Callcenter: 600 570 8000Hogar de Cristo 3812, Estación Central, Santiago
Donar

La violencia empieza por casa y termina en la calle

El maltrato de sus parejas terminó empujándolas a la calle. Mucho antes, Estefanny y Laura ya habían conocido el abuso y aprendido que una casa, una familia o un hogar también podían ser un infierno. Hoy viven con sus hijas en la Residencia Familiar Cardenal Raúl Silva Henríquez y cuentan cómo una mujer puede quedar sin refugio mucho antes de perder un techo.
Por Matías Concha P.
Julio 15, 2026

—¿Dónde dormías?

—En la Posta Central, en el Hospital El Carmen o cerca de una comisaría —responde Estefanny—. Donde sintiera que no me iba a pasar nada.

La primera noche tuvo hambre, frío y vergüenza. No sabía cómo pedir comida ni cómo acercarse a alguien sin que desconfiara. Tampoco sabía por dónde caminar.

Laura, por su parte, llegó a Santiago en plena pandemia. Tenía 17 años, el teléfono descargado y un pasaje que ya no servía. El terminal estaba cerrado y no conocía la ciudad.

—No había nadie. Lo único que veías en la calle era gente que vivía en la calle.

La asaltaron detrás del terminal. Después apareció una mujer que le prometió ayuda. Laura la siguió. Minutos más tarde estaba dentro del auto de un hombre que intentaba abusar de ella.

Vio una herramienta, rompió el vidrio y salió como pudo. “Me corté el brazo. Salí corriendo, toda ensangrentada”.

Un joven que vivía en la calle le hizo un torniquete. También le explicó quién era esa mujer: reclutaba adolescentes solas y las vendía a hombres por 5 mil pesos. “Después de eso ya no confié en nada ni en nadie”.

Hoy, Estefanny y Laura viven bajo el mismo techo. Estefanny tiene 36 años y una hija de cinco meses. Laura, 24 y fue madre a los 21. Una vivió casi un año y medio en la calle junto al padre de su hija. La otra arrastra una infancia atravesada por hogares, abusos, consumo, abandonos y adultos que nunca debieron tener poder sobre ella.

Estefanny y su hija en la Residencia Familiar Cardenal Raúl Silva

Estefanny y su hija en la Residencia Familiar Cardenal Raúl Silva

Sus historias se cruzan en un punto: antes de quedar sin techo, ambas se quedaron sin un lugar seguro.

El “lugar seguro” que hoy comparten se llama Residencia Familiar Cardenal Raúl Silva Henríquez, de Fundación Don Bosco. Tiene capacidad para 25 personas y actualmente viven allí 17: siete adultas y diez niños, niñas y adolescentes. Todas las familias están encabezadas

por mujeres, aunque el programa también recibe a padres. La condición es que haya hijos menores de edad y que los adultos tengan filiación sobre ellos.

Un equipo de 14 personas acompaña la convivencia y los procesos de cada familia: trabajadora social, psicóloga, terapeuta ocupacional, educadores de trato directo, manipuladora de alimentos y auxiliar de aseo. Además del alojamiento, la residencia entrega apoyo en causas judiciales, salud, situaciones de violencia e inserción laboral.

Richard Avello, director, y Daniela Ramos, trabajadora social de la Residencia Familiar Cardenal Raúl Silva Henríquez.

Richard Avello, director, y Daniela Ramos, trabajadora social de la Residencia Familiar Cardenal Raúl Silva Henríquez.

Estefanny llegó después de un traslado urgente desde otra residencia. El padre de Ainhoa apareció allá, hubo una discusión y un episodio de violencia intrafamiliar que la obligó a escapar y ser trasladada a otra residencia.

—¿Él sabe dónde estás?

—Sí. Por los temas judiciales sabe dónde estoy. Lo que no puede hacer es acercarse. Mientras tenga consumo, no quiero que se acerque a mi hija. Cuando recae, es otra persona.

LAS MARCAS SIGUEN AHÍ

Estefanny llegó a la calle después de la muerte de su madre. Una discusión con su hermana terminó de romper la convivencia, que venía mal desde hace años. Dejó a su hija mayor al cuidado de ella y salió de la casa.

—¿No tenías donde más ir?

—Tengo siete tíos. Los siete me cerraron la puerta.

—¿Cómo se sobrevive la primera noche?

—La primera es siempre la peor, la gente te grita, te miran feo, hasta te tienen miedo. Pero una es la más asustada. Yo me acerqué a los viejitos de calle, ellos al menos no me iban a abusar en la noche o me iban a pedir “favores” para dormir con ellos.

Durante dos meses estuvo sola. En ese tiempo aprendió dónde entregaban comida, qué grupos dejaban dormir cerca a una mujer y qué lugares tenían luz o guardias durante la noche. Así conoció a Jesús cerca de Club Hípico. Él estaba junto a un grupo de personas que dormía en el sector. Al día siguiente, cuando volvió a pasar, la invitaron a quedarse para que no siguiera caminando sola.

Jesús llevaba ocho años en la calle. Sabía dónde conseguir comida, qué esquinas eran más tranquilas y cómo proteger lo poco que tenían. La relación comenzó ahí. Una noche, mientras ambos dormían, cuatro hombres intentaron quitarles la frazada. Dos atacaron a Jesús. Estefanny se levantó a defenderlo.

—Yo peleaba con dos y él con los otros dos. Cuando logré soltarme, me afirmaron entre dos. Uno me pegó y el otro me apuñaló.

Las marcas siguen en su abdomen. Llegó a la Posta Central tras perder 2,3 litros de sangre. Los guardias municipales acudieron luego de ver el ataque a través de las cámaras instaladas cerca de una universidad. “Si me hubiera quedado esperando una ambulancia, no estaría aquí”.

Un mes más tarde supo que estaba embarazada.

“ABUELA, VÁMONOS”

Durante sus primeros años, Laura vivió en Calama junto a sus abuelos. Su madre se fue cuando ella tenía pocos meses y su padre aparecía de vez en cuando, casi siempre cuando necesitaba dinero. Para Laura, él nunca ocupó realmente ese lugar. “Mi papá era como un hermano. Mi papá de verdad fue mi tata”.

Su abuelo trabajaba como ingeniero químico en Codelco. También era músico, cocinaba, hacía las tareas de la casa y la llevaba a las fiestas de la Virgen de Ayquina. Murió de cáncer pocos días después de que Laura cumpliera cuatro años.

La abuela siguió criándola.

—Si tú me preguntái quién es mi mamá, siempre te voy a decir que es ella.

Después de la muerte del abuelo, su padre biológico trasladó a ambas a vivir en Arica. Al principio vivieron junto a una pareja de él que Laura recuerda con cariño. Pero con el tiempo, la casa cambió a medida que avanzaron el consumo de alcohol y drogas. Su padre gastó la herencia, comenzó a sacar dinero de la pensión de la abuela, la hizo pedir créditos y vendió sus joyas.

Laura tenía unos nueve años cuando él la introdujo en el consumo y la entregó a otros hombres para conseguir droga y dinero.

—Mi papá me metió en la droga, me obligó a consumir de chica. Una vez me vendió a sus amigos. Me prostituyó. Hoy puedo contarlo sin vergüenza, sin quebrarme y sin una crisis de rabia. No tenía ni diez años.

En esa misma casa, Laura veía a su padre golpear a su abuela, quitarle el dinero y dejarla sin comida. Cuando la abuela comenzó a perder autonomía, fue ella quien asumió buena parte de su cuidado. La bañaba, le cambiaba pañales, lavaba su ropa y cocinaba.

—¿Tu abuela sabía de los abusos?

—Sí. Quiso salir muchas veces, aunque mi papá la manipulaba. Yo le armaba las maletas y le decía: “Abuela, vámonos, vámonos, por favor”. A ella le tiritaban las piernas y al final no salíamos.

Una fuga de agua quedó sin reparar. El piso permanecía mojado y ambas caminaban sobre el agua dentro de la casa. La abuela, que ya estaba enferma y desnutrida, contrajo una neumonía. Murió en el hospital el 18 de abril de 2016. Laura tenía 13 años y estaba terminando octavo básico.

Su padre la fue a buscar al colegio y durante todo el trayecto le aseguró que su abuela estaba bien. Al entrar a la casa, Laura vio sus pertenencias dentro de bolsas de basura.

—Ahí mi papá me dijo: “Tu abuela falleció”.

La yaya llevaba años preparándola para ese momento.

—Siempre me decía: “Laura, tú vas a quedar sola. Lamentablemente, tu papá no está bien”.

La muerte de su abuela dejó a Laura al cuidado del mismo hombre del que ambas habían intentado escapar.

—Ahí empezó el verdadero infierno —concluye Laura.

“¿QUIÉN ME ASEGURA QUE ES MÍA?”

Cuando supo que estaba embarazada, Estefanny dejó la cocaína. Jesús seguía consumiendo pasta base. Cuando le contó del embarazo, él respondió: “Si yo te conocí estando en calle, ¿quién me asegura que es mía?”.

Durante meses la insultó de una esquina a otra. En esos momentos, Estefanny se alejaba y buscaba otro grupo donde pasar la noche.

—Después volvía a verlo, para saber si estaba bien o estaba mal.

—¿Por qué regresabas?

—Porque lo quería. Y porque en la calle también éramos nosotros dos contra todo.

La noche del 22 de julio puso esa relación a prueba de otra forma. El municipio había retirado los rucos del sector y el camión de la basura se había llevado los cartones. A las 9, recuerda, la temperatura había bajado a cuatro grados bajo cero.

Caminaron por la Alameda hasta encontrar cajas de pizza afuera de un local en República, una manta delgada y un saco grande de reciclaje. Llevaron todo hasta Club Hípico.

—Pusimos las cajas en el suelo, abrimos el saco, metimos la frazada adentro y nos metimos nosotros. Así dormimos.

—¿Dormiste?

—En la calle una no duerme. Descansa. Todo el rato está pendiente de cualquier ruido.

El frío le provocó una infección al riñón. Estefanny tenía cerca de cinco meses de embarazo y estuvo a punto de perderlo. Terminó hospitalizada. Jesús llegó hasta allá y le dijo que quería dejar la droga.

Al mes siguiente consiguieron un cupo en una residencia familiar. Por primera vez desde que se conocían tenían una pieza, comida y una puerta que cerraba.

Jesús alcanzó a mantenerse varios meses sin consumir. Luego salió a trabajar y volvió drogado. “Regresó totalmente distinto. Agresivo, altanero. Ahí se me vino todo abajo, porque tú estái siendo el pilar de esa persona”.

—¿La violencia empezó ahí?

—Sí. Cuando recayó se transformó en otra persona.

Lo expulsaron de la residencia por violencia intrafamiliar. Estefanny siguió junto a Ainhoa, que ya había nacido. Pasó por otra casa de acogida hasta que Jesús apareció y protagonizó el episodio que motivó su traslado urgente a la Residencia Cardenal Raúl Silva Henríquez.

—¿Volverías con él?

—La única forma sería que hiciera un tratamiento. También tendríamos que irnos de Santiago. Acá lleva ocho años en calle, lo conocen en todas partes y donde llega encuentra consumo.

DE CASA EN CASA

Después del funeral de su abuela, encontró su casa llena de basura, ratones, arañas, botellas y restos de droga. Dice que había fecas de perro, aunque en la casa ni siquiera tenían uno. Subió al segundo piso y encontró a su padre tendido en una pieza llena de alcohol, pasta base y cocaína.

—Yo miré y dije: “¿Qué hago acá? ¿Cómo voy a vivir aquí?”.

Llamó a una amiga. La madre de la joven llegó a buscarla cinco minutos después.

La escena se repitió con distintas formas durante los años siguientes: Laura entraba a una casa, encontraba algo parecido al cuidado y luego volvía a salir. Pasó por hogares, hospitalizaciones psiquiátricas, fugas y regresos. A veces terminaba otra vez junto a su

padre. La última vez, él intentó matarla. Laura alcanzó a encerrarse en una pieza, mientras su papá golpeaba la puerta con un cuchillo desde el otro lado.

—Me gritaba: “Eres un error, te voy a matar”.

Logró entrar y la golpeó hasta dejarle el rostro desfigurado. Carabineros llegó al lugar y se llevó a su papá detenido. Antes de sacar a Laura de la casa, uno de los funcionarios le hizo una advertencia: “Toma tus cosas importantes, no puedes quedarte acá. Tu papá va a salir libre y te va a buscar. Tenemos que llevarte lejos”.

Desde Arica la trasladaron hasta un centro para adolescentes en Chiguayante. El objetivo era acercarla a su madre biológica, que vivía en Lota. Al segundo día, 16 jóvenes la golpearon como rito de iniciación. “Me reventaron las costillas, el ojo, me arrancaron pelo. Prácticamente casi me mataron”.

Laura permaneció allí hasta el inicio de la pandemia. Cuando se anunció la cuarentena, le ofrecieron pasar esos días junto a su madre. Era la primera vez que viviría realmente a su lado.

Su mamá arrendaba una pieza. Tenía esquizofrenia sin tratamiento y consumía drogas, según cuenta Laura. Durante la noche caminaba descalza sosteniendo un cuchillo y pronunciando frases que ella no comprendía. Al día siguiente actuaba como si nada hubiera ocurrido.

Una noche discutieron y su madre la golpeó.

—Le dije que no le iba a responder, porque mi abuela me había enseñado que yo no tenía que ser así. Pesqué mis cosas y me fui.

Caminó hasta el terminal de Concepción. Su intención era regresar a Arica, aunque el viaje se interrumpió en Santiago: el terminal cerrado, el teléfono sin batería, el asalto y la mujer que casi la entregó a un hombre por cinco mil pesos.

LA CASA DE MATÍAS

En Santiago pasó los primeros meses entre un hogar para menores y la calle. A comienzos de 2023 conoció a Matías a través de redes sociales. Él era técnico en telecomunicaciones y nunca había tenido una relación. Ella buscaba algo que hasta entonces casi no conocía: tranquilidad.

—Él era muy inseguro. Yo hablaba con alguien y se molestaba. Mi mente anuló todas esas señales porque por primera vez quería estar en una relación y vivir en paz.

Se fue a vivir a la casa de la familia de él, en Santiago. Allí estaban la madre, el padre, una hermana embarazada y la pareja de ella. Al principio la recibieron bien. Laura trabajaba en turnos rotativos; Matías estaba cesante.

—La mamá era muy machista. Le molestaba que yo trabajara y él no. Para ella, al hombre había que atenderlo.

El padre de Matías consumía pasta base. Entraba a la casa para robar, discutir o vender lo que encontraba. Cada aparición desataba peleas familiares. Laura intentaba intervenir y terminaba involucrada en discusiones que no habían empezado por ella.

A los pocos meses quedó esperando guagua. Los médicos determinaron que era de alto riesgo y durante dos meses le prohibieron levantarse de la cama.

Laura y su hija en la Residencia Familiar Cardenal Raúl Silva Henríquez

Laura y su hija en la Residencia Familiar Cardenal Raúl Silva Henríquez

—Yo no estaba lista para ser mamá. Me costó mucho asumirlo y pensé en abortar. Pero cuando escuché su corazón, no pude hacerlo. Ese día me juré que iba a ser para ella la mamá que yo nunca tuve. La maternidad también me abrió una etapa de la vida que a mí me habían negado.

Para entonces, el padre de Matías ya vendía joyas, maquillaje y cualquier objeto que pudiera sacar de la casa. También dejaba pipas y restos de consumo en el suelo. Un día, Laura vio a su hija recoger una pipa del piso.

—La pesqué en un segundo y la tiré. Ahí dije: “Yo no puedo vivir aquí. No puedo criar a mi hija en una casa donde nadie dimensiona que hay una guagua”.

Laura hace una distinción al hablar de Matías. “Él siempre ha sido un buen papá. Nuestra relación se destruía cada vez que aparecían los problemas de su familia y él perdía el control”.

Salir de esa casa significó volver a no tener una propia. La relación que había imaginado como estabilidad terminó dejándola otra vez entre piezas prestadas y residencias, esta vez junto a su hija.

“MAMÁ, LO LOGRASTE”

Estefanny y Laura no proyectan el futuro de la misma manera. Estefanny tiene otra hija, de 18 años, que la visita en la residencia. Ella es su otro cable a tierra.

—¿Qué quieres hacer al salir de acá?

—Tener mi casa, tener a mis dos hijas juntas y no depender de ningún hombre para dormir tranquila.

Laura piensa primero en un trabajo. Quiere ahorrar y dejar de pasar de un lugar a otro. También sueña con ir a la universidad.

—Quiero estudiar Trabajo Social. Me gusta hacer redes, conectar, ayudar a la gente. Eso me mueve caleta.

—¿Es lo que más te mueve?

—No, quiero que algún día mi hija me mire y me diga: “Mamá, lo lograste”.

La Residencia Cardenal Raúl Silva Henríquez es transitoria y ambas lo saben. Su tarea ahora es construir una vida en la que ella y Estefanny no tengan que aceptar la primera puerta que se abra ni depender de alguien dispuesto a recibirlas. Laura lo resume en una frase:

—Un lugar del que no tengamos que volver a escapar.