Es conocido en Vallenar como “Juan Pistola”.
Pocos saben que su apellido es Pastén y probablemente también desconocen el origen del apodo, aunque cuando él muestra su mano derecha, la razón se hace evidente. Dicen que fue un carabinero el que tuvo la cruel ocurrencia de rebautizarlo así. Aunque a Juan a estas alturas de su vida -tiene más de 40 años-, el tema no lo complica. Es una desgracia que arrastra desde los 15 años, cuando jugando en la línea férrea un tren de carga lo arrolló y le cortó tres dedos. Además, lo dejó con una cojera permanente, a causa de la fractura de la columna, una pierna y la pelvis. Esto generó un problema de incontinencia que lo obliga desde entonces a usar pañales.
Ese -los pañales- es uno de los muchos apoyos que le entrega el Programa de Acogida para Personas en Situación de Calle, que opera en Vallenar el Hogar de Cristo. Y que asiste a 30 personas en la ciudad, un porcentaje muy menor dado el catastro local que habla de unos 200. Pese a esa magra cifra, en 2025 eran sólo 18, por lo que las tres profesionales que lo ejecutan están orgullosas. Su competencia y compromiso se tradujo en logros individuales concretos de las personas atendidas, lo que llevó al Ministerio de Desarrollo Social y Familia a ampliar este 2026 la cobertura del dispositivo casi al doble.

El maestro Juan Pastén: hace de todo, pese a sus limitaciones físicas, consecuencia del grave accidente que sufrió a los 15 años.
Fabiola Tapia, trabajadora social, es la jefa del equipo que se completa con Pamela Flores y Daniela Molina. Ellas atienden a las 30 personas en situación de calle en este servicio que vino a reemplazar -no sin dolor- la antigua Hospedería que tenía el Hogar de Cristo en Vallenar.
https://www.youtube.com/shorts/c78aqhu_sMk
-Por eso, algunas personas creen que la fundación ya no está en la ciudad. Antes algunos vecinos del sector donde estamos ubicados, un barrio de buen nivel socioeconómico, reclamaban por tener a personas en situación de calle durmiendo en su mismo vecindario. Ahora se preguntan por qué nos fuimos. Pero no nos hemos ido. El servicio que prestamos ahora es más liviano, pero permite desarrollar en ellos autonomía, lo que debe ser nuestro fin. Trabajar con ellos las dimensiones de la pobreza y la vulnerabilidad: empleo, educación, vivienda, salud, redes… para que puedan incluirse y recuperar sus vidas.
Fabiola, Daniela y Pamela son una suerte de versión femenina de Athos, Porthos y Aramis, los tres mosqueteros. Creen en eso de “una para todas y todas para una”, movidas por la convicción de que las personas en situación de calle deben ser asistidas por el Estado, las organizaciones de la sociedad civil y todo el que se considere medianamente humano.
-La vulnerabilidad que nosotros vemos es enorme. En una ciudad pequeña, las personas en calle son conocidas por todos y muy estigmatizadas. La gente sabe que viven en torno al paseo ribereño, que se bañan ahí, en las aguas del río Huasco, que duermen en sus rucos, que piden, que toman y se drogan, que tienen problemas de salud mental. Pero pocos saben las razones que los condujeron a esa situación. Nosotros nos dedicamos a evangelizar sobre esta dura y compleja realidad.
Comparten la casa donde funcionan -que era la antigua Hospedería- con un sindicato de colectiveros, al que suman a su causa. También reparten volantes y dan charlas. Son elocuentes, porque conocen en profundidad los casos que las ocupan.

Las tres mosqueteras del Hogar de Cristo en Vallenar: Fabiola Tapia, Pamela Flores y Daniela Molina luchan por marcar presencia y desestigmatizar a las personas que viven en situación de calle.
Mientras la jefa, Fabiola, se queda en la oficina, vamos con Daniela y Pamela al Mercado de Vallenar, que está en pleno centro. Ahí las citó Juan Pastén para ser entrevistado por nosotras. Su caso es emblemático de lo que lleva a una persona a la calle. Para él, su vida quedó marcada por un accidente invalidante cuando era un adolescente. Más grave aún, considerando la pobreza de su familia y los muchos que eran.
Él cuenta estas desgracias sin lamentarse. Como si no le hubieran sucedido a él. Tiene una alegría ingenua, una sencillez natural y un aspecto de niño que conmueve. Nos encontramos con él en medio del Mercado. Llega con Angélica, su pareja. Ella es viuda, tuvo una casa que una de sus hijas, bajo los efectos de la pasta base, quemó. Se quedó sin nada.
Son pérdidas materiales comunes: el papá tenía una casa que debió dejarle a Juan en herencia, pero la propiedad se perdió. Salió a remate. Angélica conoció a Juan en la calle y se hicieron pareja. Juntos, se la arreglan desde entonces.
Las insólitas lluvias que se han dejado caer en Atacama durante agosto, los han tenido en una compleja y riesgosa situación.
-Nosotros dormimos en una vieja escuela abandonada, donde la dueña nos permite vivir, pero como es construcción de tierra, de adobe, anoche se nos vino abajo una pared. Fue bien peligroso. Casi no la contamos -dice él, poniendo al mal tiempo buena cara. Ese es su sello.

Juan y Angélica se encontraron hace años en la calle y desde entonces son pareja. Ella tuvo casa y tuvo marido; la casa la quemó una de sus dos hijas, el esposo murió hace mucho tiempo.
Cuenta, con orgullo, que tiene muchas habilidades laborales, pese a sus problemas físicos. “Pongo suelo de color, linóleo, tejas. Hago instalaciones eléctricas, pinto, arreglo techos. Soy jardinero. Lo que me encarguen lo hago”, asegura, y su mujer asiente.
Cuando las tres trabajadoras del Hogar de Cristo en Vallenar hablan de su programa de atención especializada lo hacen con un compromiso que convence. Y así son con cada uno de los treinta casos que tienen bajo su protección.
Vamos con ellas al paseo ribereño a dar una vuelta. Tal como los entomólogos y los fotógrafos de aves identifican nidos y sonidos, ellas descubren rucos y personas en situación de calle donde el ojo inadvertido no percibe nada. “Ahí está la ropa de tal, secándose al sol”, indican. O allá tiene su ruco don Manuel, por decir cualquier nombre. “Mira allá va caminando. A él no le hablen, es muy celoso de su privacidad. Es súper reservado”, nos advierten. “No crucen el puente peatonal; al otro lado hay perros bravos”.

Pamela Flores, del equipo del Hogar de Cristo, indica detalles que sólo ella ve y que le permiten identificar a quienes viven en el paseo ribereño del Huasco, que cruza Vallenar.
Con ellas vamos a un recién inaugurado restaurante peruano, de una cadena que tiene locales en Calama, Antofagasta, Copiapó, Coquimbo y que ahora acaba de abrir una sucursal en Vallenar. En ella trabaja como acomodador de autos uno de los participantes de su programa. Sergio es un hombre mayor, procedente de Santiago. Su sueño es entrar a la cocina del restaurante y ser empleado como chef o ayudante de chef. Esa es su esperanza.
Por ahora, se conforma con estar acomodando a los clientes enfundado en su chaleco refractante. “Esta es mi pega”, dice, quien llegó a estas latitudes con la promesa de ser cocinero, pero le hicieron la desconocida. Actualmente duerme en el albergue municipal, después de haber sido usuario permanente de la Hospedería que Hogar de Cristo cerró y reemplazó por el trabajo ambulatorio con personas en situación de calle que desarrollan Fabiola, Pamela y Daniela. Lo conocen desde hace años y lo tratan con cariños de nietas.

Sergio y sus dos escuderas: Pamela Flores y Daniela. Sueña con ser chef, por ahora se conforma con cuidar autos en un flamante restaurante peruano.
Pamela dice con cierta desilusión que “don Sergio se metió para adentro. En general, es más expansivo. Más comunicativo. No les contó mucho”, se lamenta.
Y se alegra cuando ve a Patito enchulado.

Pamela Flores con Patito antes de su paso por la peluquería.
Los pequeños progresos que demuestra -manejar su pensión, comprar mercadería para el mes, pagar el arriendo de su pieza, no perder el celular- lo hicieron merecedor a un corte de pelo en un salón cercano. Corte de pelo y barba, masaje capilar, son regaloneos que parecen mínimos, pero que premian gigantescos avances. Y que estas tres jóvenes mujeres saben premiar y reconocer.