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Sadrach Velázquez:

“Debemos recuperar el agua”

Esa es la prioridad en las zonas devastadas por los megaincendios. En esos lugares, mayoritariamente rurales, las mujeres están sufriendo infecciones urinarias por falta de aseo y las aguas han sido contaminadas por los cadáveres de los animales. Ahumado y agotado, este laboratorista dental que es coordinador nacional de riesgos de ADRA Chile, oenegé adventista que actúa en emergencias, habla desde Santa Juana y Lumaco. 

Por Ximena Torres Cautivo, publicado por ElDínamo.cl

Sadrach Velásquez (40) es incombustible, energético, con pilas de larga duración. Partió el 3 de febrero desde Villa Alemana, donde reside, al centro sur del país. Fue el mismo viernes cuando se inició la catástrofe de los mega incendios forestales. Lo hizo en su rol de coordinador nacional de gestión de riesgo de ADRA Chile.

Y ahí sigue.

Conversamos con él en Santa Juana, una de las comunas más afectadas a nivel nacional, y luego a la vera de la carretera, cuando iba camino a Lumaco, la más afectada de La Araucanía.

ADRA es la Agencia Adventista de Desarrollo y Recursos Asistenciales, que logró notoriedad en el incendio de fines de diciembre de 2022 en los cerros de Viña del Mar, en el Gran Valparaíso, por su asistencia humanitaria de primera respuesta a la emergencia. Allí en las cercanías de la Villa Nueva Esperanza, entre el aeródromo Rodelillo y Las Palmas, lo que comenzó como un incendio forestal y avanzó por las quebradas favorecido por vientos de hasta 50 kilómetros por hora, terminó siendo sofocado después de Navidad tras tres días de horror que amenazaron incluso el anfiteatro donde se desarrolla el Festival de Viña, la Quinta Vergara. ¿Resultado? Dos personas fallecidas, 371 casas destruidas o gravemente dañadas, 1.040 damnificados y zonas forestales del sector arrasadas, incluyendo el parque natural Kan-Kan y más de 1.600 ejemplares de palmas chilenas perdidas.

Los mega incendios de febrero que han devastado ya más de 450 mil hectáreas, fundamentalmente en las regiones de Maule, Ñuble, Biobío y La Araucanía, han sido de dimensiones muchísimo mayores y con un nivel de afectación que no cesa. Los números a comienzos de esta semana hablan de casi 450 mil hectáreas devastadas, casi 2 mil casas destruidas, 7 mil damnificados y 26 personas muertas. Y ahora se ha contabilizado a “los grandes quemados”, quienes en la evacuación han sido alcanzados por las llamas, como les sucedió a un adolescente y su abuela en Teodoro Schmidt, en La Araucanía.

Ese escenario y sus particularidades es lo que conoce al dedillo este laboratorista dental que, con ocasión del terremoto de 2010, empezó a trabajar para la Comisión Europea y luego para la Cruz Roja. Así se especializó en agua, saneamiento y temas de higiene en situaciones de crisis humanitarias. “Agradezco esa posibilidad que se me abrió. Yo soy adventista, mi familia es adventista y siempre hemos participado en articular la tragedia, en poner nuestros conocimientos al servicio del país”.

ADRA es una agencia humanitaria internacional que nació en la Segunda Guerra Mundial para auxiliar a los afectados. A Chile llegó en 1953 y se consolidó para el terremoto de Valdivia, en 1960. “Ahora trabajamos en seguridad alimentaria, programas de niñez y en emergencias como la presente. Yo empecé en ADRA como voluntario en 1996 y, desde hace tres años, estoy contratado. Nosotros tenemos experiencia en responder a grandes desastres. La situación de la pandemia nos hizo elevar distintos proyectos de asistencia en varios países. Y los incendios en los cerros de Viña del Mar fueron una tragedia impactante, en la que hubo que responder de forma inmediata; por suerte, es en Villa Alemana donde contamos con más gente y tenemos más capacidad de respuesta. Ahí trabajamos con 65 voluntarios. Lo primero que hicimos fue darles contención psicológica a las personas afectadas”.

INFECCIONES URINARIAS A LA ORDEN DEL DÍA 

–¿Cuál es la diferencia entre lo vivido en la parte alta de Viña del Mar en diciembre y lo que está sucediendo ahora en vastas zonas del centro sur del país?   

–Lo que vemos ahora afecta principalmente a comunidades rurales; las tragedias en un contexto urbano, como fue lo de Viña del Mar, son muy diferentes. Acá hay que entender las distintas interfaces del territorio. En Santa Juana, en la región del Biobío, por ejemplo, apenas un veinte por ciento de la comuna es urbana; o sea, la gente vive en el pueblo. Todas las demás familias se distribuyen en predios que están en distintas interfaces y hoy están recibiendo el agua de diferentes maneras: en la primera cuentan con agua potable rural; en la segunda, se les provee con camiones aljibes; en la tercera, las viviendas se ubican en lugares remotos de difícil acceso, donde los camiones no caben por los caminos y se les está distribuyendo el agua en bidones pequeños que se cargan en camionetas con tracción. El agua es el gran problema, el que hay que solucionar primero.

El experto explica que las casas de los sectores más alejados obtienen el agua de pozos. Menciona “las punteras”, que son de diámetro pequeño y se extrae el agua con pequeñas bombas eléctricas, y los pozos cavados. En las primeras es imposible meter un balde, por ejemplo. Y en todos estos sistemas, las cañerías de PVC, que conducen el agua a las viviendas, se derritieron por el calor del fuego. Quedaron totalmente inutilizadas. Por eso, hace hincapié en que después de la remoción de escombros, viene la tarea de recuperar los sistemas para proveer de agua a las familias rurales. Esto es anterior a instalar cualquier vivienda de emergencia.

–Al no contar con agua, todo se vuelve crítico. Qué haces con las cacas, cómo cocinas, como te aseas. Las personas no cuentan ni con un lavatorio para sanearse. Este es un tremendo problema de salud pública, que requiere solución urgente. En Santa Juana murieron cerca de 800 animales de gran tamaño: toros, vacas, que arrancaron hacia los cauces de agua, pero murieron calcinados y sus cadáveres han contaminado las aguas superficiales, dejándolas no aptas para el consumo humano. Por eso, antes de rehabilitar las viviendas, es clave y vital recuperar los sistemas de agua.

–Este no fue tema en Viña del Mar…

–No, porque al ser un sector urbano, las personas podían bajar al plano, ir a donde amigos y parientes, asearse, disponer de baño, de un lugar donde quedarse, mientras intentaban y siguen trabajando en la reconstrucción. En las zonas rurales, sobre todo en las más alejadas, las familias son extendidas. O sea, en un campo vive el padre de familia, que ha dejado que sus hijos instalen sus viviendas en el mismo terreno. Eso es muy común. Legalmente, las viviendas de emergencia se entregan al dueño del predio. Eso significa que donde había cuatro casas, sólo se entregará una, lo que es otro tema complejo.

–Decías que el problema de salud pública que se puede producir es inminente. ¿Por qué?

–Es urgente en esas zonas enseñar tratamiento e higiene personal adecuados, pero sin los elementos mínimos es muy complejo. No por nada han empezado a proliferar las infecciones urinarias entre las mujeres. Eso se está viendo. La infraestructura de algunas postas rurales ha sido dañada y no están atendiendo. Las personas que son insulino dependientes necesitan que sus medicamentos estén a una temperatura estable y al no haber electricidad y no funcionar los refrigeradores, están muy complicadas. Ese tipo de complicaciones hemos percibido, y las organizaciones locales y el personal municipal están con un tremendo agotamiento físico y psicológico. Hay mucho estrés. Las personas se sienten sobrepasadas.

–¿Qué habría que hacer de acuerdo a tu experiencia para abordar estas necesidades inmediatas y concretas?  

–No podemos pensar que una institución puede resolver todas las múltiples necesidades de la reconstrucción. Acá es clave articular las acciones con otros, con todos los que conocen la realidad de los territorios. En cada uno, la infraestructura es muy distinta, la población está dispersa, las costumbres de manejo de agua son muy específicas. Hay que buscar soluciones amigables y que les hagan sentido a las comunidades. Nosotros podríamos transportar unos filtros de alta tecnología para purificar las aguas superficiales contaminadas por los animales en descomposición, pero la gente del campo sabe que la ceniza inhibe y neutraliza el olor del animal y la proliferación de vectores contaminantes. Son cosas simples que hay que canalizar, enseñar y poner en práctica ya.

EGOS Y OPORTUNISMOS POLÍTICOS  

Sadrach hace una comparación que muchos hemos hecho: Santa Olga, en Constitución, región del Maule, arrasado por el fuego de los mega incendios de 2017, y Santa Juana, en Concepción, región del Biobío, la víctima más notoria de este caliente y horroroso febrero de 2023.

–Yo creo que ese recuerdo confunde, porque cada emergencia tiene su particularidad, aunque es imposible no comparar ambas situaciones. Santa Olga era una enorme población, un pueblo, donde una casa ardió e inflamó a la otra y así. Todo se destruyó. Los chilenos guardamos en la retina esa devastación total que se produjo en un mismo lugar. E imaginamos que Santa Juana es similar, pero no. Acá la dispersión del daño es la característica. Por eso, hay que tener una visión panorámica central de lo sucedido. Lo más crítico es que las capacidades logísticas para abordar la emergencia no están en los municipios. Para mí deben estar en las Fuerzas Armadas; ellas cuentan, por ejemplo, con los vehículos adecuados para la distribución de ayuda en lugares de difícil acceso. Recuerdo que para el aluvión de Copiapó de 2015, donde murieron 31 personas, fueron esos vehículos los que permitieron llegar con la ayuda rápida y efectivamente. Eso no lo he visto en Santa Juana, Quillón, Purén, Tomé…

–¿Cómo lo ha hecho el nuevo ONEMI, el Senapred?  

–Senapred ha respondido en forma efectiva, pero también soy testigo de ver ayuda acumulada en bodegas municipales porque no hay capacidad de entregarla a las familias. Existen limitaciones evidentes para que los recursos lleguen pronto a la comunidad. Esto es un trabajo de largo aliento. Pensemos solamente en los miles y miles de kilómetros de ductos quemados que llevaban el agua a las familias y que se debe reinstalar.

El especialista sostiene que Chile es el país latinoamericano con la infraestructura sanitaria y los sistemas de agua potable más desarrollados de todo el continente. “Es por lejos el más preparado, pero la gestión está en las empresas de agua y hay poco espacio para las oenegés que trabajan con las comunidades rurales. Ahí hay mucho que hacer, porque con ocasión de desastres como el actual, el sector rural queda desprovisto. Hay que desarrollar en estas comunidades una buena autogestión de manejo de aguas”.

–¿Qué te parece la entrega de viviendas de emergencia?

–Lo más difícil es hacer el catastro de los sitios geo referenciados. Hoy las personas de los lugares rurales más alejados están sin nada. No tienen agua, sombra, techo, nada. Quienes lo perdieron todo quedaron como en el desierto. Solos. Tienen que bajar al pueblo, donde como señalaba antes, no tienen redes, porque todo su mundo estaba en su terreno. Para articular la reconstrucción en esos sectores, insisto, es clave reponer los sistemas de agua.

–¿Y hay capacidad para hacer eso con la premura y eficiencia que se requiere? 

–Los soportes técnicos que vienen de fuera muchas veces carecen del conocimiento del territorio y eso dificulta las soluciones. Hay áreas donde se ve más preparación. A mí me parece que Indap es vital en estos momentos.

Prudente y conciliador, dice que no ha visto manejo político de la desgracia. Pero reconoce que estas ocasiones se prestan para “que se interpongan los egos personales o políticos y no el genuino afán de aportar desinteresadamente. Cuando eso pasa sólo se consigue duplicar los esfuerzos, actuar de manera descoordinada y no ayudar a quienes más están sufriendo”.

Insiste en la neutralidad que debe guiar a las oenegés. Y celebra logros que lo tienen feliz como haber logrado la donación del gobierno de Estados Unidos de 60 estanques con capacidad de mil litros que llegarán a La Araucanía. También destaca que distribuirán baterías de cocina. “Parece menor, pero es increíble cómo se requieren utensilios de cocina cuando se ha perdido todo. A veces sobra comida, pero no hay dónde prepararlo”. Habla de 16 mil pallets de alimentos, donde destacan las legumbres. E insiste en la logística. “He visto muchos municipios sobrepasados, estresados. En esto las organizaciones de la sociedad civil que cuentan con credibilidad y experiencia sabemos hacer esa pega y estamos para ayudar. Irrita, apena, como me ha tocado ver, que inescrupulosos se estén aprovechando de la confusión y del agotamiento de funcionarios y voluntarios para ofrecerse a distribuir ayuda en vehículos que no llegan a su destino”.

Insiste en que los kits para habilitar interiormente las viviendas de emergencia, como los que entregará Hogar de Cristo en el marco de la campaña #JUNTOSPORCHILE, deben ser estandarizados y no marcar diferencias. Son detalles sutiles, pero que importan mucho.

Sadrach, que se llama como su padre, al que su abuela le puso el nombre por un personaje bíblico que aparece en el libro de Daniel, no puede estar mejor bautizado dadas las actuales circunstancias y el rol que le ha tocado en los mega incendios. Sadrach, Mesach y Abed-nego eran tres jóvenes que se negaron a renegar de su Dios frente al rey Nabucodonosor, quien, irritado, los arrojó vivos dentro de un horno.

Incombustibles, los jóvenes no ardieron ni se quemaron, tal como el actual Sadrach de ADRA que, ahumado y agotado, sabe que la emergencia no cesa, aunque el Festival de Viña del Mar, con sus galas y rutinas humorísticas, le haya quitado protagonismo.

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