El sábado 30 de mayo, en pleno Día del Patrimonio, la magia entró a la Residencia para Personas Mayores de Hogar de Cristo en Recoleta sin pedir permiso. No venía con leones ni trapecios colgando del techo, pero traía algo más raro: esa electricidad antigua que aparece cuando alguien se para frente a otros para hacerlos reír, cantar, aplaudir o volver a mirar como niños. Por una tarde, el comedor, el patio, los jardines y los pasillos donde viven cerca de 80 personas mayores dejaron de ser rutina.
—La capacidad de asombro la tiene toda la gente. No pasa por la alcurnia, no pasa por el poder cognitivo, no pasa por lo social. Mientras la persona tenga capacidad de asombro, es porque es humana. No ha perdido la sensibilidad —dice Calvin Clark, 74 años, cuarta generación de una familia circense, trapecista desde los 14 y mago profesional desde 1993.

Ese fue, precisamente, el espíritu de la jornada: sacar a las personas mayores de la rutina, aunque fuera por una tarde, y recordar que el patrimonio no vive únicamente en edificios antiguos, vitrinas o documentos. También respira en los cuerpos que aprendieron un oficio, en las manos que todavía hacen magia y en un público que, pese al cansancio o los años, sigue siendo capaz de sorprenderse.
Calvin Clark lo explica mejor:
—Uno con su arte lo más importante que puede hacer es llevarle un momento diferente a esa persona. Es como que la hace vivir nuevamente y la transforma de nuevo en un niño, cuando todos los colores eran fluorescentes. Y esto es recíproco. Si esa persona disfruta lo que está viendo, uno también recibe eso. Uno siempre deja algo en la persona y recibe a la vez. Eso es lo lindo que tiene el arte.
Dentro del sindicato circense, cuenta, Los Jóvenes del Ayer nacieron como un grupo de encuentro entre artistas mayores. Una especie de familia dentro de otra familia más grande: la del circo chileno. Con el tiempo, ese grupo empezó a crecer. En Santiago, dice Calvin, son más de cien. A nivel país, muchos más.

—Somos todos artistas que en algún momento marcamos una etapa. En mi caso sigo vigente. Hay muchos mayores míos que ya no están activos, pero nos juntamos para hacer obras de filantropía, para trabajar con gente adulta mayor, hospitales, niños con cáncer. Siempre estamos haciendo cosas de alguna manera.

La frase parece sencilla, pero tiene peso. Porque en la residencia no se presentó un elenco cualquiera. Se presentó una generación de artistas que aprendió el oficio antes del brillo digital, antes de los aplausos por pantalla, antes de que todo pudiera medirse en reproducciones. Gente que recorrió pueblos, carpas, casinos, teatros, cruceros, países completos. Gente que supo, desde joven, que el espectáculo se sostiene con talento, sí, pero también con disciplina, hambre, piernas firmes y una fe casi absurda en el público.
Como el mago, Calvin Clark, que nació como Servando Cardenas. Comenzó como trapecista desde los 14 años, actor cómico a los 27 y mago profesional desde 1993. Recorrió 12 países como trapecista y 29 como mago. Trabajó en Las Vegas, Arabia Saudita, Europa, cruceros, casinos argentinos y brasileños. También en escenarios gigantes como el Luna Park de Buenos Aires, el Poliedro de Caracas y el Campín de Bogotá. En 2001 ganó la Estrella de Mar en Mar del Plata como mago revelación.

Pero su nombre artístico nació por algo mucho más doméstico: se estaba quedando pelado.
—Me corté el pelo porque se me estaba cayendo. Y yo no soy ese tipo que oculta lo que no tiene. Si no tengo pelo, no tengo pelo. En esa época, andar pelado era sinónimo de delincuencia. A los delincuentes los rapaban para identificarlos. Bueno, yo andaba pelado, pero bien presentable. Pero no me gustaba que me dijeran pelado. Entonces yo les decía: dime Calvin.
Lo de Clark vino después, por Clark Kent, Superman y ese deseo tan circense de inventarse a uno mismo con nombre propio. Más tarde, un sobrino publicista completó el personaje.
—Me dijo: tío, usted es Calvin Clark, el mago del mundo, porque usted se la lleva viajando. Y me gustó.
Y así quedó. Calvin Clark, el mago del mundo. Un artista chileno con nombre de superhéroe, memoria de circo y una manera de hablar que parece función de matiné: entra por un lado, sale por otro, se ríe, vuelve, se emociona y termina dejando una frase mejor que la anterior.

—La magia primero es un embrujo. Es una pasión. Yo de niño me iba al final del patio a ver si alguien me venía a buscar, quizás los pajaritos veían mis hechizos y mis trucos. Siempre me gustó lo místico.
—¿Qué significó para usted presentarse en el Hogar de Cristo?
—Creo que les hicimos sentir una tarde maravillosa a ese montón de gente, porque todos querían de alguna manera sacarse fotos con uno, estar con uno. Nosotros queríamos traerles un poco de diversión. Yo me acosté esa noche y como nunca dormí ocho horas seguidas. Como soy adulto mayor, me acuesto y a las cuatro de la mañana estoy despierto. Ese día me desperté a las 7:10. Dormí tres horas más. ¿Sabes por qué? Porque sentía que habíamos logrado el objetivo de cambiarles, de alguna manera, su tristeza, su encierro.

Durante la jornada estuvo presente José Francisco Yuraszeck S.J., capellán general de Hogar de Cristo, quien acompañó esta actividad patrimonial marcada por una idea simple y profunda: la cultura también debe entrar a los lugares donde viven personas mayores. No como adorno, sino como derecho.
Calvin lo dice sin rodeos:
—Todos tenemos un niño adentro. Todos necesitamos que nos escuchen. Que nos miren. Que nos observen.
Y quizá por eso el circo funcionó tan bien ahí. Porque el circo, cuando es bueno, no le habla a la edad que uno tiene, le habla a la edad que uno todavía guarda.

—¿Responden igual todos los escenarios?
—El solo hecho de que tú logres convocar a la gente y que esté atenta una o dos horas viéndote trabajar, eso es maravilloso. No importa la cantidad. Yo trabajé en el Luna Park de Buenos Aires, en el Poliedro de Caracas, en el Campín de Bogotá, pero no tiene nada que ver eso. La capacidad de asombro la tiene toda la gente.
Ahí Calvin se detiene y vuelve a pegar donde importa:
—Cuando tú llevas un poco de diversión, amor, cariño, afecto, sacas a la persona de este mundo neurálgico. Eso para uno es un premio.
La función de Los Jóvenes del Ayer en Recoleta tuvo justamente eso: una salida momentánea del mundo neurálgico. Una pausa. Una carpa invisible levantada en medio de una residencia. Un patrimonio que no pidió silencio de museo, pidió aplausos.

Y Calvin, que ha hecho levitaciones, hipnosis, grandes ilusiones y espectáculos con ocho o doce asistentes, vuelve siempre a lo mismo: la magia no está únicamente en el truco. Está en lo que el truco provoca.
—La magia, esa ilusión, ese embrujo, lo que hace es sacarte de la realidad. Y esa diferencia, cuando se pone frente a un público que todavía sabe asombrarse, sin importar la edad, se parece mucho al patrimonio vivo.