Rubén Boroschek, experto en sismos:
“No hay que reconstruir vulnerabilidad”
El ingeniero estructural advierte que la reconstrucción de Venezuela no puede repetir los errores que hicieron colapsar cientos de edificios y plantea que esa lección también interpela a Chile. “En ese país, igual que en el nuestro, va a volver a temblar”. Por eso, no se pueden levantar edificaciones como las que colapsaron solo porque hay urgencia de vivienda. Hay que aprender de las tragedias”.
Por Ximena Torres Cautivo
Fueron 39 segundos entre uno y otro. El primero tuvo una magnitud de 7.2 y el segundo de 7.5. “Técnicamente fue un doble terremoto, pero tan cercano en el tiempo que podríamos hablar de un terremoto largo. Fueron dos rupturas tectónicas, una detrás de la otra, pero en secuencia”, explica el ingeniero civil, académico de la Universidad de Chile y experto en sismos Rubén Boroschek.
A casi un mes del doble y devastador terremoto en la costa central y en la capital de Venezuela, Caracas, lo invitamos a Hora de Conversar, para intentar hacer el recuento de daños. Y proyectar el proceso de reconstrucción en un país que no para de sufrir.
-A nivel planetario existe una red de instrumentos, de sismógrafos, que inmediatamente detectan en cualquier lugar de la Tierra si ha ocurrido un evento importante. Lo sabemos con un mínimo retardo. Al cuarto de hora, en Chile ya teníamos una primera estimación de daños y de muertos. Por las características del terremoto sabíamos que iba a ser tan duro y difícil como ha sido, pero incluso así yo no me imaginé que sería tan doloroso.
El ingeniero hace notar que aún no hay cifras oficiales de muertos.
—Lo más duro es pensar en la cantidad de personas que quedaron atrapadas, que están muertas bajo toneladas de escombros y de las cuales desconocemos su número exacto. Haciendo cálculos, así muy sencillos: si cayeron 300 edificios altos, de diez pisos, por lo menos, y en cada piso habría entre 20 a 50 personas… Es cosa de multiplicar. Los números van ser muy altos. Existen estimaciones que hablan de unas 50 mil personas aplastadas y muertas. Eso lo vamos a saber con el tiempo.
Describe un proceso lento y doloroso para los deudos, que se han debatido entre la esperanza y la necesidad de saber qué pasó con su ser querido. “Remover esas estructuras, en lugares de difícil acceso, obliga a que todo sea muy lento”.
—A eso se suman las características del régimen gobernante, debilitado, desprestigiado.
—La recuperación frente a un desastre siempre tiene que ver con el pasado y con el presente del país en términos amplios: políticos, sociales, económicos. Eso determina cuál es la capacidad de reacción del país y de sus autoridades. Es todo muy difícil en Venezuela, pero creo que ahora la atención tiene que estar puesta en rescatar los cadáveres porque hay una enorme cantidad de cuerpos bajo las estructuras derrumbadas. Y por cada muerto hay una familia detrás.
Advierte incluso de la posibilidad de emergencia sanitaria por tratarse de una zona tropical, donde rápidamente se produce descomposición. “Humedad y altas temperaturas hacen proliferar bichos de todo tipo. Los rescatistas están trabajando en condiciones realmente extremas. No es la primera vez que ocurre una situación así en el mundo. Recientemente, en 2023, en Turquía tuvimos una situación similar. Ahí está confirmado que murieron unas 50 mil personas, en edificios bastante similares. Con tendencia al colapso, aunque por distintos motivos”.
¿Por qué colapsaron tantos edificios? La magnitud de la destrucción ha llevado a muchos a preguntarse qué falló. ¿Se trató de edificaciones demasiado antiguas? ¿De malas normas de construcción? ¿O simplemente de un terremoto excepcional?
Para Rubén Boroschek, la explicación comienza por la naturaleza misma del sismo.
—Los edificios dañados estaban de pie antes del doble terremoto. Algunos tenían 40 o 50 años. No eran estructuras precarias a las que cualquier cosa las hubiera botado. El terremoto fue muy fuerte, superficial y el epicentro muy cerca de todas esas ciudades costeras del estado de La Guaira. Esa cercanía al epicentro hace que la energía que se transmite a la edificación sea muy alta. Y el suelo de algunas de esas zonas, por sus características, tiende a amplificar el movimiento. Lo hace todavía más grande e intenso.
La antigüedad de parte importante del parque habitacional venezolano también influye, aunque no explica por sí sola el desastre.
—Es cierto, algunos edificios eran relativamente antiguos. Venezuela cambió su norma de edificación recién en el 2019, pero en ningún país la norma es retroactiva para las construcciones existentes. Lo que ya está, ahí se queda. Chile cambió ahora en marzo del 2026 su norma y esa es la que rige para todo lo que se construye a partir de ahora. Lo anterior es imposible, económica y logísticamente, actualizarlo a la norma vigente.
Las comparaciones con Chile aparecen inevitablemente.
—¿Por qué aquí los edificios resisten terremotos de gran magnitud mientras en otros países colapsan?
Boroschek identifica varios factores. El primero tiene que ver con la propia geología.
—Hay dos motivos o tres. Uno es que nuestros terremotos son distintos. Este tipo de terremoto en particular, tan fuerte y cercano a la superficie, no se da acá. Tenemos la sospecha —y algunos antecedentes recientes así lo indican— de que en Venezuela rompió la corteza, el suelo más inmediato. Nosotros tenemos los terremotos en la costa o en el Valle Central, pero no se activan tan a menudo. Además, hemos tenido suerte, de cierta manera, ya que hemos desarrollado nuestra infraestructura lejos de esas fallas, con excepción de la falla de San Ramón. Lo importante es que esa falla no se ha activado.
Pero la diferencia no radica solo en el tipo de terremotos. También está en más de un siglo de aprendizaje acumulado.
—Por otro lado, hemos sido precavidos y cada vez más exigentes en la norma de construcción. Nosotros, muy tempranamente, en 1910 más o menos, decidimos que los edificios que tenían grandes muros debían construirse de hormigón y no de mampostería. Esas construcciones de ladrillo sobre ladrillo explotan y obstruyen la evacuación. Los muros de hormigón se dañan con un terremoto, pero no pierden su estabilidad, sobre todo cuando existe una cantidad suficiente de muros en distintas direcciones. Ahí no colapsan o no lo hacen de la manera que hemos visto en tantos videos de la tragedia en Venezuela.
El experto explica que los edificios chilenos funcionan como una suerte de panal, donde la abundancia de muros permite absorber la energía del sismo sin perder estabilidad.
—Estos cajones tipo panal de abejas que hacemos nosotros en Chile tienen la gracia de resistir mucho. Frente a un terremoto muy fuerte este tipo de edificios se va a dañar, pero no va a colapsar. Y, si llegase a colapsar, no va a aplastar una losa contra la otra porque están los muros entre medio, en todas las direcciones. Eso hace que exista un espacio de vida para la gente. En las imágenes del terremoto en Venezuela vemos edificios con albañilería y paredes de ladrillo hueco que caen de costado, aplastan a las personas y no dejan espacio entre las losas.
—Me sorprende en países vecinos cómo se construye ladrillo sobre ladrillo, sin fierros que amarren la estructura.
—Sí, en países como Perú o Ecuador hay mucha autoconstrucción con ladrillo. La norma dice que esas estructuras no son para resistir sismos, menos para construir edificios altos, pero se hace. Ahí hay un problema del Estado. Acá en Chile eso no ocurre. Eso nos ha ayudado a que cuando viene un terremoto grande, como el del 2010, tengamos daño en lo antiguo. Entonces, por ejemplo, se perdieron unas 250 mil casas, pero la mayoría eran de adobe o de albañilería muy antiguas.
Boroschek recuerda haber visto el mismo fenómeno en Bolivia, donde, tras un terremoto en los años noventa, pueblos completos de adobe fueron destruidos.
—No había pasado una semana y la gente estaba reconstruyendo en adobe, porque no tienen los recursos y conocen esas técnicas. En cambio, acá simplemente son remanentes históricos, deterioros o ampliaciones que ya no se van a volver a hacer, porque hemos aprendido de los desastres.
Boroschek sostiene que el país ha aprendido mucho de sus terremotos, pero eso no significa que todos los riesgos estén resueltos. A su juicio, la principal amenaza está bajo los pies de millones de santiaguinos.
—Yo creo que en este tema de tener fallas superficiales que se pueden activar, aunque con una probabilidad muy baja, deberíamos poner atención.
La más conocida es la falla de San Ramón, que cruza buena parte del sector oriente de la capital.
—Va desde el río Mapocho hasta el Maipo, incluso hacia Pirque. Recorre las comunas de Las Condes, Vitacura, La Reina, Peñalolén, La Florida y Puente Alto. Todo el sector cordillerano. Hasta el momento hemos detectado 50 kilómetros de esa falla, que de activarse produciría un terremoto de la misma magnitud del que observamos en Venezuela. La probabilidad de que ocurra es bajísima, muy baja. Es más fácil que ocurra un terremoto magnitud 9 en la costa, en términos matemáticos, que la activación de esa falla.
Esa baja probabilidad no significa, sin embargo, que pueda ignorarse. El académico cree que el país debe incorporar ese conocimiento en la planificación urbana.
—Una de las cosas que yo creo que se va a restringir es construir sobre la falla. En Chile había una ambigüedad: la falla de San Ramón es conocida como activa, pero hay edificaciones encima. En la comuna de Las Condes, en la calle Paul Harris, se ve un escarpe. Hay un mapa anunciado —si es que ya no se publicó— en el que se describe con detalle la ubicación de esta falla.
Sabe que una decisión de esa naturaleza no está exenta de costos.
—Esa falla se conoce hace décadas. Se tenía dudas sobre si realmente era activa, porque era una falla muy antigua conocida. Ahora se confirmó que es activa, pero con una probabilidad muy baja de terremoto. Se debería no correr ningún riesgo. Nosotros acabamos de cambiar la norma y lo que indica es que no puedes construir sobre una falla activa que se va a deformar en superficie.
—Serían los terremotos en la costa, entonces, los más probables. ¿Esa es la mayor amenaza?
—La vulnerabilidad por el lado de la costa es más alta. Ocurren sismos con mayor frecuencia ahí. Pero eso lo sabemos manejar. Sabemos que poniendo una buena cantidad de muros o agregando algunos dispositivos especiales se absorbe la energía del terremoto y se convierte en calor, sacándola de la estructura. Así puedes limitar mucho el daño. No voy a decir que sea cero daño, porque eso tampoco se puede garantizar.
Aun cuando los terremotos costeros seguirán siendo parte de la historia del país, Boroschek sostiene que existe una experiencia acumulada de más de un siglo que ha permitido perfeccionar la ingeniería antisísmica.
—Creo que, a nivel país, el riesgo es bastante uniforme; en el valle central a veces y en la costa. Para ese tipo de terremotos, tanto el costero como el que ocurre debajo del valle central, hemos aprendido, a lo largo de más de 100 años, a diseñar estructuras que no colapsen.
La receta, explica, combina diseño estructural con nuevas tecnologías.
—Lo hacemos con gran cantidad de muros en ambas direcciones de un edificio o poniendo dispositivos especiales que protegen la estructura. Estos dispositivos se llaman aisladores o disipadores. Toman la energía del terremoto que está entrando en el edificio, la convierten en calor y así el edificio tiene mucho menos daño.
Uno de los mejores ejemplos son los hospitales, cuya continuidad operativa resulta crítica durante una emergencia.
—Los hospitales en Chile, desde el 2011, vienen montados sobre aisladores sísmicos o péndulos friccionales. Esto es equivalente a montarlos sobre goma. Entonces, aunque el suelo se mueve, el edificio oscila suavemente. Con eso la operación médica se puede mantener porque la vibración es muy baja. Los pacientes no se asustan, los equipos no se dañan.
Aunque suele asociarse a una innovación reciente, recuerda que el país comenzó a experimentar con esta tecnología hace varias décadas.
—En Chile el primer edificio aislado realmente data de los años 60. La tecnología se empezó a masificar alrededor del 2010. El Hospital Militar de La Reina es anterior al 2010. La Asociación Chilena de Seguridad, en Viña del Mar, también estaba aislada antes del terremoto y varios otros.
Aunque el terremoto del 24 de junio tuvo características excepcionales, Boroschek insiste en que el suelo, por sí solo, no explica una tragedia de esta magnitud. Lo decisivo, dice, es lo que se hace con la información disponible antes de construir.
—Es un país tropical, pero nosotros tenemos suelos malos también. Lo importante es que tú sepas qué suelo tienes cuando vas a diseñar un edificio. También que consideres las fuerzas que se van a generar por ese tipo de suelo, el tipo de fundación y cómo vas a disponer los elementos para que resistan el terremoto. El problema no es sólo el suelo, sino qué haces una vez que sabes cómo es.
Comenta que xisten terrenos capaces de cambiar completamente su comportamiento durante un sismo. “Por ejemplo, hay suelos que se licúan”.
—¿Qué significa eso?
—Que cuando viene la vibración del terremoto el suelo deja de soportar peso y se convierte en un líquido. Entonces el edificio se hunde o se inclina. Cuando sabes que tienes ese tipo de problema hay soluciones constructivas, o tienes que irte a otro sitio. Pero antes debes haber investigado el terreno para tomar una decisión apropiada. Puedes modificar el diseño o, simplemente, decidir no construir ahí.
Conoce parcialmente la zona más golpeada por el terremoto venezolano y sabe que presenta condiciones geológicas complejas.
—He pasado por ahí, por la zona de Maiquetía. Es una zona de cerros que baja hacia depósitos marinos antiquísimos, donde además se producen aluviones. No soy experto geotécnico, pero ahí los suelos son complejos. Los técnicos venezolanos, los ingenieros venezolanos, son buenos. El tema es que no necesariamente todo lo que se hace tiene buena mano de ingeniero. Eso no ocurre solo en Venezuela; ocurre en todos lados.
—¿Cómo avizoras el proceso de reconstrucción?
—Hay que pensar que aún estamos en una fase de rescate. Después están las miles de personas que no tienen hogar. Si se desplazan, ¿dónde están sus fuentes de trabajo? Hay que reorganizar esas áreas. En Chile tuvimos esos casos y toma años hacerlo. La extensión del país ayuda porque, por ejemplo, el terremoto del 2010 afectó unos 500 kilómetros de costa y pudimos apoyarnos en el resto del territorio mientras nos reorganizábamos.
Habla de procesos largos, costosos y emocionalmente agotadores, donde la gestión pública puede marcar la diferencia entre repetir los errores del pasado o aprovechar la tragedia para construir ciudades más seguras.
—La parte administrativa tiene que apoyar mucho esa recuperación. Tiene que ser muy consciente de no reconstruir vulnerabilidad: no volver a hacer viviendas como las que cayeron solo porque hay urgencia habitacional.
Es una advertencia que también dirige hacia Chile.
—En Chile, y ustedes como Hogar de Cristo lo saben bien, hay viviendas de emergencia que son de emergencia, pero algunas quedan por años y después no se reemplazan por viviendas más aptas. En eso hay que tener mucho cuidado, porque en ese país, igual que en el nuestro, va a volver a temblar. Si tú no rompes el ciclo de construir vulnerabilidad, vas a estar sufriendo permanentemente. Es lo que han sufrido los venezolanos. En 1967 tuvieron un terremoto más pequeño y también colapsaron edificios. No hay que permitir que se repita la historia.