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Jorge Sepúlveda y sus regalos

De una bicicleta a una pierna ortopédica

A sus 62 años es un agradecido de la vida, pese a que ella ha sido veleidosa con él. Reside en la Casa de Acogida de Puente Alto, está sordo a causa de haber trabajado por años sin audífonos con máquinas cosechadoras, se mueve en bicicleta pese a haber sido amputado de una pierna, prepara cola de mono sin caer en el consumo excesivo y confiesa que volver a caminar ha sido su mejor regalo de Navidad.

Por Ximena Torres Cautivo

Jorge Sepúlveda tiene 62 años. Es un hombre joven, pero la vida lo ha convertido en un auténtico viejito pascuero. Para los demás y para sí mismo.

A nosotros y a la mayoría de los que visitan la Casa de Acogida Transitoria que Hogar de Cristo tiene en la población Teniente Merino de Puente Alto les regala sus maceteros en miniatura con flores artificiales que hace en sus ratos libres.

Es su hobby y su terapia al mismo tiempo.

Y, además, él se hizo a sí mismo un regalo fabuloso que recibió en mayo pasado, cuya historia nos relata.

Jorge no tiene un trineo con renos que lo ayuden a movilizarse, pero en una bicicleta pequeña y, pese a que la falta media pierna, pedalea por Puente Alto, con la prótesis que con todos sus recursos económicos y la generosa y conmovedora ayuda de trabajadores, residentes y amigos de la Casa de Acogida Transitoria, logró comprar en forma particular. “Si hubiera esperado la que da el sistema público, aún estaría esperando”, dice, orgulloso de haber podido solventar el millón y medio de pesos que costó su nueva media pierna derecha. “Me dio lo mismo quedarme sin todos los ahorros que tenía en el banco, que eran como un millón de pesos, pero yo no iba a dejar de caminar, yo no pensaba quedarme sentado”.

EL MEJOR REGALO DEL MUNDO

Con una resiliencia notable este hombre procedente de Lautaro, en la Región de La Araucanía, que llegó a Santiago en 1998, donde tuvo una larga experiencia de vida en calle, con graves problemas de consumo de alcohol, hoy no se lamenta de su pérdida. Asume que fue por su dejación y falta de conciencia.

–Tuve un accidente en el pie, donde yo trabajaba en la Estación Central. Me aplasté el dedo grande del pie derecho y fui a curaciones y todo eso, pero después se me infectó. Y no me preocupé. No le di importancia, seguí tomando, viviendo curado. Me pasó por gil, por dejado –sostiene.

¿Cómo llegó Jorge a abandonarse tanto?

La historia es larga y, como suele ser en la mayoría de los casos de quienes viven en situación de calle, está marcada por un quiebre emocional, familiar, económico. “Mi mamá murió y dejó dos casas en un sitio de cincuenta por cincuenta, pero a mí mis dos hermanos me redujeron a una piecesita mínima para dormir y nada más, y arrendaron las casas. Me marginaron. Antes, yo me había separado. Tuve a una señora en Perquenco y un hijo con ella, pero ella se juntó con otro, así es que yo se lo dejé a una tía. Hoy tendrá unos 28 años, porque nunca más lo vi. Sé que está en buenas manos, que estudia en la Universidad Austral. Hice lo correcto”.

Cuenta que cuando despertó en el hospital después de la amputación bajo la rodilla de su pierna derecha, simplemente se dijo: “Esto te pasó por huevón (perdonando la expresión)… No me desesperé, ni lloré, ni maldije a mi suerte o a Dios. En el hospital me regalaron una silla de ruedas y al poco tiempo ya me bañaba solo, hacía mi cama, me las arreglaba. No me amargué, vi con claridad y optimismo lo que venía. Además, acá, la jefa, la señora Carolina Mena, me pidió al tiro hora para terapia, rehabilitación, prótesis y todo, yo a ella le agradezco todo”, dice.

Jorge es uno de los 22 hombres mayores que viven en este programa del Hogar de Cristo, que entiende la institucionalización como una etapa transitoria. Tienen entre 55 años, el menor, y 87, el mayor, y sus historias, siendo muy diversas, tiene de base el abandono, entendido en términos muy amplios. El presente, en cambio, está para ellos marcado por la fragilidad

La trabajadora social Carolina Mena con parte del equipo que da vida a la Casa de Acogida Transitoria de Puente Alto.

Y se emociona, porque la prótesis ha sido “el mejor regalo” de su vida. Mejor incluso que la bicicleta que recibió cuando niño.

–Aquí he descubierto el valor del dinero, del trabajo. De estar sobrio. Antes yo tenía una luca y me la tomaba. Ahora junto mi platita, agarro la bici, voy a la feria y me compro una polera linda. O le mando plata a mi tía, la que me acogió me acogió en Santiago. O compro frutas para las niñas de acá. Estoy contento con mi vida, como cuando era niño, y los viejos, las viejas y los cabros chicos, celebrábamos las navidades asando un cordero a la orilla del río en el fundo, allá en el sur. A veces nos regalaban cosas sencillas, como pelotas plásticas, y uno las agradecía y las disfrutaba, no como ahora que los regalos tienen que ser de buena marca o de computadores para arriba si no los niños se los tiran por la cabeza a los padres.

Jorge Sepúlveda se ofrece para enseñarnos a preparar cola de mono, en dos versiones: “con y sin malicia”, y se lamenta de que, en lugar de aguardiente, trajéramos pisco, pero igual se pone manos a la obra. Y con mesura, en un vasito con un gran hielo, brinda una vez preparado el nostálgico bebedizo con sus compañeros de la Casa de Acogida Transitoria. Dice: “Brindo porque a mis 62 años he vuelto a caminar con la ayuda de gente buena”.

 


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