Durante casi tres años, la vida de Mateo Muñoz (15) transcurrió entre las cuatro paredes de su casa y una consola de videojuegos. No iba al colegio, había dejado de juntarse con otros niños y apenas hablaba con su familia. Tenía rabia. Mucha. Le molestaba que le hablaran, que le pidieran algo o que simplemente intentaran acercarse a él. “No tenía amigos, me quedaba encerrado jugando a la Play. Literalmente no hablaba con nadie”, recuerda.
Cuesta imaginarlo en ese encierro. Hoy Mateo habla rápido, tira bromas, tiene polola y hasta preside el centro de alumnos del Colegio Padre Hurtado de Renca, una de las escuelas de reingreso de Fundación Súmate del Hogar de Cristo. Su vida ha cambiado tanto que hace poco terminó jugando ping-pong con Fernando González, el recordado Bombardero de La Reina. Algo que jamás se habría imaginado cuando pasaba los días encerrado en su pieza.

El encuentro fue parte de #TeQuieroVer, la campaña del Hogar de Cristo que reúne a destacados deportistas con personas que han enfrentado la pobreza y la exclusión, para dar a conocer sus historias. La misma iniciativa que llevó a Sergio Marín a conversar con Marcelo Salas tuvo esta vez a Mateo como protagonista, compartiendo con uno de los tenistas más importantes de la historia de Chile. Aunque, fiel a su estilo, cuando se le pregunta qué fue lo que más disfrutó de la experiencia, sorprende con una respuesta bastante menos solemne.
—La comida, lejos.
La historia de Mateo comenzó a complicarse mucho antes de dejar el colegio. Sus padres se separaron cuando tenía cuatro años y, desde entonces, ha debido convivir con conflictos familiares que todavía le afectan.
A eso se sumaron dificultades en la escuela. Mateo tiene déficit atencional e hiperactividad, y recuerda que en su antiguo establecimiento había cursos de hasta 42 estudiantes. El ruido, el exceso de personas y el ambiente de la sala le provocaban una ansiedad difícil de manejar. Algunos compañeros, sabiendo lo mucho que le molestaban los ruidos fuertes, le gritaban cerca de los oídos para incomodarlo. “Yo estaba en un espacio muy cerrado y el ruido desordenaba mis pensamientos”, explica.
Con el tiempo comenzó a sentirse cada vez peor. La depresión, los problemas familiares y las dificultades para relacionarse con sus compañeros terminaron alejándolo de las clases. Pasó entre dos y tres años sin asistir a ningún establecimiento.
—No tenía amigos. Me quedaba encerrado en la casa, jugando a la Play. No hablaba con nadie.
—Me enojaba la gente.
—Todo. Que me hablaran, que me pidieran algo. Todo me enojaba.

La rabia no apareció de un día para otro. Mateo recuerda que comenzó a sentirse así cuando era muy pequeño, alrededor de los seis o siete años. Los problemas familiares y escolares se fueron acumulando, hasta que llegó un momento en que prefirió alejarse de todo. También perdió algo que a esa edad resulta especialmente importante: la posibilidad de hacer amigos, compartir recreos, participar en actividades y sentirse parte de un grupo.
“Es fome, porque el colegio, aparte de aprender, debería ser un espacio para socializar, estar con amigos y no solamente ir a clases. Cuando pierdes el colegio, también pierdes un círculo social”, reflexiona.
Fue su hermano quien terminó abriéndole una puerta. Él había estudiado durante un año en Fundación Súmate y conocía su modalidad de enseñanza, que permite recuperar cursos mediante un sistema de dos años en uno. Cuando vio que Mateo seguía sin asistir al colegio, le recomendó intentarlo. “Mi hermano había estado un año ahí y le gustó. Entonces me dijo: “Oye, ya que no estás en ningún colegio, tírate para acá”.
Para Mateo, volver a estudiar significó enfrentarse nuevamente a una sala de clases, a los profesores y a la convivencia con otros compañeros. Esta vez, asegura, encontró un ambiente diferente.
—¿Qué fue lo que más te gustó cuando llegaste?
—Los profesores son buena tela, te tratan como amigos. Está bacán Súmate, el tema es agarrarle la onda. Antes sentía que yo era la oreja de todos. Cuando alguien tenía un problema, me buscaba para desahogarse, pero casi nunca había alguien que me escuchara a mí. Lo bonito de estar acá es que ahora también tengo personas con quienes hablar, que me escuchan y se preocupan por lo que me pasa.

Hay una parte de la historia de Mateo que resulta especialmente curiosa. El mismo adolescente que pasó años evitando hablar con otras personas hoy es presidente del centro de alumnos de su colegio. Y llegó al cargo casi por casualidad.
—Yo quería ser vicepresidente, pero todos los que se estaban postulando se fueron y quedé como presidente, fue chistoso. Me ha tocado dar la cara por el colegio, ir a charlas, reuniones, me encanta.
Su vida fuera de clases también ha cambiado. Hoy tiene amigos, sale más y hasta está pololeando. Conoció a su polola durante las actividades del centro de alumnos del colegio. Después comenzaron a conversar por Instagram y, poco a poco, nació la relación.
Mateo se entusiasma cuando habla de ella. Llevan cerca de dos meses juntos y disfruta pasar tiempo a su lado.
—Siempre.
La respuesta llega sin demasiadas vueltas. Para alguien que pasó años sin querer relacionarse con nadie, haber encontrado personas con quienes conversar y compartir tiene un valor especial.
Mateo ha recuperado su vida escolar, tiene nuevos vínculos y participa activamente en el colegio. Eso no significa que todos sus problemas hayan desaparecido. Los conflictos familiares siguen presentes. Cuenta que la relación con su papá es difícil y
que, en ocasiones, se siente atrapado entre las diferencias de sus padres. Cuando uno le pide algo y el otro le dice lo contrario, termina sin saber cómo responder sin provocar una nueva discusión.
Su mamá fue una de las personas que más insistió en que volviera a estudiar. Aun así, Mateo reconoce que la convivencia en casa sigue siendo complicada y que muchas veces le cuesta hacer caso.
—Yo tampoco hago caso, estoy aprendiendo a ser más estructurado, más ordenado.
Esa misma franqueza aparece cuando se le pregunta por los años que pasó aislado. Mateo no cree que todo se explique por una sola razón. Habla de su familia, de los problemas escolares, de la depresión y de una rabia que lo acompañó desde muy pequeño.
Cuando se le pregunta qué quiere hacer después de terminar cuarto medio, Mateo tiene una respuesta que sorprende. No habla de entrar inmediatamente a la universidad. Le interesa hacer el servicio militar y, eventualmente, seguir una carrera en las Fuerzas Armadas.
—Por los beneficios y la remuneración. Aprendes disciplina, puedes viajar y tienes oportunidades de trabajo.
Finalmente, cuando se le pregunta qué significa para él haber vuelto al colegio y participar en una campaña nacional junto a uno de los deportistas más reconocidos de Chile, responde con la misma naturalidad de siempre.

—Me dio risa que no fuera tan seco para el ping-pong. Jugamos durante la grabación y creo que hasta le saqué un par de puntos, ¡cáchate!