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Samira Manrique: “Nadie vale más que otro”

Llegó desde Perú a Chile a los 17 años. De la selva al desierto. Hoy, a los 22, estudia Trabajo Social y realiza su práctica en el Hogar de Cristo de Chillán, acompañando a personas mayores que viven aisladas y en vulnerabilidad. Su vocación nació, en parte, de una historia familiar marcada por la calle, la rehabilitación y las segundas oportunidades. Ahora celebra los avances de quienes vuelven a encontrarse con otros y recuperan las ganas de participar. “El mérito es todo de ella”, dice sobre una de las mujeres a las que ha acompañado.
Por Ximena Torres Cautivo. Fotografías: Mauricio Hofmann
Octubre 22, 2026

-Yo vengo de una zona del Perú de nombre exótico: Tarapoto -dice la joven estudiante de Trabajo Social, Samira Manrique (22)-. Tarapoto es parte de la selva del Perú, pero yo soy nacida en Lima. Fue por el trabajo de mi papá que nos mudamos. Mi papá es abogado. Tenemos una relación cercana, así es que no se opuso cuando yo, a los 17 años, siendo menor de edad, migré a Chile con mi mamá, que se había enamorado de un chileno.

El hoy esposo chileno de su mamá las trajo a Calama, donde vivía. “Pasé del verde de la selva al desierto. No me gustó la ciudad; la encontré fea, fea. Finalmente, como él trabajaba en faena minera en turnos de 15 días y estábamos dos semanas al mes solas, resolvimos venirnos a vivir en San Carlos, aquí en la región de Ñuble. Mi mamá se dedicó a atender al marido de su esposo chileno, que era una persona mayor muy dependiente. La hija que lo cuidaba lo abandonó y él estaba es una situación de vulnerabilidad muy grande, viviendo solo en el campo. Él era un hombre campesino, de la zona rural. Mi mamá lo cuidó por años lo que la desgastó en lo físico y en lo psicológico. Y ahora yo, mira la casualidad, trabajo en la atención domiciliaria de adultos mayores”.

Samira Manrique nació en Lima, Perú, pero se crió en la selva peruana, en Tarapoto. Su mamá se enamoró de un chileno y se la trajo a Calama. Hoy vive en San Carlos y estudia en Chillán.

Samira está en tercer año de la carrera de Trabajo Social en la Universidad Adventista de Chile y desde marzo le asignaron su práctica anual en el Hogar de Cristo de Chillán. Específicamente, en el servicio de atención domiciliaria para personas mayores. Dice que al comienzo no le gustó nada.

-Inicialmente, yo no quería, porque ya había cuidado una persona mayor. Había ayudado a mi mamá con su suegro, entonces sabía lo retador que es ese trabajo, pero ahora estoy feliz, Acá nosotros vamos a los domicilios de las personas. Ellos nos reciben en su hogar, en su espacio natural, en su zona de confort. Nosotras se podría decir que llegamos a invadir su privacidad y a dar directrices, por eso es clave y conocer y respetar su perspectiva. Hay que ser muy cuidadosos para no infantilizar a las personas mayores. Nada de tratarlos de “abuelitos” y desconocer que son personas autónomas. Hombres y mujeres que pueden realizar sus tareas lo más bien. Por eso, nosotros buscamos que tengan redes, que se mantengan activos y que no haya necesidad de institucionalizarlos.

EL CHILENO QUE ENAMORÓ A SU MAMÁ

Samira se expresa maravillosamente. Habla un español precioso. No se come las eses finales. En suma: su castellano tiene esa perfección en que los peruanos superan por lejos a los chilenos. En pronunciación, modulación, vocabulario, sintaxis. Más cuando se trata de gente joven.

-¿Que definió tu vocación por el servicio social, Samira?

-En parte lo que me motivó es el hecho de ser migrante. Venir a residir a un país distinto, por más que compartamos el mismo idioma, es muy complejo. Yo, gracias a Dios, no he sufrido directamente discriminación por ser peruana, pero he presenciado cómo otros sí la sufren. Como hay prejuicios y estigmas respecto del que es distinto, que viene de afuera.

Agrega que en Perú no existe la carrera de Trabajo Social. “Es parte de la malla curricular de Psicología en las universidades de mi país”. Y que ella se enteró de su existencia gracias al esposo de su mamá. Y aquí abre una puerta de la historia familiar conmovedora.

Samira Manrique supo de la carreta de Trabajo Social por el esposo chileno de su mamá, quien había sido una persona en situación de calle y conocía bien el trabajo del Hogar de Cristo en Calama.

-Él vivió en situación de calle. Conoce muy bien el trabajo de la Hospedería del Hogar de Cristo en Calama. Él tuvo una infancia difícil, muy dura, que lo llevó al consumo de drogas. Hoy y desde hace años está rehabilitado, pero sabe en qué consiste el servicio social que entrega el Hogar de Cristo. A través de él conocí lo amplia que es la carrera, las muchas áreas que abarca y la ayuda que ofrece a las personas en pobreza. Es un área del conocimiento que te permite conocer y reconocer que las personas son todas distintas, pero que todas deben merecen ser tratadas con el mismo respecto, porque ninguno vale más que otro.

Dice que su mamá se enamoró de él cuando ya estaba sano. Pero que él no le ocultó su historia.

-Él tenía los contactos allá en el norte y me oriento a conocer a quienes hacían trabajo social. Allá la situación de calle es algo distinta a la de acá. Y en Perú es aún más diferente. Allá todos los de calle cargan con el estigma de “loquitos”. Así se les ve. En eso, Chile cambió mi mirada.

QUIERO SER MAMÁ LO ANTES POSIBLE

-¿Qué tanto sabías de Chile al venir?

-En Perú está instalada la idea de que los chilenos nos robaron. Eso es lo que nos enseñan desde niños. A mí me gusta la paz y me gusta estudiar. Así es que cuando vine para acá y tuve que prepararme para la PAES (Prueba de Acceso a la Educación Superior) me tocó estudiar la historia de Chile y descubrí la perspectiva chilena de las cosas. Cada país cuenta una historia distinta, lo que es obvio.

Dice que hoy está hallada en Chile. Que le gusta San Carlos por verde y por tranquilo. Que ha hecho amigos. “Estoy en una Universidad que es muy receptora de personas extranjeras. Me gusta además que ya en tercer año de los cinco que dura la carrera tengamos práctica oficial y que desde primero nos estén involucrando en el trabajo en terreno. Es muy positivo además que las clases sean personalizadas y tengamos contacto directo con los profesores.

-¿Cómo imaginas tu vida en 10 años?

-Me imagino ejerciendo, pero también soy muy profamilia. Me gustaría ser mamá joven. Tener hijos pronto. Ahora mismo si se pudiera -dice, muerta de la risa. Haciendo realidad aquello de que Chile estaría aún más despoblado de guaguas si no hubiera migrantes en el país.

Cuenta que tiene un pololo. Un garotinho. Un novio brasileño.

Las dos son alumnas de la carrera de Trabajo Social en la Universidad Adventista de Chile que está en Chillán. Ambas hacen la práctica en el Hogar de Cristo de la ciudad. Una es Samira, de tercer año, y la otra es Anita Da Costa, migrante brasileña, quien egresa en dos meses como trabajadora social.

Mucho más reservada se muestra cuando le preguntamos por su persona mayor preferida de las 30 que atiende en Chillán. “Mi sector es Lomas Oriente, aquí en Chillán”, precisa.

-Este es un trabajo duro, pero gracias a Dios, he tenido mis desafíos con personas mayores que no querían el plan de intervención que se les proponía. Que me dijeron que no a las propuestas que les hacía, pero que hoy han dejado el aislamiento social en que estaban y participan con gran entusiasmo de talleres y otras actividades. Si bien es cierto que el servicio de atención domiciliaria es individual, en el tiempo implica trabajo grupal e interacción.

de forma individual, pero después se hace trabajo en grupo y es fantástico escucharlas decirse: “Hola, amiga, ¿cómo estás?”, mientras comparten un café y socializan.

Respecto del perfil de las personas a las que atiende, señala: “Son vulnerables en lo económico y muchas de ellas están son muy aisladas. No tienen redes ni interacción. Por más que residan con sus hijos u otros familiares el ser personas mayores las limita. A veces otros deciden que no pueden salir o hacer lo que desean”.

-¿Hay diferencia con los que viven solos?

-Su situación es muy dura, aún más. Basta indagar un poquito y se quiebran.

Finalmente menciona a quien está en su top one. Se trata de una mujer mayor que cuidaba a un hijo con esquizofrenia y que fue el primer caso en que tuvo que intervenir. “Era una historia muy desafiante. Ella presentaba la clásica sobrecarga de la cuidadora, además era una mujer que había sufrido violencia intrafamiliar. Es viuda, estaba aislada, no tenía vínculos con nada ni nadie. Era un caso donde había muchas problemáticas que intervenir, pero me decidí por integrarla. Hoy la veo alegre, aliviada, participando con su hijo en todo tipo de actividades. Ver cómo ha progresado, me llena de orgullo. No es por darme méritos a mí; el mérito es todo de ella”.

Samira impresiona. Por madura, por simpática, por comprometida.