—Dime, Thomas, ¿que es la arquitectura hostil?
—A principios de los 2000, un periodista en Inglaterra hizo un texto sobre esto y acuñó el concepto “arquitectura hostil”. Define a cualquier tipo de elemento, dispositivo o espacio diseñado y construido para impedir la estancia de personas en el espacio público, particularmente para pernoctar. Por ejemplo: una banca de plaza que permite sentarse, pero no acostarse. O sistemas de piezas que impidan instalar un ruco, una carpa.
En Europa, explica, estas prácticas comenzaron asociadas a programas públicos del Estado o de las comunas para combatir el uso de los espacios por las personas en situación de calle.
En Chile la historia ha sido algo distinta.
—Acá han sido más bien los vecinos, los propios habitantes del barrio, los que han empezado a crear ese tipo de dispositivos, por una razón totalmente entendible: la ocupación del espacio público y ciertas incivilidades.
Esas que algunos alcaldes, con el apoyo de legisladores, quieren castigar, incluso con prisión.
Hablamos con el joven arquitecto francés avecindado en Chile Thomas Batzenschlager, quien conoce de cerca esas formas de expulsión. Lo invitamos al programa que hacemos en radio Cooperativa, los sábados, por las mañanas, para conversar de su trabajo. Ahí nos cuenta que, hace un año, junto a la Corporación Nuestra Casa, realizó un levantamiento en el barrio Yungay para identificar algunos de estos dispositivos.
—Lo que vimos son principalmente rejas. La instalación de rejas en la vereda, elementos metálicos, puntas, alambres que impiden la instalación de un cuerpo. Bloques de piedra, elementos de cemento. Hay mucha variedad, mucho ingenio.
La palabra “ingenio” adquiere en su relato un sentido poco amable: la creatividad también puede ponerse al servicio de impedir que alguien duerma o descanse.
Frente a esa ciudad que expulsa, él ha elegido trabajar en la dirección contraria: pensar espacios que permitan recuperar algo que parece básico, pero que para miles de personas no lo es, un lugar seguro donde vivir.
Desde 2018, concentra buena parte de su trabajo profesional, académico y de investigación en una pregunta que no suele ocupar demasiado espacio en las escuelas de arquitectura: ¿cómo habitan la ciudad las personas que viven en situación de calle?

Una muestra clara de “arquitectura hostil”: Pinchos bajo puente. Guangzhou city, Guangdong, China. Fotografía de Imaginechina/REX
La pregunta lo ha llevado a trabajar en proyectos de vivienda, salud y memoria, y a preguntarse qué ocurre después de que una persona deja la calle y entra a una vivienda. Porque, advierte, una cosa es tener un techo y otra muy distinta es sentir que ese lugar es realmente la propia casa. En este punto, recomendamos las profundas reflexiones de Cristián Caballero, un hombre de 57 años que pasó 25 viviendo en la calle. Hoy es beneficiario de Vivienda Primero.
Thomas desarrolla una investigación doctoral en la Pontificia Universidad Católica de Chile en cotutela con la Université Paris Nanterre. El trabajo lleva justamente ese nombre: “Habitar después de la calle: dimensiones y tensiones de la habitabilidad post-calle en el programa Vivienda Primero en Chile”.
La conversación comienza, sin embargo, por el extremo opuesto: los espacios diseñados para impedir que alguien pueda permanecer en ellos.
Thomas Batzenschlager llegó al tema de la situación de calle por una mezcla de interés personal y constatación profesional. Había sido voluntario en organizaciones antes de llegar a Chile, en 2013. Ahí empezó a mirar el problema desde la arquitectura. En 2017 se dio cuenta de que eran muy pocos los arquitectos que estaban trabajando específicamente en esta realidad.
Desde entonces ha participado en distintos proyectos vinculados a vivienda y personas en situación de calle. Entre ellos, un trabajo con el Hogar de Cristo para reconvertir edificios y transformarlos en viviendas, que está en ejecución en Estación Central.
Pero cuando habla de las soluciones habitacionales existentes en Chile, pone el foco en una experiencia que considera especialmente relevante: Vivienda Primero.
—Hoy día no hay ningún proyecto nuevo dedicado a ese tema. Se resuelve mediante el arriendo de viviendas del mercado. Eso es Vivienda Primero y las viviendas o casas de acogida.
Explica que estas últimas, las casas compartidas, son una alternativa más antigua, pensada principalmente para una población activa y más joven, donde conviven seis u ocho personas. Vivienda Primero, en cambio, está dirigida a personas mayores de 50 años con al menos cinco años en calle, que reciben un subsidio de arriendo y acompañamiento de una organización de la sociedad civil.

Hector Ulloa, beneficiario de Vivienda Primero, en una foto tomada en 2023. AGENCIA BLACKOUT
Los primeros resultados, dice, son auspiciosos.
—Ya hay unas mil personas que hoy día son beneficiarias del programa y que están activamente en la vivienda. La cifra más interesante, aunque el número total parece poco, es que casi el 90% de ese millar se mantiene en la residencia. No vuelve a la calle. Esto se corrobora también con las evidencias internacionales: el programa funciona.
Pero precisamente ahí aparece la pregunta que hoy ocupa su investigación doctoral: ¿qué significa realmente salir de la calle? Porque entrar a una vivienda no necesariamente resuelve todo lo que llevó a una persona a vivir en la calle.
—Hay causas estructurales, causas individuales y volver a vivir en una vivienda, obviamente, no borra todas esas complejidades. Las lleva para dentro de una casa.
Y esa es, para él, una zona muy poco explorada.
—Muchas personas piensan que esa salida de la calle a una vivienda es el término de la situación de calle. Los últimos estudios no han mirado con detención ese momento. Ahí lo que propongo en mi tesis doctoral es entender qué significa habitar después de la calle.
La diferencia entre vivienda y hogar puede parecer semántica, pero para Batzenschlager es central.
—¿Qué tiene que pasar para que una persona que vivió en la calle, que no tenía una casa, de repente recupere esa noción de casa y luego de hogar, que no es lo mismo?
La respuesta no está necesariamente en la propiedad.
—No solamente tiene que ver con la tenencia de la vivienda. No es porque uno es propietario que se siente más en su casa que otro que está arrendando. Si el arriendo también se provee de forma continua, el problema es otro: de qué manera se ocupan los espacios.
Vivienda Primero contempla acompañamiento profesional. Un trabajador social, un psicólogo o un terapeuta pueden visitar periódicamente a la persona en su vivienda. Ese acompañamiento es importante, pero también puede producir una tensión.
—Hacen que la vivienda deje de ser tu vivienda. Se transforma en un espacio institucional, donde uno recibe un servicio, donde en cualquier momento alguien puede entrar, donde tú no eres el dueño real, el que pone el límite de cuándo y a quién le abro la puerta o no.
Por eso, dice, queda mucho por mirar. Su investigación busca justamente observar esa “habitabilidad post-calle” en distintas dimensiones: material, relacional, simbólica, territorial, económica y político-institucional. No se trata solamente de saber si una persona permanece físicamente en una vivienda, sino de comprender si logra apropiarse de ese espacio, construir relaciones, conectarse con un barrio y recuperar grados de autonomía.

Dueño de una evidente vocación social, Thomas ahora mismo trabaja en el primer centro de salud para personas en situación de calle.
Su trabajo lo ha llevado también al ámbito de la salud. Desde 2025 es director de infraestructura de Fundación Salud Calle y participa en el diseño y habilitación de un futuro centro de salud especializado para personas en situación de calle. El proyecto ocupa una antigua casa de conservación histórica en Santa Rosa y busca responder a barreras concretas que dificultan el acceso de esta población a la atención sanitaria.
—¿Qué tiene que considerar un centro de salud para personas en situación de calle?
—En este caso, o primero es que el centro va a estar ubicado en una casa. La idea es que tenga un carácter doméstico, que no tenga la apariencia de un hospital. Sobre todo que sea un espacio donde, más que la sala de espera y los boxes de atención, haya más cosas: una sala para dormir, duchas, ropero y todas las cosas que tienen que ver con la situación de calle. Incluso dónde van a dejar a sus mascotas. Que considere un jardín.
La arquitectura, en este caso, aparece como una forma concreta de reconocer una realidad que los espacios convencionales muchas veces no saben recibir.
Y también como una advertencia frente a una tentación que Batzenschlager ve con frecuencia entre arquitectos y diseñadores. Pasa con cursos y talleres dónde se invita a los estudiantes a trabajar sobre la precariedad. A crear adminículos para que las personas en situación de calle sigan ahí, pero menos mal.
—Esto aparece cuando diseñadores y arquitectos llegamos de forma demasiado rápida al problema. Como si nuestro rol fuese diseñar mejores rucos. Y creo que no se trata de eso. Lo que debemos entender los profesionales es que nuestro papel no es ayudar a que la persona siga viviendo en la calle, sino cómo logramos que salga de ella.
Tampoco desconoce ni minimiza el conocimiento que las propias personas han desarrollado para sobrevivir. “Las personas en calle tienen mucho más conocimiento y habilidades para resolver las necesidades cotidianas que les surgen. Nosotros debemos poner nuestros esfuerzos en soluciones más permanentes”.
Hay otra dimensión de su trabajo que podría parecer alejada de la vivienda, pero que para él forma parte de la misma pregunta por la dignidad: qué ocurre con las personas que mueren en situación de calle. Thomas Batzenschlager participó en el diseño y construcción del Mausoleo Memorial Dignidad, junto a Fundación Gente de la Calle, el Cementerio General, Grass+Batz, Arquitectura UC y la Cámara Chilena de la Construcción. La obra, construida en 2022, dispone de más de 370 unidades para restos o cenizas de personas que murieron en situación de calle. La idea nació de una carencia concreta.
—La primera cosa de la que me di cuenta es que faltaban ciertas infraestructuras, ciertos equipamientos que abordarían la temática de la calle. Una de estas era el tema de la muerte.

El Mausoleo Memorial Dignidad visto desde arriba. Thomas invita a conocerlo.
Las organizaciones que trabajan con personas en calle conocen bien ese problema. Cuando alguien muere y no existe una red familiar que se haga cargo, la responsabilidad en Chile termina recayendo en la sociedad civil. Por ausencia o abandono familiar, la ley chilena establece que son las familias las que tienen que proveer y hacerse cargo de la sepultación. Y en el caso de la gente en la calle, aparece el problema. Es la sociedad civil la que ha tenido que asumir esto.
El Memorial busca dar una respuesta concreta, pero también preservar la posibilidad de que un vínculo pueda reconstruirse algún día.
—Propusimos hace varios años un lugar para que los cuerpos puedan reposar y también para que familiares puedan encontrarlo si algún día quieren volver a armar ese vínculo. Lo concretamos hace poco
El proyecto recuperó una estructura existente y creó un recorrido público de aproximadamente cien metros, con asientos y sombra. Allí están las sepulturas de personas que murieron en situación de calle.
Thomas invita a conocerlo.
Le planteamos un tema que hace tiempo es recurrente en el discurso del Hogar de Cristo: los desalojos de rucos.
—Pienso lo mismo que lo que se ha dicho desde ustedes, desde el Hogar de Cristo: no es una buena medida. Es una medida súper costosa para el municipio que sólo traslada el problema de un lado a otro de las comunas.
Cita un estudio de Juntos en la Calle que estimaba que en 2024 se gastaban más de 4 mil millones de pesos al año en estos operativos.
—¿Cuántas viviendas sociales podrían construirse con esa plata?
Pero el problema, para él, no es solamente económico. Es también cultural y político.
—Para mí lo peor es la publicación de esas medidas en medios y sobre todo en las redes sociales. Así se están generando o avalando ciertas prácticas y opiniones bien negativas sobre la gente en calle, como si fuese solamente un problema de malas personas. No sólo se los expulsa, se los criminaliza. Se criminaliza la pobreza, los problemas de salud mental.
Frente a esa mirada, su trabajo propone otra pregunta. No cómo hacer desaparecer de la vista a quienes viven en la calle, ni cómo construir dispositivos más eficientes para impedir que ocupen un espacio público, sino cómo generar las condiciones para que puedan dejarlo. Porque, finalmente, también esa es una pregunta de arquitectura: qué espacios estamos construyendo para que una persona pueda volver a sentirse parte de una ciudad y, después de años de vivir en la calle, pueda volver a decir de un lugar: esta es mi casa.