Francisco “Pancho” López Amenábar (55) es hiperkinético. Fue un niño de Ritalín, formado en el Colegio San Ignacio, donde le quedó clavada en el corazón la divisa: “Entrar para aprender; salir para servir”. Un ideal ignaciano del que su familia era absolutamente partícipe. Su padre, el destacado doctor en sociología Francisco López Fernández, académico e investigador de la Universidad Alberto Hurtado, fue novicio y estuvo a punto de ser sacerdote jesuita. Pero conoció a la profesora de religión Dolores Amenábar y se casaron.
Así nació “Pancho”, el mayor de sus 4 hijos. El que fue además scout, líder de una banda, galán de teleseries como “Marrón Glacé” y “Fuera de control”, además del recordado protagonista de “Soltero a la medida”, en los años 90. El joven pintoso al que convocaron los colegios Newland de La Dehesa y Alcázar, donde se formaban los hijos de los oficiales del Ejército, para organizar grupos de scout y de voluntariado. Y también al que invitó el presidente Ricardo Lagos a dirigir el Instituto Nacional de la Juventud, INJUV.
-En la infancia y adolescencia viví toda mi espiritualidad desde una hipekinesis total, tomando Ritalin hasta tercero medio. Imagínate lo que es para un chiquillo así de inquieto vivir la espiritualidad. Para mí, el concepto del rezo era muy complejo. Así descubrí que la mejor forma de servir y rezar era cantar. Hasta hoy tengo una banda y me dedico a la música y al arte, pero entonces cantaba en misa.

Pancho Reyes en sus años de galán televisivo en los años 90. Entonces ya focalizaba su ritalínica energía en el guitarreo, los grupos scouts y el voluntariado.
Se convirtió en “el chiquillo de la guitarra” y cantaba donde lo llamaran. En el Colegio Newland formó el grupo de scouts e inició el proyecto Patroncitos.
-El colegio era laico y los apoderados, varios de ellos ignacianos, me pidieron que a partir de los scouts inventara algo para la formación social de los alumnos. Así los vinculé al tema de las personas en situación de calle. Salíamos a repartir comida caliente y abrigo en invierno. Era una manera de sacarlos del barrio-burbuja en que vivían.
Cualquiera formado en el San Ignacio, conoce el concepto “patroncitos”. Era la forma cariñosa con que el padre Hurtado llamaba a los niños abandonados y a las personas en pobreza por los que trabajaba y a los que consideraba sus “patrones” o “jefes”. Eran a quienes se debía; el centro de su misión. “Pancho” López, después de ser invitado por el presidente Ricardo Lagos a liderar el INJUV, decidió reorientar el giro de su joven fundación, que ya se llamaba Patroncitos.
-Ahí decidí trabajar exclusivamente por los niños en pobreza. Ya no más con las personas en situación de calle. No es por comparar vulnerabilidades, pero me doy cuenta de que la niñez en pobreza es muchísima más que la gente en calle, y esa condición impacta en el futuro del país.
Luego, la pandemia volvió a impactar en su manera de ejercer la solidaridad. Hoy el empresario y artista Pancho López es director ejecutivo de una Fundación -Patrocitos- que se la juega por sacar a niños de la pobreza y ofrecerles oportunidades.
-Digo que la pandemia me cambió la mirada, porque empezamos a hacer distintas cosas. Antes teníamos programas de reciclaje de bicicletas y otras iniciativas para niños del mundo rural. Estábamos en el mundo de los hospitales; yo sigo siendo clown o payaso hospitalario. Estábamos en el Sótero del Río, en el Calvo Mackenna en la pediatría oncológica. Pero fue en pandemia que yo me encontré con la niñez de los campamentos.
Cuenta que entraron como fundación al Campamento Violeta Parra, al final de Mapocho, en Cerro Navia. “Entonces era una toma muy precaria y llegamos para apoyar con proteínas a las ollas comunes. Llevábamos vacuno, cerdo, pollo para cocinar. Así nace la Casa Patroncitos”.

En el locutorio de Ojos que Sí Ven, el programa que hacemos en radio Cooperativa todos los sábados a las 11 de la mañana.
-¿Qué es la Casa Patroncitos?
-Partió como una mediagua dentro del campamento para acompañar a los niños. Un after school, donde además celebrábamos cumpleaños, Navidad. Era darle vitalidad a ese mundo infantil que estaba confinado, asustado, aburrido.
-¿Todo a punta de voluntarios, porque entiendo que lo tuyo siempre ha sido sobre la base de voluntariado?
-Sí. Aunque ahora tenemos gente remunerada en el Campamento Millantú, donde nos instalamos a mediados de la pandemia. Ese es un asentamiento gigante. Viven 1.200 familias. Queda en el sector de Casas Viejas, subiendo hacia el Cajón del Maipo, a la orilla del río. Ahí estuvo TECHO, pero se fue. Yo creo que porque el terreno es malo no tiene ninguna posibilidad de habilitarse para uso habitacional.
Ahí se instalaron ellos. La comunidad les cedió un espacio de 400 metros cuadrados y construyeron una nueva Casa Patroncitos, con la ayuda de la empresa EPCO.
-Es de fierro, con buena aislación, termo paneles. Un after school estupendo que recibe a 70 niños entre 4 de la tarde y 8 de la noche, de lunes a viernes. Los asistentes tienen entre 4 y 12 años. Ahí vemos como en un laboratorio toda la problemática de la infancia en pobreza.
Comenta que la Universidad Católica en alianza con la Universidad de Austin en Texas han estado estudiando las fecas de los niños del campamento para ver su microbiota intestinal.
-¿Ya están los resultados?
-Aún no los lanzan con bombos y platillos, pero están. Al final, la conclusión es que la alimentación, la hidratación, la calidad del agua de los niños en situación de pobreza influye absolutamente en sus posibilidades de desarrollo. O sea, ya no es solamente el destino estadístico de que el 80% de los niños pobres van a ser igual o más pobres que sus padres, sino que hay una brecha enorme respecto de los niños que no viven en pobreza. El cerebro de nuestros patroncitos viene deprimido por lo que comió y por lo que comió la madre mientras lo gestaba.
-¿Me imagino que te ha tocado ver el impacto del consumo de drogas de las madres durante el embarazo en los niños?
-Nos toca verlo poco, porque el nivel de conciencia de las mamás que están en la Casa Patroncitos de Millantú es enorme. El 50% de las personas que viven en el campamento son “coleras”. Esto es: los comerciantes más pobres de la feria libre, los que se ubican en los extremos. Cuando yo organizo campañas por inundaciones, aluviones o esas desgracias, no busco plata, pido pañales. Así de básicas son las necesidades de las mamás coleras del campamento.
-Una consecuencia de la pandemia es que en los sectores más vulnerables las mamás dejaron de ver al jardín infantil y a la sala cuna como un lugar útil. ¿Has visto esa realidad?
-En el campamento Millantú al menos yo veo una conciencia profunda de los papás de que los niños tienen que ir al colegio, al jardín, a la salacuna. Y veo que los sostenedores de esos establecimientos que reciben subvención por asistencia hacen de todo para que los niños asistan a clases. No es raro encontrar buses en las afueras del campamento contratados por los sostenedores para que las mamás manden a los niños a la escuela. Lo he visto también en el caso de una escuela para niños con síndrome de Down, que también está en Puente Alto, al lado de la Papelera, que también tienen un furgón para estimular la asistencia de los niños.
-¿Qué se está haciendo bien en materia de pobreza infantil?
-Si me preguntan a mí, soy así de lapidario: todo se hace mal o muy poco se hace bien en materia de pobreza infantil.
Él y su Fundación Patroncitos, piensa, “lo hacen bien y se han vuelto muy creíbles para el mundo empresarial”.
-¿Por qué?
-Tenemos toda la estructura y la papelería de una fundación grande, pero gastamos muy poco. Tenemos dos profesionales remunerados: la profesora que está de cuatro a ocho todos los días y una coordinadora territorial. Entonces, podemos canalizar de manera muy eficiente las donaciones de las empresas. Si una empresa nos quiere regalar un techo, por ejemplo, listo: ponga el techo, pongan los fierros.

Con los niños que dan vida a la Casa Patroncitos y que son hoy la razón de su fundación.
Sostiene que a él le ha “funcionado muy bien estar en una red internacional que se llama Benevity, que certifica fundaciones que no tienen vinculación religiosa ni política. Hay empresas internacionales que, por normativa, no pueden donar a fundaciones ligadas a instituciones religiosas o políticas. Como nosotros no recibimos plata del Estado y tampoco tenemos una vinculación religiosa, hemos podido trabajar con empresas como Facebook, Apple, Hasbro y otras que llegan a través de Benevity”.
Pancho López habla de una plataforma digital que ayuda a las empresas del mundo a decidir a quién y para qué donar.
-Un tema del que no se está ocupando nadie es la violencia, que también está presente en los campamentos. ¿Cómo la viven los niños?
-Sí, claro, está muy presente. Tú entras al campamento y realmente la gente está cerrada hasta arriba. Tenemos al Tren de Aragua, tenemos droga, tenemos narco, tenemos de todo. Pero también tenemos esperanza. Tenemos gente linda, gente que trabaja, que se saca la mugre, papás conscientes que agradecen muchísimo a la Casa Patroncitos porque, al final, es el espacio donde sus hijos se estimulan, están cuidados y aprenden sin celulares ni pantallas.
-¿Está normalizado hoy que un niño crezca con miedo, encerrado en su casa?
-Creo que sí pasa, sobre todo entre las familias que están empujando para que sus hijos salgan de la pobreza. Están aterradas, porque la adolescencia es muy dura con la droga y con el tema de los “soldados” que reclutan los narcos.
Menciona una entrevista que le hizo El Mercurio al entonces párroco de la Santa Cruz, en la población Los Nogales.
-Ahí el Poroncho (se refiere al jesuita Pedro Labrín) describía algo que me puso los pelos de punta. El narco agarra al chiquillo, lo transforma en soldado y, cuando lo matan, el padrino mafioso consuela a la mamá diciéndole: “Señora, no se preocupe, yo me voy a hacer cargo de usted”. Entonces la mamá termina llorando a su hijo muerto por culpa del narco y, al mismo tiempo, agradeciéndole porque la va a cuidar. Es una cuestión enferma, psicodélica, perversa”.
-¿Cómo se supera este clima que estamos describiendo, que parece tan tremendo?
Primero, abordando la situación de vulnerabilidad y pobreza de los niños desde la alegría. No hay ninguna posibilidad de arreglar algo desde la estigmatización, desde revictimizar a nuestros niños. Nosotros somos una fundación que trabaja en el mundo de la experiencia significativa para estos niños. Si hay un niño que quiere estudiar y progresar, yo empujo con todas mis redes para que ese niño adelante.
-Pero uno no es ninguno, sobre todo considerando que son tantos los que se quedan atrás, dirá más de alguien.
-Uno es todo -creo yo-. Como decía Hannah Arendt: quien salva a una persona, salva a la humanidad.