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María Angélica González: “Soy la alegría del Hogar de Cristo”

Quedó viuda siendo muy joven, perdió dos veces su vivienda en incendios y pasó años intentando recuperar a una hija que le arrebataron cuando era una guagua. También sobrevivió a la violencia de su expareja y a una enfermedad que estuvo a punto de dejarla sin poder caminar. Hoy vive sola en San Felipe, participa del servicio de apoyo a personas mayores del Hogar de Cristo y asegura que, a pesar de todo, es feliz. Su historia forma parte de la campaña #TeQuieroVer, en la que compartirá con el gimnasta Tomás González.
Por Matías Concha P.
Octubre 26, 2026

María Angélica González (73) tiene una frase que repite con orgullo: “Yo soy la alegría del Hogar de Cristo”. Le gusta conversar, hacer bromas, actuar y compartir con otras personas. Tiene dificultades para caminar y vive con dolores que la acompañan desde hace más de dos décadas. Aun así, dice que es feliz. Y lo dice después de contar una historia en la que ha tenido que despedirse de demasiadas personas y empezar de nuevo más veces de las que quisiera recordar.

Quedó viuda cuando apenas superaba los 20 años. Estaba embarazada de siete meses y tenía otra niña pequeña. Años después perdió el cuidado de una de sus hijas, sufrió violencia de pareja y enfrentó problemas de salud que terminaron por alejarla del trabajo. También conoció la pobreza de los campamentos, donde dos incendios destruyeron las viviendas en las que habitaba.

Hoy vive en Villa Industrial, en el sector de Las Cuatro Villas de San Felipe. Tiene su casa, sus hijos, sus amistades y una agenda que, dentro de lo que le permite su salud, procura mantener activa.

María Angélica es una de las protagonistas de #TeQuieroVer, la campaña del Hogar de Cristo que reúne a destacados deportistas con personas que han enfrentado la pobreza y la exclusión, para dar a conocer sus historias. La misma iniciativa que llevó a Sergio Marín a conversar con Marcelo Salas, y a Mateo Muñoz a jugar ping-pong con Fernando González, tendrá esta vez a María Angélica compartiendo con Tomás González, el querido gimnasta olímpico.

Cuando le pregunto qué piensa de él, responde sin pensarlo demasiado:

—Me siento identificada con él, es un joven perseverante, luchador. Por algo lo logró.

VIUDA, EMBARAZADA Y CON UNA HIJA PEQUEÑA

María Angélica todavía recuerda lo difícil que fue quedarse viuda siendo tan joven. Su marido falleció cuando ella tenía poco más de 20 años. En ese momento ya era madre de una niña de dos años y esperaba a su segunda hija. Tenía siete meses de embarazo.

—¿Cómo fue enfrentar esa pérdida siendo tan joven?

—Muy fuerte. Muy terrible, porque estaba embarazada de mi hija. Fue un golpe muy grande, no tenía nada para ofrecerles y quedé en la calle.

No tenía una vivienda propia ni una situación económica que le permitiera mantenerse sin ayuda. Durante un tiempo se fue a vivir con su madre biológica, en una mediagua, mientras intentaba encontrar la manera de criar a sus hijas y salir adelante. Cuenta que incluso recurrió a una radio de San Felipe para pedir ayuda. Personas que escucharon su historia la apoyaron y, poco a poco, consiguió comenzar a trabajar.

En esos años tomó una decisión de la que todavía habla con mucho dolor. Como necesitaba salir a ganarse la vida, dejó a su hija más pequeña al cuidado de sus suegros, los padres de su marido fallecido. Confiaba en que sería algo temporal, mientras lograba estabilizarse económicamente.

Las cosas terminaron de otra manera.

—¿Qué pasó?

—Yo trabajaba y no podía ir a verla seguido. Entonces me acusaron de abandono. Yo estaba sola, no tenía cómo luchar. Ellos tenían una mejor situación y pudieron contratar un abogado. Me la quitaron.

La pérdida del cuidado de su hija fue devastadora. Durante años trató de recuperarla. Incluso volvió a casarse, convencida de que tener un matrimonio y una casa estable podría ayudarla a demostrar que estaba en condiciones de criarla.

“ME CASÉ PARA RECUPERAR A MI HIJA”

María Angélica recuerda que muchas personas le decían que, para recuperar a su hija, necesitaba estar casada y contar con una vivienda. Ella intentó cumplir con esas condiciones, aunque el matrimonio terminó convirtiéndose en una experiencia de violencia. En una ocasión, una agresión la dejó hospitalizada en estado grave. María Angélica recuerda que fue un médico quien la ayudó a iniciar los trámites para separarse.

—El doctor que me atendió me dijo que tenía que separarme. Era ahora o nunca, porque después me podía matar. Yo le di la autorización para hacer los trámites.

 

El hombre terminó en prisión, según recuerda. María Angélica consiguió salir de aquella relación, aunque el episodio también perjudicó sus intentos de recuperar a su hija. El hecho de haber vivido violencia dentro de su hogar fue considerado un antecedente desfavorable para entregarle nuevamente su cuidado.

EL DÍA QUE SU HIJA LLEGÓ A BUSCARLA

Para entonces, María Angélica ya trabajaba en el hospital. Sus compañeros sabían que tenía una hija mayor y un hijo menor, a quien había adoptado años antes. Pocos conocían la historia de aquella otra niña que había perdido.

Un día recibió una noticia inesperada.

—Me fueron a buscar al trabajo y me dijeron: “Señora María, la viene a buscar una hija suya”. Yo les decía que no, que tenía dos hijos. Y ellos me insistían: “Dice que es su hija, la del medio”.

Era ella.

Su hija había comenzado a averiguar lo que realmente había ocurrido durante su infancia y quería hablar con su madre.

—¿Y qué te dijo cuando la vio?

—Me pidió perdón. Me dijo que había descubierto toda la verdad y que quería tener comunicación conmigo. Fue uno de los momentos más lindos de mi vida.

UNA CASA LEVANTADA A PULSO

Mientras enfrentaba esos problemas familiares, María Angélica también luchaba por conseguir un lugar donde vivir. Durante su juventud vivió en el campamento Los Naranjos, ubicado detrás del antiguo matadero de San Felipe. Las condiciones eran precarias y las viviendas estaban construidas con materiales ligeros. En dos ocasiones perdió su hogar producto de incendios.

Tuvo que empezar nuevamente, conseguir materiales y volver a levantar un techo. Durante años vivió en mediaguas mientras trabajaba y trataba de ahorrar.

Finalmente, a mediados de la década de 1980, logró conseguir una vivienda propia en Villa Industrial, el mismo sector donde vive actualmente.

Fue uno de los logros más importantes de su vida. Tener una casa significaba dejar atrás los campamentos y la preocupación permanente de dónde iba a vivir. María Angélica también se esforzó por estudiar. Primero intentó contabilidad y después derecho, aunque finalmente encontró su camino en el área de la salud. Comenzó trabajando en labores de aseo del Hospital San Camilo, en San Felipe, y más adelante se formó como auxiliar de enfermería. También trabajó en Radiología, un lugar que recuerda especialmente porque allí comenzaron algunos de sus problemas de salud.

26 AÑOS VIVIENDO CON DOLOR

Con los años, María Angélica desarrolló síndrome de Sudeck, actualmente conocido como síndrome de dolor regional complejo, una enfermedad que puede provocar dolores intensos, alteraciones de sensibilidad y dificultades de movimiento. A ello se sumaron atrofia muscular y osteoporosis severa.

Su salud se fue deteriorando hasta que tuvo que jubilar por invalidez. Recuerda que los médicos llegaron a advertirle que podía perder la capacidad de caminar y volverse completamente dependiente.

La enfermedad cambió sus rutinas, su trabajo y también la manera en que se relaciona con los demás. A veces quiere visitar a alguien y no puede. Otras veces debe suspender actividades porque el cuerpo no le responde como quisiera.

—¿Cómo se enfrentan tantos años de enfermedad?

—Tuve depresiones, pasé momentos muy difíciles. Estuve tres años con depresión. Ahora sigo en tratamiento, llevo 26 años, y aquí estoy.

María Angélica ha aprendido a reconocer sus límites, aunque procura no quedarse encerrada. Le gusta mantenerse ocupada, conversar y participar en actividades con otras personas. También recoge latas y materiales reciclables que reutiliza para hacer trabajos manuales. Es una manera de entretenerse, aprovechar lo que otros desechan y seguir haciendo cosas con sus propias manos.

Hay actividades que extraña, especialmente bailar. “Me gusta actuar, bailar, aunque ahora ya no puedo como antes porque uso carrito. Soy muy alegre, muy divertida. ¡Pregúntele a las tías del Hogar de Cristo”, dice, risueña.

“SOY PALOMILLA Y TRATO DE AYUDAR”

Hace cerca de cuatro años, María Angélica comenzó a participar en el servicio de apoyo a personas mayores de Hogar de Cristo en San Felipe. Los equipos realizan visitas, entregan orientación social, ayudan a gestionar apoyos y buscan fortalecer los vínculos familiares y comunitarios. Para María Angélica, ese acompañamiento ha sido especialmente importante en los momentos en que su salud y su estado de ánimo se han visto más afectados.

—¿Qué significa para usted el Hogar de Cristo?

—Todo. Todo. Porque me tendió la mano. Yo les contaba mis problemas, mis depresiones. Me escuchaban, me desahogaba y salía adelante.

En Hogar de Cristo es conocida por su buen humor y sus ganas de hacer reír. María Angélica asegura que la echan de menos cuando no está y que siempre intenta aportar alegría, incluso cuando ella misma atraviesa días complicados.

—¿De dónde sacas tanta alegría?

—Yo entrego lo que no tuve. Alegría, diversión, palomilleo, compañerismo. Trato de ayudar en lo que pueda, conversar. Me echan de menos cuando no estoy, porque yo soy la alegría del Hogar de Cristo.