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Marcela Mecado:

“Un niño me dijo que su sueño era aprender a escribir su nombre”

Es la fundadora de la reconocida Escuelita Rebelde Chepuja, un espacio educativo que potencia la escolarización de niños migrantes excluidos del sistema escolar, en Antofagasta. En ese ese colorido lugar, los alumnos viven momentos contrapuestos: los de aprendizaje y convivencia con los dolorosos recuerdos de su transitar de un país a otro.

Por Matías Concha P.

En el lenguaje sereno de Marcela Mercado (52) se encuentran los contornos de una ventana para los niños migrantes de la región. Su manera de aproximarse a los temas de trascendencia humana reconcilia con la reflexión y la profundidad que tanto echamos en falta en el debate público. Gestora cultural de formación, dedica su tiempo a la Escuelita Rebelde Chepuja, donde es coordinadora permanente desde junio de 2020.

-¿Cómo nace la Escuela Rebelde?

-En 2019, en medio del estallido social, creamos un Club de Lectura, para explicarnos a través de la literatura lo que estaba pasando con el país. Así fue como llegamos al campamento Altamira,  un espacio que se inició con carpas en los sectores altos de la ciudad de Antofagasta, en pleno desarrollo de las cuarentenas, la migración  y la pérdida de muchas fuentes laborales. En esas primeras visitas nos surgió la idea de formar un espacio educativo a un  costado de la olla común que estaba funcionando como muchas otras en esos días.

-¿Por qué?

-Debido al contacto con los niños comenzó a surgir la problemática educacional, muchos de ellos habían llegado hace poco desde Bolivia o Venezuela y no tenían colegio o los que estaban inscritos tenían muchas dificultades. Hay que recordar que las clases que se estaban impartiendo en pandemia eran de manera online y ellos no tenían cableado, menos computadores y para qué hablar de internet.

Altamira es uno de los 89 campamentos que existen en Antofagasta. En ese lugar la señal de celular es esquiva y los computadores prácticamente no existen. “En ese contexto viven más de cincuenta niños y niñas que no tienen acceso a insumos básicos para poder estudiar. A eso hay que sumarle que muchos no saben leer o escribir, es entendible, son niños que vienen de caminar durante años por el desierto, sin ir al colegio, más preocupados de sobrevivir que de otra cosa”, explica Marcela.

Son más 120 casas, con un promedio de cinco personas por hogar, en su mayoría extranjeros. Todos llegaron a los campamentos guiados por coyotes, chuteros, chamberos o trocheros, como se les conoce a quienes cumplen una misma función en los puntos limítrofes: pasar personas por pasos no habilitados en la frontera a cambio de dinero.

-¿Qué necesidades presentan los niños?

-Muchos han hecho toda la ruta completa, imagínate, llegar después de cruzar Colombia, de pasar Ecuador y Perú en camiones hacinados, sin ventilación, en completo silencio hasta Bolivia; de atravesar por una red de alcantarillado, para terminar en el desierto y luego en un campamento, en Antofagasta. Es fuerte, aún recuerdo cuando una de las coordinadoras, me dijo: “Marcela, uno de los niños me dijo que su sueño era aprender a escribir su nombre”.

-Qué triste.

-Es fuerte,  los más chicos piensan que estamos “jugando a la escuelita” porque no asimilan que ir al colegio es un derecho. En su inocencia no entienden que la vida no debería ser así, porque no han vivido otra cosa.

Súmate al reingreso

Lo que inicialmente era un apoyo escolar, se fue transformando en un apoyo permanente con clases formales de diferentes asignaturas; apoyo emocional y vínculos afectivos con sus profesoras y apoderados. Desde el 12 de septiembre del 2021 la Escuelita Rebelde cuenta con un espacio propio dentro del campamento y atiende a ochenta estudiantes desde los tres a los dieciocho años.

-¿Cuál es la primera necesidad que deben cubrir como educadores?

-El principal aporte al niño es incluirlo a la ciudad y la comunidad, enseñándoles normas, limites, cultura. Hablamos de jóvenes que han vivido fuera de la “norma” o de la sociedad por años, viajando o trasladándose incansablemente, por eso es clave para su formación enseñarles que ellos sí forman parte de su población, de su escuela, de la ciudad.

En los últimos meses, el flujo de migrantes que ha ingresado a Chile, de acuerdo con cifras entregadas por Carabineros, supera las 600 personas diarias, las que se suman a los 100 mil extranjeros que ya residen en Antofagasta. La mayoría de ellos atraviesan caminos y zonas aledañas al complejo fronterizo de Colchane, como Cerro Prieto al sur y Pampa Toldo, por el norte.

-¿Han logrado que alguno se sume al sistema educativo formal?

-Por supuesto, casi todos, pero no es fácil, hay que recordar que nosotros seguimos siendo voluntarios, sin ningún tipo de apoyo gubernamental, entonces vivimos de rifas, donaciones y completadas. Solo el Hogar de Cristo, a través de Fundación Súmate, nos han entregado apoyo.

-¿De qué manera?

Fueron fundamentales en un momento súper crítico, en abril y mayo de este año, necesitábamos sacar cupos escolares para 20 niños, pero no lo lográbamos y los niños corrían el riesgo de quedarse fuera del colegio. Ahí llegó Fundación Súmate, que trabaja reinsertando a niños y jóvenes vulnerables al sistema educacional. Fue muy inspirador. Ellos se hicieron cargo de todo y con nuestro apoyo, puedo decir que todos nuestros niños están yendo al colegio, ninguno está fuera del sistema educacional.

 

 


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