Luis Toro (39) es un ex participante de Casas Compartidas de Hogar de Cristo en la región de Valparaíso. Este año 2026, han egresado cuatro hombres de este servicio que la fundación ejecuta con financiamiento del Ministerio de Desarrollo Social. Gracias a un convenio con ese ministerio y con el de Vivienda, los monitores de la fundación ayudan a gestionar subsidios de arriendo para que puedan dejar las casas compartidas y alcanzar la ansiada independencia.
Fabián Aravena, monitor de Hogar de Cristo, explica que en la región de Valparaíso, la fundación mantiene 3 casas compartidas: el Belloto (para tres personas), Forestal (para seis) y Nueva Aurora (para 5).

El monitor de Hogar de Cristo, Fabián Aravena, y Luis Toro, ex participante de Casas Compartidas, durante la visita a su nuevo hogar.
“Vamos a seguir egresando a más participantes gracias a que este año salió esa alternativa entre los ministerios de Desarrollo Social y Vivienda, que les permite obtener un subsidio de arriendo por dos años”.
De esta manera, personas que han vivido en la calle y ha estado en albergues y casas compartidas, pueden lograr un espacio propio para alcanzar su soñada autonomía, fortalecer sus capacidades y su autoestima.
Luis Toro es uno de estos casos de éxito. Estuvo primero en albergues, después en casas compartidas y ahora, gracias al subsidio de arriendo, vive solo en un departamento con dos habitaciones, ubicado en el condominio Los Alelíes de la ciudad de Viña del Mar.
“Estoy feliz, porque por fin tengo un lugar donde puedo recibir a mi hija de cinco años cada fin de semana. Le tengo su pieza propia. Antes, era imposible”, cuenta, mientras nos muestra cómo mantiene pulcro y ordenado su hogar.

Un lugar privilegiado ocupa esta fotografía de Luis con su pequeña hija, en el living del departamento.
El nacimiento de su única hija fue la principal motivación que le impulsó a dejar atrás la vida de calle y sus problemas de consumo.
“Ella es bien bonita; salió a la mamá. Yo vivía en la calle cuando ella nació. Cuando mi guagua cumplió un año, entré al albergue municipal y busqué ayuda. Nos llevaban a tratarnos a Paréntesis, y recuerdo que yo anotaba cada consejo que daban para dejar atrás el consumo. A los que no les resultó el tratamiento era porque iban curaos a las terapias”, cuenta de esa experiencia.
Tuvo que luchar por su hija, porque al nacer se las quitaron.
“No sé quién del consultorio dijo que la mamá consumía droga, lo que no era cierto. En el mismo hospital se la quitaron a la niña, la mandaron para Coanil por seis meses. Yo tuve que pelear por ella, contraté abogado. No me la querían devolver”.
Luis estuvo dos veces en albergues antes de llegar a las casas compartidas.
“Estar en la calle es lo peor, por las peleas, el hambre y el frío. En los albergues uno ya puede empezar a levantarse, aunque no es el ideal porque allá llega de todo. En las casas compartidas la convivencia mejora, pero yo estaba con seis muchachos más y me quedaba siempre encerrado en mi pieza. Hacía la limpieza cuando me tocaba turno”, recuerda.
Lejos, para él, lo mejor ocurrió el 21 de mayo de 2026 cuando por fin llegó a vivir a un departamento amoblado de dos dormitorios y un baño en el condominio Los Alelíes de Viña del Mar.
“Le dije altiro a la mamá de mi hija que viniera a verlo para que se quedara tranquila de que podía pasarme la niña los fines de semana. Han venido todos para acá, los hijos de ella incluso se quieren quedar aquí conmigo”, relata, complacido.
Incluso hay días en la semana en las que la pasa a buscar al colegio.
Luis ha pasado por muchas cosas, incluso estuvo en la cárcel en su etapa de consumo. Pero la más peligrosa ocurrió cuando su hija tenía dos años y lo asaltaron. Trató de impedir que le robaran sus pertenencias y dice que le llegaron ocho balas en el cuerpo:
“Me revivieron en el hospital, donde llegué casi muerto. Me entraron balas en la pierna, en el pecho, en el cachete izquierdo, algunas no me las sacaron. Por eso al agacharme me duele todo y tengo que caminar pisando primero con el talón y después con la planta del pie”, dice.
Luis recibe una pensión de invalidez aunque igual trabaja haciendo “pololos” como maestro pintor. “Me rehabilité completamente, nada de alcohol, nada de vicios. Después de la balacera estuve un año completo en albergue”.

Luis Toro y Javier Binimelis, coordinador de Casas Compartidas de Hogar de Cristo en Valparaíso.
Sabe que no todos pueden alcanzar sus logros.
“Hay gente a la que le cuesta salir de dónde está. Yo les digo que tienen que luchar y tener perseverancia. Les digo que dejen de tomar, que trabajen. Ahora voy a aprovechar de ahorrar para comprarme algo propio. Llevo ya 400 mil pesos. Debo juntar más de un millón y sé que voy a hacerlo. Me propuse esa meta”.
El monitor Fabián Aravena confirma todo lo que Luis relata y asegura que un cambio de vida así es posible. “Si bien él ya está egresado de nuestro servicio, nosotros seguimos en contacto con él por varios meses más. No le vamos a dejar solo y si nos necesita, ahí estaremos”.