“Hoy día el mayor desafío es que no tienes un espacio fijo: las personas están en calle y tienen que subsistir”. Así resume María Isabel Vilca, del Servicio de Apoyo Territorial del Hogar de Cristo en Rancagua, la realidad que enfrentan diariamente al recorrer calles, rucos y sectores donde pernoctan personas en situación de calle.
El servicio comenzó a operar el 1 de octubre de 2025 y, tras ocho meses de funcionamiento, ya ha evidenciado cambios profundos en la forma en que se vive la exclusión habitacional en la ciudad.

Cada vez más mujeres en situación de calle se observan en Rancagua.
A diferencia de modelos tradicionales como la antigua hospedería, ella y la asistente social Elizabeth Zúñiga, salen a buscar a las personas directamente donde realizan sus actividades cotidianas o donde duermen. “Nos dirigimos directamente a las personas en la calle, en el ruco o donde eventualmente pernoctan”, explica Vilca.
Uno de los cambios más notorios tiene relación con la creciente movilidad de quienes viven en calle. El desalojo constante de rucos por parte de la autoridad y las dinámicas urbanas han modificado sus rutinas.
“Hoy uno ve mucho la itinerancia. Las personas duermen en un punto, pero al levantarse toman sus cosas y siguen su rutina diaria”, relata.
El equipo territorial concentra su trabajo en el cordón cercano a la línea férrea, sectores aledaños al mercado y alrededores de la estación del Metrotren, lugares donde históricamente se ubican personas en situación de calle en Rancagua.
Pero intervenir en este contexto implica adaptarse a rutinas marcadas por la supervivencia. “Uno podría pensar que las personas no tienen rutina, pero sí la tienen. Si cuidan autos o realizan alguna actividad, llegar tarde significa perder ese espacio y perder ingresos”, explica.

Las mujeres en situación de calle trabajan en lo que se pueda: desde cuidar autos hasta vender parche curita.
Otro fenómeno que preocupa es el aumento de mujeres viviendo en calle, una realidad que también ha sido observada por instituciones públicas y organizaciones sociales. Siempre ellas han sido minoría. Los estudios y catastros más confiables hablan de entre un 16 y un 18 por ciento de mujeres en situación de calle. Hoy la cifra está superando la cota más alta, pero no hay estudios recientes que precisen el número.
“Efectivamente, la presencia de mujeres ha aumentado”, afirma Vilca.
Sin embargo, el trabajo con ellas presenta desafíos particulares. Según explica, muchas mujeres mantienen oculta su situación incluso a sus propias familias.
“Nos ha pasado mucho que dicen: ‘Mi familia no sabe que estoy en esta situación’ o ‘cuando llamo a mis hijos les digo que estoy bien para no preocuparlos’”, cuenta.
Actualmente, el equipo acompaña a siete mujeres en situación de calle. Al comienzo, eran no más de cuatro. Una de ellas de 71 años, la persona de mayor edad atendida por el servicio. También mantienen una estrecha vinculación con otra mujer de 49 años, cuyo proceso refleja la complejidad —y también la posibilidad— de reconstruir trayectorias.
“Ella tiene un gran espíritu de superación y ha tenido una alta adherencia con nosotros”, comenta.
Más allá de la ayuda inmediata, gran parte del trabajo consiste en acompañar procesos complejos: recuperar documentos, asistir a controles médicos o realizar trámites.
“Trámites tan simples como sacar el carnet de identidad, de verdad que a veces cuesta tanto”, reconoce Vilca.
En ese contexto, la confianza se vuelve clave. El vínculo no se construye en una sola visita. Requiere tiempo, constancia y presencia.
“Hay personas que han vivido discriminación o malas experiencias con instituciones, entonces mantenerse al margen también es una forma de protegerse”, concluye.
Este trabajo territorial muestra una realidad menos visible: la vida en calle cambia, se mueve y se vuelve más compleja. Y para responder a ella, también deben cambiar las formas de acompañar.
Juan Farías, jefe de la hospedería de Rengo y del Servicio de Apoyo Territorial en Rancagua, declara que se ha ampliado mucho más la mirada.

Hogar de Cristo se desplaza por las calles, buscando a las personas en situación de calle.
“Nosotros estábamos acostumbrados a trabajar desde lo residencial, en hospederías, donde hay un espacio y se generan vínculos de otro tipo. Ir a la calle y vincularlos a la sociedad desde allí, te muestra una realidad totalmente distinta. Uno de los grandes desafíos que tenemos como equipo tiene que ver con la incorporación de las mujeres en situación de calle”.
María Isabel Vilca advierte: “La calle es machista. No se ven rucos de mujeres ni caletas con grupos femeninos. Generalmente las ves acompañadas de un hombre. La mujer de 71 años que visitamos está en un sector con otros dos rucos, pero vive muy expuesta. Me dice que siempre le están robando sus cosas, sus ollas, cada cosa buena que tenga”.
Entre ellas, además, existe mucha competencia. “Las ves cambiando de pareja constantemente. Es una promiscuidad de la cual nadie se jacta. Georgina, de 45 años, parece veinte años mayor. La veía de repente con un hombre y ella me explicó: me quedo a veces donde consumo, a veces acá”.
Los hombres en situación de calle, en general, se refieren a las mujeres que los acompañan de forma peyorativa.
“Me han dicho, por ejemplo, que prefieren que ‘vengan las cachorritas, pero un ratito nomás´. Yo evito referirme a sus parejas con nombre, porque cambian a cada rato”.
Cuenta el caso de una mujer embarazada que buscaron incansablemente.
“Le pregunté a un hombre que supuestamente había sido su pareja y me dijo que él tenía 53 años y que no lo metieran en ese asunto. Otro me dijo que ella llevaba dos años embarazada, dudando de su estado actual”, explica.
“El equipo del Servicio de Apoyo Territorial a personas en situación de calle de Rancagua tiene capacidad para atender a 20 personas, pero la realidad es que en estos 8 meses han atendido a más de 100”, señala Juan Farías.

Colchones en las veredas delatan su presencia. Algunos trabajan de cuidadores de auto.
“Estamos vinculando activamente a quienes nos dan su confianza con instituciones del estado y con la comunidad”.
María Isabel, quien trabaja en Hogar de Cristo hace 22 años, agrega: “La figura de Hogar de Cristo y el padre Hurtado sigue siendo respetada y valorada. La mayoría de los que atendemos no fueron nunca a la hospedería que antes teníamos en Rancagua, pues el daño que tienen es mayor al igual que su precariedad. No buscan un albergue sino que quieren ayuda para obtener su cédula de identidad o para entrar al registro social. Estamos realmente con los más excluidos de la sociedad”.