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Murió Josse Van Der Rest:

Adiós al padre de las mediaguas

Ayer, con 96 años, falleció este jesuita belga de origen noble que terminó siendo más chileno que los porotos, como decía en su español enrevesado y poco académico, que aprendió en tomas y campamentos. Promotor acérrimo de las mediaguas como solución habitacional, aquí reproducimos -actualizado- un retrato que le hicimos en 2017.

Por Ximena Torres Cautivo/ Publicado por El Mostrador.cl

Lo vi en marzo de este año, antes de que todo lo alterara la pandemia, caminado erguido por las oficinas de la casa matriz del Hogar de Cristo. Igualito a sí mismo, apagando las luces y saludando a medio mundo, tal como cuando lo entrevisté largamente hace tres años. Entonces contaba con rozagantes 92 años, ayer viernes 24 de julio murió. Tenía 96; 76 fueron de vida religiosa en la Compañía de Jesús: el 9 de julio había cumplido 65 años de sacerdocio.

Este sábado, su féretro pasará frente al Hogar de Cristo, donde habrá un breve rito de despedida en estos tiempos de distanciamiento físico, que será transmitido online. Son muchos los que comparten lo que escribieron su hermano jesuita José Francisco Yuraszeck y el director ejecutivo del Hogar de Cristo, Juan Cristóbal Romero, en un comunicado interno: “Querido padre Josse, “hermanito”, agradecemos tu paso entre nosotros, parte de tu alma se queda en el Hogar de Cristo y a nuestro lado”.  Recordando cómo surgió su vocación religiosa durante la Segunda Guerra Mundial que lo alejó de su vida de noble e hijo de una familia rica, también escriben: “Te dejaste tocar por Dios y no tuviste miedo de renunciar a la invitación del  ´Sagrado Corazón de Jesús sin brazos´. Esa estatua sin brazos que te quedaste contemplando arriba de un tanque de Patton, en la Segunda Guerra Mundial. Tomaste tu destino con libertad y con el misterio de la sincronicidad, el mismo día que entraste al noviciado jesuita se fundó el Hogar de Cristo, en octubre de 1944. Hoy te damos gracias por convertirte en los brazos de ese Sagrado Corazón de Jesús, por venir a Chile y por hacer tanto bien”.

Ese es el sentimiento –de agradecimiento enorme– que domina entre todos los que lo conocieron y hoy lo despiden.

El día en que lo entrevisté vestía una raída guayabera blanca, con el cuello deshilachado. Le dije que me parecía muy poca ropa para una mañana tan fría, pero este cura belga, con título nobiliario y familia multimillonaria en Bruselas, conocido como “el padre de las mediaguas” en Chile, donde llegó en 1958, el frío no le hacía ni cosquillas. “Vengo de un país donde en invierno puede haber hasta 8 grados bajo cero”, me dijo en su español entreverado y poco académico del que se enorgullece. “Nunca ‘abrí’ una gramática, nunca ´abrí´´ un diccionario. Hablo chileno de oído. Aprendí en las poblaciones, en las invasiones de terrenos”.

-¿Y en qué idioma piensa y sueña: en español o en francés? le pregunté.

-Te voy a contar una historia. El provincial de los jesuitas encontró que yo era muy viejo para manejar. Como en Chile después de los 80 hay que pasar todos los años el examen, a diferencia de Bélgica, donde tengo un carnet de conducir vigente desde 1963, me mandó a un médico de su confianza. Temía que como tengo tantos amigos en la Municipalidad, ahí me lo dieran altiro, así es que tuve que ir donde ¡una siquiatra! Ella me puso a hacer dibujitos. En un minuto, me pregunta: “Padre, ¿usted usa sacarina?”. Sí, digo. “¿En gotas?”, vuelve a preguntar. Sí. “¿Y cómo las cuenta?”. Un, deux, trois, quatre, cinq…, respondo. “Ve, padre, usted no está capacitado para manejar porque piensa en francés”. Yo le respondí que hace 58 años que vivo en este país y hablo chileno y sólo usé el francés 25 años de mi vida. ¿Acaso, doctorcita, usted cree que no sé leer donde dice no virar derecha?, le alegué.

-¿Y le dieron la licencia?

-No, poh. Si estaba todo calculado para que no me la dieran -concluye, aceptando que está viejo, que es mejor que no maneje y riéndose de sí mismo.

Eso era lo mejor del padre Josse: su humor. Su libertad de espíritu. Su capacidad de echarle para adelante.

SU VIDA EN LA VICTORIA

Y sus cientos de historias. Una más entretenida que la otra.

Era el primogénito de la familia dueña del poderoso consorcio de empresas belga ETEX, que en Chile tiene nueve industrias y más de 300 en el mundo. “Les hace bien a los ricos tener un comunista en la familia”, me dijo hace 3 años, confesando que sus tíos más conservadores siempre lo hallaron medio revolucionario, un cura rojo. “Pero la segunda, tercera y cuarta generaciones, la de los sobrinos y los sobrinos nietos y sobrinos bisnietos, no sabes lo macanudos que son. Todos quieren renunciar al capital. Muchos han venido a construir mediaguas con Techo. Cualquier adolescente que va a trabajar a Curanilahue o a cualquier parte donde se necesita levantar una vivienda para los más pobres, mejora, se transforma. Conocer al pobre es mejor que ir a la universidad. Los pobres deben ser nuestros maestros. Es lo que enseña Jesús. Él vivió como pobre entre los pobres, por eso, pero hoy nadie entiende eso”.

Josse con una familia de amigos y pobladores.

Van der Rest era veinteañero a fines de la Segunda Guerra Mundial. “El rey Balduino integraba la tropa de la cual yo era jefe y organicé a mi grupo de scouts como equipo de espionaje de los alemanes. También fui francotirador y terminé a cargo de un tanque del ejército del general Patton el día D”. Contó en su vida decenas de veces el episodio que recordaron el padre Pepe Yuraszeck y Juan Cristóbal Romero: que la visión de la imagen de un Cristo con los brazos rotos por los bombardeos, en cuya base alguien había escrito “I have not other hands than yours”, le cambió la vida. Ahí decidió que él sería las manos que le faltaban a ese Cristo. Así se hizo cura. Jesuita, porque Josse es más de acción que de contemplación. Después de la guerra, estudió distintas cosas y entró a la Compañía de Jesús. Paralelamente trabajó como obrero en unas minas de carbón, donde se mandaba a los prisioneros nazis como castigo, y fue capellán en una cárcel italiana. En 1955, fue ordenado sacerdote en Roma.Tres años después, en 1958, llegó a Chile, sin hablar una gota de español, sin saber bien qué era el Hogar de Cristo, que entonces tenía 14 años de existencia, ni tampoco Alberto Hurtado.

-El padre Hurtado fue educado y ordenado en Roma. El padre general de la época era su rector y se dio cuenta que aquí en Chile los jesuitas no se preocupaban del Hogar de Cristo, al que veían como una obra de laicos. Por eso me mandó a mí, contra la voluntad de mi provincial, que me tenía destinado a ser capellán de la Universidad de Bruselas. Por eso yo soy aquí una historia con dos patas. Conozco a todos sus presidentes; he mandado a 8 de ellos al cielo. Llegué a apoyar al capellán de entonces, el padre Lavín, que estaba ciego y sordo. Después, trabajé en el Centro Bellarmino, durante 50 años, como primer miembro del Centro de Investigación y Acción Social CIAS.

-¿Cómo fue ese aterrizaje?

-Viví en La Victoria con dos estudiantes de arquitectura, la Chichi y el Tito; ella hoy es una gran artista en Francia. También en la Colo-Colo, entre mucho cogotero, y en otras poblaciones, surgidas de tomas de terreno, donde aprendí a ser chileno.

-¿Cómo llegó a convertirse en “el padre de las mediaguas”?

-Es cierto, así me llaman. Comencé en el Zanjón de la Aguada. Comprábamos madera y fonolas y logramos hacer como 70 casas al año. Toda la población San Gregorio la hicimos nosotros. Varios años después conocí a Benito Baranda, que estaba en tercer año del colegio y seguimos trabajando. Fabricábamos las casas para Un Techo para Chile. En total fueron 552 mil mediaguas, lo que multiplicado por 4 significa beneficiar a 2 millones 200 mil personas. Llegamos a hacer 300 casas al día; ahora hacemos sólo mil 500 al año. No se requiere más. Chile es el único país que resolvió el problema del hábitat gracias a estos gallineros que se llaman mediaguas, pero que permiten ocupar un terreno, que es la base para que las familias pobres salgan de la pobreza.

-¿O sea, el terreno es más importante que la calidad de la casa?

-Obvio. Es lo que sostenía el viejo presidente Frei, el padre. Las familias pobres requieren un terrenito, agua y luz. El alcantarillado puede incluso ser un simple cagadero, un hoyo de 8 metros de profundidad. Esos yo los hacía con chuzo, perforando más mi sotana que la tierra.

 

MEDIAGUA, LA BIEN PONDERADA

El Nuncio de la época me retó porque yo trabajaba en calzoncillos en las tomas de terreno. Decía que eso atentaba contra la dignidad sacerdotal. Yo le replicaba: ¿Continúo haciendo cagaderos o uso sotana? Pero déjame seguir con la explicación: el pobre que consigue tener un terreno urbano sale de la pobreza, así de simple. Por eso mi mayor lucha es contra la especulación urbana que asfixia a los pobres y genera segregación y exclusión.

Con varios de sus hermanos jesuitas.

-¿Cómo se combate esa especulación?

-Robando el terreno nomás, porque es imposible comprarlo. Así se hizo en Chile. Yo terminé robándole terrenos del Arzobispado al cardenal Silva Henríquez. Él me llamó y me dijo: “¿Cómo, tú, un sacerdote que tiene que predicar el derecho de propiedad le roba un terreno a su pastor?”. Oh, yo caí de rodillas, porque no podía tolerar el reto de un hombre por el que yo sentía adoración. Un arzobispo top.

Histriónico, el padre Josse pone voz plañidera, recordando cómo le pedía perdón a Raúl Silva Henríquez, quien finalmente lo absolvió y le dijo: “Mira, van der Rest, no llores más, que aquí tengo otro terrenito en Conchalí que te puedes robar”.

Con su estilo poco ortodoxo y muy entretenido, el jesuita da clases a estudiantes de post grado de arquitectura y urbanismo de varias universidades europeas, donde explica lo que ha aprendido sobre viviendas sociales. Así nos resumió lo que enseñaba:

-Los chinos comunistas me enseñaron que el mínimo para una vivienda son tres metros cuadrados por nuca. Nuestra mediagua es de 20 metros cuadrados, porque se supone que la familia chilena es padre, madre, más dos niños. Eso gracias a que el viejo Frei hizo una cierta regulación de nacimientos. Chile hoy es un país cerca del desarrollo porque la familia es de 2 hijos promedio y no de no 7 como en Nigeria. Hay que entender que las mediaguas son casas provisorias. Y es interesante que cuando comparas las viviendas de gente que compra llave sobre puerta con las de una operación sitio, al cabo de tres años los de la toma habrán hecho muchos más progresos en sus casas. Yo hice una inmensa invasión de terrenos en Colina, donde hay una población con mi nombre, y no existen dos viviendas iguales. Cada uno trabajó la casa a su manera e hizo maravillas… y eso es muy lindo.

-Además de la especulación inmobiliaria, ¿qué otro mal señalaría en materia de vivienda?

-Creo que la arquitectura es una carrera pasada de moda. Se ha convertido en construir un monumento al cemento. Usan más material para cobrar más caro, y nadie inventa soluciones livianas. La mediagua sigue siendo canonizada por eso, aunque con el precio de una, hoy la gente consigue una casa de ladrillo con subsidio.

-Hay quienes dicen que las mediaguas son indignas, que no son una solución.

-Mira, la gran rabia que tengo yo es que hoy los que hablan no distinguen pobreza de indigencia. El Hogar de Cristo no trabaja por los pobres. No está en temas como el sueldo mínimo o las pensiones. Ese no es nuestro trabajo. Nuestra ocupación es la indigencia. El padre Hurtado siempre lo dijo: hay que conseguir un techo para los que no tienen techo. Ese era su lema. Y yo agrego lo del sitio urbano. Eso permite salir de la indigencia. Es un primer paso.

-Usted que es su historia viviente, ¿podría decirme cuál ha sido la mejor época del Hogar de Cristo?

-Para los terremotos. Ahí es cuando nosotros nos robábamos la película, ayudando a los que se habían quedado sin techo.

De repente, nos interrumpe el sonido de una salsa. Es el poco sacerdotal ringtone de su viejo celular. Responde, escucha y corta: “Me vas a perdonar, pero me llaman de la sala de los moribundos. Tengo que irme. Esa es hoy mi tarea más importante. He dado más de 400 pasaportes al cielo, que así se llama el sacramento. Son confesiones sin trámite, porque apenas el veinte por ciento de los que llegan a morir aquí hablan. Cuando llegué a Chile, teníamos 70 camas y 400 hospedados; tres no despertaban cada día. Ahora los viejos de la hospedería tienen tele a color, asistencia día y noche, oxígeno, alumnos de kinesiología que les resucitan los músculos un poco con sus ejercicios. Es una maravilla. Me llena el corazón ver que hoy los pobres mueren aquí como Dios quiere y no como los médicos quieren. Y, lo más importante, sin dolor, porque el dolor aquí no entra, eso no, mientras yo viva”.

Josse ya no vive físicamente desde ayer. Murió, pero sigue vivo en todos los que conocimos su energía, su humor y su conocimiento del Chile más vulnerable, pese a su lejana cuna de oro.

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