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Víctor Cancino: Negocio redondo

Logró dejar la calle y el consumo y reconstruir su vida en Copiapó tras ingresar a una iglesia cristiana. Dos años trabajó para financiar su proceso de “restauración”, además de comida y casa. Esa estricta rutina le hizo bien, pero su historia abre preguntas sobre un modelo de rehabilitación en que los propios usuarios trabajan para sostener la misión que los acoge. Hoy está orgulloso de ser “un emprendedor”, a partir de la venta puerta a puerta de artículos de limpieza. Y el programa Viviendas Compartidas que administra Hogar de Cristo le da la tranquilidad de un techo digno, que mantiene soplado
Por Ximena Torres Cautivo
Septiembre 7, 2026

El tostador lo vende en 3 mil pesos en las calles de Copiapó, después de comprarlo en el barrio Meiggs de Santiago a 500 pesos al por mayor. “Negocio redondo: 2.500 de ganancia”, afirma. Viaja de noche en bus; regatea, negocia, compra de día; y vuelve cargado de productos de limpieza por la noche. Ni siquiera gasta en alojamiento. Va siempre con un amigo que se dedica a lo mismo. “Vendo mayormente cosas plásticas para el aseo del hogar: coladores, baldes, escobillones, escobillas. Los tostadores de latón son un extra”. De un cuantuay ofrece, puerta a puerta, a las dueñas de casa copiapinas.

Víctor Cancino (48) está satisfecho con su condición de emprendedor. Cuando logró librarse del consumo y la situación de calle, gracias al apoyo de una iglesia cristiana que dirige el pastor Carlos Navarro en Copiapó, fue mano de obra gratuita para financiar la iglesia. “Siempre había que darle un porcentaje de las ventas al pastor, quien ponía el capital”, explica. Dos años duró ese proceso. Hoy, haciendo lo mismo que ahora desarrolla como emprendedor independiente, pagaba la labor de “restauración” que hicieron con él, así como comida y techo.

En la entrada de la torre donde hoy vive Víctor Cancino posa con los jóvenes trabajadores sociales del Hogar de Cristo, Doris Moreno y Cristóbal Gerónimo, “de etnia coya”, como precisa.

Ahora, su ingreso estable, su compromiso con el trabajo, su seriedad y limpieza, lo hicieron acreedor a una Casa Compartida. Se trata de un programa social piloto que entrega un techo para varias personas (en el departamente donde está Víctor la capacidad es para tres), que comparten una vivienda y se distribuyen las responsabilidades propias de una casa. Es financiado por el Ministerio de Desarrollo Social y Familia y la selección la hace la Municipalidad de Copiapó, de acuerdo a un “cuadernillo de elegibilidad”.

Doris Moreno (35) y Cristóbal Gerónimo (34) son los trabajadores sociales del Hogar de Cristo que incluyen esta posibilidad para las personas en situación de calle que pueden calificar para este dispositivo. Luego se ocupan de “monitorearlos” para que permanezcan en él. En un condominio de altas torres de departamentos,  hace ese trabajo con “don Víctor”, que tiene trabajo y sólo requiere un lugar seguro para lograr dejar la vida en situación de calle y superar desde allí sus diversos problemas. Actualmente son 17 las personas que están en Casas Compartidas. Tres de ellas son mujeres.

El departamento que habita Víctor está en un octavo piso y, cuando lo visitamos, era su único habitante. Lo tiene soplado. Limpio, ventilado. No hay nada fuera de lugar. Su dormitorio es sobrio. Sencillo, sin mayores afanes decorativos, pero pulcro y ordenado. Lo único personal que indica su condición de “emprendedor” es el carro con que sale a vender sus productos de plástico para el hogar.

-Había muchas expectativas respecto de este dispositivo. Varios habían oído de él. Don Víctor tiene todas las condiciones para ser beneficiario. Ser autosuficiente en lo económico es importante. Tener un trabajo estable, sea informal o formal -señala Doris Moreno. Tanto ella, como Cristóbal Gerónimo, conocen bien la realidad de las personas que viven en situación de calle en la capital de Atacama. Él fue parte del equipo que trabajaba en el centro terapéutico Anawin, que se inició en los años 90 en Copiapó y luego se trasladó y consolidó en Tierra Amarilla. Era uno de los pocos dispositivos para abordar la rehabilitación de consumo de drogas y alcohol.

DROGARSE EN PAREJA

Víctor Cancino es de Arica. Nació allí y se crió en lo que él llama “una muy mala población”. Eran 8 hermanos, 4 hombres y 4 mujeres. Con sólo 13 años -lo que es un común denominador de muchos hombres en calle-, dejó la casa familiar.

-Mis papás se habían separado y a mí eso me afectó mucho. Mi mamá se juntó con otro hombre y me pegaban. Me pegaban mucho. Arranqué de los golpes.

En la calle, empezó su consumo. Dice que no era “algo reventado. Tomábamos trago en vez de ir al colegio”. Después llegó la pasta base y ahí, asegura, nada le importaba. “Todo me daba lo mismo. Caí a la cárcel. Salí. Limpiaba parabrisas. Después tuve trabajo bueno en la empresa Ariztía. Me emparejé. Y los fines de semana nos drogábamos juntos. Esa era la vida. Ella sigue en lo mismo. No ha podido dejarlo.

Cuenta que tiene dos hijos. Un hombre de 19 que trabaja en una minera en Antofagasta. Y una hija de 23, que acaba de hacerlo abuelo. “Aún no conozco al nieto en persona, pero í me lo han mostrado por celular”.

Esta es la vista desde el dormitorio de Víctor Cancino. Su orden y limpieza son reconocidos por los monitores del Hogar de Cristo.

La rehabilitación de Víctor se inicia gracias a los consejos de un amigo que lo vio muy mal. “Decaído, deprimido, comiendo de la basura. Me encontró en Alto del Carmen, donde andaba cachureando, después de haber perdido una pega que tenía como cocinero. Yo estaba sobrio, pero tuve una recaída. Me adelgacé. Me amanecía caminando a ninguna parte. Ahí supe que mi mamá estaba agonizando. Finalmente, murió y yo tuve que salir de Arica. No podía seguir ahí”.

Cuenta que “un hermano en Cristo” le recomendó ir donde el pastor Navarro de Copiapó. Necesitaba reglas para encontrar a Dios. Y le fue bien:

-Ahí había una rutina exigente: levantarse temprano, asearse, desayunar, escuchar la Palabra, estudios bíblicos…

Eso le sentó bien. Lo enrieló. Lo dejó como está ahora: autónomo y limpio.

BAJO EL SOL INCLEMENTE

Doris Moreno está contenta con los resultados de Víctor Cancino. Fue una apuesta y hasta ahora han acertado.

Cuando le preguntamos por lo positivo que parece ser el efecto de la fe cristiana en quienes salen de la droga, no manifiesta gran entusiasmo. No le gusta el que se les haga trabajar para la misión. Duda que todo sea tan positivo como se cuenta. Pero reconoce que a Víctor le ha funcionado.

Para ingresar a Viviendas Compartidas, Doris hace notar que lo principal es que la persona esté bien en lo emocional. Eso pasa porque no tenga consumo y esté bien de salud, mental y física. “El programa trabaja las dimensiones de habitabilidad, laboral, educación, pero ¿cómo trabajamos las demás dimensiones si no tenemos cubierta la salud. Para nosotros es primordial que ellos estén bien compensados y sin consumo. Ahí podemos  proponerles un plan de intervención y trabajar en todos esos aspectos”.

Saliendo a su tarea diaria, su “emprendimiento” de venta puerta a puerta de artículos para la casa, en especial de aseo.

Ahora, junto a Cristóbal Gerónimo buscan completar el cupo de 20 personas para las viviendas compartidas que tienen a su cargo.

-Desde 2017, en que se inició Vivienda Primero, que es el otro programa que entrega casa, nosotros venimos observando sus resultados y soñando con contar con ambos en la reión. Ahora los tenemos. Vivienda Primero siempre fue concebido para personas mayores de 50 con muchos años de vida en calle, con mucho daño. Como la calle agrega años son personas, envejece prematuramente envejecidas, con muchos problemas de todo tipo. Nosotros, en cambio, reclutamos a personas más jóvenes y con trabajo. Deben ser autónomos y con ingresos más o menos estables. Como Víctor -explica Doris-.

Así definen el programa y a sus beneficiarios, los que se espera que en un año ya estén en condiciones de valerse por sí mismos. De arrendar una pieza, de postular a subsidio para la casa propia, de haber recuperado sus vinculos.

Tal cual ella hace notar, Víctor cuadra a la perfección con el perfil. Es joven aún, autosuficiente, responsable y no cae en tentaciones. Él comenta con satisfacción que ya tiene 100 mil pesos en una cuenta de ahorro, pensando en juntar para tener su casa para la vejez.

No le molesta ser supervisado regularmente por el equipo y tener que mantener ciertos patrones de conducta. “Esa disciplina la aprendí con el pastor. Me llaman seguido del Hogar de Cristo para preguntarme cómo está la casa. ¿Qué falta? Hay que hacer esto, sacar la carne del frigidaire, esas cosas. Me visitan”. A diario se le ve circulando con su carro por las poblaciones de Copiapó. Embadurnado en filtro solar para paliar el inclemente sol atacameño. Animoso, responsable, ejerciendo lo que él llama con orgullo “mi emprendimiento”.