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Carolina Herrera:

"Salud hay en todas las tallas"

Esta conocida médico broncopulmonar llegó a pesar 120 kilos y fue de las primeras en hacerse una manga gástrica en Chile. Así como lucha contra el tabaquismo, cuenta cómo enfrentó a la gordofobia de un colega de esos que se consideran “Diostores” y cómo es efectivo que las mujeres son las que más la padecen. Hablamos con ella y con su tocaya, Carolina Etcheverría, quien dio testimonio de cómo se vive con 140 kilos encima.

Por Ximena Torres Cautivo, publicado por ElDínamo.cl

“¿Cómo pasamos de ser un país con altos niveles de desnutrición infantil al que tiene más niños obesos en primero básico de todo el continente? ¿De quién depende la alimentación de los chilenos del futuro? De las mujeres de entre 15 y 35 años, que son las que están en la plenitud de la edad fértil y han sido expuestas al bombardeo inmoral y descarado de la industria de la comida rápida”.

La mediática médica broncopulmonar Carolina Herrera (62), quien se volvió presencia recurrente en los matinales de televisión en tiempos de pandemia, ha sido una férrea luchadora contra el tabaquismo y sus nefastos efectos. Pero, por una cuestión personal, también es una voz autorizada en uno de los temas de salud pública más preocupantes que vive hoy Chile: la obesidad y el sobrepeso, que trae aparejada la gordofobia.

Por eso la invitamos a Hora de Conversar, junto a la psicóloga Solange Veloso, directora de operación social nacional del Hogar de Cristo, y a Carolina “Nina” Etcheverría, carpintera y emprendedora de Fondo Esperanza, que tiene 43 años, pesa 140 kilos y mide 1.64 metros.

¿El foco de la conversación? Cómo el sobrepeso y la gordura extrema están afectando a los chilenos. En particular, a los niños y a las mujeres, sobre todo a las más pobres.

Nina Etcheverría expresa así su situación: “MI sueño es poder tener los casi tres millones que me costaría hacerme una cirugía bariátrica en el sistema público. Y después requeriría una cirugía reconstructiva de abdomen, porque –y perdón si esto suena fuerte–, yo no logro ver mi vagina sentada frente al espejo. Tengo un delantal de carne que me cae por delante. Ni siquiera me serviría una abdominoplastia, necesitaría una reconstrucción de abdomen”.

Cuenta que la obesidad la limita y la encierra. La acompleja y la hace sufrir cotidianamente. “El otro día me invitaron a una exposición de emprendedoras, pero tuve que evaluar si la silla donde me querían sentar soportaría mi peso. Preferí permanecer de pie durante toda la exposición antes de correr el riesgo de romperla y caerme frente a toda la gente”. Nina tiene 4 hijos varones. “Sé que uno de ellos cuando niño se avergonzaba de que fuera a buscarlo al colegio”, recuerda y dice que tenderse en el pasto para verlos jugar una pichanga es para ella un imposible. “¿Y si después no puedo levantarme?”.

“Te falta tonificación”

La doctora Carolina Herrera entiende perfectamente los padecimientos de su tocaya. Ella misma, luego de titularse, desarrollar su carrera profesional, casarse, tener a sus tres hijos, llegó a pesar 120 kilos.

–Fue un proceso del que no me di cuenta y que tampoco la sociedad me hizo ver. Nunca nadie en esos muchos años me tocó el tema ni me hizo ver que podía tener un problema. Eso hasta un día en que llegué a recibir el turno en la UCI de una clínica privada en que trabajaba y el médico a cargo me dijo: “Yo no hablo con gordas”. Así de brutal, así tal cual. Fue la primera vez que yo me enfrenté a la gordofobia y a mi problema de sobrepeso.

–¿Qué hiciste? ¿Cómo reaccionaste?

–“Doctor, o me entrega el turno aquí, ahora, o lo hace frente al director de la clínica”, le respondí. Fue un episodio muy duro, porque recién estaba tratando de encajar ambos golpes. Ser discriminada por un colega en razón de mi físico, cuando yo era una médico competente fue mi primera aproximación con la gordofobia, una crítica que se centra en el aspecto y no en la persona en sí misma.

La doctora Herrera vuelve sobre lo contradictorio de vivir en una sociedad gordofóbica, pero que al mismo tiempo exalta las virtudes de la comida rápida –de lo frito, lo graso, lo dulce, los hidratos de carbono– y la promueve como un premio, sobre todo para los niños.

–La hamburguesa rebosante de queso y mayonesa que muestra la publicidad es absolutamente absurda, porque excede todos los volúmenes y principios de una alimentación saludable. Y son mensajes sin contrapeso, donde felicidad y consumo desproporcionado no tienen contrapunto. La película en el cine sólo se completa con un balde repleto de cabritas. Y cuando todo eso hace efecto sobre los cuerpos, la sociedad castiga a las personas, que como Nina y yo, en algún momento empezamos a comer más de lo que podíamos asimilar. Ese es un castigo súper injusto. Muy cruel.

–Una cosa es la exclusión por el aspecto, otra el real problema de salud individual y pública que implica la obesidad. ¿Cómo te mueves entre ambos ejes?

–La sociedad es injusta al castigar la obesidad, porque salud hay en todas las tallas. No hay que aplicar el mismo rasero a todas las personas. Hay quienes viven con un peso mayor al estándar, pero están bien de salud. No responden al ideal extra exigente impuesto también por la publicidad. Debemos hacer ese insight, esa reflexión. Hace poco me teñí el pelo rojo y recibí críticas de toda naturaleza, cuando yo me sentía bien con mi aspecto. Yo ahora peso 57 kilos. O sea, menos de la mitad de lo que llegué a pesar y me critican el doble de cuando estaba obesa y nadie me decía nada. Las personas han desarrollado una especie de libertinaje para opinar sobre el cuerpo de otro muy frívolo, muy cruel.

Respecto de la salud propiamente tal, reconoce que el diagnóstico es complejo: la obesidad ha aumentado muchísimo, la diabetes se ha triplicado y el bullying contra los obesos se ha disparado. “Por eso hay que resolver el tema de manera positiva y proactiva, sin castigar a los que no encajan en el molde estético imperante”.

–¿Cómo lo hiciste tú contigo misma?

–Yo tengo 62 años y estoy súper orgullosa de tenerlos. Creo que del mismo modo que uno debe enfrentar la carga emocional y social que te tocó cuando llegaste a este mundo, tienes que ejercer el derecho de ser como a ti te parezca y nadie tiene que involucrarse en ese tema. Ayer nada más una adorable kinesióloga me contó que su colega se permitía tocarle el rollito sobre la cintura en la espalda y le decía: “Aquí te falta tonificación”. Esa es una agresión terrible, nadie tiene el derecho de opinar nada sobre el cuerpo ajeno.

Mi ropa XXXL

Nina Etcheverría lleva diez años esperando por una cirugía bariátrica. Es una intervención que cuesta casi cinco millones de pesos, de los cuales el Estado pone menos de la mitad a través del bono PAD.

“Cuando me cambié de casa, me cambié de hospital y me dieron una interconsulta y ahora sólo me queda esperar, esperar, esperar. Llevo cinco años de espera en el segundo hospital, lo mismo que llevaba en el primero, y si me saliera la operación necesitaría esos tres millones de pesos que no tengo y que quizás me rendirían más yendo a Mendoza a comprar comida barata”, ironiza. Y agrega: “En el consultorio me llenan de pastillas. Eso sí que me dan: pastillas para dormir, para la ansiedad, para despertar, para que no me haga pipí. Si sumáramos el costo de todas esas pastillas a lo largo de diez años quizás habría podido financiar la cirugía que necesito”.

AGENCIA BLACKOUT

–Carolina, entiendo que tú te hiciste la operación que le costaría tres millones a la otra Carolina, a Nina, pero volviste a subir de peso. Como médico y como paciente que vivió esta situación, ¿crees que la cirugía soluciona el problema o las respuestas están en otra parte?

–Yo haría aquí un pequeño símil. Como broncopulmonar, mi primera preocupación siempre fue la salud respiratoria y, cuando empezamos a visibilizar los efectos del tabaco sobre la población hasta lograr la ley anti tabaco, generamos un cambio societario que se va a ver en décadas, pero que ya muestra algunos beneficios. De la misma manera, ahora que sabemos que el 69 por ciento de las personas en Chile están con sobrepeso y obesidad, debemos hacer grandes intervenciones para saldar la deuda histórica que tenemos con ellas, muchas son mujeres como Nina. Debemos torcerle la mano a la once, que es una práctica tan instalada y que es una comida que sólo engorda. Tenemos que hacer muchísimos cambios culturales que son de largo plazo y tomar medidas.

–¿Como cuáles?

–Como tener GES preventivos de obesidad, diabetes, tabaquismo. Todos tenemos que trabajar en este tema, porque esto de ninguna manera va a ser de solución rápida. Existe la fantasía de que te operas e, instantáneamente, te mejoras. No es así. Yo me hice una de las primeras mangas gástricas en este país. Pero no tenía la conciencia de lo que estaba pasando con mi cuerpo. Bajé cincuenta kilos y al poco tiempo los volví a subir. Diez años después de operarme, le fui a rogar a un colega que me hiciera un bypass gástrico y me dijo que no. Que yo era garantía de fracaso.

Cuenta que tuvo que “hacer un gran esfuerzo psicológico, emocional y de compromiso para que me intervinieran finalmente. Hoy, tengo 62 años y una vida hecha, pero debí hacer un cambio central en mí y en toda mi familia hacia el vegetarismo. Mis hijos son veganos, en mi casa no se compra carne desde hace cinco años. Pero el cambio no pasa por hacer dietas, sino por tener conciencia de qué le haces y qué le pones a tu cuerpo”.

Y no se refiere a qué te pones por fuera, sino a lo que te pasa por dentro. Asegura que estuvo durante años vestida con ropa de turno médico que compraba en Estados Unidos, donde existe ropa XXXL. “Acá no había nada donde yo cupiera. Y esa inexistencia de oferta que hoy se mantiene es una ofensa diaria para personas como Nina”.

–A propósito de Nina, ¿qué le dirías respecto a su sueño de operarse?

–Que lo siga intentando, porque es la presión del medio lo que moviliza a las autoridades. En Chile, tenemos una ley que garantiza el tratamiento de la obesidad, la que aún no es considerada una enfermedad, sino sólo una condición. Cuando logramos que se reconociera que el tabaquismo producía enfermedad pulmonar obstructiva crónica, recién ahí el EPOC se incorporó al GES. Fue una gran cosa. Hoy la obesidad no está mirada en su integridad. A Nina, todos le recetan pastillas, porque la miran por partes, no como una persona, no como un todo. Es urgente un plan nacional para la obesidad, pero eso pasa por visibilizar el problema.

Más estudios, menos kilos

“Quedé embarazada a los 16 años. Entonces pesaba  68 kilos. Era muy bonita. No es que ahora no lo sea, eso tengo que metérmelo en la cabeza. Tuve un embarazo muy complicado, pasé meses en cama y yo, que comía puras lechuguitas porque siempre tuve tendencia a engordar y me cuidaba, terminé con un sobrepeso que nunca más se fue y aumentó con cada embarazo. Las mujeres del estrato alto van al gimnasio, cuentan con nanas que les cuidan a los cabros chicos. Tienen plata para comprar el quesillo, el jamón, la comida sana que alimenta bien, pero es mucho más cara por supuesto que la marraqueta”.

Nina habla con rabia. Con resentimiento. Aunque asegura que “tendría que ser muy mal agradecida para llamarme pobre; soy una mujer de clase media de esfuerzo y no tengo los recursos para resolver mi obesidad”.

La psicóloga Solange Veloso conoce muchos casos como el de Nina. Y por eso sostiene: “La obesidad es una de las situaciones que se suman a las muchas adversidades que viven las personas en situación de pobreza. Es mucho más que el producto de una mala alimentación, como han dicho aquí Nina y la doctora Herrera. Una madre que vive con ingresos en la línea de la pobreza, con unos 220 mil pesos mensuales, se levanta a diario pensando en cómo los alimenta, educa, protege. Decirle entonces a esa madre que coma sano y haga ejercicios es generarle más estrés del que ya tiene. Debemos integrar al tratamiento de la obesidad y el sobrepeso, la salud mental y la perspectiva de género, que es especialmente sensible en el caso de las mujeres. Sobre todo de las que viven en pobreza, que tienen mayores índices de depresión”.

El factor género es claro en este tema no sólo en el tercer mundo y entre los grupos bajos socioeconómicamente hablando. En un reciente podcast de la revista The Economist sobre la “la economía de la delgadez” señalan que a mayor cantidad de años de estudios, menor es el peso corporal de las altas ejecutivas de empresas. Y mencionan un estudio en Estados Unidos que revela lo siguiente: 11 kilos menos de peso significan 16 mil dólares más de ingresos anuales en el caso de las profesionales de grandes compañías.

–¿Qué reflexión te gatilla este estudio, Carolina Herrera?

–A mí la gordofobia, y eso que señalas lo es absolutamente, debe combatirse desde todos los flancos. Creo que el tema de cómo se alimentan las personas es clave en nuestra sociedad actual y debe visibilizarse. Como médica, sostengo que todas las personas son bellas, al margen de su género, su situación socioeconómica, su peso, sus culpas, sus inseguridades. Como dije antes, la diversidad corporal tiene que ver con el reconocimiento de que salud hay en todas las tallas; ese es el mensaje correcto.

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