parecer poco. Para Anthony es casi empezar a vivir bajo reglas nuevas. “Ahora recién estoy empezando a preocuparme de mí”, dice.

Anthony creció entre cinco hermanos y es el mayor. Su infancia transcurrió en El Castillo, en una casa donde, según cuenta, también hubo violencia de parte de su padre. Cuando las cosas se ponían difíciles, él hacía lo que después repetiría durante buena parte de su vida: arrancarse. Tenía unos 13 años cuando comenzó a faltar al colegio, tomar una micro y viajar hasta el centro de Santiago para robar.
“Me gustó la calle, andar callejeando. Al poco tiempo era soldado, vendía droga y consumía”, recuerda. Hubo dinero, reconocimiento y una idea de respeto construida sobre el miedo. “Yo era el matón de mi barrio, el mala clase”, dice hoy. En medio de todo eso había una persona que todavía conseguía atravesar esa coraza: su mamá.
“Ella era la que siempre me andaba buscando. Se preocupaba de que comiera, de que me vistiera, de que no estuviera sucio”. Anthony podía tener plata en los bolsillos y pasar igual
varios días usando la misma ropa. Ella aparecía. Preguntaba. Lo buscaba. Hasta que murió, hace unos cinco o seis años. “Cuando fallece mi mamá, quedo ahí en el aire… Me fui a la cresta”.
Durante un tiempo ni siquiera entendió cuánto le había afectado. Dice que estaba demasiado metido en el consumo y demasiado ocupado sosteniendo “la coraza del hombre fuerte” como para mirar lo que estaba ocurriendo. Después llegaron los reproches familiares. Anthony recuerda especialmente uno: que parte de lo que había sufrido su mamá era consecuencia de la preocupación constante por él.
“Me dijeron en mi cara: ‘Por tu culpa se murió mi mamá’. Yo era la oveja negra, el que andaba volado todo el día en la esquina, buscando problemas. Y duele más cuando uno sabe que algo de verdad puede haber en eso”. Llegó un momento en que ni siquiera lo dejaron entrar a la casa. No querían que sus sobrinos lo vieran así.

La posibilidad de irse apareció como una salida. Su hermana le habló de un lugar en el sur donde supuestamente podría trabajar, quedarse y empezar de nuevo. Le consiguieron un pasaje, le entregaron un teléfono y Anthony aceptó.
Se bajó en Renaico y llegó a una casa de acogida de orientación evangélica dirigida, según recuerda, por un pastor llamado Juan Peña. A los pocos días comenzó una rutina estricta: levantarse temprano, participar en oraciones y cumplir ayunos que, asegura, no eran voluntarios. Después venía el trabajo. Durante horas salían a vender bolsas de basura.
“Nos pasaban veinte paquetes. Si hacías veinte lucas, tú te quedabas con cuatro. El resto era para la casa. Uno andaba todo el día caminando, dejando los pies en la calle y se llevaban todo, era lo único que les importaba”, recuerda.
Fue entonces cuando Anthony empezó a desconfiar. Dice que veía movimientos de dinero que no entendía y que comenzó a sentir que quienes llegaban buscando ayuda terminaban trabajando para sostener el lugar. “Ahí caché que no era lo que me habían dicho. Sentí que nos estaban usando, que estaba todo medio arreglado”.
Entonces tomó sus cosas y se fue. A esa altura, además, cargaba con otra sensación: “Sentía que mi familia se había deshecho de mí”. Desde Renaico siguió hacia Los Ángeles. Y, poco a poco, volvió al mismo mundo del que había intentado salir.
Hay una parte de su historia que Anthony cuenta con una sinceridad brutal. Al principio, dice, le daba vergüenza pedir. Venía de ser alguien que había tenido plata, contactos y cierto
poder dentro de su barrio. Verse vendiendo cosas pequeñas o dependiendo de otros lo enfrentó a una versión de sí mismo que no conocía. Después aprendió los códigos. Entendió dónde conseguir comida sin pagar, cómo pedir plata y qué decir para lograr que alguien se detuviera. Aprendió cuándo hacer reír, cuándo insistir y cuándo echar mano a las partes más duras de su propia historia. “Empecé a adoptar un personaje”, reconoce.
—Te va gustando.
No hay orgullo en la respuesta. Hay algo más parecido a una advertencia. La calle comenzó a volverse cómoda precisamente por las razones que podían mantenerlo atrapado en ella. Si tenía sueño, dormía. Si tenía hambre, sabía dónde conseguir comida. Había dispositivos que entregaban desayuno y almuerzo, personas que se preocupaban y gente a la que podía pedirle dinero. “Entonces uno se despreocupa”.
Anthony entiende ahora la trampa de esa palabra. “No me movía y andaba con plata. Me drogaba igual. Si quería comer, ponía cara de pena y me daban comida. Uno se pone más pillo. Pero terminas haciendo daño”.
—A mí. En la autoestima. Estás solo. No tienes con quién hablar. Uno quiere salir y dice: ‘Mañana ya’. Y al otro día la droga está ahí mismo y uno mismo se busca los medios.
Hasta que el cuerpo interrumpió todo.

Una semana antes había sentido dolores en el pecho. Pensó que era el frío, algún resfrío, cualquier cosa que pudiera dejar para después. Hasta que una mañana, estando todavía en situación de calle, sintió algo diferente. “Me empezó a fallar la cuchara”, dice, apuntando al corazón.
Había consumido y tomado café. De pronto sintió una clavada en el pecho. Le faltó el aire, comenzaron a adormecérsele las extremidades y la vista se le nubló. “Yo decía: ‘¿Qué me pasa?’.”
Llamaron a una ambulancia y Anthony fue trasladado para recibir atención especializada. Pasó varios días hospitalizado, parte de ellos en una unidad de cuidados intensivos. Las máquinas, los cables, la imposibilidad de levantarse cuando quisiera y la ansiedad comenzaron a desesperarlo. Entonces volvió a hacer lo que había aprendido desde niño cada vez que se sentía atrapado: se arrancó.
Salió del hospital evitando a los guardias, llegó a la calle y poco después se encontró con un conocido. Anthony acababa de pasar varios días conectado a máquinas. Aun así, cuando apareció la posibilidad de consumir nuevamente, aceptó. “Uno se siente como un héroe: sobreviví, ya no me morí. Ya, vamos nomás”.
Dos días después volvió a sentirse mal. Esta vez alcanzó a caminar en dirección al hospital antes de desvanecerse. Cuando recuperó conciencia, ya había una ambulancia. “‘Otra vez el Anthony’, decían”, recuerda.
El segundo paso por el hospital fue distinto. Los médicos fueron claros con él sobre los riesgos de seguir consumiendo y sobre el desgaste acumulado durante años de drogas, mala alimentación y falta de sueño. Y, de a poco, algo comenzó a entrar. “Ahí empieza a entrar el cabezazo”, dice.

Hoy Anthony está trabajando y tratando de sostener una rutina. También está aprendiendo pintura automotriz ha retomado sus controles de salud. Lo difícil no ha sido únicamente conseguir oportunidades. Ha sido soportarlas.
—Es como volver al colegio. Porque yo lo único que supe de horarios y estructura fue el colegio y la cárcel.
Anthony es parte del Servicio de Apoyo Psicosocial para Personas en Situación de Calle de Hogar de Cristo en Angol. Allí recibe acompañamiento para fortalecer sus redes, avanzar en lo sociolaboral y sostener su tratamiento. Hay algo de ese vínculo que repite varias veces durante la conversación: las profesionales lo han conocido bien y mal. Lo han encontrado en la calle, lo han despertado, le han llevado desayuno y han preguntado cómo está. También lo han visto recaer, desaparecer y volver.
Y volvieron. “Siempre me han ayudado”, reconoce.
Después hace una precisión que probablemente explica buena parte de su proceso: “Con ellas puedo ser yo mimo, jamás me he escapado, con ellas no tengo la necesidad de salir corriendo”.