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Nelson Ilabel:

“Si no existiera el Hogar de Cristo, la pobreza se notaría más”

Durante los duros meses del estallido social, Nelson Ilabel no dudó un segundo en ir a ofrecer su ayuda a la hospedería Padre Álvaro Lavín, la misma que lo acogió cuando estuvo en situación de calle. En esos días críticos estuvo sirviendo la comida a quienes fueron sus antiguos compañeros de ruco, porque “el Hogar de Cristo me salvó la vida y siempre será mi segunda casa”.

Por María Teresa Villafrade

El gobierno anunció que, dada la pandemia del coronavirus, se adelanta para este 15 de abril el Plan Invierno que contempla medidas especiales para ir en ayuda de las personas en situación de calle. La noticia alegra mucho a Nelson Ilabel (39), conocido como el “Chicha” entre sus amigos que por muchos años convivieron con él en la calle, un apodo que se ganó por su inclinación a tomar “de lunes a lunes”, según él mismo señala.

“Nací en Santiago y tengo seis hermanos por parte de mi madre y otros seis hermanos por parte de mi padre. A los 15 años, me fui a vivir con mis abuelos, pero desgraciadamente cuando ellos murieron, quedé solo y me desordené. Caí en las drogas y el alcohol. Para subsistir trabajé siempre en las ferias, primero en la comuna de San Ramón pero después me vine a la de Santiago, porque me dieron el dato de una hospedería donde podría dormir. Llevo 19 años en esta comuna, ya no me moví más de aquí”, cuenta Nelson.

Todavía hay rucos donde él solía tener el suyo: en San Pablo con Chacabuco. “Paso a visitarlos de repente, porque nunca me olvido de ellos”, agrega. Así como tampoco olvida a la hospedería Padre Álvaro Lavín ubicada en calle Esperanza con Mapocho, la más grande de Chile y en la que pernoctó cuando tomó la decisión de cambiar su vida.

“Puedo decir que el Hogar de Cristo me salvó la vida y siempre será mi segunda casa. Cuando empecé mi tratamiento para dejar las drogas y el alcohol, me dieron hospedaje, comida y hasta me cargaban la tarjeta Bip para que no tuviera que preocuparme de nada más que de mi rehabilitación”, relata agradecido.

Primero se internó dos meses en el Hospital Siquiátrico Horwitz y después llegó a la hospedería. “Su ayuda fue fundamental porque viviendo en la calle es imposible seguir un tratamiento. Lo más duro es que te llega a doler la guata por las ganas de consumir, es una sensación terrible y si no tienes la fuerza de voluntad y el apoyo de personas al lado, recaes. El proceso en mi caso demoró casi tres años. Hay que aferrarse al de arriba, yo siempre lo hice. Y escuchar los consejos de otras personas. No te hablan para hacerte daño sino para ayudarte”, aconseja.

Con orgullo cuenta que lleva cinco años sin consumo y a punta de mucho esfuerzo ha conseguido las metas que se propuso. Hace tres meses y después de recibir el apoyo de sus amigos feriantes, instaló su propio puesto. “Obtuve el permiso de la municipalidad y estoy unos días en la feria de Portales con Esperanza, y otros en la de Herrera con Mapocho. Logré ese sueño porque me gané la confianza de las personas que me conocieron, tanto el lado malo como el lado bueno”, asegura.

-¿Y cómo te ha afectado la pandemia del coronavirus?

-Mucho, porque la cosa se puso mala por culpa de la cuarentena, viene muy poca gente a comprar, pero espero que pase pronto. Yo no he dejado trabajar un solo día, tal como hice cuando se desató lo del 18 de octubre.

Durante la crisis social, Nelson no dudó un segundo en ofrecer su ayuda a la hospedería Álvaro Lavín, ya que vive a una cuadra del lugar y supo que los monitores no podían llegar a trabajar. “Me ofrecí para servir la cena y hacer lo que estuviera a mi alcance, lo que se necesitara. Los conozco a todos y siempre he estado en contacto. Ahora están en cuarentena entonces ya no puedo ir. Porque trabajo en la feria y no es recomendable. Siempre les estoy agradecido, yo sé que cuento con ellos y ellos cuentan conmigo”.

Él, sin duda, es un modelo de superación para todos los hombres en situación de calle que llegan a la hospedería. Aunque ha visto a muchos amigos morir, todavía hay algunos que le recuerdan su etapa como “Chicha”. “Me hacen bromas, nos reímos. En la misma feria si tengo oportunidad de regalarles cosas, lo hago. Ellos ven que es posible dejar atrás la vida de calle, yo les digo que se puede. Por temas familiares muchos llegan a este extremo pero es algo que uno nunca deseó, nadie quiere terminar viviendo en la calle. Converso con ellos, cada uno tiene su fuerza interior, pero hay que aceptar que uno tiene un problema”.

“VIVIR SOLO CUESTA MUCHO”

Otro de los sueños de Nelson es tener su vivienda propia. Lleva años ahorrando y ha postulado al subsidio pero no lo han llamado. “Al principio dudé mucho en arrendar una pieza, porque vivir solo cuesta mucho. Lo que más me costó fue dormir, estuve una semana sin poder pegar un ojo. En la calle nunca estuve solo, de repente éramos 10 si es que no más. Y a ello súmale los perritos. En la hospedería también había mucha gente. Tenía miedo de arrendar porque temía recaer y volver a consumir. Ahora ya no me complica nada”.

Tiene una pareja que conoció justo cuando estaba en rehabilitación. Ella es vendedora de seguros y ha sido un pilar importante en su vida. “Sabe todo de mí y me acepta porque soy un poco enojón. A mí nunca me mandaron a la escuela, apenas sé leer y escribir, aprendí lo básico ya de grande con una fundación. Entonces ahora debo inscribirme de nuevo para el subsidio y me cuesta. Me da rabia no saber esas cosas. Mi pareja me ofrece ayuda pero igual me da rabia”, dice.

Cuenta que ha viajado dos veces en avión: una vez invitado por su polola a Pucón de vacaciones y la otra, a Argentina para un encuentro con el Hogar de Cristo trasandino. “Viajé con Andrés Millar y con el anterior capellán Pablo Walker. Allá la gente de calle es muy distinta, más achorada, porque tienen historias de vida tremendas. Me acuerdo de un hombre al que le decían ´Papito´, uno no sabe cómo sobrevivió, nos contó que durmió en un tarro de basura con ratones adentro. También me sorprendió lo mucho que allá quieren al padre Hurtado, es una figura para ellos”, relata.

Con su madre retomó la comunicación y dice que tanto ella como su polola son las personas que más quiere. “Es bonita la vida. Tuve mis altos y bajos, pero agradezco a los que me han dado una mano. A mí no me da vergüenza decir que viví en una hospedería, conozco gente que ha negado el Hogar de Cristo. Para mí es mi segunda casa. Si no existiera, la pobreza se notaría más”.

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