María Paz Barrales (23) se paró frente a jóvenes de Chile, Perú, Colombia y México. Había autoridades, equipos y voluntarios de la Alianza del Pacífico. Ella era una de las cinco representantes chilenas y le correspondía abrir el encuentro con unas palabras en nombre de su delegación.
Comenzó hablando de caminos.
“Nos reunimos como caminantes de rutas diversas, con una amplia gama de sueños, inquietudes, experiencias y formas de comprender el mundo. Nos reunimos, sobre todo, como voces de una juventud que desea involucrarse y transformar el mundo que habita, una juventud con sentido social”, dijo frente al auditorio.

María Paz es administradora pública de la Universidad de Concepción, estudia Derecho en jornada vespertina y es voluntaria del Hogar de Cristo y Fundación Trascender. Este año fue escogida para integrar la delegación chilena de la Ruta del Voluntariado 2026, una experiencia que reunió a veinte jóvenes —cinco por país— de Chile, Perú, Colombia y México.
El programa de voluntariado de la Alianza del Pacífico existe desde 2015. Este año, veinte jóvenes de Chile, Perú, Colombia y México recorrieron las regiones Metropolitana, Coquimbo, Valparaíso y Biobío. En cada lugar combinaron trabajo voluntario, encuentros con organizaciones y actividades para conocer la historia y las problemáticas de cada territorio. De ahí también nació una de las ideas que María Paz llevó a su discurso: que la ruta de un voluntario se va construyendo con las personas y experiencias que aparecen en el camino.
—Me hizo mucho sentido la manera de entender la ayuda de la Ruta del Voluntariado: no como alguien que llega a una comunidad con las respuestas, sino como un trabajo compartido. Uno aporta, escucha, aprende y construye una ruta junto con las personas del territorio. Ahí el crecimiento es mutuo.
María Paz ya había aprendido algo de eso antes de iniciar el recorrido. Durante el verano participó, junto a Hogar de Cristo, en la entrega de kits de emergencia a familias afectadas por los incendios en Penco, Tomé y Punta de Parra. Meses después se sumó a una Ruta Calle activada por los temporales en el Biobío. También ha participado en actividades con personas mayores y personas en situación de calle.
—Muchas veces siento que las otras personas tienen mucho más que entregarme de lo que yo tengo para dar. Eso lo he comprobado en terreno. Hay historias muy fuertes y uno puede aprender mucho de ellas, sin romantizar la pobreza.
Para ella, acercarse es también una forma de recuperar vínculos que siente debilitados. “A veces el aporte puede ser muy pequeño. Incluso solamente escuchar puede entregar compañía y apoyo. Siento que vivimos en una sociedad mucho más individualista y que el voluntariado permite volver a generar espacios de comunidad a través de la escucha”.

Los veinte jóvenes no llegaron a todos los lugares a hacer lo mismo. En Coquimbo participaron en la recuperación de espacios comunitarios afectados por los temporales. En Valparaíso visitaron la ex cárcel y su sitio de memoria. En Putaendo conocieron parte del patrimonio y la historia de una comuna rural. En Santiago compartieron con familias de una residencia.
—Con los voluntarios de Colombia he tenido mucha afinidad y he aprendido harto de su cultura. Me llamó la atención el sentido de pertenencia que tienen con sus voluntariados. Para ellos existe una relación muy fuerte entre lo que hacen en sus organizaciones y el aporte que sienten que están haciendo a su país. Por ejemplo, están muy conectados con la lucha contra el racismo, los voluntariados vinculados a la equidad de género, es algo que en Chile no existe a ese nivel.

De Perú recuerda especialmente a una voluntaria que participa en organizaciones territoriales que levantan necesidades de su comunidad en materias como género y soberanía alimentaria, buscando que esas demandas también lleguen a espacios de decisión pública. “Conocer personas tan distintas, que trabajan desde áreas y realidades diferentes, y ver todo lo que han logrado desde sus propias organizaciones ha sido muy inspirador que deberíamos exportar a Chile”, explica.
Entonces vuelve a tener sentido aquella frase con que María Paz cerró su discurso frente a las delegaciones: “Hoy nuestros caminos se encuentran, pero no para detenerse aquí, sino para que al seguir nuestra ruta cada uno lleve consigo un pedacito de los otros”.

María Paz terminó Administración Pública y continúa estudiando Derecho. Quiere dedicarse a la gestión territorial y trabajar junto a comunidades en el diseño e implementación de programas sociales.
—En Administración Pública uno tiene mucha capacidad de incidir en la vida de otras personas, incluso desde una oficina. Trabajar con comunidades distintas te permite tener una mirada más humana cuando realizas esas labores.
Hay aprendizajes, agrega, que necesitan terreno.
—Aprendes cómo relacionarte con grupos distintos, adaptar una actividad, utilizar metodologías participativas y entender qué necesita realmente una comunidad para que una iniciativa funcione. Son herramientas prácticas que el voluntariado me ha entregado y que después también puedo aplicar profesionalmente.

Su intención es continuar por ese camino: trabajar en gestión territorial y participar en programas que permitan a las propias comunidades desarrollar oportunidades y reconocer sus capacidades.
La conversación ocurre, además, en un año especial. Naciones Unidas declaró 2026 como Año Internacional del Voluntariado para el Desarrollo Sostenible. El 31 de agosto, cerca de 250 personas están convocadas a la Cumbre del Voluntariado en el Congreso Nacional de Valparaíso, instancia que cerrará la Ruta de la Alianza del Pacífico y buscará levantar propuestas para fortalecer el voluntariado en Chile.
María Paz identifica dificultades concretas: organizaciones con pocos recursos, voluntarios que deben compatibilizar estudios y trabajo, grandes distancias y espacios laborales o académicos donde esta actividad todavía tiene poco reconocimiento. “Creo que existe una desvalorización de la labor que realizan los voluntarios y, por lo mismo, hay pocas acciones para fomentarla”, opina.

Antes de terminar la conversación, vuelve al Hogar de Cristo.
—Porque permite cambiar la mirada frente a realidades que muchas veces creemos superadas o preferimos no ver. En el caso de las personas en situación de calle, te permite acercarte, conocer sus historias y dejar de mirar solamente sus carencias. También puedes reconocer sus capacidades.