En los años 70, un economista y académico de un país muy pobre, Bangladesh, decidió salir del aula y conversar directamente con las personas de un pueblo vecino. Allí conoció a mujeres artesanas que trabajaban muchas horas, pero seguían siendo pobres porque dependían de prestamistas que les imponían condiciones abusivas.
“El crédito es un derecho humano”, sostiene hoy día Muhammad Yunus.
Ese concepto del Premio Nobel de la Paz, hoy de 86 años, es lo que sustenta el funcionamiento de Fondo Esperanza en Chile. En “Ojos que Sí Ven” estuvo el ingeniero comercial y gerente general de esta organización, Mario Pavón, explicando cómo ha dado fruto en nuestro país la implementación de servicios micro financieros solidarios enfocados a emprendimientos en sectores vulnerables.
De los más de 150 mil micro emprendedores apoyados por FE (sigla súper acertada para lo que logra Fondo Esperanza), el 80 por ciento son mujeres. Y de ellas, el 48 por ciento es jefa de hogar. Es decir, tiene solo sus uñas para rascarse la sobrevivencia diaria y salir adelante con sus hijos.

El gerente general de Fondo Esperanza estuvo en Ojos que Sí Ven, el programa que hacemos con radio Cooperativa, explicando qué es, por ejemplo, un banco comunal.
Lo más emocionante en un área tan racional como la financiera es cómo estas mujeres -más un 20 son hombres- consigue eso que suele ser la gran piedra de tope para obtener financiamiento: un aval.
-Fondo Esperanza entrega microcréditos, que parten en los 70 mil pesos, ese es el monto más pequeño. Son pequeños créditos productivos para negocios a través de un modelo que se llama bancos comunales. Se trara de grupos de en promedio 22 personas, vecinos que viven en un mismo territorio, donde cada uno recibe un crédito individual para su negocio de parte de Fondo Esperanza. Son negocios distintos, individuos distintos, independientes, pero son vecinos y se conocen y se tienen confianza. Lo más interesante es que se coavalan en el compromiso de pago.
-En concreto, ¿qué significa que se co-avalan?
-Que si un emprendedor tiene problemas para pagar, el resto del grupo lo apoya y se hace cargo de esa deuda. Uno de los grandes problemas que tienen los negocios de las personas que viven en situación de vulnerabilidad es que estos negocios no tienen que ver con la generación de ingresos. Son negocios que pueden generar ingreso, pero están expuestos a choques externos, que les afectan el día a día. Se me enfermó mi hija, no puedo salir a trabajar, debo encargarme de ella. Cuando suceden esos problemas, el resto del grupo apoya a esa persona para hacerse cargo.
Pavón va más allá. Y en su estilo de hombre joven, un poco atarantado, ingeniero, igual, emociona contando historias como ésta.
-Eso que comento es todos los días, forma parte de lo cotidiano. Pero también vemos que, cuando un socio o socia sufre un daño mayor, un incendio, por ejemplo, el grupo se hace cargo. Y se activan para entre todos lograr que el socio afectado salga adelante. Reconstruyen y ayudan entre otros a levantar de nuevo la casa.
-¿Eso lo has visto?
-Claro, el capital social que ahí se genera es muy potente. Muchas veces quizás no va a agregar valor tangible económico, pero va a fortalecer la confianza de emprendedores que son informales, que no tienen seguridad social. Al final, el grupo de vecinos que integra cada banco comunal termina siendo la seguridad social de los de los emprendedores. Eso es pura ganancia. Pura solidaridad.
Tras escuchar a Pavón, queda claro que el verdadero negocio de Fondo Esperanza no son los créditos. Son las personas.

Así muestra en su página web, Fondo Esperanza el perfil de sus socias.
Los préstamos, insiste, pueden partir desde los 70 mil pesos. Pero lo realmente valioso es el tejido que se arma alrededor de ellos. Porque el modelo no consiste solamente en prestar dinero, sino en acompañar. Cada banco comunal cuenta con un asesor territorial —generalmente un trabajador social— que capacita y hace seguimiento permanente a los emprendedores. “Es como tu ejecutivo de cuentas social”, explica.
Hoy son más de 150 mil los socios de Fondo Esperanza, desde Arica hasta Punta Arenas, donde hace apenas unas semanas abrió el primer banco comunal. Y la inmensa mayoría, unas 120 mil, es mujer.
Lo llamativo es que esas mujeres, de quienes muchas veces solo se habla desde la vulnerabilidad, terminan exhibiendo indicadores que cualquier banco envidiaría.
—El año 2025 desembolsamos cerca de 350 mil millones de pesos y recuperamos el 99,5 por ciento. Es una tasa extraordinariamente alta. Pero eso no ocurre porque sean mujeres u hombres. Funciona por la comunidad que se genera.
La explicación vuelve, una y otra vez, al mismo concepto: la confianza.
¿Quién avala al pobre? La respuesta parece obvia: nadie. Y precisamente porque lo es, Muhammad Yunus construyó toda una revolución financiera alrededor de ella. Si una persona pobre no tiene patrimonio ni bienes, ¿quién la avala? Nadie. Entonces la solución fue que varias personas se avalaran entre sí. Esa idea fue adaptándose a América Latina. Fondo Esperanza la chilenizó, pero el corazón del modelo permanece intacto: la fuerza de la comunidad reemplaza las garantías que exige la banca tradicional.
Los emprendimientos que llegan a Fondo Esperanza son caseros, cotidianos: una peluquería instalada en la casa, un pequeño almacén, repostería, costuras, venta de comida. Son extensiones de la economía doméstica. Negocios que permiten generar ingresos sin abandonar las tareas de cuidado.
Muchas veces son el único ingreso familiar.
Y casi la mitad de las mujeres apoyadas son jefas de hogar.
Por eso, el gerente de Fondo Esperanza hace una distinción importante entre emprendimiento e informalidad.
Cuando alguien pierde el empleo, explica, el autoempleo suele transformarse en el gran amortiguador del desempleo. En Chile más de un millón de personas sobreviven así. Mirarlas únicamente desde la informalidad, sostiene, es no entender el fenómeno.
Hay una palabra que Mario Pavón introduce durante la entrevista y que vale la pena rescatar: aporofobia, el rechazo hacia las personas pobres, concepto desarrollado por la filósofa española Adela Cortina.
—Me gusta el nombre de este programa, “Ojos que Sí Ven”, porque muchas veces estas personas se sienten invisibilizadas.
Su reflexión apunta a un cambio de mirada.
-No toda informalidad responde a una decisión de evadir impuestos. Muchas veces es simplemente la forma en que una familia logra subsistir.
Mientras algunos ven evasores, él ve madres intentando sostener un hogar con un almacén que apenas deja utilidades. Y pone un ejemplo.
Un trabajador dependiente comienza a pagar impuesto a la renta solo sobre cierto nivel de ingresos. En cambio, un pequeño emprendedor debe empezar a cumplir obligaciones tributarias prácticamente desde el primer peso que factura.
Para quien gana trescientos mil pesos al mes, dice, esos impuestos pesan muchísimo más que para cualquier empresa consolidada.
-¿Qué significa la palabra éxito aplicada a los socios de Fondo Esperanza?
Menciona la historia excepcional de un migrante que llegó sin nada, aprendió el oficio de panadero y hoy tiene una panadería donde vende cerca de 15 millones de pesos mensuales.
—Esos casos existen, pero son la excepción. El éxito cotidiano de Fondo Esperanza es bastante más silencioso. No consiste en fabricar grandes empresarios, sino en lograr que miles de personas aumenten sus ventas, estabilicen sus pequeños negocios y puedan vivir con algo más de tranquilidad.
Comenta que, al cabo de un año en Fondo Esperanza, las ventas promedio de cada pequeño negocio crecen alrededor de un 30 por ciento.

Mario Pavón en un evento de Mujeres Bacanas, porque eso son muchas d las 120 mil emprendedoras de Fondo Esperanza.
No parece una cifra espectacular.
Hasta que uno reflexiona en que detrás de ese porcentaje hay una mujer que ahora vende un poco más de pan, otra que pudo ampliar su peluquería, otra que dejó de depender del prestamista del barrio.
Quizás ahí esté el mayor aporte de Fondo Esperanza. No convertir a los pobres en millonarios, sino demostrar que, cuando existe confianza organizada, incluso un crédito de 70 mil pesos puede terminar financiando algo mucho más grande: la dignidad.