Que en esta iniciativa haya un ganador es casi una excusa, aunque, dada la realidad económica promedio de un adulto mayor en Chile, recibir una giftcard por 100 mil pesos no es cosa trivial. Felicitamos entonces a Sergio Evaristo Valdés (82), de La Florida, asiduo visitante del Centro Cultural La Moneda, donde depositó su manuscrito. El breve texto, donde se presentaba muy formalmente y celebraba la iniciativa de estimular la escritura, fue el elegido por un jurado capacitado y una jueza dirimente excelsa. Ella consideró que “el diseño y armonía de sus letras” merecía el calificativo de “excelente”, imponiéndose sobre los otros estupendos participantes.

Este es el manuscrito ganador. Destaca sobre otros muy competitivos por el diseño y armonía de sus letras. Su autor tiene 82 años y es muy formal. Un perfecto e inquieto caballero al que visitaremos en breve.
Esta semana visitaremos a Sergio y ya les contaremos su historia.
Pero ahora la verdadera noticia está en lo que apareció cuando 46 personas mayores volvieron a tomar un lápiz y un papel: una generación que aprendió a escribir con cuadernos de caligrafía, que recuerda ese aprendizaje como un rito de infancia, que observa cómo la escritura a mano desaparece y que, al mismo tiempo, encuentra en ese gesto una forma de decir quién es hoy.
Las condiciones de la convocatoria eran claras: no importaba la historia que contaran. Si era la carta para un nieto, la copia de un poema o texto famoso, una reflexión sobre el paso del tiempo o una confesión de felicidad en la vejez. Lo único que se evaluaría sería la calidad de su letra: el trazo, la armonía, la belleza de una escritura hecha a mano.

En la Biblioteca del Hogar de Cristo en Estación Central hicimos esta foto para promover la convocatoria Lánzate a escribir a mano. Llegaron 46 textos manuscritos: 40 partiicpantes son mujeres. BLACKOUT. AGENCIA BLACKOUT
Pero cuando comenzaron a llegar los 46 textos de la convocatoria “Lánzate a escribir”, algo quedó claro: las palabras también tenían una historia que contar.
Con una edad promedio de 80 años y con una participación mayoritariamente femenina —solo seis hombres enviaron sus escritos—, los participantes volvieron a una práctica que marcó su infancia. Muchos recordaron los ejercicios de caligrafía en la escuela, las horas de cuaderno y lápiz, la importancia que antes tenía tener “buena letra”.
Es lo que hace Jacqueline Medel en su texto: “En el colegio era infaltable el cuaderno de caligrafía y la tarea diaria. Siempre me gustó dibujar las letras enmarcadas en los cuadraditos, siguiendo las líneas. Junto a todo esto, está el recuerdo imborrable de mi padre junto a su pluma de tinta, dibujando letras góticas. Qué belleza increíble”.
Otros se detuvieron en lo mucho que ese hábito se ha ido perdiendo en una época dominada por teclados y pantallas. La misma Jacqueline reflexiona: “En el presente, los niños cuentan con toda la tecnología y la dominan a la perfección, pero sin saberlo se están perdiendo el romanticismo de las letras construidas su propio pulso y concentración”
Hubo cartas dirigidas a nietos y nietas, relatos de vida, reflexiones sobre la vejez y también sorprendentes declaraciones de bienestar: al menos dos participantes escribieron algo que muchas veces se olvida cuando se habla de envejecimiento: que son felices.
Inés Arce escribe: “Los adultos mayores tenemos que hacernos respetar por sobre todas las cosas. Ah, un consejo: jamás nos tienen que ver débiles. Nosotros merecemos respeto y porque tenemos autoridad debemos disfrutar de nuestras vidas. Soy Inés, tengo 78 años y soy muy feliz”. Y remata su reflexión con una flor.
Entre todas esas hojas escritas con paciencia y dedicación, el jurado tuvo que elegir un único ganador. Repetimos que la decisión no consideró la emoción de los relatos ni la dureza o belleza de las experiencias narradas, sino exclusivamente la calidad caligráfica de los textos.
Porque ese era precisamente el propósito de la iniciativa: recuperar el acto de escribir a mano y recordar que detrás de cada letra se pone en marcha una compleja coordinación entre memoria, pensamiento y movimiento.
Sin embargo, la convocatoria también dejó una pregunta perturbadora: ¿Cuántos no pudieron participar?

Notable esta letra que llegó desde La Serena y estuvo entre el trío de finalistas. La jueza observo las lineas de término de la escritura. Su autora es Gladys Rojas. Preciosa caligrafía,
En Chile, mientras la alfabetización de la población general alcanza aproximadamente al 97%, entre las personas mayores de 65 años baja a cerca del 93,6%. Esto significa que un 6,4% de las personas mayores son analfabetas, una cifra que en sectores rurales puede elevarse hasta el 15,4%.
En otras palabras, mientras decenas de personas mayores celebraban volver a escribir una carta con su propia mano, hay otras que nunca tuvieron la oportunidad de aprender a hacerlo.
Ese contraste terminó convirtiéndose en una de las lecciones más profundas de “Lánzate a escribir”: escribir a mano puede ser un ejercicio para cuidar la memoria y la identidad, pero aprender a escribir sigue siendo, para muchos adultos mayores en Chile, una deuda pendiente de dignidad y de inclusión.
Por eso, nos emocionan los textos escritos con esfuerzo y mano temblorosa, como el de Irene Díaz, de 71 años. Cuenta que hace tres meses se fracturó el hombro derecho. Y es diestra. Y sueña con que la kinesiología la ayude a recuperarse y a que su hija encuentre trabajo. “Ella no se ha dejado estar, ya que cocina postres para vender a los vecinos. A veces le va bien; a veces, mal. Pero ahí vamos”.
Hay algo muy potente en las letras temblorosas, los errores de ortografía o una caligrafía menos perfecta, que igualmente son expresión de un privilegio, el de haber tenido acceso a la educación. A la alfabetización.
Y esa constatación no es menor. En el trabajo diario de Hogar de Cristo con personas mayores en situación de pobreza aparece con fuerza una realidad que muchas veces permanece invisible: todavía hay hombres y, especialmente, mujeres mayores que nunca fueron a la escuela o que tuvieron una escolaridad tan breve que no alcanzaron a alfabetizarse plenamente.
La convocatoria deja también esa paradoja.

Varios escritos eran copias de textos clásicos, como este de María Inés Domínguez, que reproduce un segmento de El Principito con otra interesante caligrafía.
En los programas de Hogar de Cristo con personas mayores pobres, el analfabetismo es una realidad dolorosa y persistente. Por eso, detrás de cada carta enviada, incluso de las letras más vacilantes o de una ortografía imperfecta, hay algo que no debe darse por sentado: el derecho que alguna vez tuvieron de aprender a escribir.
Así, la conclusión de esta campaña que repetiremos en primavera nació para rescatar un hábito que la tecnología está desplazando, pero terminó revelando una desigualdad mucho más antigua: que no todos tuvieron siquiera la oportunidad de adquirir ese hábito.