Sara Carolina Farías Retamales (50) es la creadora de “La Ruta de la Cuchara” en Cerro Navia.
Hace seis años y para salir de la depresión profunda que le causó la muerte de su madre, encontró en la ayuda al prójimo un camino que le ayudó a superarla.
“La ruta de la cuchara” es un esfuerzo que da de comer cada sábado a más de 100 personas en situación de calle. “Vecinos míos que necesitan”, señala ella. Pese a la reticencia de los reales vecinos de la calle donde vive que la llaman “vieja ridícula” o la “Teresa de Calcuta al peo”, apodos que la tienen sin cuidado.
A ellos no les gusta que la calle se les llene de personas que visten y huelen mal.

Sarita con sus “vecinos”, Raúl y Ana, las personas en situación de calle de Cerro Navia que cada sábado acuden a su comedor solidario. AGENCIA BLACKOUT
“A mí me desencanta porque muchos de ellos son evangélicos, Testigos de Jehová. Me han hecho cualquier problema, dicen que soy la huevona más ridícula que existe. Entonces les digo yo, ojalá que nunca tengan que llegar a estar así, pues, porque a mi casa ha llegado de todo, terapeutas que cayeron en adicciones, asistentes sociales, abogados. De todo”.
“La ruta de la cuchara” funciona con una voluntaria que es su prima y vive en Quinta Normal.
“Es muy difícil encontrar personas que hagan esto por amor, por cariño. Porque hay muchas personas que quieren ayudar, pero en el momento de los quiubos, están más preocupadas de que algo les llegue a ellas. Muchas veces no quieren estar cerca de los chiquillos que están sucios, que huelen mal. Entonces, para eso prefiero hacerlo sola, hasta que llegó una buena samaritana a acompañarme: mi prima”.
Promete celebrar los seis años de aniversario que lleva haciendo esto con un súper almuerzo el sábado 11 de julio.
Sara está casada y tiene 2 hijos que la apoyan en su quehacer solidario.
“Cuando mi mamá falleció hace seis años, me entró toda la pena, porque yo fui hija única y la cuidé a ella postrada durante catorce años. Tengo un hermano que hizo su vida y no ha estado en nada de esto”, relata.
Para superar la pena, se hizo primero voluntaria en el hospital San Juan de Dios. Iba a dar desayunos a las personas en situación de calle que siempre rondan por el sector.
“Fue mi primer acercamiento a esa realidad tan penosa. A mí me dicen que Dios me provee, y es cierto. Pero también me dicen que estoy loca, que estoy cagada de la cabeza, que hablo puras leseras, pero la realidad es que esto me sanó. Al morir mi mamá, no me importaban ni mis hijos, nada”.

Así funciona La Ruta de la Cuchara en la calle donde vive Sarita.
-Te ayudó a salir de la depresión…
– Sí, y sabe qué, mi mamá era todo lo contrario, mi mamá era super descariñada, arisca. Me odiaba, me odiaba, ella me trató súper mal, pero así todo pasé catorce años cuidándola con amor. Y lo volvería a hacer.
Sarita prepara cada semana entre 100 y 150 almuerzos. Durante la conversación, trata inútilmente de convencer a Ana, a quien todos le dicen “Flaca”, para que nos cuente su historia.
“Abre tu corazón, abre tu corazón que no es para nada malo. Yo no hubiera venido si hubiera sido para algo malo. Mira el pique que me mandé y eso que apenas puedo caminar”, le dice.
Pero Ana se mantiene firme en su negativa y respetamos su silencio.
Sara cuenta que cuando llegó la pandemia, ya no pudo seguir aportando desayunos en los alrededores del hospital San Juan de Dios.
“Me echaron para la casa, que ya no había más desayuno y ni una cosa en el hospital, pues. Y ahí empecé en mi casa con una mesita chica que me hizo mi marido. Después otra mesita, otra mesita y ahora se me escapó de las manos. Ahora se abre un comedor al medio de la calle”.
Cuenta con tres grandes “fondos” para preparar los alimentos.
-Yo agradezco a Dios que me puso esto en mi camino porque estoy toda la semana ahí preparándome para recibir las donaciones que lleguen. Nosotros tenemos un Banco de Alimentos de la municipalidad, donde llega todo lo que bota el supermercado. Pero tampoco es que me armen el plato de comida.
Siempre son 18 kilos como mínimo de porotos, garbanzos o lentejas. “Y no queda nada”.
-¿Cómo cocinas, con leña, con gas?
-No, pues si ahí tengo un fogón, tengo un espacio que quedó para guardar mis cosas. Y si usted llegara en la mañana temprano usted va a ver cómo se va armando y con el transcurso del tiempo va llegando toda la gente y se llena.
Es increíble constatar que el ejercicio de la solidaridad salvó a Sarita. Ojalá más personas pudieran encontrar así, dándose generosamente a los que nada tienen, el alivio a sus penas más profundas.