Main Donate Form

$ 0

Gloria Bravo:

La abuela superpoderosa de La Pintana

En 50 metros cuadrados viven 13 personas. Seis son adultos; sólo 3 generan ingresos. Habitan en una de las comunas con mayor pobreza, percepción de inseguridad y hacinamiento de la región Metropolitana. Gloria, la “matriarca” asume la crianza de los tres niños que abandonó un hijo con discapacidad mental. Uno de ellos se recupera de un cáncer fulminante que obligó a extirparle un ojo, pero con una resiliencia admirable, hoy celebra el egreso de la sala cuna de su nieto menor, Mateo.

Por Ximena Torres Cautivo

18 Enero 2024 a las 23:11

Juan Carlos Guzmán (44) es –y lo dice con orgullo– “técnico profesional en turismo bilingüe”.

–¿Y por qué no trabajas en lo que estudiaste?

–Porque vivo en La Pintana. Para conseguir pega en lo mío tendría que vivir en otra comuna.

“Una menos estigmatizada”, sostiene. Donde el nivel de pobreza no se eleve tanto por encima del promedio país. Donde no existan etiquetas discriminatorias que impidan a sus habitantes surgir.

De acuerdo a la reciente encuesta CASEN, un 9.35 de los habitantes de La Pintana vive en pobreza por ingresos, lo que corresponde a casi tres puntos más que el promedio nacional de 6.5%.

Actualmente, Juan Carlos está con licencia médica. Este sábado, en el Hospital Sótero del Río le harán, por fin, una resonancia magnética para determinar el daño de sus rodillas. Trabaja como conductor de micros en la empresa Subus. Su sueldo líquido no llega a 500 mil pesos.

A Constanza Arzola (35), su mujer desde hace diez años, la conoció cuando era vendedor de gas en la población, porque realmente nunca ha podido poner a prueba sus estudios técnicos. No le han dado la oportunidad.

A la Izquierda, Juan Carlos Guzmán y Constanza Arzola, hijo mayor y nuera de Gloria Bravo. Más tres de los nietos que viven con ella. En sus brazos, tiene a Nelson, quien se recupera de un cáncer cerebral, que obligó a extirparle un ojo.

Juan Carlos y Constanza son padres de Mateo (2), el menor de los 14 nietos de Gloria Bravo, mamá y suegra de ambos, respectivamente. Ellos viven de allegados en la casa que Gloria tiene en la población El Castillo de La Pintana y que ha ido ampliando hasta quedar con sólo una franja de unos dos por tres metros de patio. Son 13 personas, distribuidas en cuatro habitaciones: siete niños y seis adultos. De estos últimos, sólo tres generan ingresos.

La precariedad económica se ha extremado en los últimos años.

–Nuestra vida es una teleserie: la casa, la gente. Yo vivo con mi suegra, mi cuñada, sus maridos, los hijos de todos. En la casa somos trece, contando a los niños. Mi suegra se hizo cargo de tres nietos. Los tres son hijos de mi cuñado, que se fue. Los abandonó. Uno de ellos, Nelson, tiene cáncer, y los otros son gemelos, Florencia y Agustín –explica Constanza. También cuenta que ella y su marido están solicitando la tuición legal de Agustín. Y su suegra, la de Florencia.

Todo esto se desarrolló en pandemia, etapa en que varios de los adultos de la casa quedaron sin trabajo, como la hija menor de Gloria. Y se volvió crítico con la grave enfermedad de Nelson.

Su abuela, Gloria, entrega detalles:

–A Nelson le dio cáncer a los tres años; ahora con cinco, pesa los mismos kilos que Agustín, su hermano menor, de tres años. Nosotros no teníamos idea que tenía cáncer; nos dimos cuenta que algo le pasaba cuando empezó a chocar con las cosas. En una semana se lo detectaron. Fue un 31 de marzo y los primeros días de abril le extirparon el tumor que se había ramificado y hubo que sacarle un ojo.

Esta mujer, al que su hijo mayor llama “la matriarca”, tiene una fuerza y un optimismo portentosos, aunque reconoce que la ha pasado mal. Afirma:

–¡Nos ha salido tan caro todo esto! Porque “Nelsito” toma leche Ensure, más la azúcar especial que le dan, y más el ojito, la prótesis. Costó 650 mil pesos. Hemos luchado tanto. A mí se me fueron los cuatro retiros de los fondos de pensiones en la enfermedad del niño. Mi idea era mejorar la casa, que está viejita, pero no se pudo.

Un apoyo central para Gloria y su familia ampliada en estos años durísimos ha sido la sala cuna Monseñor Santiago Tapia, que queda a unos diez minutos caminando desde su casa. Y desde donde, este viernes 19 de enero, egresará Mateo, el menor de los niños de la casa.

Será un significativo fin de ciclo para toda la familia.

LA “TELEALCALDESA”

Gloria Bravo lleva 30 años vinculada a ese centro de educación inicial. Fue apoderada desde que se fundó. Ahí asistieron sus dos hijos menores de los cuatro que tiene y que crió sola en su casa de este amplio y emblemático sector de la población El Castillo. Entonces la sala cuna estaba asociada con un centro abierto, donde se daba alimentación a niños y adultos mayores.

La educadora de párvulos Ingrid Gallardo fue la segunda directora de la sala cuna Monseñor Santiago Tapia y hoy es subdirectora de Cultura Solidaria del Hogar de Cristo. Dice sobre el trabajo de aquellos años:

–La sala cuna se entregó en 1990. Yo me hice cargo un año después y estuve ahí hasta 1994. Frente a nosotros teníamos un gran centro abierto a cargo de Benito Baranda, donde se atendía a 350 niños y adultos mayores, y nosotros teníamos la sala cuna para 36 lactantes distribuidos en tres niveles. Las familias de uno y otro dispositivo eran las mismas y trabajábamos con mucha mística. Desplegábamos todas nuestras plumas para hacer de todo. Éramos bien como el circo Chamorro –explica con gracia elocuente.

Juan Carlos Guzmán, Gloria Bravo y Constanza Arzola en la cocina que ampliaron e integraron a la casa de originales 50 metros cuadrados que han ido ampliando para tener al menos un dormitorio por familia allegada.

En ese sector de la populosa comuna de La Pintana le encontró todo el sentido a su carrera de educadora. No sólo de párvulos, “sino también de adultos”. Afirma que en esos años, había menos herramientas técnicas, pero se trabajaba a mucho olfato, siempre inspirados en un principio: “Apoyar a los que tenían más daño, más necesidad”.

Juan Carlos Guzmán, el hijo mayor de Gloria Bravo, y sus hermanos correspondían a ese grupo con necesidades extremas. Gloria era jefa de hogar. Una madre sola con 4 niños pequeños que alimentar. Tenía que trabajar y no hallaba qué hacer con ellos. “Por suerte”, dice “apareció esta sala cuna. Ahí pude empezar a trabajar”, recuerda hoy Gloria sobre esos días en que consiguió empleo barriendo calles de la comuna.

Juan Carlos cuenta que él acudía al Centro Abierto, donde le daban almuerzo. “Lo único que había que llevar era una cuchara. Yo me convertí en el hombre de la casa al ser el mayor. Trabajo desde los 8 años”, afirma y lamenta que ese Centro Abierto y un programa para adultos mayores se hayan cerrado hace años.

–Sólo queda la sala cuna, que es una tremenda ayuda para las cuarenta familias que tienen ahí a sus hijos pequeños. Ahí reciben educación, y para muchos es la forma en que alimentan a sus niños y consiguen los pañales, que son tan caros y muchos no tienen plata para comprarlos.

–¿Crees que la pobreza de La Pintana hoy es menos, igual o peor que cuando eras niño?

–Es distinta. Ahora hay más oferta comercial: muchos negocios y supermercados. Ahí ha habido progreso, pero se ha perdido la vida de barrio, la solidaridad, el sentido comunitario. Proyectos como el Centro Abierto y la preocupación por los adultos mayores que están solos ya no existen. Hoy no hay presupuesto para esas iniciativas sociales. Siempre es la misma respuesta: no hay presupuesto.

Impresiona la sensibilidad de Juan Carlos. Tan evidente es, que el Partido Radical le propuso ir como candidato en la última elección municipal. No resultó electo y no le importa, porque no es afín a la política. Es crítico de la gestión de la “telealcaldesa”, como llama a la demócratacristina Claudia Pizarro, la actual autoridad municipal. “Lo mío es lo social”, afirma.

“SI MIS POLLOS, NO SOY NADA”

Mateo egresa de la sala cuna este viernes 19 de enero y ya está aceptado en el jardín infantil al que van sus primos, los gemelos Agustín y Florencia.

Su mamá, Constanza, lamenta que el Hogar de Cristo no tenga un jardín que dé continuidad a la sala cuna Monseñor Santiago Tapia, donde su pequeño Mateo asistió siempre. “Ahí pasó de ser una blanca paloma al niño feliz y súper activo que es hoy”, bromea y, al igual que su suegra, no escatima en agradecimientos para “las tías del jardín”.

–Cada una de ellas nos ha ayudado cuando lo hemos necesitado: con pañales, con comida, con todo tipo de apoyo.

La sala cuna del Hogar de Cristo es mucho más que un recinto de estimulación y desarrollo integral de párvulos, es también un lugar que apoya a 60 familias que viven en uno de los territorios con las mayores tasas de pobreza en la Región Metropolitana. De acuerdo a la CASEN 2022, el 27% de la población de La Pintana vive en situación de pobreza multidimensional, lo que corresponde a más de 57 mil personas. A diciembre del 2020, el Ministerio de Desarrollo Social estimó que el 4,8% de los habitantes de La Pintana carecen de servicios básicos y un 22,3% vive hacinado.

–¿Por qué, habiendo tantas necesidades, mantienes cuatro perros en tu casa, Gloria?

–Porque nos protegen de los angustiados que se suben al techo y tratan de robar lo poco que uno tiene. La otra noche nada más uno de los perros agarró a uno del tobillo –dice la dueña de casa con una lógica aplastante.

“En La Pintana, hay veinte mil personas de rehenes, que son los vecinos”, escribió en una de sus siempre polémicas columnas el arquitecto y magíster en desarrollo urbano, Iván Poduje, quien ha trabajado con la alcaldesa de la comuna. Describe así el paisaje pintanino: “Es un barrio de calles angostas donde los vecinos enrejan hasta el techo de sus antejardines para evitar ser asaltados. Es un lugar en el que hay seis veces el promedio de hacinamiento de Santiago y donde las bandas de narcotraficantes y las barras bravas ejercen el control del territorio”.

Constanza afirma que este sector –ubicado a menos de dos cuadras de la Avenida Santa Rosa– es menos malo que “más adentro”. Pero igual comenta que a la derecha hay un narcotraficante y para el otro lado, también.

Esta joven mujer, que fue mamá a los 14 años y tiene un hijo de 19 años, haciendo el servicio militar, y otro de 17, terminando la enseñanza media, sueña con “una casa propia”.

La casa de Gloria Bravo queda a menos de dos cuadras de Avenida Santa Rosa. Ha sido varias veces ampliada para albergas a las familias de los hijos. Y está toda enrejada y techada para protegerse de angustiados y patos malos.

Aunque lo esencial ya lo tiene: “Logré formar la familia que quería y que nunca tuve. Cuando me separé de mi primer marido, debí dejar a mis hijos mayores con mis abuelos para poder trabajar. Si no, nos habríamos muerto los tres de hambre”, confiesa. Y define “familia” como “la gente con que se puede contar”. Eso es lo que ha conseguido de la relación con su suegra, Gloria, su cuñada, Juan Carlos.

Ese modelo, ese ejemplo, es el que explica que ahora esté en medio de los trámites legales para adoptar a Agustín, uno de los gemelos abandonados por su cuñado, y que su suegra esté haciendo lo propio con Florencia, pese a que ya tiene a su cargo al hermano mayor de ambos, “Nelsito”.

Sara Miranda, la directora de la sala cuna, nos dijo hace más de un año sobre Gloria: “¿Por qué hay personas a las que les toca tan dura la vida?”. Y al conocer los detalles de su historia, uno agrega: de dónde saca la fuerza para perseverar y mantener unidos a los suyos contra vientos y mareas tan inclementes.

Nelson, el segundo de sus hijos varones, el que se fue y dejó botados a sus tres hijos, cuando tenía 8 años, al volver del colegio, fue atropellado por una micro. Recuerda su hermano Juan Carlos: “Quedó con un 60 por ciento menos de masa cerebral; el daño intelectual fue total”.

Gloria lo sacó adelante como pudo. Y ahora vela por los hijos de ese hijo dañado: “Nelsito”, que está superando su cáncer; y los gemelos.

–Ellos estaban en el hospital, iban a ser dados en adopción, porque yo ya estaba a cargo de Nelson, que ya tenía el cáncer. Pero la asistente social me llamaba a cada rato. “Venga a conocerlos, señora Gloria”, me decía. Lo hice. Agustín era una cosita mínima. No pensé que sobreviviría. La Florencia era más grande, más sana. Él pesaba apenas un kilo 600. No fui capaz de dejarlos. Me dije: Dios proveerá. Y los traje para la casa.

Gloria Bravo, la suegra, y su nuera Constanza Arzola, son un férreo bloque femenino que tuvo en la sala cuna Monseñor Santiago Tapia un aliado poderoso.

Ya en ella, fue su nuera Constanza quien sucumbió a Agustín. Hoy lo considera suyo: “Yo lo veo como un niño que no pidió ser traído al mundo y me he esforzado en ser una buena mamá para él. Creo que lo he hecho bien. Yo sin Agustín y sin Mateo, mis dos pollos pequeños, no soy nada”, se emociona. Más entera, afirma que sueña con que ambos sean “profesionales, gente de bien”, inspirados en su valores, los de Juan Carlos, su pareja, y sobre todo los de Gloria, su suegra.

Gloria, por su parte, aspira a irse de La Pintana, un barrio o un “territorio” estigmatizado, que –asegura– les ha impedido salir de la pobreza, pese a sus empeñosos esfuerzos.

Al final, esta crónica cierra donde mismo partió:

–Llevo muchos años aquí y queremos vender la casa porque no hemos podido surgir. Queremos irnos para Buin, donde vive mi hija mayor. Mis hijos llevan muchos años postulando a casa y no pasa nada. Ella salió de aquí y al tiro se fue para arriba. Si estás dentro de la comuna ganas menos, si sales ganas más”, sentencia Gloria, replicando lo que nos dijo al inicio su hijo Juan Carlos.

Si te sensibilizó la historia de Gloria y sus nietos, apoya el trabajo de nuestras salas cuna y jardines infantiles en todo Chile. 

Cerrar
juntos en acción por valparaíso