—Me llamo Alma María Rivera Rojas. Nací en Chillán hace como cien años, así que la vejez y yo ya nos conocemos bastante.
Alma (84) se ríe antes de terminar la frase.
Nació en esta ciudad, aunque permaneció aquí solo durante sus primeros cuatro o cinco años. Después vivió en Los Ángeles, se crio en Santiago y estudió Pedagogía en Valparaíso. A mediados de 2017, ya en la vejez, regresó a Chillán para estar más cerca de su única hija.
Desde entonces vive sola en una casa que ella llama su mansión.
—Es que no cabe nadie más.

Las paredes están cubiertas con sus pinturas. Hay trabajos en óleo y acrílico. Solo uno de los cuadros fue regalo de una amiga; los demás los pintó ella. Alma se detiene a mirar cada uno como si todavía estuviera evaluando qué podría corregir.
—No es fácil. Al final termino pintando lo que siento. Hoy soy una mujer feliz: nada me falta ni me sobra, tengo lo necesario.
Alma tiene una hija, un yerno y dos nietos. Vicente, el mayor, estudia animación en Santiago. Su hija y sus nietos han intentado convencerla de que se vaya a vivir con ellos, pero siempre responde que no.
—Mientras pueda, voy a vivir sola.
No lo dice desde el abandono ni desde una mala relación familiar. Quiere a su hija, habla con ella y recibe sus visitas. Su decisión tiene que ver con conservar algo que durante la vejez suele volverse frágil: la posibilidad de administrar su tiempo, ordenar su casa y decidir cómo transcurre cada día.
—Los hijos se casan y forman otro hogar, otro mundo. Nosotros hicimos lo mismo. No podemos pretender que estén pendientes de uno todo el tiempo.
Seguir viviendo en su casa no es un detalle para Alma. Es conservar sus rutinas, sus pinturas y el espacio donde todavía puede tomar decisiones sobre su propia vida. Ese es también uno de los objetivos de los servicios de apoyo domiciliario de Hogar de Cristo: acompañar a personas mayores que viven situaciones de pobreza, dependencia o aislamiento para que puedan permanecer en sus viviendas con mayores redes y autonomía.
En 2025, Hogar de Cristo realizó este trabajo mediante 54 unidades, que atendieron a 4.691 participantes.
En Chillán, ese acompañamiento entró en la vida de Alma a través de un papel que leyó mal.

La invitación llegó desde la junta de vecinos. Informaba que Hogar de Cristo comenzaría unos talleres cognitivos dirigidos a personas mayores del sector. Alma confundió la fecha y creyó que la actividad ya había ocurrido. Decidió acercarse de todas formas.
—Fui a preguntar por si acaso. Dije: “Parece que estoy atrasada”.
La recibió Rocío, integrante del equipo. Alma le mostró la invitación y le explicó que probablemente había llegado demasiado tarde.
La respuesta fue inmediata: todavía estaban incorporando participantes. “Ahí me recibieron al tiro”.
Llegar el día equivocado terminó abriendo una rutina nueva. Comenzó a asistir a los talleres, a relacionarse con otras mujeres y a conversar con integrantes de un equipo mucho más joven que ella.
Alma dice que las profesionales podrían ser sus hijas o sus nietas. La diferencia de edad no se transforma en distancia. “Nos sentimos acogidas, respetadas. Nos hacen caso”.
La frase parece sencilla. Para Alma no lo es. Uno de los primeros signos del envejecimiento, sostiene, aparece cuando una persona comienza a notar que los demás ya no escuchan lo que dice con la misma atención. Puede ocurrir durante una conversación familiar, en una reunión o frente a jóvenes que sonríen mientras la persona mayor intenta contar algo.
—Una habla y se ríen. Entonces piensa: “Estoy hablando tonteras. Ya estoy gagá”.
Después, dice, viene el silencio.
La persona empieza a intervenir menos. Deja de contar algunas historias, evita dar su opinión y se resta de actividades a las que incluso ha sido invitada. “Una se va quedando callada. Ya no quiere ir mucho a las cosas de los jóvenes y empieza a encerrarse”.
La soledad no siempre comienza cuando una persona se queda físicamente sola. También puede aparecer cuando siente que su experiencia perdió valor y que sus palabras provocan impaciencia, condescendencia o burla. Alma conoce esa sensación.
—Una piensa: “Ya no sirvo, estoy de más acá”.
En el servicio de Apoyo Domiciliarios para personas mayores de Hogar de Cristo encontró otra respuesta. Allí conversa, propone, escucha música y participa en actividades sin sentir que alguien está esperando que termine de hablar. “Ahora me siento útil. Me siento considerada. Siento que soy parte de la sociedad”.

Alma no llegó a Chillán buscando talleres. Se trasladó por insistencia de su hija, quien temía que continuara viviendo sola después de la muerte de la madre de Alma y que, ante una emergencia médica, nadie pudiera auxiliarla. La pérdida la afectó profundamente y el dolor no disminuyó con los meses. Cerca de un año y medio más tarde, recibió otro golpe: le diagnosticaron cáncer de mama.
—Me dijo: “Mamá, yo estoy preocupada. Si te pasa algo, ¿cómo llego hasta dónde estás? Es mejor que te vengas”.
Alma comenzó a preparar el traslado mientras recibía tratamiento. En medio de ese proceso apareció la depresión. Durante cerca de un año tuvo atención psiquiátrica. Al llegar a Chillán sintió que arrastraba el duelo por su madre, aunque había creído que ya lo había superado. “Pensé que se me había pasado, pero el tiempo hace que las pérdidas se sientan más fuertes”.
En Chillán no conocía a nadie fuera de su familia. Se encerraba, salía poco y sentía un vacío que no lograba identificar. Una doctora le indicó que debía salir de la casa y comenzar a relacionarse con otras personas. Alma respondió que no sabía cómo hacerlo. No tenía amistades ni una red propia en la ciudad.
La doctora cambió entonces la pregunta.
—Me dijo: “¿Qué es lo que a usted le hubiera gustado hacer en la vida y nunca pudo hacer?”.
Alma respondió sin rodeos:
—Pintar.
Había postergado la pintura durante décadas. Se había ocupado de otras responsabilidades, había formado una familia y atravesado distintos lugares y trabajos. La vejez, que muchas veces se presenta únicamente como una etapa de pérdidas, le permitió intentar algo que hasta entonces no se había dado tiempo de hacer.
En los talleres de Hogar de Cristo también hay música. El repertorio intenta acercarse a las épocas y preferencias de sus participantes. Con Alma, esa tarea puede conducir desde la bossa nova hasta el rock británico y la música chilena.
—Yo en mi juventud fui bien hippie, bien rebelde.
Le encantan los Rolling Stones. También Quilapayún y Los Jaivas.
A estos últimos, asegura, los conoció cuando todavía no eran el grupo reconocible que llegaría a llenar escenarios y convertirse en parte de la historia musical chilena.

En esos años estudiaba Pedagogía en la Universidad Católica de Valparaíso. Los músicos asistían a fiestas universitarias y recién comenzaban a presentarse. “Andaban de terno y corbata. No se vestían como ahora”.
Alma hace estos recuerdos con entusiasmo. No lo cuenta como quien se refugia permanentemente en el pasado. De hecho, considera que vivir demasiado tiempo dentro de los recuerdos puede volverse una forma de enfermedad. A medida que pasan los años, explica, existe la tentación de revisar la vida anterior, imaginar qué se habría podido hacer de otra manera y desear volver a momentos que ya no existen.
—Eso aprieta el corazón. Una se enferma de vivir demasiado en el recuerdo.
Su recomendación es mantenerse activa. Salir, conversar, ocupar la mente y ordenar la casa, incluso cuando ya está ordenada, antes que permitir que el aburrimiento se transforme en encierro.
—Hay que vivir más el presente: poner música, escuchar rock o pintar, mantener la mente activa y tratar de no pasar tanto tiempo sola. Esa es mi receta, mi manera de rebelarme frente a la vejez.