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“Les estamos quitando su lugar personal”

¿Por qué una persona rechaza cama y techo en medio del temporal? Un operativo de Hogar de Cristo y Código Azul con participación incluso de la ministra de Desarrollo Social demuestra que salir de la calle implica mucho más que cambiar de refugio. La idea era llevar a tres personas en estado crítico a albergues. La operación duró cinco horas. Así se vivió todo bajo la intensa lluvia.
Por Ximena Torres Cautivo
Julio 19, 2026

Duerme en menos de un metro por un metro. En el espacio que queda entre la pared y una de las puertas de metal de la entrada a la Estación Metro Cementerios, en la comuna de Recoleta. Durante el día, cuando las puertas están abiertas, se cobija en ese espacio mínimo, por donde circulan miles de personas. Pero nadie lo ve; está detrás de la puerta.

Es peruano. Joven. Correcto.

Es una de las tres personas en situación de calle que identificó el equipo de Eva Lara del Hogar de Cristo para conducirlas a un albergue este viernes en que el cielo parece desfondarse. Son parte de la Ruta Calle que la fundación apoya habitualmente en Recoleta y que, por su condición de salud y dada la emergencia meteorológica, no pueden seguir a la intemperie. Podrían morir por la noche, solos, de hipotermia.

La ministra de Desarrollo Social María Jesús Wulf, se suma al operativo en el marco del programa estatal Código Azul, que Hogar de Cristo opera en esa comuna y la de Estación Central. También nos acompañan el subsecretario de Servicios Sociales, Alejandro Fernández, y el jefe de la Oficina Nacional del Calle, Jaime Lavín, quien antes de la pandemia se inició en estas lides de la pobreza, trabajando en el Hogar de Cristo.

Hogar de Cristo opera en las comunas de Recoleta y Estación Central Rutas Calle y Código Azul. Eva Lara, a cargo de los operativos, organizó el trasaldo de tres personas en condiciones precarias a los albergues.

RIESGO REAL DE MUERTE

Los pocos pasajeros que salen del metro y ven parte del operativo se lo preguntan. ¿Qué le pasa? ¿Por qué no deja que lo ayuden? Nadie entiende.

El joven peruano no quiere salir de su escondite. Se resiste. Esa negativa es un clásico entre las personas en situación de calle. Una conducta que irrita a quienes muchas veces tratan de ayudarlos. Una actitud incomprensible para los que ven el tema desde adentro de sus casas.

¿Cómo, en esa precariedad, suciedad, indefensión en que están, cuando llueve como no ocurría hace años en Santiago y el frío y la humedad calan, no aceptan ir a un lugar bajo techo, donde hay cama, comida, abrigo?

Los pocos pasajeros que salen del metro y ven parte del operativo se lo preguntan. ¿Qué le pasa? ¿Por qué no deja que lo ayuden? Nadie entiende.

No quiere dejar su espacio, un húmedo rincón junto a los locales de las floristas del Cementerio General. Se niega. Le duele el delgado cuerpo. Los huesos. Todos argumentan. Finalmente, accede y el equipo logra trasladarlo a un albergue.

Jaime Lavín explica:

-Es complejo. Hay que entender que quien lleva mucho tiempo viviendo en la calle siente que le estamos quitando su lugar personal y ofreciéndole, a cambio, un albergue masivo, ruidoso, impersonal. Ellos ya no están acostumbrados a compartir con otros, con gente distinta. ¿Cómo te sentirías tú si te quisieran mover del lugar que sientes tuyo, por pobre y miserable que sea, a otro, desconocido y lleno de gente?

A Jaime Lavín le tocó participar del inicio del Código Azul, cuando trabajaba en el Hogar de Cristo, en 2017. También fue parte del inicio de Vivienda Primero, un programa social orientado a sacar a personas mayores de la situación de calle, entregándoles un departamento o casa, sin exigencias y con apoyo profesional. Aunque Vivienda Primero es un dispositivo de otra envergadura, el Jefe Nacional de Calle reconoce la utilidad de la Ruta Calle y del Código Azul, que se activa con temperaturas bajo cero o temporales intensos, como los que se iniciaron la noche de este jueves en la Región Metropolitana:

“VENGA A BUSCARME EN MEDIA HORA, TÍA”

-Nos encontramos con una emergencia. Está lloviendo mucho y necesitamos poder proteger a quienes están mal, a la intemperie. Es importante que las Rutas los puedan acompañar, visitar, entregarles plástico, cambiarles la ropa, darles alimento, pero lo más importante es preguntarles si quieren ir a un albergue y trasladarlos cuando aceptan la ayuda. Es clave que durante estos días que va a estar lloviendo mucho puedan estar en un albergue. En la calle, corren riesgo de muerte.

Sólo este fin de semana, dos personas en situación de calle murieron en ella.

Mientras los equipos del Hogar de Cristo y de la Oficina Calle logran sacar al joven peruano de su escondrijo y subirlo a la van de la fundación, la ministra Wulf intenta convencer a un hombre que está tirado sobre una colchoneta.

Pegado a una muralla y bajo el techo que protege a los locales de las florerías del Cementerio General, dormita bajo unas frazadas húmedas. Se queja. Dice que no lo muevan. Que le duele. Que lo atropellaron. Su condición es lamentable.

Finalmente, acepta que lo levanten. Está flaquísimo. Se le marcan los huesos. No debe pesar más de 40 kilos. Lo cargan sobre una frazada. Alguien dice que tiene 60 años. Por como luce, podrían ser 80. Hede a orines.

Ya está en la van. Jaime Lavín afirma que en el albergue al que lo llevan lo verá un equipo médico.

Sobre la sucia, maloliente y húmeda colchoneta en que dormía, queda una pipa humeante. La pasta base explica la flacura, la falta de dientes, el envejecimiento tan prematuro, que observamos en las personas con más daño que vemos en la calle.

“Tía, vengan en media hora”, se excusa. Es su manera de ganar tiempo, de ocultarse y de evitar que lo trasladen. No lo volvimos a encontrar.

 

NUNCA MÁS LO ENCONTRAMOS

-Jaime, ¿cuál es la estrategia que resulta mejor cuando alguien se resiste para que finalmente acceda ir a un albergue?

-Lo principal es conversar. Acercarte y escuchar. Saber quién es, preguntarle qué es lo que quiere y argumentar para convencerlo. Es distinto cuando uno planifica estrategias sin ponerle cara a esa persona. Saber que se llama Héctor, escucharlo y entenderlo es el camino para convencerlo.

-Funciona mejor, me parece, el uno a uno.

-Sí, cuando te rodea un grupo de personas, por más bien intencionadas que sean, es intimidante. Imagínate cómo te sentirías tú.

Asegura que ahora lo viene a visitar su familia. Que no se puede ir al alergue. No tiene piernas, circula en silla de ruedas, está todo mojado y la lluvia se empeiza a volver más intensa, pero insiste en que no se puede ir al albergue. “Vengan en media hora”, dice, dando largas.

Hasta ahora llevamos dos de los tres traslados planificados exitosos.

Un chileno, que tiene ambas piernas amputadas -la diabetes no tratada es casi una marca de identidad de quienes viven en situación de calle-, y circula en silla de ruedas cerca del Cementerio General, se resiste. Da largas. Murmura: “Me vendrá a ver mi familia. Ahora mismo, tía, en serio”. Negocia: “Vengan a buscarme en media hora más. Ahí me llevan”.

Nunca más lo encontramos.

EL MÁS AGRADECIDO: DEIBIS

Para completar los tres traslados planificados, el equipo del Hogar de Cristo opta por ir a la Avenida Dorsal. Saben de alguien que requiere ayuda.

Una derruida carpa iglú, reforzada con nylon afirmado con piedras, acumula agua peligrosamente. La lluvia en esta tarde de viernes se ha vuelto más persistente que nunca.

El joven venezolano, un caso que reúne una cadena de fatalidades, no duda en subirse a la van del Hogar de Cristo para dormir seco esta noche.

-Hola, ¿estás?

Una voz masculina, joven y de marcado tono caribeño responde:

-Sí, mi reina, aquí estoy.

En 10 minutos, que es lo que tarda en vestirse, emerge desde el montón de plásticos un hombre flaco, moreno, que se llama Deibis Yernein Joseph Acosta. Es venezolano y tiene 41 años. El último de ellos lo ha vivido en Chile como migrante.

Su historia es un rosario de calamidades. Las cuentas de ese rosario son la pobreza en su país, la migración en solitario, la separación de sus hijas, el atropello en Chile, la pérdida total de la moto en que había invertido todos sus ahorros.

-Vendí el reloj que traía y que era todo mi capital para tener una herramienta de trabajo y dedicarme al delivery. Estuvo en eso unos tres meses. Mandaba regularmente remesas a sus dos hijas, de 10 y 7 años, y a su madre, que está postrada debido a la osteoporosis.

Cuenta que estaba parado en una luz roja, cuando un auto lo choca por atrás y huye, sin prestarle ayuda. La moto quedó destrozada y él sufrió la fractura del fémur y la rodilla de su pierna derecha.

Todo lo va mostrado en su celular, la única posesión que le queda. Todo lo que tenía se fue en la operación y posterior rehabilitación de su pierna maltrecha.

Todo su mundo está contenido en su celular: sus hijas que están en Caracas, lo mismo que su madre enferma; sus familiares muertos en La Guaira a causa del terremoto; su fémur fracturado en una radiografía que resume su ruina.

-Estoy recién operado, tengo fierros por dentro. Cuando no pude seguir pagando el arriendo de la pieza donde vivía, terminé en esta situación terrible.

UN ALBERGUE EN ESTACIÓN CENTRAL

Cuenta que en las dos puertas que están cerca de donde tiene montado su destartalado iglú, una señora y una muchacha, y en la otra un joven, le permiten entrar al baño a hacer sus nec

esidades y lavarse.

-La señora y su hija son peruanas y el chico ecuatoriano. Ellos son los únicos que me han tendido la mano.

-¿Ellos te han apoyado?

-Demasiado, madrecita, demasiado. Me lavan mi ropita a veces, me prestan el baño, me dan comida, están pendientes de mí. Me han regalado ropa. Doy gracias a Dios de haberme encontrado con ellos. Yo me ofrezco para hacer aseo, barrer la calle, sacar la basura, lo que necesiten.

En la calle Lisperguer de Estación Central un albergue municipal es el destino de Deibis, el joven venezolano que aceptó el traslado a un lugar seco, caliente, donde podrá descansar en condiciones más humanas.

Agradece a un médico del Hospital donde lo operaron porque consiguió que las sesiones de kinesiología no se las cobraran. Pero no ha comido desde ayer y la oferta de ir a un albergue lo llena de alegría.

-Yo soy bachiller en ciencias. Además, tengo tercer semestre de administración de empresas. Jamás pensé que estaría en esta precariedad tan tremenda. Y súmele lo que ha pasado ahora en Venezuela. El terremoto de hace un mes fue tremendo. Yo perdí a dos sobrinas. Eran de La Guaira. Murieron aplastadas en el departamento donde vivían.

Sollozando, nos muestra fotos de sus familiares fallecidos. El celular es su único contacto con el mundo. Más compuesto y muy agradecido, se queda en el albergue municipal de Estación Central, en la calle Lisperguer.

Ya sólo quedamos Eva Lara, el chofer y yo. Las autoridades se fueron. Deibis dice que la receta con sus medicamentos se le quedó entre los plásticos. La encargada del albergue dice que tiene Ibuprofeno para el dolor de su pierna. Él agradece y se ofrece para barrer, sacar la basura, lo que sea que necesiten que haga.