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María Gloria Morales:

Le pone color a la adversidad

Nos regala un par de palmas abiertas de yeso, dice que las cuidemos y que la tomemos como un todo, sino se quiebran. Generosa y creativa, es una de las cuidadoras de los 30 adultos mayores que atiende el PADAM de Curicó. Sola, afronta el Alzheimer de su mamá, la muerte por un cáncer de su hija menor, su propia epilepsia, la depresión y la soledad de estar completamente al cuidado de otro

Por Ximena Torres Cautivo

Uno cree que nada peor pueda suceder, pero en el relato y en la vida de María Gloria  Morales (54) las tragedias y los dolores no dan tregua

¿Cómo los revierte?

Con sus manos, trabajando con arcilla, con yeso, con géneros, con pinturas. Haciendo gallinas, pájaros, botas, toda suerte de figuras que regala a quien la visita. Y que, a veces, vende a pedido o por encargo.

Su casa en un barrio de clase media de Curicó es un ejemplo de limpieza y maestría manual. Se conjugan en él la mano verde con que mantiene dos camelias preciosas y muchas otras plantas, la mano fuerte que esculpe con greda o arcilla, la mano diestra que hace cortinas, manteles y cubrecamas. Y un talento natural para usar y mezclar colores alegres, para ahuyentar quizás todo lo malo que le ha tocado enfrentar.

María Gloria Morales es la madre y cuidadora de María Galdames, participante del Programa de Atención Domiciliaria para Adultos Mayores (PADAM), que tiene Hogar de Cristo en Curicó. La trabajadora social Bárbara Ramos, encargada de este dispositivo que atiende a 30 adultos mayores en la ciudad, cinco de los cuales son varones, nos había advertido que la casa donde vive María Galdames no corresponde a las del perfil tradicional de los acogidos del PADAM.

-A la señora María nos la derivaron desde el Centro de Salud Familiar, del CESFAM, como sucede muchas veces, porque hacemos harta difusión de nuestro programa a nivel de servicios del gobierno regional, pero también nos contactan los mismos adultos mayores. María tiene Alzheimer y está en la casa de su hija, María Gloria, quien tiene epilepsia y una depresión profunda a causa de la muerte de su hija.

Dicho así, sumado a lo buena y bonita que es la casa, uno piensa que aquí no hay pobreza y vulnerabilidad extremas, pero al escuchar a María Gloria se entiende y comparte el criterio de los especialistas del PADAM de Curicó. Se justifica la importancia de darle asistencia y compañía, así como apoyo para cuidar a su madre.

-Nosotros somos Rauco, un sector rural, somos en total once hermanos. Las tres mayores somos hijas del hombre que nos engendró, uno del que no se supo más, pero el que nos dio su apellido y nos crió es el papá biológico de los otros ocho. La enfermedad de mi mamá partió el 17 de marzo de 2014. Nunca olvidaré esa fecha. Ella tuvo un accidente vascular y ahí empezó a irse para debajo de a poco. Antes la cuidaba el tata, su pareja, pero en el último tiempo ella se arrancaba. ¡Te juro que yo la vi como una monita perdida en los cerros! Sucia, flaca, ida.

Angustiada por el estado en que estaba su madre y considerando que su pareja también es adulto mayor, hace un año decidió traerla a su casa en Curicó, pese a las complicaciones que enfrentaba por el fulminante cáncer de piel que atacó a Perla, la menor de sus tres hijos. Dos mujeres y un varón, todos profesores.

Perla murió a causa de un melanoma hace un par de meses; tenía 37 años y dejó huérfanos a sus dos hijos, de 5 y 7 años. “Mi yerno vive en Santiago con ellos. Es buenísimo, pero ahora mismo está en lista de espera para un trasplante de riñón. Ha sido mucho dolor junto”, dice, quebrada.

EN LAS ETAPAS FINALES

Estamos en la pieza que fue de Perla y que su María Gloria tiene convertida en una suerte de santuario. Pintó color sandía las paredes, hizo cortinas y cubrecamas nuevas y coloridas y remodeló un mueble, donde se sienta por las tardes y llora sus penas. Hay fotos, mensajes de los alumnos de Perla, recuerdos de la niña tan dolorosamente ausente. “Después de su muerte, intenté matarme. Sentía para qué vivir, si ya no tenía vida. Me dicen que vaya al siquiatra, que haga terapia, pero no tengo tiempo y con quién dejo a mi madre. Soy lo único que tiene”.

Eso comenta, con pena, con llanto contenido, mientras en el primer piso de la casa vive sin vivir en ella su mamá, María, a la que María Gloria cuida sin ayuda de nadie.

-Mis hermanas aparecen a lo lejos, como el cometa Halley. Cuando mi hija enfermó, jamás me dieron una ayuda. Mi marido, aunque tiene a su mamá viva, no entiende, no ayuda. Yo a él jamás le he pedido ni cinco pesos para ella. Uso toda su pensión para cubrir sus necesidades: alimentos, pañales, remedios. Y estoy pendiente de su respiración. De si se ahoga, porque debo alimentarla con jeringa. Ya casi no traga. Debo bañarla, mudarla y moverla para que no se haga escaras. Ya tiene dos bien feas –comenta, preocupada.

Bárbara, la trabajadora social del Hogar de Cristo, le pregunta si, han venido a hacerle curaciones desde el CESFAM a la señora María. María Gloria dice que sí y agradece la ayuda que le dan:

-Yo valoro todo: una palabra de aliento, una visita, el apoyo que me ha dado el PADAM, que es enorme. No hay dolor más grande que ver así a mi mamá. La geriatra me ha dicho que el Alzheimer tiene siete etapas y que ella está en una de las finales. Ya no conoce a nadie. Abre sus ojitos, pero no me ve. No sabe quién soy. Por eso quizás pinto todo de colores fuertes, significando el dolor y la alegría, que son los materiales de lo que siento y hago.

Si te conmueve la realidad de los que cuidan a sus adultos mayores y de los adultos mayores cuidados, dona.

 


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