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Nancy Soza: “Más que prestarte dinero, creen en ti”

El de ella fue uno de los tres testimonios que escuchó el presidente José Antonio Kast durante su visita al Hogar de Cristo por el Día de la Solidaridad. Frente al mandatario, esta maestra de la construcción habló de emprendimiento, comunidad y de su deseo de enseñar a otras mujeres lo que aprendió durante más de 30 años trabajando en un terreno tradicionalmente masculino. Minutos después, todavía en el Santuario de Alberto Hurtado, Nancy Soza contó una historia que comenzó con un crédito de 60 mil pesos y que hoy reúne a casi 170 mil emprendedoras.
Por Matías Concha P.
Agosto 21, 2026

Nancy Soza todavía estaba procesando lo que había ocurrido esa mañana. Minutos antes se había sentado frente al presidente José Antonio Kast y la primera dama, María Pía Adriasola, durante el encuentro realizado en el Hogar de Cristo por el Día de la Solidaridad. Había hablado de sus máquinas, de las mujeres de su comunidad y de una pregunta que parece acompañarla desde hace años: “¿Cómo ayudo?”.

Después se sentó a conversar nuevamente. “Soy Nancy Soza, de La Florida. Voy a cumplir mis primeros 50”, dice, riéndose. Lleva más de tres décadas trabajando en construcción junto a su marido. Raspa muros, pinta fachadas, instala pisos flotantes y papel mural. Tiene caladoras, taladros e ingleteadoras. También tiene, como ella misma dice, “los huesitos todos doblados”.

Por eso hace años comenzó a pensar qué podía hacer con algo que siempre tuvo: las manos. “Puedo hacer una ballena, un cupcake, una chaqueta de cuero. Tengo muchas capacidades con las manos. En la noche se apaga la televisión y empiezo a pensar: ¿qué más puedo hacer este fin de mes para vender?”.

Así nació Vintage Creaciones, su emprendimiento de objetos fabricados principalmente con madera reciclada. Y mucho antes de eso apareció Fondo Esperanza.

“MAMÁ, ESTO ES UNA ESTAFA”

–¿Cómo llegaste a Fondo Esperanza?

–Mi hija tenía entre 15 y 17 años. Vimos cerca de la casa un aviso que decía que Fondo Esperanza prestaba dinero a comunidades emprendedoras. Mi hija me dijo: ‘No, mamá, es una estafa’. Y yo le dije: ‘Voy a ver igual’.

Nancy llamó. Una asesora llegó a explicar el sistema y ella hizo algo que después repetiría muchas veces: convocó gente. “Llamé a vecinos, papás del colegio, gente que conocía. Les dije: ‘No perdemos nada con escuchar una charla’. La hicimos en mi casa para que hubiera más confianza. Yo no le iba a ofrecer algo a mi comunidad que pudiera perjudicarla”. Así partieron 25 personas. El primer préstamo que recibió Nancy fue de 60 mil pesos.

–¿Qué hiciste con esa plata?

–En ese tiempo vendía zapatillas. Compraba y armaba promociones. También quería guardar una parte para comprar una caladora, cola fría, madera. Siempre había algo que comprar.

El crédito se pagó. Después vino otro. La comunidad empezó a crecer.

–Partieron 25. ¿Cuántas son hoy?

–Alrededor de 200.

La cifra sorprende incluso al escucharla por segunda vez. “Nos tuvimos que dividir en grupos más pequeños porque era demasiado trabajo. Antes todo se hacía con papeles, con plata en efectivo, había que ir a pagar. Hoy es mucho más fácil porque se hace electrónicamente”.

CON MADERA QUE OTROS BOTAN

Nancy nunca dejó completamente la construcción. Dice que necesita emprender porque el cuerpo ya no responde igual después de tantos años, aunque también porque crear es una necesidad. En su barrio comenzó a mirar con otros ojos las maderas que algunas personas encontraban entre cachureos: largueros de camas antiguas, marquesas, palos torneados que normalmente terminarían botados. “Yo les digo a los vecinos: cuando encuentren madera bonita, por favor, démela”.

–¿Y qué haces con ella?

–De todo. Banquetas para niños, muebles para el baño, para la cocina. Me meto a Pinterest porque soy creativa, aunque tampoco tanto.

Antes de Navidad fabricó árboles con maderas recuperadas. Para el Día del Padre construyó un antiguo lustrín convertido en caja parrillera, con espacio para cuchillos, delantal, sal y cerveza.

–Le puse ‘Súper papá’. Todo de madera.

Su marido, cuenta, observa esa energía con una mezcla de orgullo y agotamiento.

–¿Qué te dice él de tener una mujer tan inquieta?

–Está orgulloso, aunque está cansado. Yo le digo: preferirías que estuviera muerta antes que dejar de ser como soy. Cada persona tiene un propósito. El mío es crear y también dar.

Ahí vuelve una de las ideas que le planteó esa mañana al presidente Kast: enseñar. Durante años Nancy aprendió construcción rodeada casi exclusivamente de hombres. “Había un machismo brutal, prehistórico. Hombres de 50, 60, 70 años que no me querían ahí. ‘¿Qué hace una mujer acá?’, me decían. Y yo quería trabajar”.

Por eso hoy quiere que otras mujeres puedan aprender sin atravesar lo mismo. “Necesito enseñarle a alguien más lo que a mí ningún hombre quiso enseñarme hace años”.

CUANDO NECESITÓ AYUDA, NO PIDIÓ PLATA

Hay un momento en la conversación en que Nancy deja de reír. El 13 de diciembre del año pasado, su marido fue asaltado y atropellado. Estuvo alrededor de seis meses sin poder trabajar. “Fue terrible. Tu partner, no solamente tu esposo y el papá de tu hijo, se accidentó. Yo pensaba que podría haberlo perdido”.

Nancy también se quedó sin trabajo. “Mi comunidad de más de 30 años en la construcción me cerró las puertas. Me decían: ‘Si no está el caballero, no la queremos’”.

Por primera vez tuvo dificultades serias para pagar el crédito que había tomado en Fondo Esperanza. Había pedido dos millones y medio de pesos y pretendía utilizar parte del dinero como pie para comprar una camioneta que llevaría el logo de su emprendimiento. El accidente cambió todo.

–¿Qué hiciste?

–Le dije a mi comunidad: yo no necesito que me ayuden con plata, necesito que me abran las puertas. Invéntenme una pega.

La respuesta empezó a llegar. “Una necesitaba pintar. Otra tenía que arreglar la piscina. Otra el baño. Otra me decía: ‘Mándame tu decoración y te la publico por Instagram’. Entonces te das cuenta de que esto es mucho más que una fundación”, explica.

Su marido hoy se está recuperado.

¿CÓMO AYUDO?

Nancy había escuchado minutos antes a la primera dama hablar sobre la pérdida de confianza entre las personas. El tema le quedó dando vueltas. Cuenta que muchas veces intenta acercarse a otras emprendedoras y la primera reacción es sospechar.

“Te preguntan: ‘¿Qué ganas tú con esto? ¿Esto es una estafa piramidal?’. Nos falta generar confianza en la comunidad”. Ella ha intentado construirla literalmente desde su casa. Como en el barrio no cuentan con un espacio suficientemente grande para reunirse, construyó un mesón para recibir a decenas de personas. “En mi mesa tienen que caber 40 personas. Así que fui a comprar madera y me hice un mesón”.

Su hija de 32 años, aquella que hace más de una década pensó que Fondo Esperanza podía ser una estafa, también terminó emprendiendo. Lo mismo hicieron sobrinas que vivieron con Nancy y comenzaron pequeños negocios mientras estudiaban.

–Después de todos estos años, ¿qué significa Fondo Esperanza en tu vida?

–Es como ese apoyo que toda emprendedora quisiera tener. Un apoyo inquebrantable, que está ahí contigo y no te juzga.

Después lo explica de otra manera. “Cuando una persona necesita plata para una máquina o para empezar algo, muchas veces tiene que ir a rogarle a un papá, una mamá o un familiar. Para nosotros eso puede ser muy denigrante. Acá tú presentas tu proyecto, ven qué quieres hacer y te acompañan”.

Y entonces resume en una frase los más de diez años transcurridos desde aquel cartel que encontró caminando por La Florida: “Fondo Esperanza, más que prestarte dinero, cree en ti. Cree en tu proyecto”.

Nancy vuelve a hablar de herramientas. De la caladora que todavía quiere comprar, de las maderas que otros desechan, de los talleres que sueña hacer para mujeres. Tiene casi 50 años, dos hijos, más de tres décadas de construcción encima y una comunidad que comenzó con 25 personas y hoy bordea las 200. Esa mañana se sentó frente al presidente de la República y pudo haber aprovechado la oportunidad para pedir algo para ella. Prefirió preguntar otra cosa: “¿Cómo ayudo?”.