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María Villalobos:

Rodeada de muerte, opta por la vida

Pertenece a una generación intermedia: no es feminista, pero tiene conciencia de la desigualdad de género. Llegó solo hasta octavo básico, sirvió a su esposo y ahora se dedica al cuidado a tiempo completo de su padre ciego y nonagenario. Viuda, carga con el dolor de dos hijos trágicamente fallecidos. ¿Qué la salva? La ayuda generosa de otros y el deseo de ayudar de ella misma.

Por Ximena Torres Cautivo

María Villalobos (64) sueña con terminar la enseñanza media, pero la asusta el inglés.

Se le ha metido en la cabeza que es mala para eso. Y no se anima.

Sería genial que lo hiciera, porque hoy su vida, como cuidadora de Juan, su padre de 90 años y atrapado en su cama a causa de una ceguera total que sufre desde hace décadas pero a la que se suma una operación de cadera a causa de una fractura, hoy es absolutamente puertas adentro.

Las únicas salidas diarias que hace son las que la llevan a usar la lavadora en la casa vecina, que era suya y de su marido hasta que él murió de un paro cardio respiratorio. “Era alcohólico; su muerte fue a causa de eso”, dice. Ahora la casa donde crió a sus hijos, le sirve de lavandería, porque acá, en la de su padre, es donde duerme, come y lo cuida las 24 horas del día.

Unos treinta metros separan una casa de la otra. Ambas están encaramadas en unas lomas suaves en el sector de Deuca, en los alrededores de Curepto, región del Maule. Hay otra vivienda vecina donde vive uno de sus hermanos. Eran 11 en total. “Quedamos ocho vivos”, cuenta María, quien perdió a su madre a causa de un cáncer de útero, a su marido por las razones ya señaladas y –lo más duro de todo– a dos de sus tres hijos. Uno murió en 1998 “por enfermedad” y otro, en 1999. El segundo se suicidó en el campo, cuando estaba haciendo el Servicio Militar. Hoy sobrevive uno, de 38 años, que vive en Curepto.

María tiene una pensión de invalidez, a causa del trastorno depresivo que le provocó la dramática partida de su hijo, y su papá, la pensión única solidaria. Con eso viven ambos.

-Cuando mi hijo se suicidó estuve mal, muy mal. El regimiento me ayudó, pero fue difícil levantar cabeza- dice con la clásica parquedad de las personas tímidas, pero poco a poco se va soltando.

Nos cuenta que cursó hasta octavo básico en la Escuela de Deuca. E insiste en que le encantaría terminar la enseñanza media. Así nos vamos enterando que fue elegida por la comunidad Presidenta de la Junta de Vecinos del sector y que es parte del Consejo de Desarrollo del Hospital de Curepto, y que intenta ir siempre a las reuniones de ambas organizaciones.

No es fácil.

“Me cuesta mucho salir, pero trato de hacerlo. Para eso necesito que mi hermano, que vive en esa otra casa vecina, me lo mire”, explica, indicando a su papá.

Hemos estado conversando en torno a la cama de Juan. No sabemos si duerme, pero María dice que ha estado atento a todo lo que hablamos, aunque reconoce que está cada vez más ido.

-No me imagino el futuro cuando mi papá no esté. Cuánto le quedará. ¿Dos, tres años? Yo converso todavía harto con él. Anoche me decía que andaba en Limávida, donde está virgen. Siempre fue un hombre muy alegre, lustraba sus zapatos, se vestía solito, hasta que le dio la glaucoma. Fue hace muchos años. Antes  araba, tenía sus bueyes. Hasta hace poco estaba activo, fue la fractura de cadera la que lo postró. Mis hermanos le tenían unas guías para que se moviera por fuera de la casa, pero ese día se apoyó en la puerta del gallinero, la puerta estaba abierta, se cayó y se quebró. Ahí se produjo el gran cambio.

DESPERTANDO AL FEMINISMO

María está a medio camino entre la generación de las mujeres que no chistaban frente al machismo y la estructura patriarcal, sobre todo en sectores rurales como éste, y las que tienen conciencia plena de sus derechos y de la igualdad de género.

-El golpe más grande ha sido la muerte de mis hijos. Yo he sufrido mucho. Eso y el convivir con una persona ebria, que no mira nada. Que es violento, cuando toma, aunque sobrio fuera un hombre bueno, amable, incluso. Yo noto que hoy las mujeres se están poniendo más firmes. Más seguras. Lo noto en mi cuñada.

Pero se da cuenta de la diferencia entre ella y sus hermanos varones, la que no ha cambiado. “Yo cuido a mi papá, pero ellos vienen a verlo, de visita y no se les ocurre ayudar”, comenta. Ella, en cambio, es cuidadora a tiempo completo. De noche, su sueño es ligero, porque está atenta a cada movimiento de Juan y, de día, le hace todo: lo lava, lo muda, lo alimenta, le conversa.

Su caso no es excepcional: es la realidad del 98 por ciento de quienes son cuidadores informales de alguien postrado o en situación de discapacidad, todas son mujeres. Según la Encuesta sobre Cuidadores Informales (2018) más de la mitad de ellas son dueñas de casa, y un 78 % tuvo que dejar su trabajo para hacerse cargo de un familiar dependiente.

María cuenta que en los veranos solía ser temporera y recoger arándanos o se empleaba “como nana, donde los Herrera que venían al campo de vacaciones”, dice. Ahora no puede hacer nada de eso. Esta ciento por ciento volcada a la atención de su padre anciano. Y ciego.

La dupla del programa de atención domiciliaria para el adulto mayor (PADAM) de Curepto, formada por el trabajador social, Rodrigo Lazo (33), y la técnico social, Jessenia Rojas (27), son una compañía habitual para Juan y María.

Jessenia, sobre todo, que vive trabajando en terreno, visitando a los participantes, conoce todo sobre ellos y los otros 29 adultos mayores y sus cuidadores, que atiende este activo PADAM de Curepto. Sabe que María es dinámica y no se queda. Y la estimula a estudiar. Y a participar en la comunidad.

María se retrae, pero le interesa.

Antes de despedirnos, nos dice: “Hay que confiar en Diosito, en las personas generosas que ayudan y en una misma. Yo soy llorona, pero fuerte, porque he pasado muchas cosas dolorosas. Soy una sobreviviente, igual que mi papá, con sus 90 y medio. A mí me gusta ayudar a la gente y me digo: Si Diosito me tiene viva es para que sirva, para que ayude a otros”.

 


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