—Como Ulises, te ataste al mástil.
—Ese fue el episodio más difícil de mi vida, de mi cambio, de mi transformación. Para dejar las drogas le pedí ayuda a una verdadera amiga, una vecina. Le pasé las llaves de mi departamento y le dije que cerrara por fuera. Que me encerrara y, por más que yo chillara y clamara, no me dejara salir. Pataleé, convulsioné, vomité, me desmayé. Ahí adentro lloré el alma. Siempre digo, en las charlas que doy en colegios, universidades, empresas, que no les voy a contar cómo se hizo la rueda. Les cuento episodios de mi vida. Y ese es central.
Melyna Montes (52), madre de tres hijos, emprendedora, comunicadora de un canal vecinal y “facilitadora”, escapó así de los cantos de sirenas que la llamaban a jalar, a delinquir, a fumar, a ahogar su pena en un consumo tan adictivo como destructivo.

Melyna estuvo junto a Khristian Briones dando testimonio en la celebración de los 100 capítulos de Hora de Conversar en Fundación Chile, Ella fue la primera entrevistada de este podcast de temática social.
—Ahí entendí que para cambiar se necesita que otro confíe en ti. Ella, mi vecina, fue más valiente que yo. Cuando llegaban mis compinches a buscarme, ella salía y los correteaba. Cuando yo tramaba cómo arrancarme —porque todos los días planificaba cómo hacerlo— encontraba una bolsita de galletas, un yogur, un táper con comida, chocolates. Me dejaba mucho chocolate. Ella entendía más o menos lo que yo estaba viviendo, el síndrome de abstinencia, y me dejaba muchos dulces. Así calmaba esa ansiedad que sentía.
—¿Cuánto tiempo estuviste encerrada?
—Más de un mes. Fue un mes intenso, sin ver a nadie, sin hablar con nadie. Una gran meditación que me permitió pensar en mi dolor, en cómo ese sueño con que salí yo del sur se había convertido en pesadilla. Pensaba en mis hijos también. En si me extrañaban, porque yo los extrañaba mucho. Pensaba solo en mis niños.

Melyna en tiempos de pandemia, Los grafiteros de Bajos de Mena la inmortalizaron en una gran muralla del sector. Entonces, Melyna tenía un sobrepeso que trató. Hoy su problema es otro: tiene una grave afección oftalmológica. “Soy como protagonista de teleserie venezolana; me estoy quedadndo ciega”, bromea.
—Tú has dicho que para terminar con una adicción se requiere internación forzosa, que el adicto no tiene voluntad.
—No hay voluntad. En medio de las adicciones hay segundos de conciencia. Es ahí cuando tienen que actuar estos centros de rehabilitación, en ese segundo de conciencia, y dejarte encerrado, porque al otro segundo las ganas de consumir pueden mucho más que tu conciencia. Por eso yo les digo a esos alcaldes que hicieron campaña siendo solidarios y compasivos, que hoy se ponen la capa de superhéroes y ofrecen a los vecinos salvarlos de esta gente indigna que vive en rucos, que sean serios.
—¿Hablas del alcalde de Puente Alto?
—Hablo de muchos alcaldes que hoy sacan a esta gente indigna, que no es parte de la belleza de la ciudad que ellos venden. Son los mismos que hicieron campaña entregando el pan, la sopita, a la gente en situación de calle, cuya raíz está en las adicciones. En vez de estar trabajando en políticas públicas para que los centros de rehabilitación sean obligatorios, para que podamos recuperar a esas personas en ese segundo de conciencia del que te hablo, están corriéndolos como basura.
—Para muchos expertos, el confinamiento y la rehabilitación obligatorias no son recomendables. ¿Nunca te han criticado por estas opiniones?
—He escuchado a los que entienden de leyes decir que eso es “secuestro”, que no se podría hacer, que es ilegal. Pero especialistas de otro tipo nunca me han dicho nada. Ahora, yo esto lo sostengo porque lo viví, porque yo consumí y fui adicta. Viví la drogadicción y, si no hubiese tenido a esa vecina tan poderosa, tan fuerte, que se convirtió en mi gran amiga, hoy no estaría aquí.
—Hoy existe poquísima oferta de rehabilitación.
—Los centros de rehabilitación no son tan accesibles porque se pagan y cobran muchísimo, pero no sirven porque no son obligatorios. Porque, claro, la familia está sufriendo y junta las luquitas para pagar ese centro de rehabilitación, pero resulta que la persona que está adentro sale cuando quiere. Se arranca, consume, vuelve, un círculo de nunca acabar.
—Volvamos al principio. Tú llegaste a Santiago en 1997, con una niña de cinco años, embarazada y sin nada. ¿Por qué lo hiciste?
—Llegué a Santiago para cambiarlo todo. Para cambiar el futuro de mis chiquillos, para llegar con regalitos para mi mamá, para que mi mamá se sintiera orgullosa de mí.
—Tú venías de Parral, donde una vez me dijiste que tu mamá tenía una fábrica de curados.
—Sí. A ella le cargaba que yo dijera eso. Se enojaba, cuando contaba así que ella tenóa patente de alcohol. Ella murió hace tres años. Llegué sin nada, solo con una promesa de trabajo en una casa en Las Condes que no se cumplió. Tampoco tenía sueños, esperanzas, nada. Para mí era súper normal que se maltratara a las mujeres. Que me trataran mal no era nada diferente a lo que ya conocía.
—¿Y cómo terminaste en la calle?
—Me dijeron: “No te puedo recibir, esta niña es muy chica”. Así terminé en la calle. Estuvimos meses durmiendo en la calle. Vendiendo agua embotellada. Pasé todo un embarazo en la calle. En la calle, vendiendo agua, conocí a alguien que me habló de Bajos de Mena.
—¿Cómo lograste tener a tu hijo? ¿Cómo fue eso?
—Mi hija se fue conmigo al hospital Barros Luco. Ahí nació Juan. Y Luisa en el Sótero del Río, porque ya estábamos en Bajos de Mena. Francisca, la mayor, en Parral. En el Barros Luco Francisca se quedó conmigo, dormía afuerita; en la noche le hacían entrar a la sala. Era una precariedad total. Las enfermeras le daban una mamadera, era una botella con leche, y la comida la compartíamos.
Dice que en este trance se encontró con “personas con una voluntad de oro, partiendo por esa mujer que me habló de Bajos de Mena, Marisol, que luego se convirtió en mi vecina. Ella era propietaria en Bajos de Mena y fue la que me llevó a ese departamento. Rompió un vidrio, abrió la puerta y me dijo: ‘Esta es tu casa. Quédate aquí´. Después, en una reunión, levantó la mano y dijo: ‘Hay una señora que vivía en la calle y hoy necesita de todos´”.
Fue ella la que consiguió que una periodista de Canal 13 les hiciera un reportaje. “Ella llevó a la televisión a mi departamento. Y ahí estaba yo, con un cartón por cama, con frío y miedo. Era como una cueva oscura cuando entró la televisión, con sus luces gigantes”.
—No te apabulló la televisión. Ahí tú hablaste, dijiste claramente lo que pasaba y lo que necesitabas.
—No sabía que estaban grabando, no sabía que iba a salir en todo Chile por televisión. Yo sigo rescatando eso de esa Melyna que está en esas imágenes: la inconsciencia de estar frente a una cámara o en una reunión con grandes autoridades y no callarse. Decir lo que sucede, sea quien sea tu interlocutor. Entonces mostraron toda la precariedad en la que estaba con mis niños, pero ya tenía un techo. Para mí eso era lo más grande y garantía de seguridad. Sí, se pasaban los muros, pero, por Dios, era mucho mejor que estar en la calle. Yo sabía que, por húmedo que fuera, por más que se pasaran los muros, yo lo podría mejorar.
—Al día siguiente apareció el Hogar de Cristo.
—Sí. Al día siguiente después de salir en la tele, los primeros que llegaron fueron los del Hogar de Cristo. Mi primera cama fue porque el Hogar de Cristo me regaló una. Lo mismo una mesa, un escritorio. Yo no había escuchado mucho de esta organización. Era nueva para mí. Me llevaron en un vehículo con mis niños a una bodega grande, donde había mucha ropa, muchos zapatos, muebles, de todo, y me dijeron: “Elija lo que quiera”. Separé las cosas y me fueron a dejar a la casa con dos camionetas llenas de frazadas nuevas, sábanas, ropa para mis niños, cuna para mi hijo, ¡hasta un coche de guagua!
Dice que fue maravilloso. Que así, en medio de la precariedad, vistió de hogar ese departamento oscuro. Y tenía una llave que abría la puerta de una casa que ella consideraba que era propia.
—Pero vino la etapa oscura.
—Claro. Ahí empecé a crecer. Me traje al padre de mis hijos, a mis hermanos de Parral… Pero pasé episodios tremendos, dolorosos: la infidelidad del papá de mis hijos con mi mejor amiga y el suicidio de mi hermano. Me sentí traicionada por todos, incluso por la vida. Mi hermano menor se vuelve al sur, mi mamá se lleva a los niños, mi hermano mayor ya no estaba. Yo quedo sola y con el alma partida en dos.
Describe su desolación como no tener a nadie a quién abrazar, a quién decirle “tengo pena, tengo miedo”. Así comenzó a buscar esa compañía en las adicciones. Primero en el alcohol, luego comenzó a fumar, del cigarrillo pasó a la marihuana y de ahí a otras drogas duras. “Así comencé a destruir mi vida”.
—¿Cuánto duró ese período negro?
—Como dos años. En esos dos años vendí todo de mi casa, todo, porque compraba droga. Vendí los muebles, las camas de mis hijos, hasta las cañerías del departamento.
—¿Recuerdas cómo eras en ese momento?
—Claro. Era una chora. Una delincuente.
—Integraste y lideraste una banda.
—O sea, con esos chicos que consumíamos, estábamos todos en la adicción. Nuestro único pensamiento era cómo generar lucas rápido para seguir consumiendo. Vivíamos ahí mismo, en un paradero de micro. A veces llegaban personas perdidas que se quedaban dormidas y las asaltábamos. Después comenzamos a robar autos, irnos a otros lugares, a robar empresas. A veces nos enfrentábamos nosotros mismos o con otros adictos. A mí me dijeron: “Te voy a matar”. Y me daba lo mismo. Ya no tenía a mi hermano, no tenía a mis hijos, no tenía el respeto ni el cariño de mi propia familia, menos de mis vecinos. No tenía pareja.
—Después de salir de ahí vino otra etapa: aprendiste comunicación, hiciste televisión comunal y volviste a aparecer en las pantallas.
—Yo empecé a participar de todos los talleres que llegaban al barrio. Soy una mujer muy ambiciosa. Tengo ambición de aprender.
Llegó al barrio MAFI, EL Mapa Fílmico de Chile, y obtuve unas pinceladas de lo audiovisual. Estaba recién comenzando lo de las redes y del WhatsApp. Yo odiaba todo eso porque había perdido comunicación con mis hijos. Ya ninguno se sentaba a la mesa a conversar, todos estaban ahí metidos con sus teléfonos. Así entendí que esto había llegado para quedarse y tenía que aprender. Siempre he sido así. Yo estudiaba con los niños, no para enseñarles, sino para aprender.
—En una de esas transmisiones te tocó estar en medio de una balacera y llamó la atención tu templanza.
—La gente que no lo vive a diario admira mi comportamiento. Pero para nosotros, en Bajos de Mena, eso es pan de cada día. Pasa habitualmente. ¿Cómo te vas a asustar de algo que vives más o menos cotidianamente? Si a eso le sumas que estuve en una pandilla, que ocupé armas, que sé manejarlas y que las disparé, mi rol en ese episodio de violencia callejera se entiende mejor.
Jimmy Ureta era el camarógrafo que la acompañaba. Él siguió grabando y ella no dejó de transmitir dándoles la tranquilidad a los vecinos que estaban en su trabajo de que podían confiar en que nosotros estábamos preocupándonos de sus hijos. Hoy sólo se arrepiente de un detalle: “El error más grande de esa transmisión fue haber dado el nombre de la villa que estaba alrededor, porque fue estigmatizar aún más ese lugar. Hoy, con las herramientas emocionales que he ido adquiriendo, no habría dado el nombre”.
—Tú sigues en Bajos de Mena y no te vas a ir. Como decía Zalo Reyes, no te cambias de barrio. ¿Por qué esa persistencia?
—Sí, yo sigo en mi Bajos de Mena. Muchas veces la gente me dicen que yo soy tan buena, que ayudo tanto a la gente…”. A mi parecer, y no quiero que suene a egocentrismo, al hacerlo me ayudo yo. Muchas veces me veo reflejada en cada historia de dolor de los vecinos. Al ayudar, sano a esa Melyna del pasado que vivió tanta hambre, tanta violencia, tanta desolación, tanto olvido. Esta es la única fórmula que he encontrado para ir sanando del pasado.
—¿Sientes que los dolores de hoy, la realidad social de hoy en Bajos de Mena, es aún peor que antes, o hay progreso?
—No tenemos que ser tan negativos. Mira, ahí hay una mixtura. Hoy día tenemos más jóvenes universitarios, más chicos que son el primero que tiene estudios universitarios en su familia. Pero, por otro lado, también está la droga haciendo lo suyo. Hoy día “la cera”, que es un derivado de la pasta base, tiene la escoba en los barrios. Hablo de los barrios de Chile, no sólo de Bajos de Mena. Hoy la falta de progreso se explica en la droga y en la inseguridad.
Melyna dice que entiende a los que dejan el barrio. “La gente, con mucho esfuerzo, quiere ir superándose y dentro de esa idea de progreso está dejar Bajos de Mensa, poque no se les ocurre otra manera de vivir en paz. Llegar a un barrio con pocas plazas, con basura, con personas drogándose, es violento y desolador. Yo creo que para un cambio real se debe atender el consumo”.
Y de eso, ella, que lo vivió, entiende y sabe que puede ayudar.